¿Cuándo nos convertimos en esto? Capítulo 22
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Capítulo 22

Romeo

No sabía lo que me había pasado, pero pagué con el jugador del otro equipo toda la frustración que sentía.

Esa misma mañana me había llamado Bianchi, mi nuevo representante, para decirme que había firmado varias campañas de publicidad, que me llevarían todo el verano, no dejándome ni unos días para descansar antes de la pretemporada.

—Te dije que no quería mucha publicidad, que tenía que descansar.

—Yo he firmado contigo para ganar dinero, y para hacértelo ganar a ti, por eso, voy a firmar todos los contratos que caigan en mis manos y que nos dejen unos buenos euros en la cuenta.

—No todo es el dinero, Bianchi. Eso me lo enseñó mi padre.

—Ya, pero tu padre no está, y con quien has firmado es conmigo, y esa es mi manera de ver el trabajo.

—Si lo llego a saber antes, no lo hubiera hecho.

—Claro, hubieras firmado con mi hija, esa inútil que no sabe ni dónde tiene la mano derecha.

—No hables así de ella. Renatta es mucho más inteligente y trabajadora que tú.

—En eso consiste mi éxito, en trabajar lo menos posible obteniendo los mayores beneficios.

Cuando llegué al partido ya venía calentito, mucho más cuando vi que Amanda llegaba con ellos.

No había recordado que di mi autorización para que la dejaran pasar, y ahora la tendría hasta en la sopa, porque mi agente también era el de ella, eran como un pack de yogures, aunque los de coco los dejaras en la nevera, tenías que comprarlos para coger también los de fresa.

Pero la tarjeta roja no fue lo peor que me pasó en ese día, ni siquiera los dos partidos con los que me sancionaron, sino lo que pasó en el vestuario.

¿Cómo no me había dado cuenta de que el entrenador era gay? ¿Tan cegado estaba por los celos que no vi que Santini y él estaban enamorados?

Cuando todos mis compañeros volvieron al campo, me metí en la ducha, pues me sentía de lo peor. En cuanto terminara, iría a pedirle disculpas a mi contrincante, que fue con el que pagué todas mis frustraciones.

Luego, cuando estuviéramos en la cena de celebración, intentaría hablar con Renatta, aunque, por la manera en la que me había mirado antes, no me resultaría fácil que me perdonara.

Eso era otra cosa que me dolía muchísimo, no poder celebrar la victoria y el campeonato de liga con mis compañeros en el campo, cuando los tres goles que nos habían dado la victoria los había marcado yo.

—Acosta, no te vayas a duchar todavía, que el entrenador ha hablado con el árbitro y, si le pides disculpas al otro jugador, te dejará estar en el campo, aunque sentado en el banquillo.

—Pensaba hacerlo de todas formas. Dale las gracias de mi parte.

Ya me había duchado, pero me daba igual. Me volví a poner la equipación del club, y bajé al campo.

Estuve en el túnel de vestuario hasta que el árbitro me dio permiso para salir al banquillo. Antes de eso, fui hasta el banquillo contrario, donde el entrenador me frenó, pensando que venía a buscar más gresca.

—Déjalo estar, Acosta, no te tires más tierra encima.

—No pienso hacerlo, vengo a pedirle disculpas sinceras a mi compañero.

—¿Eso es cierto?

—Sí, no sé qué me ha pasado, debe ser la tensión de la última semana, la muerte de mi padre me ha afectado mucho más de lo que pensaba.

—Es normal, ha sido todo muy repentino. Espera aquí, que ahora mismo lo aviso.

El entrenador contrario se acercó con mi compañero, al que había puesto un ojo morado del puñetazo. Por suerte, no le di en la nariz, porque con la fuerza que ejercí, se la hubiera roto con total seguridad.

—Acosta… te has pasado, macho. La entrada tampoco era para que me respondieras de esa forma.

—Tienes razón, Mancini, y por eso vengo a pedirte mis más sinceras disculpas y, si necesitas algo, lo que sea, no dudes en darme un toque.

—Sé que la prensa te ha estado acosando, por no contar el coñazo que te tiene que estar dando Amanda, porque conmigo también lo ha intentado.

—Ni que lo digas, además de todo eso, la muerte de mi padre también ha influido. Han sido un cúmulo de cosas, y he pagado mi frustración contigo.

—Venga, no pasa nada. Tan amigos como siempre. Espero que el equipo de arbitraje te permita celebrarlo con tus compañeros.

—Yo también.

Y sí, me lo permitieron, entre otras cosas porque hablaron antes con el jugador agredido y les informó de todo. Ahora tan solo quedaba que me rebajaran a uno solo el partido de sanción, pero eso era mucho más complicado.

En el césped estuvieron todas las parejas de mis compañeros, así como sus representantes y los jugadores lesionados. También estaba Puzinni, el nuevo fichaje del club y del que todo el mundo hablaba.

Ya se había firmado el contrato, y había pasado el reconocimiento médico, tan solo quedaba la presentación oficial, que se haría a la semana siguiente.

Quise acercarme a Renatta, pero no pude, pues Amanda se colgó en mi cuello como si de verdad tuviéramos algo serio, y la prensa nos rodeó al instante.

—Acosta, ¿estáis juntos? ¿Es algo serio?

—Por supuesto que sí, y hacen una pareja perfecta. Id preparando las cámaras, porque no creo que tarde mucho en formalizarse la relación, ya sabéis…

—¿Tienes pensado pedirle matrimonio?

—Chicos, vais un poquito rápido, ni siquiera vivimos juntos.

—Bueno, pero eso es cuestión de tiempo, porque ya estamos buscando una casa a nuestra altura —dijo Amanda.

Si me pincharan, no me sacarían una gota de sangre, os lo prometo. ¿Cuándo se habían montado esa película?

No podía permitir que esto siguiera adelante, pero Bianchi tenía otros planes, de los que no tenía ni puta idea.

—Lo próximo que vais a ver es una campaña publicitaria de los dos, que se empezará a rodar la semana que viene, en Roma.

No podía ser. La semana siguiente tenía que estar aquí, en Florencia, arropando a Puzinni en su presentación, tal y como me comprometí el día que firmaron el contrato.

Me aparté un poco, dejándole espacio a mis compañeros, y aproveché para decirle a Bianchi que no podría ser, que ya estaba comprometido.

—¿Se puede saber por qué no sabía nada de esa campaña publicitaria?

—Pues porque soy tu agente, y yo decido lo que te conviene y lo que no.

—De eso nada, eres mi agente, no el dueño de mi vida, y la semana que viene tengo que estar aquí, en el club, en la presentación del nuevo jugador.

—Te equivocas, porque ya me he informado. Una cosa es que tengas que estar y otra muy diferente que quieras estar, pero querer no es poder, compañero.

—Me comprometí con ese chico que estaría aquí, a su lado.

—Deja los sentimentalismos, que esos no te darán de comer. Tenemos que aprovechar la relación con Amanda. Las marcas se mueren por contar con vosotros, la pareja de moda.

—Para empezar, no tengo ninguna relación con esa mujer. Que me haya acostado con ella dos o tres veces no implica nada.

—Me da igual, si no eres la pareja de Amanda, lo finges y te lo inventas, pero los contratos que hemos firmado tienen esa condición, o estáis los dos o no está ninguno.

—Pues no estamos ninguno, a mí me da exactamente lo mismo.

—Ya, pero a mí no, porque perdería dinero y prestigio, y no pienso hacer ninguna de las dos cosas.

Se dio la vuelta y se marchó, dejándome allí con esa mujer colgada de mi brazo como si fuera un bolso.

Os aseguro que, si no hubiéramos estado en ese lugar, si la prensa no estuviera como loca buscando un motivo para desprestigiarme más todavía, la hubiera dejado plantada después de decirle cuatro cosas.

Maldita la hora en la que se me ocurrió decirle que me acompañara al funeral para darle celos a Renatta.

Con lo fácil que hubiera sido hablar con ella y no dar las cosas por sentadas. Ahora veía que mi madre tenía razón y, si había algo que me dolía, era que no estuviera ahí conmigo en ese momento, celebrando eso por lo que tanto había luchado mi padre.

Iría a verla al día siguiente y le pediría perdón por lo estúpido que había sido, al igual que a Renatta.

También tendría que hablar con mi abogado, pues no quería continuar con mi contrato con Bianchi. Aunque Renatta no quisiera representarme ahora, me buscaría a otro que entendiera mi manera de ver el trabajo, como lo hacía mi padre.

Sé que firmé con él con la clara intención de hacerle daño, de que se sintiera menospreciada por mi parte, igual que yo me había sentido por la suya, pero ahora veía que nada de lo que imaginé era real, que no tenía sentido, y que el único perjudicado de todo esto sería yo.