¿Cuándo nos convertimos en esto? Capítulo 21
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Capítulo 21

Renatta

Llegó el día del partido y, como representante de varios de los jugadores, tenía derecho a estar en el palco, donde se encontraban las mujeres y los invitados de la gente del club.

Sí, ya se había abierto el testamento de Thiago y, tal y como me había dicho en la carta, me había legado sus representaciones, haciéndoles llegar a cada uno de ellos un documento que me tenían que entregar firmado en el caso de que aceptaran.

Casi todos lo hicieron, excepto dos de ellos, y uno fue Romeo, que decidió que buscaría representante por su cuenta.

No me extrañó, para qué engañar a nadie, me lo esperaba completamente, aunque no puedo negar que me hubiera gustado que firmara, pero no iba a mendigarle a nadie, mucho menos a él.

Bianca había decidido ver el partido por la televisión, pues decía que no quería que su hijo se incomodara por su presencia allí y que no estuviera concentrado en el partido.

En realidad, no tendría que verla hasta la finalización, pues el palco estaba fuera de la vista de los jugadores, pero no quise insistirle. Sabía que el motivo era otro, el que no estaría ahí su marido para celebrar los goles de su hijo.

—Buenas tardes, chicas —saludé al entrar en el palco a las novias de algunos de los jugadores.

—Buenas tardes, Renatta. Ven, siéntate aquí con nosotras. ¿Quieres tomar algo?

—Un refresco de cola cero, pero no te preocupes que ahora me lo sirvo yo, gracias.

Me senté junto a Selena y a Silvia, con las que me llevaba de maravilla, y con las que salía de vez en cuando a tomar algo, sobre todo cuando los chicos jugaban fuera de casa y no podían asistir por el trabajo.

Selena era doctora en uno de los mejores centros médicos del país, y Silvia era abogada, había montado su propio despacho hacía poco tiempo, y por eso no se podía ausentar demasiado tiempo.

Estábamos charlando animadamente, cuando Selena cambió su cara, mostrando un asco increíble.

—¿Qué te ocurre, amiga?

—Ya está aquí esa, y encima hoy viene acompañada de la momia y de su marido.

—¿Perdona?

—Amanda, y ha venido con Rigoberta Bianchi y el borde de su marido, que cada día me da más asco, os lo prometo.

—¿Qué hacen ellos aquí? —pregunté, porque, de repente, se me había bajado la tensión.

—¿No lo sabes?

—Pues, la verdad, no tengo ni la más remota idea.

—Amanda actúa como si fuera la pareja de Acosta, aunque intente acostarse con mi marido y con todo el que se le ponga por delante —dijo Selena.

—Y el marido de la momia es el nuevo representante del delantero, firmó con él en el momento en el que murió su padre.

Os prometo que el techo casi se me cae encima. ¿Romeo había firmado con mi padre? ¿Sería consciente de lo que estaba haciendo o, por el contrario, lo había hecho por hacerme daño?

Si esa segunda opción era el motivo por el que lo había hecho, conmigo había pinchado en hueso, porque no pensaba dar mi brazo a torcer.

—Perdona, pero esta zona es para las parejas de los jugadores, no para los agentes. La de los agentes es justo esa de ahí detrás —dijo Amanda, mirándome por encima del hombro.

—Lo siento, pero yo, además de ser representante, también soy la invitada especial del entrenador, por lo que no me pienso mover de aquí.

—El entrenador está por debajo de los jugadores, que no se te olvide.

—Mira, chica, déjanos en paz. ¿No tienes suficiente espacio con cuatro sillones que quedan libres?

—Pues no, porque estoy esperando a mis amigas, a las que ha invitado Romeo, mi chico, y que tienen que estar a punto de llegar.

—Pues que acerquen otro sillón de los de atrás y os juntáis un poquito, que verás como entran.

Yo sabía lo que estaba buscando. En primer lugar, quería incomodarme todo lo que pudiera y, en segundo, que me viera obligada a sentarme con mi padre, porque mi madre se sentó junto a ella, como si fueran íntimas o, mejor aún, como si fueran madre e hija.

—No la soporto, te lo prometo —dijo Selena, que tenía motivos más que evidentes.

—Ignóralos, como estoy haciendo yo. Te aseguro que yo tengo muchos más motivos para hacerlo, sin embargo, y como decía mi abuelo, no hay mayor desprecio que no hacer aprecio.

—Una pregunta, aunque parezca que me entrometo en tu vida, pero… ellos tienen el mismo apellido que tú, ¿sois familia?

—No, porque para mí familia no son los que tienen la misma sangre, sino los que te demuestran que puedes contar con ellos. Pero sí, son los que me engendraron y me dejaron al cuidado de mi abuelo cuando tenía menos de un año.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Completamente…

—Ya está mi hija haciéndose la mártir, como de costumbre —dijo mi madre, en un tono más alto que el habitual, para que yo me enterara y entrara al trapo, pero no lo hice.

—Mira, ya están saltando los jugadores al campo.

Me centré en el partido, y celebré cada uno de los goles que se marcaron esa noche. Mateo se presentaría a la semana siguiente, pero ya estaba ahí, en el palco del club con los jugadores que estaban lesionados o sancionados.

En un momento determinado, Romeo recibió una patada bastante fea y, lejos de quedarse en el suelo y dejar que el árbitro actuara, se levantó y le dio un puñetazo al otro jugador, tumbándolo en el césped.

—¿Se puede saber qué coño está haciendo? —pregunté, en alto.

—Defenderse, chica, ¿qué va a hacer si no? —dijo Amanda, como si yo estuviese hablando con ella.

—Ha hecho bien, así aprenderán a no meterse más de esa manera con él —sentenció mi padre.

—Mira, está claro que tú entenderás mucho de modelos, pero en lo que toca al fútbol, no tienes ni puta idea. Eso no sería lo que aconsejaría un agente de un jugador que entendiera lo más mínimo.

—Yo estoy hablando como hombre, no como agente.

—Pues, en estos casos, el hombre y la mujer se tienen que quedar en la puerta, aquí somos agentes, y eso que ha hecho, le va a costar una roja directa, que le impedirá jugar el próximo partido de la liga.

—Venga ya, pero si hoy es el último…

—De la temporada, pero la sanción se aplaza al primero de la siguiente, eso suponiendo que le impongan uno solo.

—Creo que estás sacando las cosas de quicio.

¿En qué coño estaba pensando Romeo cuando contrató a mi padre? Ahora lo tenía claro, en hacerme todo el daño posible, pero con lo que no contaba era con que iba a terminar haciéndoselo a él mismo.

Bajé al vestuario, pues había terminado el primer tiempo, quería hablar con él y con el entrenador, con el que también tuvo sus más y sus menos.

Mi padre no se movió del palco, con una copa en la mano y un canapé en la otra.

—¿Se puede saber en qué coño estabas pensando? —le dijo Franco, en cuanto entró por la puerta del vestuario.

—Ya te he dicho que no es asunto tuyo, que me dejes en paz.

—Por supuesto que es asunto mío. Es mi equipo, eres mi jugador, y no entiendo la manera de actuar que has tenido.

Romeo, lejos de calmarse, cogió al entrenador por la camiseta, y lo pegó contra la pared, como si quisiera pegarle.

Santini, que lo vio, no permitió que le agrediera, y lo cogió por los hombros y lo apartó de manera abrupta.

—Como le pongas una mano encima, te parto la cara.

—¿A ti qué coño te importa? ¿Ahora te has puesto de su lado? ¿Después de lo que me ha hecho y sigues defendiéndolo?

—¡No te ha hecho nada! ¡Ninguno de los dos lo ha hecho!

—¿Y tú cómo sabes eso?

Tanto Franco como yo esperábamos que se mantuviera en silencio, y lo hizo, pero lo que no dijo con palabras lo dijo con gestos.

Se vino hasta donde estaba el entrenador, lo cogió por la barbilla y lo besó, de una manera dulce y lenta, demostrándole que ya no se iba a ocultar más, ni de sus compañeros ni de nadie.

—¿Te ha quedado claro ya?

—No me jodas, Santini. ¿Por qué carajos no me lo has dicho antes?

—Porque es mi vida, y no le importa a nadie, pero cuando ya entran en juego otras cosas, no puedo seguir callado.

—¿Nunca has estado con Renatta? Joder, pero si yo te he visto estar con mujeres…

—Antes de que me enamorara de Santini, desde ese momento, no he vuelto a estar con nadie que no haya sido él —le respondió Franco.

Romeo me miró, y en su rostro pude ver el arrepentimiento, pero me daba igual. Ya no era el momento, había llegado demasiado tarde, así que, salí de allí y volví al palco, aparentando que no había pasado nada.