¿Cuándo nos convertimos en esto? Capítulo 20
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Capítulo 20

Romeo

—¿Vas a seguir pendiente de esa mujer mucho más tiempo? —me preguntó Amanda, al montarme en el coche.

—De quién esté pendiente o deje de estar, no es problema de nadie, mucho menos tuyo.

—Pues claro que es asunto mío, a ver si te piensas que yo he estado contigo durante todo el día para que ahora me vayas a dar la patada.

—Y te lo agradezco, pero sabías desde el principio que, entre nosotros, no iba a pasar nada.

—Anda, tonto, si yo sé cómo relajarte. ¿No me vas a dejar hacerlo?

Amanda llevó la mano a mi miembro y, el muy traidor, se puso duro en cuanto sintió sus caricias.

—¿Ves? Tu amiguito no está de acuerdo contigo.

—No es el momento, Amanda.

—¿Quién lo va a saber? Venga, te voy a dar un adelanto.

Sacó mi miembro del pantalón, y allí, en medio del garaje, empezó a hacerme una felación.

Sé que está mal lo que voy a decir, pero mi mente se imaginó que era la boca de Renatta la que envolvía mi miembro, tal y como ocurrió en la noche que estuvimos juntos.

Cerré mis ojos y me dejé hacer, pensando que era la morena que me había desafiado antes de subir en el ascensor, y eso hizo que no tardara demasiado tiempo en alcanzar el orgasmo.

No tenía ni idea de a dónde iba a ir, pero la discusión con mi madre, cuando me vio llegar con Amanda a mi casa, hizo que entrara en mi habitación y cogiera una maleta, metiendo lo más esencial.

No sabía si volvería o me buscaría una casa para mí solo, pero, en estos momentos, no me apetecía nada tener que verle la cara a ninguna de las dos, ni a mi madre ni a Renatta.

Conduje hasta la casa de Amanda y, cuando me dijo de bajar, decliné la oferta, aunque dejé abierta la opción de volver a llamarla en unos días.

—De verdad que hoy no puedo, tengo mil cosas que solucionar. Te llamo en estos días, cenamos y pasamos la noche juntos. ¿De acuerdo?

—Está bien, pero no tardes mucho en llamarme, no voy a estar esperando toda la vida.

—Unos días, es todo lo que necesito.

Salí de esa calle sin saber a dónde ir. A Santini lo tenía completamente descartado, puesto que también había discutido con él cuando permití que Renatta se marchara del funeral de mi padre.

Por supuesto, el entrenador tampoco era una opción. Podía irme a un hotel, pero eso significaría que la prensa especulara y no dejara tranquila a mi madre y, mucho menos, a mí.

Tan solo me quedaba una persona, esa que esperaba que no me diera la espalda, pues entonces me tendría que ir de camping , y no quedaba bonito que durmiera en una caseta de campaña teniendo partidos importantes.

—Dime, Acosta. ¿Qué te sucede?

—Buonareti, necesito tu ayuda.

—Mucho me temo que has hecho eso que le dijiste a tu madre en el funeral. ¿Me equivoco?

—No, no te equivocas, pero tampoco es nada definitivo, es tan solo por unos días.

—Sabes que las puertas de mi casa las tienes abiertas, pero no dejes que el orgullo pueda contigo, o terminarás arrepentido.

—¿Os habéis metido a curas todos y yo no me he enterado? Porque vaya pesadez eso del arrepentimiento.

—Anda, deja ya todo y vente para acá.

—Estoy en la puerta de tu casa, te he llamado cuando ya estaba aquí.

Buonareti me abrió la verja de fuera, pues el personal de seguridad me conocía y, a pesar de que yo sabía cuál era la clave de entrada, no quería entrar hasta que no hablara con él.

—Cabrito, ¿por qué no has entrado con la clave?

—Porque no quería que pensaras que era un aprovechado.

—Somos amigos, Romeo, esos pensamientos no caben entre nosotros.

—Gracias. Podría haberme ido a un hotel, pero eso sería darle carnaza a la prensa.

—Has hecho bien. Además, esta casa es muy grande y así me sentiré menos solo al volver a casa de los entrenamientos. Por cierto, ¿vas a ir al entrenamiento de mañana?

—Por supuesto. Tengo que jugar ese partido, y ganarlo, en la memoria de mi padre.

—Vamos a la cocina, que tengo la comida en el fuego y no quiero que se me queme.

—Querrás decir que estás calentando la comida, porque tú no sabes ni cómo se fríe un huevo.

—¿Cuándo he dicho yo que he cocinado?

—También es verdad. Si no fuera por la señora que viene a ayudarte a limpiar, comerías de la calle todos los días.

Nos sentamos a la mesa, justo cuando mi teléfono empezó a sonar. Era mi madre, y tengo que reconocer que pensé en no contestar a la llamada, pero me daba miedo de que le hubiera ocurrido algo y estuviera sola, por lo que, después de cuatro tonos, contesté.

—Dime, mamá.

—Romeo, tienes que venir a casa. Tu padre ha dejado una carta para todos, en la que explica lo que tenía…

—Mira, mamá, me da exactamente igual lo que ponga en ese papel. Mucho peor me lo pones si dices que él sabía lo que tenía. Si lo hubiera dicho, todavía estaría aquí.

—No seas cerrado, hijo, por favor…

—Mamá, que no, que yo lo único que quiero es tenerlo aquí, a mi lado. Todo lo que diga, no me vale.

—¡¿Por qué eres tan cerrado?! Al final, te vas a arrepentir, y no solo de eso, sino de lo que estás haciendo con Renatta.

—¿Eso es lo que te ocurre? ¿Renatta? Pues déjame que te diga que, antes de culparme a mí de lo que sucede, más vale que le preguntes a ella lo que hizo mientras que mi padre se debatía entre la vida y la muerte.

—Eres muy injusto, ella no sabía nada.

—Me parece que te interesa más culparme a mí que a ella, que es a la que estás tratando como si fuera tu hija.

—Eso es ya lo que me faltaba por escuchar, mi hijo eres y siempre serás tú. Lo que ocurre es que me suelo poner del lado de la verdad.

—Mira, mamá, piensa lo que te dé la gana, yo no pienso ir ahora, mucho menos a leer lo que mi padre ha dejado escrito. Lo único escrito de mi padre que me interesa, es el testamento. Cuando haya que abrirlo, me llamas.

Corté la llamada de muy malas maneras, lo reconozco, pero es que, en cuanto mi madre tocaba el tema de Renatta, me ponía negro de coraje.

Buonareti, que vio mi semblante, no me dijo ni una sola palabra sobre lo que había ocurrido, aunque eso no significaba que no lo fuera a hacer más tarde.

Estaba completamente seguro de que lo haría, pero no ahora. Buonareti sabía que yo necesitaba un poquito más de tiempo para hablar las cosas, para asimilar todo lo que me había dicho mi madre.

Y llegó el momento de tan temida conversación, delante de dos tazas de café y un bizcocho de chocolate.

—¿Me quieres contar qué es lo que te ha dicho tu madre que te ha puesto de ese mal humor?

—Ha encontrado una carta de mi padre y quiere que vaya a leerla.

—¿Y cuál es el problema?

—El problema es que, ponga lo que ponga, me da igual, porque no me lo va a devolver.

—Esa postura es muy inmadura por tu parte.

—Bueno, pero es mi postura, así que, lo que penséis los demás, no me importa.

—Yo no voy a insistir en que vayas o en que la leas. Ya eres mayorcito para saber lo que quieres o no quieres hacer.

—Y no sabes cuánto te lo agradezco, de verdad. Estoy harto de que me bombardeen la cabeza con lo mismo.

—Eso sí, medítalo con la almohada, pues no quiero que, pasado un tiempo, pienses que te has equivocado, porque ya no habrá vuelta atrás.

Con esas palabras de Buonareti rondando en mi cabeza, me fui a descansar un rato, pues habíamos pasado dos noches sin dormir, y necesitaba desconectar de todo y de todos.

Abrí los ojos y ya estaba amaneciendo, había dormido más de quince horas, y me levanté de lo más tranquilo y descansado, dispuesto a ir al entrenamiento de ese día, aunque tuviera que verle la cara al entrenador.

—Venga, vamos juntos, así no tenemos que coger dos coches y podemos ir y volver en el mismo.

—Vale, pero vamos en el mío, que me apetece conducir.

—¿Te ves en condiciones para hacerlo?

—Por supuesto, si no fuera así, no te lo hubiera dicho.

—Entonces, no hay más que hablar. Vamos a desayunar, y salimos para el estadio.

En la cocina ya estaba la señora que venía a limpiar, poniendo el desayuno en la mesa. Había decidido que yo pagaría una parte, porque yo era más trabajo para ella y no sería justo que cobrara lo mismo.