Capítulo 19
Renatta
«Mi queridísima familia.
Si estáis leyendo estas letras es porque ya me he ido, pues la enfermedad ha podido conmigo, de una vez.
Mi muerte no ha sido repentina, no es algo que no supiera que tenía o algo que me había negado a tratar, simplemente, no había nada que hacer.
Mi corazón sufría una extraña malformación, que descubrí hace ya muchos años, y que estaba mermando mi capacidad.
Me cansaba mucho, no podía seguir el mismo ritmo de antes y no, no había cirugía posible, porque ya he visitado a los mejores cardiólogos de toda Europa.
Bianca, ¿recuerdas cuando te dije que tenía que ir a Suiza a negociar un contrato de publicidad?
Pues no era del todo cierto, pues podría haberlo negociado desde aquí, pero me hablaron de una clínica especializada en mi enfermedad, y allí que me fui, con toda la esperanza del mundo.
Una esperanza que se diluyó en el momento en el que me dijeron que no se podía hacer nada, así como también me dijeron que mi corazón se podría parar en cualquier momento.
Mi niña Renatta, espero haberte instruido bien en tus labores como representante deportiva, porque tú serás quien continúes con mi legado.
Quiero que hables con todos los jugadores, que le muestres esta carta si es necesario, aunque todo esto lo he dejado por escrito en mi testamento, con un documento de cesión que le será enviado a todos y cada uno de ellos.
Sé feliz, mi preciosa niña, y no dudes de que, en estos años que llevas a nuestro lado, te has ganado un hueco en mi corazón, pues te quiero como a una hija, aunque espero que mejor seas una nuera.
Y a ti, mi hijo, Romeo, el orgullo de mi apellido y de mi vida. Gracias por todos estos años que me has regalado a mi lado, sin huir, siempre con tu madre y conmigo.
Espero que siga siendo así cuando yo me marche, y que no te separes de ella ni un solo momento.
Gana todos los títulos que puedas, y dedícame uno tras otro, aunque no sea públicamente, que nunca me hicieron falta esos reconocimientos.
Sienta la cabeza, Romeo, porque tu etapa de futbolista no durará para siempre, y no te puedes imaginar lo reconfortante que es volver a casa y tener a una mujer a tu lado.
Pero una con la que, el simple hecho de sentarte en el sofá a ver una película con un bol de palomitas te parezca el mejor plan del mundo.
Creo que con estas palabras ya te lo he dicho todo. No dejes de perseguir tu sueño, pero también, con los pies en el suelo, por favor.
Recuerda lo que siempre te he dicho, el dinero y el éxito no sirven de nada si no tienes con quién compartirlos.
Dicho esto, me despido de todos vosotros. No me olvidéis, pero no sufráis pensando que podíais haber hecho algo más por mí, porque no es así.
Os quiero y os cuidaré desde allá arriba. Thiago Acosta.»
En este punto, Bianca lloraba a moco tendido, pero yo no me quedaba atrás. Thiago sabía que se moría, y no le dijo nada a nadie.
Prefirió seguir con su vida tal cual era, no quería sentir que los demás se compadecían de él, no quería que su esposa pensara que tenía los días contados a su lado y eso era de admirar.
—Es un gran hombre, Bianca, y tú has tenido la suerte de que se enamorara de ti.
—¿Qué voy a hacer ahora sin él?
—Seguir adelante, como él quería, recordándolo con una sonrisa.
—No puedo hacer eso, Renatta. No íbamos ni a la esquina el uno sin el otro.
—Pues ahora tendrás que hacerlo, no te puedes quedar aquí, encerrada.
—¿Sola? No sé si sabré hacerlo, te lo prometo.
—Claro que sabrás, pero no estarás sola, yo te acompañaré siempre que lo necesites.
—Gracias por permanecer a mi lado, Renatta. No sabes lo que esto supone para mí.
—Me lo puedo imaginar, porque cuando yo llegué aquí, sola, tenía la misma sensación, y vosotros me abristeis los brazos, como una más de la familia, y la familia está para eso, para sostenerse y ayudarse cuando se necesita.
Bianca se limpió las lágrimas, y se levantó. Se fundió en un abrazo conmigo, uno que no sabía que necesitaba hasta ese momento.
—Creo que deberías de avisar a Romeo, y que lea él mismo esta carta.
—Yo también lo pienso, pero me parece que será inútil, está en un plan…
—Sí, pero que no quede que tú se lo has ocultado, que no se sienta engañado.
—Está bien, en cuanto terminemos aquí, y antes de entrar en el dormitorio, lo llamaré.
Estuvimos como una hora y media más en ese despacho. Toda la documentación relativa al trabajo la pasé a mi caja, esa que me llevaría y revisaría con tranquilidad en mi casa.
En una de las carpetas encontramos la documentación sobre un seguro de vida cuya beneficiaria era Bianca, y del que no sabía absolutamente nada.
—Tienes que llamar y hacer efectiva la póliza, Bianca.
—Realmente, a mí eso me da lo mismo.
—Lo sé, pero Thiago quería que tus espaldas estuvieran cubiertas el día de mañana.
—Bueno, primero voy a llamar a Romeo, a ver si consigo que venga y que lea la carta, y de camino me ayuda con todo el tema del seguro.
La dejé allí, llamando a Romeo, mientras que yo me fui al dormitorio, donde Bianca me había dicho que metiera toda la ropa de Thiago en cajas, para bajárselas a Rodolfo y que las pudiera aprovechar.
Había una sudadera que, desde siempre, me había encantado, y con la que él bromeaba que me la dejaría en su testamento.
Ahora sabía que lo decía en serio, y la cogí del cajón, la olí y la apreté contra mi pecho, mientras que las lágrimas caían por mi rostro.
Escuché a Bianca gritarle a su hijo de que se iba a arrepentir de todo lo que estaba haciendo, que la vida lo pondría de golpe en su sitio.
—No hay manera de que entre en razón, sigue diciendo que lo que ha pasado ha sido por culpa de su padre, por no hablar claro sobre lo que tenía.
—No te irrites más, Bianca. Cuando se le pase el berrinche, seguro que recapacita y entra en razón.
—Eso espero, o le auguro una vida muy sola y muy triste, sin su padre, sin su madre y huyendo de la mujer de la que está enamorado, pensando cosas que no son.
Guardé silencio, porque no quería volver a tratar el mismo tema. No me apetecía que nos volviéramos a enzarzar en una discusión sin sentido en la que ambas queríamos llevar la razón.
—Bianca, quería pedirte una cosa.
—Dime, cariño, lo que sea. Si está en mi mano, sabes que lo tendrás.
—Me gustaría quedarme con esta sudadera de Thiago, de la que bromeábamos que me dejaría en el testamento.
—Coge todo lo que quieras, Renatta, estoy segura de que a él le encantaría que la tuvieras tú.
Esa la dejé aparte, y fuimos guardando todos sus enseres y su ropa en cajas, dejando en una todo lo que su madre le guardó a Romeo, y que guardaríamos en un altillo en mi casa.
Llegó el momento en el que nos sentamos a comer, pues ya teníamos todo listo, y tan solo faltaba bajar a darle las cajas a Rodolfo antes de que terminara su horario laboral.
—Voy a pedir pizzas. Mientras que no llegan, aprovecho y le bajo las cajas a Rodolfo. ¿Te parece?
—Perfecto, cariño, así yo también las quito de en medio y no las tengo a la vista. Cuanto menos tenga que verlas, menos dolor sentiré.
—Esa es la actitud, Bianca, estoy muy orgullosa de ti. Sé que no estás en tu mejor momento, pero también te digo que, poco a poco, lo irás superando.
—Esa es mi única esperanza, te lo juro.
—Ya verás como sí y, lo que hoy recuerdas con dolor, mañana lo harás con una sonrisa, y, a medida que vayan pasando los días, irás sintiéndote mejor.
Rodolfo, cuando me vio salir del ascensor con todas las cajas que eran para él, se llevó las manos a la cabeza.
—No tendré vida para ponerme toda esta ropa, se lo aseguro.
—Pues, si ves que es mucha, si sabes de alguien que también la necesite, tienes el permiso para compartirla con esa persona.
—Mi hermano, señorita Bianchi, él lo necesita, al igual que mi sobrino el mayor, que es el primero de la familia que está en la universidad.
—Entonces, nada mejor que hacer felices, en vez de a una persona, a tres.
—Gracias, señorita, mi sobrino, en especial, seguro que se pone muy contento.
—Claro, él es el que está en edad de presumir, y aquí hay ropa muy bonita y buena.
—Y que no podría comprarse ni en diez vidas que su padre trabajara.