¿Cuándo nos convertimos en esto? Capítulo 18
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Capítulo 18

Renatta

Esa noche dormí en casa de Franco, pues no tenía fuerzas de entrar en la mía, sobre todo sabiendo que en la puerta de al lado no estaba, ni estaría nunca más, Thiago, con sus charlas para animarme y conseguir mis sueños.

Me acababa de levantar, con la imagen en la retina de ese féretro saliendo del tanatorio rodeado de aplausos, que fue lo único que pude ver de su despedida, gracias a las imágenes de la prensa.

—Te has levantado muy pronto, ¿no?

—Sí, quiero marcharme a casa. Tengo mucho que hacer y organizar.

—Oh, yo pensaba que te quedarías aquí toda la semana.

—No, si te parece, alquilo mi casa y me vengo a vivir aquí, contigo.

—Esa sería una gran idea.

—De verdad, estás loco. Anda, ahí tienes el café, ve tostando el pan mientras que me doy una ducha rápida.

—Desde luego, me tienes un poquito explotado.

Negué con la cabeza mientras que subía a darme esa ducha y a cambiarme de ropa.

Cuando bajé a la cocina, de nuevo, ya Franco tenía todo preparado para el desayuno, ese que hicimos entre bromas y risas.

Estábamos recogiendo los tiestos del desayuno, cuando llamaron a la puerta.

—¿Puedes abrir tú, por favor?

—Claro, ahora mismo.

—Tiene que ser alguien conocido, pues tiene la clave de la puerta de entrada.

—Verdad, no había caído en eso.

Me fui a abrir la puerta y me encontré a Santini detrás de ella, que me miró con mala cara, al ver mi pelo mojado, clara señal de que había dormido aquí.

—Venía a ver a Franco, pero si está ocupado, ya vuelvo otro día.

—No, por favor, pasa, yo me marcho ya.

—No tienes por qué hacerlo, de verdad, ya vendré mañana o pasado…

Lo sujeté por el brazo, corriendo el riesgo de que me mandara a la mierda, pero no podía dejar pasar ese momento para que supiera que, entre Franco y yo no había pasado nada.

—Santini, entre Franco y yo tan solo hay una bonita amistad, nada más.

—Lo que haya pasado entre el entrenador y tú, o lo que vaya a pasar, me trae sin cuidado, te lo aseguro.

—No te pongas nervioso, pero sí que te importa. Así que, pasa y hablad, que tenéis mucho por lo que hacerlo.

Me aparté para dejarle paso, y cerré la puerta detrás de mí. Ni siquiera me acerqué a la cocina, donde se apoyó en el quicio de la puerta, y subí a coger mis cosas.

Ya había llegado el momento de enfrentarme a mis miedos y a mi dolor. No podía postergarlo más, pues, cuanto más lo hiciera, mayor iba a ser el sentimiento.

Bajé las escaleras cantando, para que notaran mi presencia. No quería que pasaran por un momento incómodo, hasta que llegué a la cocina, para despedirme.

—Chicos, me marcho.

—De verdad, Renatta, no tienes por qué hacerlo.

—Pero ya te lo he dicho desayunando, que tenía muchas cosas que hacer.

—Está bien, pero vamos hablando.

—Sí, luego te llamo.

—Ten cuidado con la carretera, y con los periodistas, que están apostados en la puerta de tu edificio —me dijo Santini.

—Sí, entraré por el garaje, no tendré que cruzármelos, pero gracias por la advertencia.

Me acerqué y les dejé un beso en la mejilla a cada uno, dirigiéndome hasta la puerta de salida, y dispuesta a montarme en mi coche y llegar a mi casa lo antes posible.

Efectivamente, tal y como me había advertido Santini, la prensa estaba arremolinada desde la esquina de calle hasta más allá de nuestro portal.

—Chicos, por favor, dejadme pasar que no quiero atropellar a nadie.

—¿Por qué no estuvo usted en el funeral?

—¿Hubo algún problema con el jugador Acosta?

—¿Fue porque llegó con Amanda Well, la modelo internacional?

Las preguntas me bombardeaban, y todos estaban dando en el clavo, pero no iba a darles la razón, porque, entonces, tendrían carnaza para una buena temporada.

—De verdad que no voy a contestar a nada, así que, por favor, dejadme pasar de una vez, que estoy loca por llegar a mi casa.

—¿Eso significa que no has pasado la noche aquí?

—¿La has pasado con el entrenador?

—¿Es cierto que tenéis una relación sentimental?

Ya no me lo pensé más, y aceleré, presionando el botón de apertura de la puerta del garaje. En cuanto vieron que no me iba a frenar, se apartaron a cada lado de la puerta, aunque siguieron preguntando.

Por fin había conseguido entrar en el edificio, y me disponía a subir a mi casa, cuando me choqué con él, que salía del ascensor.

—No podía tener más mala suerte —murmuré, pues venía con esa mujer y cargaba con una maleta.

—Chica, cualquiera diría que vienes de pasar una noche de perros.

—Mira, no me apetece verte la cara más, mucho menos hablar contigo.

—Amanda, ve entrando mi maleta en el coche, por favor…

—Romeo, es que… —le dijo ella, enseñándole su perfecta manicura.

—Está bien, ahora la llevo yo, pero ve sentándote, enseguida estoy contigo.

Romeo esperó a que esa mujer estuviera lo suficientemente lejos de nosotros como para acercarse a mí, y susurrarme en el oído.

—Ese viejo jamás te hará sentir lo que te he hecho sentir yo, que te quede claro.

—Por supuesto que no, porque, contigo, tan solo he experimentado dolor y, si te refieres al sexo, no te crezcas mucho, que tampoco fue para tanto.

Me giré y entré en el ascensor, dejándolo fuera, mirándome con un odio impresionante.

Si quería herirme a mí, había salido escaldado, pues el único que había salido herido fue su ego.

Ahora que sabía que él no estaba, ni volvería pronto, a juzgar por su maleta, iría a visitar a Bianca, que me necesitaba más que ninguno.

Abrí mi puerta y dejé todo en la misma entrada, cerrando después y yendo a buscar a la que era más que una vecina para mí.

Tenía que pedirle disculpas por no haber estado a su lado durante la despedida de su marido, pero ella sabía que no había sido por gusto.

—Mi niña, cuánto te he echado de menos.

—Yo también, y quiero que sepas que, aunque no estuve físicamente, sí que lo estuve con el corazón.

—Lo sé, mi vida, lo sé.

—¿Cómo te encuentras? Pero quiero que me digas la verdad, aunque sea obvio. Quizás, si lo verbalizas, te darás cuenta de cómo te sientes realmente.

—¿Qué quieres que te diga? ¿Cómo se puede sentir una persona que ha perdido al amor de su vida?

—Vosotros erais mucho más que eso, te lo aseguro.

—Sí, porque, aparte de eso, era mi compañero de vida, mi mejor amigo, el hombre que tenía siempre un gesto cariñoso y una sonrisa para mí. Además, no solo lo he perdido a él.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Romeo, él también se ha marchado. Dice que ya tiene edad suficiente para volar solo, que no se va a quedar a mi lado aguantando lágrimas y dolor.

—Él nunca ha sido así. Si hubiera querido marcharse, independizarse, lo hubiera hecho mucho antes…

—También lo sé, pero es esa mujer, son esas compañías que está frecuentando ahora, las que lo hacen ser así.

—Bianca, si te sientes demasiado sola, si todo esto te recuerda demasiado a Thiago, puedes venirte a mi casa durante una temporada.

—Ni siquiera ha sido capaz de ayudarme a quitar las cosas de su padre.

—Por eso no te preocupes, que vengo dispuesta a apoyarte y ayudarte en todo lo que necesites.

—Gracias, Renatta, por todo. Con respecto a la primera propuesta, te diré que me has hecho, creo que tengo que quedarme aquí, era nuestro hogar y a él no le hubiera gustado que me fuera. Pero, con relación a lo segundo, vamos a empezar cuanto antes.

—Bajo ahora mismo a comprar cajas, tú decides lo que quieres conservar y lo que quieres donar. ¿Te parece?

—Me parece perfecto, pero ten cuidado con la prensa, por favor, están de lo más exigentes.

—No te preocupes, le pediré a Rodolfo que sea él quién las traiga y yo lo esperaré en el portal.

Rodolfo era el portero de la finca, y era un señor de lo más amable y señorial. Podía tener más o menos, el mismo porte que Thiago, y quizás Bianca estuviera de acuerdo en donarle la ropa a él.

Bajé hasta la planta baja. Por suerte, desde donde estaba la prensa no me podían ver, ya que los cristales de la entrada eran tintados, evitando así las miradas indiscretas de los transeúntes.

—Rodolfo, me gustaría pedirle un favor.

—Dígame, señorita Bianchi. ¿En qué puedo ayudarle?

—La señora Acosta y yo necesitamos cajas de mudanzas, pero con toda esa gente ahí, deseando que salgamos para atosigarnos, tardaríamos más que si fuéramos a Roma andando.

—No se preocupe, que ahora mismo os las traigo yo. ¿De qué tamaño?

—Grandes, pero tampoco excesivas. Es para guardar las cosas del señor Acosta.

—Espéreme aquí, que ya sabe que, salvo un asunto de fuerza mayor, no puedo subir a los apartamentos.

—En la próxima junta de la comunidad pienso hacer que se cambie esa norma, se lo aseguro.

Rodolfo me miró con una sonrisa, y cogió el billete de cien euros que le di para que hiciera la compra de las cajas en una tienda que había en la esquina, pegada al Ponte Vecchio.

Ni diez minutos después, ahí estaba él, con sus cajas en la mano y esa sonrisa tan característica que tenía.

—Aquí tiene, señorita Bianchi. Junto con el ticket de compra.

—Con el ticket de compra te haces una pajarita, y te quedas con el cambio, a modo de propina.

—Señorita, es mucho dinero.

—Bueno, pues le compras un ramo de flores a tu mujer o la llevas a tomar una copa.

—Gracias, es usted muy amable y generosa.

Subí de nuevo hasta la casa en la que me esperaba Bianca, y nos pusimos manos a la obra.

—¿Por dónde empezamos?

—¿Qué te parece si lo hacemos por el despacho? Así, a mí me dará tiempo de acostumbrarme a la idea cuando nos toque quitar su ropa.

—Me parece perfecto, y quería comentarte algo. Rodolfo, él tiene la misma talla que Thiago, y creo que le vendría muy bien la ropa que vayas a donar.

—Sí, yo también había pensado lo mismo. Le he preguntado a Romeo y me ha dicho que él no quiere nada de su padre, que lo único que quería era tenerlo vivo, y como no lo tiene, lo material le da exactamente lo mismo.

—No te hagas más sangre, Bianca. Si quieres, y sin que él lo sepa, puedes dejarle en mi casa lo que pienses que le gustaría tener. Cuando se le pase el berrinche, seguro que se arrepiente.

—Sí, me parece una buena idea, guardaremos algo en una de las cajas y la pondremos en el altillo, por si se arrepiente, sobre todo sus enseres más personales.

Entramos en el despacho, dónde estaban todos los contratos de representación que tenía, tanto de Romeo como de algún que otro jugador más.

—Renatta, eso llévatelo tú. Seguro que él quería que siguieras su estela y te hicieras cargo, siempre que los clientes quisieran, por supuesto.

—Está bien, eso me lo guardo yo en una caja, para mí, y así le echo un vistazo más tarde.

Seguimos guardando todo, su agenda, su portátil, ese que Bianca se empeñó en que me llevara yo también.

Al abrir un cajón, vimos que había un sobre manuscrito de su puño y letra, en el que, en el anverso, ponía “ Para mi familia”.

Era una carta, dirigida a los tres, porque a mí también me había incluido en ella, pero ninguna de las dos nos atrevimos a abrirla. Nos daba miedo lo que podíamos encontrarnos escrito en esos folios.

Fueron unos momentos un tanto extraños, porque ninguna de las dos sabíamos que hacer, hasta que, en un arrebato, Bianca se decidió a abrirla.