Capítulo 17
Renatta
Salí del baño y, en el pasillo, estaba Bianca, que había oído toda la conversación. Fue a decirme algo, pero no se lo permití.
—No me digas absolutamente nada, por favor. Entiendo que es tu hijo, pero hay cosas que no se pueden permitir, como esos comentarios.
—Por supuesto que no, pero también te digo que, si estuviera en sus cinco sentidos, no sería capaz de decir algo así.
—No es un niño, Bianca. Si yo, con diecisiete años, pude superar y entender la muerte de la única persona que tenía, no dudo que él también lo haga. Pero, mientras tanto, no me va a usar como saco de boxeo, no se lo pienso consentir.
—Y haces bien, tan solo te pido que, durante estos días, lo que haga o diga, no se lo tengas en cuenta.
—Lo intentaré, pero que te quede claro que, si lo hago, no es por él, es por ti y por Thiago, que no os merecéis menos.
—Gracias, Renatta, tu sensatez lo va a ayudar mucho.
—Eso espero, o lo mandaré un poquito más para allá de la mierda, no sé si me has entendido.
Bianca me miró y soltó una carcajada, y era la primera que le había escuchado desde que había sucedido todo, y me hizo sentir bien.
Aparqué mi coche cerca de la entrada del tanatorio, pues no quería que la prensa nos agobiara más tiempo del necesario.
El señor Braganza había pedido explícitamente que nos dejaran intimidad, pero a ellos les entró por un oído y les salió por el otro.
Entendía que era su trabajo, pero tenían que respetar el momento por el que estábamos pasando, y parecía que no estaban mucho por la labor de hacerlo.
Las preguntas volvieron a ser las mismas, por mi relación con Romeo, por mi supuesto affaire con Franco, y empezaba a irritarme en demasía.
—Gracias, chicos, pero no vamos a contestar nada.
Por fin pudimos entrar en el edificio, donde ya nos estaba esperando mucha gente que quería decirle adiós a Thiago, a quien todos le mostraron su afecto y consideración.
Franco también estaba allí, y no dudó en abrazarme en cuanto llegó a mi altura, mostrándome su apoyo.
—¿Qué ha pasado con Romeo? ¿Ha dado su brazo a torcer?
—Pues no, sigue en sus trece. Piensa que no le cogí el teléfono porque me estaba acostando contigo.
—Ese chico no puede ser más gilipollas, de verdad.
—En fin, de donde no hay no se puede sacar, es imposible.
Justo estaba diciendo eso, cuando apareció Romeo por la puerta. Me miró con asco, como si yo fuera la culpable de todo lo que le estaba sucediendo, y pasó por nuestro lado como si no nos conociera.
Pero no fue eso lo que me sorprendió, sino que apareció cogido del brazo de aquella modelo con la que juró y perjuró que no se había acostado, pero que todo demostraba que no era así.
Bianca, que también lo vio, no dudó en levantarse y encaminar sus pasos hasta donde estaba su hijo con esa mujer.
—Romeo, ¿podemos hablar un momento?
—Mamá, no me vayas a taladrar ahora, por favor, no tengo la cabeza para eso.
—Está bien, si no quieres que lo hagamos a solas, no tengo ningún problema en hacerlo delante de esta mujer, de la que no tengo ni idea de quién es.
—Señora, soy Amanda Well, una amiga especial de su hijo, y venía a darle mis condolencias por el fallecimiento de su marido.
—Si no le importa, esta conversación es entre él y yo, porque, además, no entiendo qué hace usted aquí, cuando a mi marido no lo ha visto en la vida.
—Mamá, hazme el favor de medir tus comentarios. Está aquí como mi pareja y, si no te gusta, pues no le hables y no te acerques, es así de sencillo.
—Si sigues con esta actitud, no voy a tener más remedio que pedirte que abandones el lugar. No quiero escándalos en el funeral de tu padre y el que te presentes aquí con esta mujer, no hace más que aumentar la presencia de la prensa.
—No me voy a marchar, mamá. Te pongas como te pongas. Lo que tendrías que hacer es pedirle a nuestra vecinita que deje de dar la nota con abrazos hacia mi entrenador, que parece un viejo verde, con los años que tiene.
—Así que a eso se reduce todo, a los putos celos.
—¿Has visto a la mujer que tengo a mi lado? Renatta no le llega ni a la suela de los zapatos.
—Señora, con todos mis respetos, pocas mujeres, por no decir ninguna, de las que están en esta sala, están a mi altura —dijo esa mujer.
—Te lo he advertido, Romeo. O esta mujer se marcha de aquí, o tendré que pedirle a seguridad que la saque de aquí.
—Tengo todo el derecho a estar en el funeral de mi padre con quién me dé la gana, y tú no eres nadie para impedírmelo.
Como me di cuenta de que la cosa se estaba poniendo cada vez más tensa, no dudé en acercarme a Bianca.
—Bianca, déjalo, por favor. Yo estaré en la cafetería hasta que sea la hora en la que se le haga el responso y la despedida.
—Renatta, no. Tú…
—Tú eres la que sobras aquí y, si me apuras, llévate también a mi entrenador, que lo mismo y le hace falta ir a comprar viagra a la farmacia.
—¿No te parece que ya está bien? Nadie te está haciendo nada para que trates así a todo el mundo que está a tu lado, Romeo. Si continúas así, terminarás quedándote solo —le dijo Santini, que acababa de llegar.
—Venga, iros los tres, que lo mismo hay un cuarto vacío en el que pasarlo bien juntos.
No me lo pensé, y levanté mi mano, dándole una buena cachetada que le tomó de improviso, y que lo dejó completamente paralizado.
—No vuelvas a hacer eso si no quieres que te la devuelva.
—Sería lo único que te faltara ya, maltratar a una mujer. ¿En qué me he equivocado contigo, Romeo? —preguntó su madre, con lágrimas en los ojos.
—Bianca, tranquilízate, que no le voy a dar esa oportunidad. Me duele en el alma no poder darle el último adiós a Thiago como él se merece, pero no pienso montar aquí un numerito, que parece que es lo que está buscando.
—No te puedes ir, Renatta, por favor.
—Créeme, es lo mejor para todos. Ahora, si me lo permites, voy a entrar a hablar con él, a despedirme de su cuerpo, porque su alma siempre estará con nosotros.
Bianca asintió, mientras que Romeo se dedicó a hacerle caricias a esa mujer, en vez de apoyar y mostrarle ese cariño a su madre.
Hablé con el chico de la funeraria, que no dudó en abrirme la puerta de la sala en la que estaba Thiago, y cerrar las cortinas para que tuviera la intimidad necesaria.
—Thiago, mi adorado vecino, mi padre en funciones, como me gustaba llamarte. Te echaré tanto de menos… ¿A quién le voy a preguntar ahora mis dudas?
No podía evitar que mis lágrimas cayeran por mis mejillas, mientras me abrazaba a mí misma, por el frío de la sala, pero también por lo que me estaba costando hacer esto.
—Te prometo que llegaré tan alto como tú me has alentado siempre a que llegara. Te quiero, sigue cuidándome desde arriba como lo hacías aquí abajo. No podré estar físicamente en tus últimos momentos en la tierra, pero sí que estaré en alma.
Salí de allí y me abracé con Bianca, para, después, dirigirme hasta la puerta del edificio, y lo hice sin mirar atrás.
Franco no me dejó sola en ningún momento, y se vino tras de mí, por si necesitaba que me acompañara.
—No te preocupes, de verdad. Entiendo que tengas que estar aquí.
—No tengo que estar aquí. Si lo estoy, es por Thiago, al que le tenía muchísimo cariño.
—Por eso mismo…
—Renatta, estoy completamente seguro de que Thiago me diría que no te dejara sola, que, aquí, ya no estaba haciendo nada, pues él no se iba a enterar.
—Está bien, haz lo que mejor te parezca, pero yo me marcho ya, no quiero estar cerca de Romeo ni un segundo más.
—Venga, vámonos.
Franco me pasó el brazo por encima de los hombros, y se dirigió conmigo hasta donde tenía aparcado mi coche. En completo silencio y sin contestar a ninguna de las preguntas.
Él había venido en taxi, pues no quiso traer el coche hasta aquí. Por eso nos volvimos en el mío.
—Déjame conducir a mí, anda, que no estás en condiciones de hacerlo y no quiero que nos partamos la cabeza por el camino.
—Sí, será lo mejor. Pero no quiero ir a mi casa.
—No pensaba llevarte allí, vamos a la mía.
—No tengo ropa allí.
—Acabo de hacer un pedido a la tienda deportiva del club. No creo que te quieras poner un vestido de lentejuelas, ¿no?
—Por supuesto que no. No iría con mi ánimo en estos momentos.
Franco pintó una sonrisa en su boca, pero no les llegó a los ojos. Sabía que estaba sufriendo por mí, por lo que estaba pasando con Romeo, pero no me dijo absolutamente nada.
Llegamos a su casa y allí estaba el paquete de la tienda, en la garita de entrada, donde había dicho que lo depositaran si él no había llegado todavía.
—Anda, date una ducha calentita y ponte algo de ropa cómoda. Yo, mientras, pido algo de comer.
—No me apetece comer nada, de verdad. Tan solo tengo ganas de cerrar los ojos y dejar que pase todo, que llegue un nuevo día, con sus luces y sus sombras.
—Lo sé, cariño, pero tienes que comer algo o caerás enferma.
—Está bien, pero que sea algo ligero, por favor.
—No lo dudes, yo tampoco tengo muchas ganas de nada.
—¿Es por Santini? ¿Te ha dicho algo?
—No me ha dicho nada, pero no me hace falta. Esa indiferencia con la que me trata, como si yo fuera uno más de sus conocidos, como si entre nosotros no hubiera sucedido nada…
—Habla con él, no puedes seguir así, o terminarás enfermando de amor.
—¿De eso también se enferma uno?
—Uy, ese es el primero de los males de la humanidad, te lo aseguro.
Franco soltó una carcajada que me contagió, y que me acompañó hasta que entré en la ducha.
Debajo del agua, dejé salir la rabia que sentía, en completo silencio, pues no quería que Franco me oyera y se sintiera todavía peor.
Salí y me vestí con unas mallas y una camiseta de tirantes, con el escudo del club, por supuesto.
Descalza y con una coleta que me cogí con el pelo mojado, pues no me apetecía tener que secarme el pelo, bajé hasta el porche trasero, donde Franco ya había puesto la mesa.
—Y eso que te dije que pidieras algo ligero, primo.
—Sí, pero luego lo pensé mejor. Los males de amores se curan mejor con una buena hamburguesa completa y unas patatas fritas con salsa.
—Si tú lo dices, te haré caso, que para eso eres el veterano de los dos.
—Muy graciosa, la enana está. ¿Sabes qué? Que más sabe el diablo por viejo que por diablo, chavala.
—Me estás hablando como si tuvieras ochenta años.
—Te recuerdo que has sido tú la que me has dicho que soy el veterano.
—Y lo eres. ¿Cuántos años tienes, cincuenta, sesenta?
Se lo dije para picarlo, mientras que él me miraba completamente sorprendido, como si no se terminara de creer lo que estaba escuchando.
—¿De qué estás hablando, chavala? Pero si acabo de cumplir los cuarenta años hace menos de un mes.
—Y sigues aparentando tener treinta y nueve, no te preocupes.
Franco me dio una colleja y yo solté una carcajada. Me encantaban los momentos así con él.