Capítulo 16
Romeo
Verla aparecer de la mano del entrenador, después de lo que habíamos hablado horas antes, me sentó como una patada en la boca del estómago, mucho más cuando me enteré de que habían estado toda la tarde anterior juntos.
No es que se hubiera dejado el móvil en el coche, es que estaba pasándoselo tan bien con él, que no reparó en hacerme ni una pizca de caso a mí, mucho menos a mi madre.
Salí del hospital sin mirarla siquiera, aunque mi madre optó por no separarse de ella.
En la puerta estaba la prensa, y tuve que pararme para dar unas declaraciones, y pedir que nos dejaran en paz, que teníamos y queríamos pasar el duelo y el funeral de manera tranquila e íntima.
Normalmente, estas cosas las haría mi representante, pero, como se daba el caso de que era también mi padre, me tendría que poner yo delante de los micrófonos.
El dueño del club, que me vio que no daría pie con bola, se acercó a mí, tratando de disuadirme de hablar con la prensa.
—Romeo, deberías dejar que hablara Renatta, no es bueno que te expongas tan pronto. Podrían hacer alguna pregunta que no te gustara y hacer que saltara todo por los aires.
—Si quieres que yo no hable, hazlo tú, pero no ella. A ella no la quiero cerca de mí en estos momentos.
—Está bien, si eso es lo que quieres, yo daré las explicaciones oportunas.
Carlo Braganza, que era el dueño del club y parte del equipo técnico, se paró ante la prensa, y les explicó que mi padre y representante había fallecido hacía unas horas, pidiendo máximo respeto para todos los que estábamos allí, y solicitando que no nos molestaran, por expreso deseo de la familia.
Mientras que esto ocurría, los demás salíamos por la puerta lateral del hospital, rumbo al tanatorio, aunque antes pasaríamos por casa para darnos una ducha y cambiarnos de ropa.
Vi cómo Renatta se subía con mi madre al coche de Franco, mientras que yo me marché con Santini, que también acudió en cuanto recibió mi mensaje.
—No seas así, Romeo, entre el entrenador y Renatta no hay nada sentimental, te lo aseguro.
—¿Ahora eres vidente?
—No, soy observador, y Rosety no la mira con esos ojos.
—No la mira, se la come con ellos. ¿Sabes que ayer pasaron todo el día juntos, en su casa?
Noté cómo Santini se tensaba, pero pensé que era porque eso echaba por tierra su teoría. Fue un solo segundo lo que sucedió eso, pero lo suficiente como para que yo me diera cuenta.
—Eso no tiene nada que ver. Quizás alguno de los dos necesitaba abrirse al otro, o contarse algún problema, vete tú a saber.
—Claro, y se lo vas a contar a una persona que conoces desde hace dos días, porque no tienes a nadie más cercano con quien hacerlo.
—Precisamente, quizás esa sea la cuestión, que, aun teniendo con quien hablar, necesitas las palabras de alguien completamente ajeno a ti, y te lo digo porque yo lo he hecho en multitud de ocasiones.
—Puedes decir lo que quieras, pero no creo que sea eso. Desde el primer momento en el que Renatta apareció por el club, Franco se fijó en ella, y hasta que no la ha conseguido, no ha parado.
—Está bien, piensa lo que quieras, pero no actúes sin pensarlo, o te podrás arrepentir.
Dejamos el coche en la calle, al igual que había hecho Franco, en el primer hueco que encontramos, aunque tuviéramos que pasar por delante de todos los periodistas, a pesar de que era lo que menos necesitaba.
—Señor Acosta, nos han llegado imágenes de usted con la señorita Bianchi, en el aparcamiento del hospital en actitud más que cariñosa, ¿qué hay entre ustedes?
—También ha sido vista saliendo de la casa del entrenador, ¿acaso tenéis una relación a tres?
—¿Me veis a mí teniendo una relación a tres? Si habéis visto alguna imagen entre la señorita Bianchi y yo en actitud cariñosa es porque, para mí, es como una hermana, al igual que para mis padres es como una hija.
—¿Y ese beso?
—Ese beso ha sido en la mejilla, pero visto desde otro ángulo, parece que ha sido en la boca. Ahora, si me disculpáis, tenemos cosas que hacer.
—Entonces… ¿está el míster con la señorita Bianchi? ¿Tienen una relación?
—De eso no soy la persona que tiene que hablar, preguntadles a ellos, que están justo ahí detrás.
Me abrí paso como pude, echándoles a la prensa a ellos, y entrando en mi casa.
En cuanto llegamos arriba, y abrí la puerta de mi casa, todo se me vino encima, y me volví a derrumbar de manera imprevisible.
—Amigo, es lógico que te sientas así, pero debes ser fuerte, a Thiago no le hubiera gustado verte así, de esta manera.
—Me importa un carajo lo que le hubiera gustado a él o no. Yo tampoco quería verlo en una caja de pino, y ahí está.
Tal y como mi madre me escuchó, me dio un tortazo del revés, cruzándome la cara, como no lo había hecho nunca.
—No te voy a permitir que, mientras que estés bajo este techo, hables así de tu padre ni de nadie a quién yo quiera. ¿Te ha quedado claro?
—Entonces, ya sé lo que tengo que hacer. En cuanto termine el funeral, me marcho de aquí, y así hablaré como me salga de los cojones.
Entré en mi habitación, dando un portazo. Me estaba comportando como un niño pequeño, como un adolescente al que habían prohibido salir con alguien, y lo sabía, pero no podía remediarlo.
Dejé a todos allí, en el salón, pero no tardé en escuchar la puerta de mi casa cerrarse, por lo que supuse que Renatta se había marchado ya.
Cogí ropa y entré a darme una ducha. Debajo del agua solté todo lo que me oprimía el corazón, y le pegué a la pared, con rabia, con dolor, hasta caer rendido en el suelo.
La puerta del baño se abrió, y entró por ella la persona que menos quería ver en estos momentos, la que más daño me había hecho.
—¿Qué haces aquí? Lárgate.
—¿Por qué me haces esto, Romeo? ¿Por qué me tratas así?
—¿Será porque no me has dicho que, mientras que yo estaba en un hospital, con mi padre debatiéndose entre la vida y la muerte, tú estabas retozando con mi entrenador? ¿Será que, mientras que yo estaba destrozado, a ti te daba igual cómo me sintiera?
—Eso que estás diciendo es muy injusto, no estaba retozando con Franco, me llamó para hablar conmigo y, si no estaba allí, con vosotros, era porque no tenía el teléfono.
—Si es cierto eso que estás diciendo, no dudarás en meterte aquí conmigo, y hacer que se me olvide hasta mi nombre.
—No soy un saco de boxeo, con el que puedas destensar tu estrés, y mucho menos una muñeca hinchable con la que desahogarte en tus frustraciones.
No la contradije, me daba igual lo que pensara y, si no hubiera sido tal y como yo le había dicho, no hubiera dudado en meterse en esa ducha conmigo.
Cuando salí, ya tan solo estaba Santini, sentado en el sofá y con cara de agobiado, como si nada de lo que estuviera pasando le hubiera sentado bien.
—¿Y a ti qué coño te pasa?
—Nada. Venga, vámonos que ya los demás se han marchado.
—Vale, pero llevaré mi coche, no quiero tener que lidiar de nuevo con la prensa.
—Está bien, en todo caso, luego cojo yo un taxi para venir a por el mío.
—No me has entendido, prefiero ir solo, y espero que no te moleste, pero es que lo necesito.
—No me molesta, pero me lo podrías haber dicho antes, y no hubiera estado aquí, esperando, como un gilipollas.
Santini se levantó de mi sofá y, sin decir nada más, se marchó, dando un portazo al salir.
¿Qué coño me estaba pasando? ¿Por qué me comportaba así con todo el mundo? ¿Sería así a partir de ahora?
Esperaba que no, o me volvería loco si todo el mundo me daba la espalda de esa manera, eso lo tenía claro.
Bajé hasta el garaje en el ascensor directo, ese que tan solo utilizábamos los vecinos que teníamos coche, y entré en mi vehículo, poniendo rumbo al tanatorio en el que haríamos el funeral de mi padre.
Me había vestido con un traje de chaqueta negro, al igual que la camisa, aunque sin corbata, que era algo que odiaba, del mismo modo que lo hacía mi padre.
—¿Por qué te has ido, papá? ¿Qué voy a hacer ahora sin ti? ¿Por qué no dijiste que te encontrabas mal y te hubiéramos salvado?
Todo eso lo dije en alto, golpeando el volante con mis manos cuando llegué al tanatorio, y siendo grabado por la prensa, pero me dio exactamente lo mismo.