¿Cuándo nos convertimos en esto? Capítulo 15
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Capítulo 15

Renatta

No me moví de ahí en toda la noche, y gracias a Dios que no lo hice, porque de madrugada salieron los doctores a darnos la peor de las noticias.

Tan solo estábamos los tres, Romeo, su madre y yo, ya que, aunque la directiva del club vino enseguida, se marcharon en cuanto dieron las doce de la noche, quedando en mantenerse en contacto y volver al día siguiente.

—¿Familiares de Thiago Acosta?

—Somos nosotros —saltó Romeo, que tenía su cabeza sobre mi regazo, como si tuviera un resorte.

—Hemos hecho todo lo que hemos podido, pero ha tenido una nueva crisis y no la ha podido superar. Lo sentimos mucho.

—¿Perdón?

—Romeo, ven, por favor, vamos a sentarnos…

—¡¿Cómo coño me voy a sentar si mi padre acaba de morir?! —gritó, completamente fuera de sí.

—Mi niño, Renatta tiene razón, ven, siéntate y relájate un poco. No querrás que la prensa se haga eco de que has montado un numerito cuando nos dieron la noticia —le dijo su madre, pero no sirvió de nada.

—¡Me importa un carajo la prensa y todo lo que digan! ¡Es mi padre el que acaba de morir!

A continuación, Romeo rompió a llorar de una manera desgarradora, de esas que te parten el alma en dos al escucharlo, y no dudé en acercarme a él.

Como pude, lo agarré del brazo y lo llevé hasta la hilera de asientos en la que estaba su madre, que tampoco podía con el dolor que estaba sintiendo.

—No puede ser, Renatta, se me ha ido…

—Y estoy segura de que él no querría verte así.

—¿Y cómo se supone que tengo que estar? Me cago en la puta, con él, no solo se ha ido mi padre, sino que también se ha marchado mi amigo, mi guía, mi consejero…

—Pues ahora, lo que tienes que hacer es rodearte de gente que te ayude a suplir esas carencias.

—¿Te estás postulando como mi representante en un momento así? Porque, déjame que te diga que, si lo estás haciendo, me parece de ser una aprovechada y una insensible.

—No te voy a tener en cuenta estas palabras porque estás roto de dolor y no sabes ni lo que dices, pero no se te vuelva a ocurrir dirigirte a mí en esos términos.

—¿Cómo quieres que me dirija a alguien que está pensando en usurpar su puesto?

—Ni yo he dicho eso ni quiero usurpar nada. Más te vale no seguir hablando, no quiero que digas nada de lo que te puedas arrepentir más tarde.

—Romeo, no cojas a Renatta como tu diana personal para descargar tu dolor y tu frustración. Ella no te está diciendo nada de eso —le advirtió su madre.

Me levanté y lo dejé solo, quería escapar, quería salir fuera de allí, pero, con la prensa allí delante, me iba a resultar imposible.

—Si lo que quieres es respirar un poquito de aire, ven conmigo, que te llevaré a un lugar que no conoce nada más que el personal —me dijo una enfermera que me vio como un león enjaulado.

—Pues no sabes lo que te lo agradecería, de verdad.

—Venga, sígueme, así yo también me fumo un cigarro, que falta me hace.

No solía fumar nada más que en contadas ocasiones, pero os prometo que hoy lo necesitaba, y no uno, sino un paquete, para encender uno con la colilla del otro.

La chica no me dijo una sola palabra, tan solo dejó que yo me relajara, recreándome en cada calada que daba, como si fuera un anestésico potencialmente fuerte para mí.

—¿Más tranquila?

—Bastante mejor, gracias.

—No se lo tengas en cuenta. Muchas personas no saben cómo gestionar el dolor o la ausencia de un ser querido.

—Lo sé, pero tampoco yo me merezco que me traten así, como si quisiera quedarme con todo lo que le pertenece a la persona que se ha ido.

—Es una fina línea la que separa las dos situaciones, y tienes que encontrar la manera de estar ahí, apoyando a esa persona, pero sin consentir determinadas situaciones.

—Y eso es lo que pretendo encontrar, la forma de hacerlo.

—¿Sabes volver desde aquí?

—Creo que sí, que no tendré ningún problema.

—Pues entonces, te dejo otro cigarrillo y vuelve cuando quieras, o cuando te encuentres preparada, eso ya lo decides tú.

—Gracias…

—Marlene, así me llamo.

—Pues gracias, Marlene, yo soy Renatta.

—No tienes que darlas, Renatta. Estaré en la recepción, para todo lo que necesites.

La chica se marchó, y me quedé allí, sola, sentada en el suelo y con las piernas encogidas.

Yo no había roto todavía, y me dolía muchísimo la partida de Thiago, tanto como si de mi propia sangre se tratara.

Por eso, aproveché para llorar todo lo que pude, sin percatarme del tiempo que llevaba allí sentada, sin pensar en nada más que en el dolor que sentía, hasta que la puerta se volvió a abrir.

Levanté mi vista y lo vi ahí, mirándome con pena, tanto que no dudó en agacharse y abrazarme, dejándome llorar en su hombro.

No, no era Romeo, si es él en quien estáis pensando, sino Franco, el que, hasta ahora, me había demostrado que era mi amigo de verdad.

—¿Cómo has dado conmigo?

—Me lo ha dicho una enfermera muy guapa y muy amable cuando he preguntado por ti.

—¿Dónde están los demás? ¿Siguen en la sala de espera?

—No, han subido a despedirse del señor Acosta, y por eso he venido, porque pensé que te gustaría decirle adiós de manera privada.

—Gracias, Franco. ¿Me puedes acompañar?

—Por supuesto, no soltaré tu mano mientras que tú no quieras que lo haga.

Me levanté del suelo, sacudí mi trasero y volví por el mismo camino por el que había llegado.

Me dolió muchísimo que no fuera Romeo el que estuviera ahí conmigo en estos momentos, al igual que yo lo había estado cuando él me había necesitado horas antes, pero no quería reprocharle nada.

Al llegar a la planta, allí estaban Bianca y Romeo, esperando a que le dieran permiso para entrar a decirle adiós de manera privada.

En cuanto Romeo levantó la cabeza y nos vio, por la manera en la que su rostro cambió, supe que lo que me iba a decir no me iba a gustar un pelo.

—Podías haberte quedado con él, esto es algo de familia.

—Por eso que es de familia, no me pienso mover de aquí. Mira, piensa lo que te dé la gana, pero a ese que está ahí dentro lo he querido y lo seguiré queriendo con toda mi alma, por mucho que los celos no te impidan verlo.

—¿Celos? ¿De qué coño hablas? Yo no le tengo celos a nadie, mucho menos al entrenador, para el que tan solo serás una muesca más en su cinturón. ¿Acaso piensas que no te dará la patada cuando se haya hartado de ti?

—Te estás pasando, Acosta. A mí, me dejas fuera de todo lo que pase entre vosotros.

—Entre nosotros no ha pasado nada más que un polvo. Muy bueno, no voy a negarlo, pero ni hay ni habrá nada más que eso.

—Romeo, creo que no es ni momento ni lugar para eso. ¿No te parece? Y sí, yo he autorizado a que Renatta se despida de tu padre, porque, tal y como te dije esta tarde, ella es una más de la familia, suceda lo que suceda entre vosotros.

No fui capaz de articular palabra, ni siquiera de darle las gracias a Bianca, pues todo me daba vueltas y el dolor que sentía era tan grande, que, de repente, lo vi todo negro y me tuve que sujetar a la pared para no darme de bruces en el suelo.

Fui dejando resbalar mi cuerpo por la pared, hasta que quedé sentada en el suelo, con las piernas recogidas y la cabeza entre ellas.

—Renatta, cariño, ¿qué te ocurre? —me dijo Bianca.

—No le ocurre nada más que acaba de descubrir una verdad como un templo —contestó Romeo, como si mi dolor no le importara.

—¿Te puedes callar un poquito e irte a la mierda? —le respondí, en cuanto tuve un poquito más de fuerzas.

—Las verdades duelen, cariño —me dijo él, con mucha burla.

—Más te va a doler a ti cuando veas lo que estás haciendo con ella, te lo aseguro —le habló su madre, que se había percatado de todo.

Nos dejaron entrar de uno en uno, y yo me quedé para la última. No quería que me acusara también de no haberles dejado suficiente tiempo.

Cuando Bianca salió de la habitación, lo hizo llorando con el corazón encogido y, mientras entraba su hijo, se abrazó a mí, como si fuera su salvavidas, y me dijo al oído.

—Tenle un poquito de paciencia, tarde o temprano se dará cuenta de todo.

—Ya, pero lo mismo, cuando lo haga, yo ya no estaré a su lado.