¿Cuándo nos convertimos en esto? Capítulo 14
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Capítulo 14

Renatta

Estaba buscando mi móvil en el bolso, cuando recordé que lo había dejado encima del asiento del copiloto de mi coche, que era el lugar en el que lo puse cuando introduje la ubicación de Franco en el GPS.

Por eso, tuve que bajar de nuevo al garaje, con el pijama que ya me había puesto, pero como no tenía necesidad de salir a la calle, me daba igual.

El ascensor bajaba directamente hasta el garaje, sin que nadie que no fuera vecino tuviera acceso a su interior.

Cuando abrí de nuevo el coche y cogí mi móvil, no me lo podía creer. Tenía más de quince llamadas perdidas de Romeo y otras tantas de Bianca, y tuve claro que había pasado algo importante.

Justo cuando iba a devolver la llamada, me entró otra de Franco, y no dudé en contestarla, a ver si él me podía decir algo.

—Renatta, es Thiago, el padre de Romeo; se debate entre la vida y la muerte en el hospital.

—Joder, por eso tenía tantas llamadas perdidas suyas y de su madre.

—No le des más vueltas, voy en el coche camino a tu casa, espérame en la puerta en quince minutos.

—Me visto y bajo, no tardo nada.

Subí corriendo, ni siquiera esperé al ascensor, que no estaba ya en el garaje, y lo hice por la escalera.

En cuanto entré en mi casa, me puse un pantalón de lino, mis zapatillas deportivas y una camiseta. Cogí una chaqueta por si acaso hacía fresquito más tarde, porque no me pensaba mover de ahí, y recogí mi pelo en una coleta.

En menos de diez minutos, ya estaba yo lista y pasando por entre los periodistas, con la intención de llegar al coche, donde ya me esperaba Franco.

—¿Se sabe algo del estado de salud del señor Acosta?

—¿Es tan grave como dicen?

—¿Han dicho ya qué es lo que le ha ocurrido?

—¿Cómo afectará al rendimiento de su hijo en este último partido, tan crucial para el club?

Pretendía ignorar todas las preguntas que me habían hecho, porque no quería inmiscuirme en algo que no me correspondía contestar a mí, pero esta última pregunta me tocó los ovarios a dos manos.

—¿Cómo le afectaría a usted si su padre estuviera manteniendo un duelo con la muerte? Entonces, no preguntéis más tonterías, por favor, que, aparte de jugadores, son personas.

—¿Se hará usted cargo de su representación? Hay rumores de que el club ha fichado a una joven promesa, a la cual usted representa…

No quise escuchar nada más, y me monté en el coche, dándole un abrazo y un beso en la mejilla a Franco.

—He avisado a Santini y a Buonareti, porque estoy seguro de que querrán estar junto a su amigo.

—Yo también he avisado al club, para que sean conscientes de lo que ocurre.

—Has hecho bien, yo lo iba a hacer ahora, pero ya has llegado tú y no me ha dado tiempo.

—Sí, estaba contestando a un periodista metiche y sin sentimientos.

—Me puedo imaginar cuál ha sido la pregunta.

—De verdad que no entiendo cómo no pueden ponerse en la piel de la gente que está pasando por un momento así.

—Ellos nada más que buscan la polémica, Renatta.

Arrancó el coche y pusimos rumbo al hospital en el que se encontraba el padre de Romeo, ese que era como un tío para mí, porque mi padre había sido mi abuelo, y siempre lo sería.

Aparcamos y entramos por la puerta lateral, pues en la entrada principal estaba toda la prensa, deseosa de noticias, y no queríamos dar declaraciones, no cuando ni su hijo ni su familia lo habían hecho.

Llegamos hasta la sala de espera, donde vimos a Romeo y a Bianca completamente devastados.

—Lo siento, lo siento, pero no tenía el móvil encima, me lo dejé en el coche y, cuando me di cuenta y bajé a por él, ha sido cuando Franco me ha llamado para decírmelo.

—Sabía que, en cuanto te enteraras, vendrías a brindarme tu apoyo —me dijo Bianca.

—No lo dudes. Y lo siento, no sabes cuánto me pesa no haber estado aquí desde el primer momento. ¿Qué ha pasado?

—Ha sido de madrugada, mientras que estábamos en una cena…

Bianca me contó todo lo que había sucedido y cómo había llamado a su hijo para que viniera al hospital. Entendí que, cuando recibió esa llamada, todavía estaba en mi casa, acostado a mi lado, y entendí que saliera corriendo.

Me abracé a Bianca. Con ese abrazo quería demostrarle que estaría ahí siempre, para todo lo que necesitara, al igual que había estado ella para mí.

Después de eso, me acerqué hasta Romeo, que estaba hablando con Franco, a la vez que llegaban Santini y Buonareti.

—Amigo, hemos venido en cuanto el míster nos ha llamado.

—Perdonadme por no avisar a nadie, pero es que mi cabeza no ha dado para más.

—No tienes que darnos explicaciones. En el club también lo saben. El jefe nos ha llamado para que te dijéramos que, en cuanto pueda, vendrá a mostrarte su apoyo.

—Gracias, chicos.

Me planté delante de Romeo, viendo cómo ni siquiera se había dignado a mirarme, y me fijé en cómo Santini estaba como enfadado, mientras que su vista no podía apartarla del entrenador.

Noté muchas cosas, muchos gestos de los que tendría que hablar con Franco en cuanto tuviera la oportunidad, pero no ahora, que no era el momento.

Ahora era el momento de hablar con Romeo, con mi amigo, y que me dijera qué era lo que pensaba, cómo se sentía, como había hecho siempre, pero no lo haría delante de todos.

—¿Podemos hablar un momento? —le pregunté.

—No tengo ganas de discusión ni de reproches. Si es para eso, te agradecería que lo dejaras para otro día.

—Ni quiero discutir ni quiero reprocharte nada, tan solo quiero que vuelvas a ser el Romeo de antes, nada más.

—Entonces, vamos, salgamos fuera, que estaremos mejor.

—Sí, pero no por la puerta principal, que está plagada de prensa. Hagámoslo por la puerta lateral, que es por donde hemos entrado nosotros.

—Está bien, pero antes tengo que preguntarte algo. ¿De verdad te dejaste el móvil en el coche o no me querías coger la llamada por haber desaparecido de tu casa?

—Te juro por mi vida que lo dejé olvidado. Si te fuiste de mi casa fue por lo que había pasado y, aunque no hubiera sido así, no te podría decir nada, ya que no habíamos hablado de lo que pasaría después.

—Te necesito, Renatta, y más que nunca.

No le dejé que siguiera hablando, sino que cogí su cara con mis manos y lo besé. Os prometo que no pensé en que alguien pudiera vernos, o en que la prensa fuera testigo de esa escena, pero me daba igual.

Nos sentamos en un banco que había cerca de la entrada, donde Romeo se desahogó, dejando salir todo lo que tenía dentro, tanto en forma de lágrimas como en forma de palabras.

—No sé qué va a ser de mí si mi padre se va, te lo prometo.

—Pues que seguirás brillando como hasta ahora, porque él te ayudará desde arriba, como hace mi abuelo conmigo.

—¿No me vas a decir que todo saldrá bien?

—No. ¿Y sabes por qué?

—No tengo ni idea, porque eso es lo que se suele decir.

—Jamás saldrá de mi boca una promesa que no pueda cumplir, y yo no puedo decirte que todo saldrá bien cuando no lo sé, cuando todo pinta tan mal como pinta.

—Gracias, Renatta, por estar aquí y darme todo tu apoyo.

—Es mi deber, de momento, como amiga, porque no sé lo que somos, pero tampoco es el lugar ni la ocasión para hablar de eso. Ya lo haremos cuando estés más tranquilo.

—Para mí, lo eres todo, da igual el nombre que le quieras poner.

—Tienes que ser más fuerte que nunca, Romeo, tu madre te necesita.

—Nos necesita. No olvides nunca que, para ella, es tan importante contar con tu apoyo como con el mío.

—Y lo tendrá, siempre.

—¿Te puedo dar un abrazo?

—¿Cuándo ha hecho falta que me preguntes eso?

—Nunca…

—Pues entonces, ven aquí y abrázame.

Pero no fue tan solo un abrazo, porque Romeo, después de fundirnos entre nuestros brazos, levantó mi cara y me besó.

No fue un beso apasionado, ni siquiera hambriento. Fue uno que demostraba lo importante que era para él que yo estuviera ahí, a su lado, y me arrepentí de no haberlo llamado en cuanto me desperté.

Tendría que haber estado ahí en vez de en casa del entrenador, pero no podía saber lo que estaba pasando.

Sí, lo sé, era algo completamente contradictorio lo que estaba diciendo, pero es que ni yo misma me entendía.

Entramos abrazados al hospital, y ninguno se extrañó, entre otras cosas porque no era la primera vez que nos veían así.