Capítulo 13
Romeo
Había pasado una de las mejores noches de mi vida, no lo podía negar, pero me daba miedo que ella no lo viera de la misma manera que él.
Estaba pensando en eso, en que teníamos que hablar y aclarar todo, mientras la veía dormir, cuando mi teléfono vibró, y me levanté corriendo, pues no quería que Renatta se despertara.
Antes, cuando me levanté para ir al baño, recogí toda la ropa del suelo y la doblé, pues era algo que no soportábamos, ni ella ni yo, ver todo tirado y puesto de cualquier manera.
Al coger el móvil, vi que era mi madre la que me llamaba, y me extrañó, porque tenían una cena con una de las marcas que yo publicitaba, así que supe que, si me hacía esta llamada, siendo la hora que era, es porque había sucedido algo.
—Dime, mamá. ¿Qué te ocurre?
—Romeo… es tu padre. ¿Puedes venir al hospital?
—Por supuesto, me visto y voy para allá. Tardó como diez minutos.
Quise dejarle una nota a Renatta, explicándole mi marcha, pero, como no sabía lo que había sucedido, decidí que la llamaría más tarde, cuando estuviera informado de todo.
Pensé que sería alguna tontería, que quizás se hubiera torcido un tobillo o algo parecido, por lo que no me mostré demasiado preocupado.
Si hubiera sido algo importante, mi madre tardó; me hubiera metido más prisa, me hubiera dicho algo más, así que me vestí con tranquilidad.
Cogí mi coche y me dispuse a llegar hasta el hospital donde me había dicho mi madre que se encontraba, junto a mi padre.
—Romeo, menos mal que has venido.
—¿Qué ha sucedido, mamá?
Vi en el rostro de mi madre la preocupación de una mujer que estaba viviendo un momento complicado y supe que todo lo que yo había pensado anteriormente no era cierto.
—Romeo, durante la cena, tu padre empezó a sentirse mal. Quisimos llevarlo a un hospital, llamar a una ambulancia, pero nos dijo que era algo pasajero. Llegó un momento en el que casi le costaba hablar y mucho más respirar, hasta que perdió el conocimiento.
—Joder, ¿por qué no me avisaste antes?
—Tu padre no quería, decía que no era justo para ti.
—¿En qué estado se encuentra ahora?
—Está en la UCI, debatiéndose entre la vida y la muerte.
Sentí que el techo se me caía encima, pero tenía que ser fuerte, no me podía derrumbar, por mi madre, porque me necesitaba allí, tanto ella como mi padre, a pleno rendimiento. Ya tendría tiempo de venirme abajo.
Os prometo que se me olvidó por completo avisar a Renatta. Mi principal preocupación era apoyar a mi madre y pensar que mi padre saldría de esta.
Había sido una insuficiencia cardíaca, y habría que intervenir, pero estaba en unas condiciones en las que el médico pensaba que no resistiría ni siquiera a la anestesia.
Según le había contado a mi madre, primero necesitaban estabilizarla y, una vez que eso sucediera, sopesar el resto de las opciones.
Estuvimos más de tres horas en la sala de espera. Luego, el médico salió para darnos el primer parte de su estado.
—¿Familiares de Thiago Acosta?
—Nosotros somos nosotros. ¿Cómo sigue mi padre?
Mi madre no tuvo fuerzas ni para levantarse de la silla en la que estaba sentada; fui yo el que me levanté y pregunté.
—No les voy a mentir, la situación es crítica y dependerá de cómo evolucione en las próximas horas para saber si podremos intervenirlo o no.
—¿Tan complicado ha sido?
—Su padre lleva sufriendo episodios como este, aunque de menor intensidad, desde hace mucho tiempo, hasta que su corazón no lo ha resistido más y ha dado un aviso más fuerte.
—¡Joder! ¿Me está diciendo que, si hubiera hablado antes, se le podría haber puesto un tratamiento que hubiera evitado esto?
—No podemos afirmar algo que no sabemos, caballero. Lo mismo ni él se ha dado cuenta, porque le haya dado durmiendo o porque lo haya confundido con un episodio de ansiedad.
—¿Podemos pasar a verlo?
—Sí, pero a través de un cristal. Está tan débil que no queremos que se altere o que pueda contagiarse de algún tipo de virus.
—Gracias, doctor.
—No hay por qué darlas, es mi trabajo. Síganme, por favor.
Cogí a mi madre de la mano, hasta conseguir que se levantara de la silla. Le pasé mi brazo por la cintura y la sostuve por todo el pasillo, hasta que estuvimos delante de la UCI de mi padre.
Una enfermera nos apartó las cortinas interiores para que pudiéramos verlo y os prometo que, si no me caí al suelo, fue porque estaba mi madre al lado y no me podía ver derrumbado.
De ese hombre que yo conocía, el que había visto esa misma mañana, entre risas y bromas, no quedaba nada.
Estaba pálido como nunca lo había visto. Conectado a un montón de máquinas que arrojaban un pitido infernal, y parecía que se había consumido la mitad de su cuerpo.
—Dios mío, no puedes hacerme esto, no te lo puedes llevar tan joven como es.
—Mamá, él es fuerte, y seguro que sale de esta; no podemos perder las esperanzas.
—Me extraña que Renatta no esté aquí, apoyándonos.
—No puede estarlo porque no sabe nada. Salí tan rápido que pensé en llamarla más tarde, cuando supiera lo que había sucedido, pero luego, tengo que reconocer que se me olvidó.
—Bueno, ahora cuando salgamos la llamas, por favor, que no quiero que se sienta excluida. Pase lo que pase entre vosotros, ella es una más de la familia.
Supe lo que mi madre quería decir, pero no pude evitar que algo de miedo me encogiera el estómago, porque tan solo de pensar que la perdería, que no contaría con su amistad y su apoyo, hacía que se me pusieran los vellos de punta.
En cuanto llegamos de nuevo a la sala de espera, la llamé, pero no me contestó, y pensé que estaría en la ducha o haciendo algo que se lo impidiera.
No tendríamos un nuevo parte médico hasta las cinco de la tarde, por lo que, aunque ninguno de los dos tuviéramos ganas de nada, la obligaría a ir a la cafetería y que comiera algo.
—No me apetece, Romeo, de verdad que no.
—Mamá, tienes que estar fuerte y, dejando de comer, lo único que vas a conseguir es que tú también caigas enferma.
—¿Y si ocurre algo? ¿Y si tenemos que tomar una decisión de manera inmediata?
—Mamá, tienen nuestros teléfonos, y no dudarán en llamarnos. Vamos a estar a menos de cinco minutos; si ocurre algo de eso, subimos y ya está, no pasa nada.
—Está bien, pero no pienso comer nada abundante, tan solo lo justo para que no me dé una bajada de azúcar.
—Venga, vamos, cuanto antes nos vayamos, antes estaremos de vuelta.
Mi madre cedió a la primera, y pude llevarla hasta la cafetería. Una vez que estuviéramos allí, volvería a llamar a Renatta, a ver si esta vez tenía suerte y podía hablar con ella.
Le pedí un sándwich de pavo y un refresco a mi madre, y otro para mí. Era poco, pero sería lo suficiente como para que no desfalleciéramos.
—Voy a intentar contactar otra vez con Renatta.
—Sí, por favor, la necesito a mi lado.
Tres veces la llamé yo, y otras tantas mi madre. Entendía que estuviera enfadada conmigo por haber salido de su casa de esa manera, pero que no le cogiera el teléfono a mi madre, eso ya no lo concebía.
Me enfadé, por supuesto que sí, porque, por culpa de su orgullo, por su manera de manejar todo, mi madre estaba sufriendo.
A las cinco de la tarde el médico volvió a darnos el mismo parte; dentro de la gravedad en la que se encontraba, no había habido ningún cambio, y eso, en cierto modo, era esperanzador.
Ya había llegado a oídos de la prensa, por lo que ya teníamos a un montón en la puerta del hospital, esperando a que saliéramos a decir algo.
Tendría que hacerlo, pero en estos momentos no me encontraba con las fuerzas necesarias para decir nada, o me rompería delante de ellos.
Antes de hablar, antes de dar cualquier declaración, necesitaba estar rodeado de los míos, romperme con ellos y dejar salir todo lo que me estaba atormentando por dentro.
Por todo ello, necesitaba a Renatta a mi lado; era la única que me conocía de verdad, con la única que podría llorar hasta vaciarme y que no me juzgaría, pero no me contestaba al teléfono.
Eran las diez de la noche cuando la vi aparecer, acompañada de Rosety, el entrenador, y os prometo que algo se me rompió por dentro.
¿Ese era el motivo por el que no me había cogido el teléfono, porque estaba con él? Si eso era cierto, se me tendría que caer la venda de los ojos.