¿Cuándo nos convertimos en esto? Capítulo 12
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Capítulo 12

Renatta

Nos sentamos a la mesa, delante de una deliciosa lasaña doradita y una copa de vino blanco, dispuestos a disfrutar de un momento de compañía.

Lo veía como en tensión, sin saber la manera o encontrar el momento de contarme aquello que tanto lo inquietaba.

—Venga, suelta ya eso que te está comiendo por dentro, o terminará por salirte una úlcera en el estómago.

—Renatta, contándote esto estoy poniendo mi vida en tus manos, te lo aseguro.

—¿Tan fuerte es?

—No es que sea algo exagerado, pero sí que, si por cualquier motivo esto llega a la prensa, mi vida personal y profesional se habrán acabado; lo tengo clarísimo.

—Mira, no sé qué es lo que te ha llevado hasta el punto de pensar que yo soy la persona adecuada, a decidir que tienes que confiar en mí, pero te juro por mi vida que lo que me digas no saldrá de aquí, al menos por mi boca.

—Pues lo que me ha llevado a confiar en ti, entre otras cosas, es que ya no puedo más, necesito vaciar mi corazón y, desde que te vi, supe que nos convertiríamos en buenos amigos.

Franco me miró con carita de perrito asustado, por lo que no dudé en levantarme de la mesa y darle un abrazo, para reconfortarlo y mostrarle todo mi apoyo.

Cuando nos separamos, tuve claro que iba a empezar a hablar, así que me senté de nuevo para darle su espacio y que no se sintiera incómodo.

—Hace años, descubrí una cosa que me trajo durante mucho tiempo por la calle de la amargura. No sabía cómo gestionarlo, y decidí ocultarlo a todo el mundo…

Franco empezó a contarme su problema, y me dispuse a escucharlo atentamente.

Me explicó que, hacía unos cinco o seis años, descubrió que se sentía atraído por los hombres, pero que pensó que sería algo transitorio.

Intentaba rodearse de mujeres bellas, e incluso se acostó con alguna que otra, pero no se sentía pleno, y eso le llevó a pensar que tenía un problema.

No se había acostado con un hombre hasta el día en el que se quedó a solas con uno de sus jugadores en el interior de un vestuario, y una cosa llevó a la otra.

—Te prometo que no fue algo pensado o planificado.

—Eso no se planea, Franco, simplemente sucede.

—No te puedo decir quién dio el paso, pero lo cierto es que nos miramos y nos lanzamos a besarnos. Fue la mejor experiencia de mi vida.

—Hay algo importante. ¿Cómo te sentiste cuando eso sucedió?

—Me sentí pleno, feliz, como si me hubiera quitado un peso de encima. Hasta que él habló y me hizo sentir como una mierda.

—¿Perdona? ¿Qué me quieres decir?

—Pues que, cuando terminamos de tener sexo, esa persona me dijo que si salía una palabra de mi boca sobre lo que había sucedido, me iba a hacer la vida imposible.

—Vamos, que se negaba a salir del armario incluso cuando ya tú habías tirado la llave al río.

—No lo podías haber explicado mejor, pero ese no es el problema.

—¿Entonces? ¿De qué se trata? Porque mira, vale que no quieras hacer pública tu condición sexual, eso me parece perfecto, porque a nadie le importa, pero de ahí a que tengas que vivir escondido en tus propios deseos, me parece muy fuerte.

—Después de ese día, y a pesar de que lo he visto en multitud de ocasiones acostarse con mujeres, siempre vuelve a mí. Siempre termina metido en mi cama, y yo no soy capaz de decirle que no.

—Amigo mío, eso se llama estar colado por alguien, aunque te lo niegues durante toda la vida.

—Anoche fue la última vez que sucedió.

—¿Has pasado la noche con él? ¿Está aquí?

—No, él nunca se queda a pasar la noche. Viene, follamos como locos y, en cuanto terminamos, se viste y se va, sin un beso, sin una despedida, como si fuera una prostituta o su manera de desahogarse.

—¿Has hablado con él de esto? ¿Le has explicado tus sentimientos?

—No, porque me da miedo que no vuelva más. A fin de cuentas, y aunque sean migajas, lo tengo para mí…

—Y te está destrozando, Franco. ¿No lo ves? Tienes que tomar una decisión: o vas a muerte a por él, o te retiras de inmediato, pero no puedes seguir así.

—Eso es lo que yo me repito a diario, pero, en cuanto que lo tengo delante, se me olvida todo y me lanzo a devorarlo a besos.

Me mantuve un momento de lo más pensativa. No me había dicho el nombre del jugador, pero, teniendo en cuenta que sucedió anoche, y que tan solo había tres, de los que uno estuvo conmigo…

Pero eso no tenía nada que ver, puesto que me había dicho que después de acostarse con cualquier mujer, volvía a él, así que no quedaba descartado.

Como si me estuviera leyendo el pensamiento, Franco tomó mis manos y me habló, con seguridad, con una certeza que me hizo saber que lo que me decía era cierto.

—Si estás pensando que es Romeo, quítatelo de la cabeza. Ese está enamorado de ti hasta la médula.

—Claro que sí, y mañana me coronan a mí como Miss Universo. No me digas más chorradas. Se ha acostado conmigo como se podía haber acostado con otra.

—No te hagas de menos, Renatta, eres una mujer espectacular, y cualquiera caería rendido a tus pies.

—Bueno, de eso hablaremos luego, ahora vamos a lo que toca…

—Es Santini. Te prometo que, en cuanto me ve flirteando con alguna mujer, veo el fuego en sus ojos; los celos lo matan, pero luego, cuando todo sucede, se vuelve la misma persona fría de siempre.

—Joder, era el que menos me podía imaginar. Pero bueno, sea quien sea, no tiene derecho a jugar ni con tu vida ni con tus sentimientos.

—Estoy hecho un lío, y ya no puedo más. Te prometo que, si no fuera porque me encanta mi trabajo y ya sabes lo que podría pasar, daba una rueda de prensa o salía morreándome con cualquier tío en la portada de una revista.

—Una cosa no quita la otra, Franco. Tu trabajo es excelente y has llevado a tu equipo a lo más alto; eso no te lo puede negar nadie. Pero tu vida privada es tan solo tuya, y no le afecta a nadie.

—Ya, pero estoy rodeado de hombres todos los días, y podían especular e incluso hacer que los propios jugadores me despidieran.

—Mira, te voy a poner un ejemplo. ¿Qué pasa con los ginecólogos? ¿Todos son gais o mujeres? No, ¿verdad? Pues es lo mismo.

—No es lo mismo, ellos son médicos, y yo un entrenador de fútbol.

—Con esto no te estoy diciendo que vayas ahora con una boa de plumas y los labios pintados de rojo a los entrenamientos. Lo que te digo es que no dejes que tu manera de actuar influya en tu vida personal.

—Entre otras cosas, porque estaría monísimo de esa guisa. Tan solo te ha faltado ponerme unos pantalones de lentejuelas y unos zapatos de plataforma.

Ambos nos miramos, imaginando la escena, y rompimos en una carcajada. Por primera vez desde que había llegado, lo vi relajado, como si hubiera soltado todo lo que le carcomía por dentro.

—Gracias, Renatta, me has demostrado que tienes la madurez y la sensatez que no muchas personas de tu edad tienen.

—La vida me ha obligado a ello, Franco. No todo ha sido un cuento de hadas ni un camino de rosas en mis pocos años. Lo único que he tenido bonito ha sido la presencia de mi abuelo…

—La vida es muy puta, en la mayoría de las ocasiones, y ninguna persona es completamente feliz, te lo aseguro.

—Yo también pienso eso, que todos, por una razón o por otra, llevamos una cruz que nos impide ser felices del todo.

—Bueno, y ahora cuéntame, ¿cómo te ha ido con mi amigo Romeo? Porque tengo que decirte que, cuando empecé a piropearte en el campo de fútbol, cuando me acerqué a charlar contigo, el humo le salía por las orejas.

—Pues nada reseñable, la verdad. Nos acostamos anoche, varias veces, y, cuando me desperté, ya no estaba. Así de simple.

—Joder, los tíos son todos iguales.

—A su favor tengo que decir que nunca me prometió nada, que fue algo del momento, y nada más. Lo que sí me da miedo es perder lo que teníamos, esa amistad tan bonita por un polvo, pero…

—Eso no se puede perder, Renatta. La complicidad siempre está ahí; tan solo se puede complementar con eso que habéis experimentado esta noche.

—Franco, amistad y sexo, juntos, eso es amor, cariño mío.

—Y eso es lo que tenéis, aunque no queráis admitirlo, pero la edad y la experiencia os harán verlo, como lo vemos todos los demás.

Así estuvimos toda la tarde, sentados en su porche, riendo y contándonos anécdotas de cuando éramos pequeños, como aquella en la que me perdí en los viñedos y tuvo que venir el cuerpo de bomberos a buscarme, junto a la policía, porque mi abuelo pensaba que me habían secuestrado.

—¿Me lo dices en serio? Pues menudo susto se llevaría el pobre.

—Pero esa no fue la única vez.

—¿Hubo más veces?

—Claro, en otra ocasión, me puse a jugar al escondite con la hija de una de las empleadas; teníamos como unos seis años, y me metí debajo de una mesa de esas a las que se les pone un brasero debajo, y que tenía un mantel gordo por encima, para retener el calor.

—¿Una mesa camilla? ¿Y qué ocurrió?

—Exacto, que no me salía el nombre. Pues pasó que, como la otra niña tardó mucho en encontrarme, me quedé dormida. Por suerte, no estaba el brasero encendido, porque hubiera terminado siendo Renatta a la plancha.

—¿No? No te puedo creer.

—Pues hazlo. Cuando me desperté, estaba la policía en mi casa, tomándole declaración a la niña.

—¿Qué hiciste?

—Ahora me río, pero en ese momento, casi me da un infarto de ver a todo el mundo allí, a mi abuelo con la cara blanca como la pared y a punto de desmayarse.

—Joder, es que no es para menos. Si me pasa a mí, te estoy dando guantazos hasta que cumplas los ochenta.

—Tampoco eres exagerado tú, qué va. Bueno, a lo que iba, cuando vi a todo el mundo allí, pensé que había ocurrido algo, y me acerqué a uno de los policías y le pregunté qué había pasado.

—¿Qué te contestó?

—Pues que se había perdido una niña, más o menos de mi edad, y me preguntó si yo la había visto. Cuando mi abuelo se dio cuenta de que estaba allí, de pie, vino corriendo a abrazarme.

—¿Encima? ¿Te premió con besos?

—Y con castigo, que los besos y los abrazos fueron al principio. Cuando le conté lo que había pasado, me tuvo castigada sin jugar a nada que supusiera esconderse o desaparecer durante todo el verano.

—Y no era para menos, yo te hubiera encerrado en tu habitación hasta que fueras mayor de edad, por lo menos.

Volvimos a reírnos. Me sentía tan a gusto con él que, si no fuera porque no sentíamos nada carnal el uno por el otro, os aseguro que sería la pareja perfecta para mí.

Cuando quisimos darnos cuenta, ya era demasiado tarde, así que, cumpliendo, me despedí de él y entré en mi coche, dispuesta a volver a casa.

Entraría en casa de Romeo para buscarlo, y le diría que se viniera a la mía a ver una película con palomitas y refresco, como tanto nos gustaba a los dos, y esperaba que me dijera que sí.

Al llegar a nuestro edificio, vi que había un montón de prensa. Pensé que sería porque estarían esperando a que saliera Romeo, o que se había filtrado el fichaje de Mateo y querrían que hiciera alguna declaración. Pero no diría nada hasta que no hablara con el club.