¿Cuándo nos convertimos en esto? Capítulo 11
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Capítulo 11

Renatta

No sabía en qué estaba pensando cuando le dije a Romeo que nos fuéramos a mi casa, pero no estaba yo en estos momentos para buscar motivos; ya lo haría al día siguiente cuando hubiera despertado.

En estos instantes, lo único que quería era sentir sus besos, sus manos en mi piel y que fuera lo que el destino quisiera.

No es que yo tuviera mucha experiencia en el tema sexual, porque tan solo había tenido dos relaciones en mi vida.

La primera con un chico que era compañero de instituto, y que fue mi primera vez; y la segunda, con un compañero de universidad, pero que tampoco fue para tirar cohetes, la verdad.

Estaba nerviosa, pues no sabía si sería capaz de estar a la altura de lo que él estaba acostumbrado, pero me centré en sus besos, esos que me estaban poniendo cardíaca.

—Joder, no encuentro las llaves.

—Búscalas, que yo mientras me ocupo de otra cosa.

Lo tenía a mi espalda, pegado a mi cuerpo, y dándome besos por el cuello, pasando su lengua desde la parte trasera de mi clavícula hasta el lóbulo de la oreja, donde mordisqueaba y succionaba.

No sé ni cómo atiné a meter la llave, pero el caso es que, en menos de cinco minutos, ya estábamos dentro de mi casa.

No llegamos ni al dormitorio, pues, nada más cerrar la puerta detrás de nosotros, tomó el bajo de mi vestido y lo sacó por la cabeza, dejándome tan solo con una tanguita de encaje del mismo color que el vestido.

—¡Dios! No te puedes imaginar las ganas que tenía de tenerte así.

—No pares ahora, por favor.

—No pienso hacerlo en toda la noche, te lo aseguro.

Mientras que le decía eso, él había introducido dos dedos por el lateral de mi braguita, y acariciaba con ellos mis pliegues, provocándome más placer que todo el que había sentido en mi vida.

Mis gemidos eran imposibles de callar, al igual que mis jadeos, y no me quise quedar quieta, por lo que fui quitando todos y cada uno de los botones de su camisa, hasta despojarlo de ella.

—Me muero por tomarte, pero no lo voy a hacer aquí, de pie, no al menos la primera vez.

—Hazlo donde quieras y como quieras, pero hazlo ya, por lo que tú más quieras.

Romeo soltó una carcajada que tuve que acallar poniendo mi mano en su boca, o terminarían por enterarse todos los vecinos de lo que estábamos haciendo, en especial sus padres, que vivían pared con pared.

Me cogió en brazos, haciendo que lo tuviera que rodear por su cintura con mis piernas, mientras que él se dedicaba a amasar mi trasero con ansias, demostrando las ganas que me tenía, que no eran menos que las que yo le tenía a él.

Así, en esa postura, me llevó hasta mi dormitorio, donde me depositó con cuidado, como si fuera una mercancía frágil, una pieza de cristal que se pudiera romper.

Casi sin darme cuenta, se había despojado de los zapatos y de los pantalones, quedándose tan solo con su bóxer, en el que se vislumbraba un miembro que me iba a dar muchas satisfacciones esa noche.

Se situó entre mis piernas, no sin antes sacar una ristra de preservativos de su cartera, que depositó junto a nosotros, encima de la cama.

Volvió a besarme, de esa manera que tan solo él sabía y que me estaba creando adicción.

Con sus besos, fue bajando por todo mi cuerpo, recreándose en mis pechos, esos que lamió, mordisqueó y succionó a placer, nunca mejor dicho.

Llegó a mi monte de Venus y, abriendo mis piernas y mirándome a los ojos, dio una primera pasada con su lengua por mi centro, haciendo que se me erizara la piel.

Notaba su sonrisa en mi sexo, una que indicaba que le estaba gustando cómo mi cuerpo reaccionaba a él.

Después de eso, se lanzó directamente a él, donde lamió, succionó y hasta me penetró con su lengua, haciendo que me retorciera y que tuviera que morder la almohada para no gritar cuando el primer orgasmo me atravesó.

Acto seguido, y sin que me diera cuenta, se colocó un preservativo y me penetró de una sola y fuerte embestida, que me provocó tal placer que ahí sí que no pude aguantar el grito que salió de mi garganta.

Si anteriormente había dicho que mi experiencia sexual no había sido para tirar cohetes, esta había suplido, con creces, todo lo anterior.

No os puedo decir el tiempo que estuvimos en esa postura, pero, en un momento determinado, nos dio la vuelta, quedándome yo encima de él.

—Joder, Renatta, si te sigues moviendo así, no creo que aguante mucho.

—Yo tampoco puedo más, Romeo.

—Hazlo, córrete y llévame contigo.

Ni un minuto después, estábamos devorándonos la boca, para acallar nuestros gritos y gemidos, esos que eran producto de todo lo que el orgasmo que habíamos experimentado a la vez nos hizo sentir.

Pero no quedó ahí la cosa, pues, poco después, mientras que estábamos en la ducha, nos volvimos a dejar llevar por nuestros más bajos instintos, haciéndolo de nuevo, al igual que al volver a la cama.

Caímos rendidos a altas horas de la madrugada, conmigo de lado y él abrazado a mí por detrás, haciéndome sentir de nuevo su miembro en mi trasero, pero debíamos descansar, pues estábamos agotados.

Me desperté en cuanto la luz entró por la ventana, pues no habíamos bajado la persiana antes de quedarnos dormidos, pero no había ni rastro de Romeo.

Su lado de la cama estaba frío, y en el suelo del dormitorio no quedaba nada de su ropa, esa que fuimos tirando a medida que nos íbamos desnudando. Lo que sí me fijé es que, en el sillón de mi habitación, estaban mi vestido y mis braguitas, perfectamente doblados.

No os voy a decir que no me desilusionara, porque sí que lo estaba, y mucho, pero tampoco me había dicho que sería algo más que una noche; no podía acusarlo de que me hubiera mentido.

Me levanté justo cuando mi móvil empezó a sonar, así que fui a cogerlo del interior de mi bolso, donde permanecía desde la noche anterior.

En mi corazón albergaba la esperanza de que fuera Romeo, que me llamaba para decirme que le había surgido algo y se tenía que ir, pero nada más lejos de la realidad; era Franco, el entrenador, quien me llamaba.

—Hola, preciosa. ¿Qué tal?

—Podría estar mejor, la verdad, pero tampoco voy a quejarme.

—¿Podemos quedar hoy para comer? Tengo algo que contarte y no quisiera esperar mucho más tiempo, pues necesito tu consejo.

—Está bien. ¿Dónde quedamos?

—En mi casa, por favor. Te paso un mensaje con la ubicación. Lo que quiero contarte no me gustaría que se enterara nadie y, mucho menos, que saltara a la prensa.

—Perfecto, en cuanto me llegue el mensaje, me visto y salgo para allá. ¿Quieres que lleve algo?

—La mejor de tus sonrisas y la mente abierta, nada más.

—Vale, lo intentaré, pero no te prometo nada. Me refiero a lo de la sonrisa; la mente la tengo abierta desde que nací, creo.

Franco soltó una carcajada y, nada más colgar la llamada, recibí ese mensaje que me había dicho que me iba a enviar.

Quité las sábanas de la cama, esas que olían a Romeo, y me las llevé un rato a la cara para olerlas; me hacían retroceder horas y recordar lo bien que me había hecho sentir enredada en ella.

Pero la noche se había terminado y, por consiguiente, nuestro momento también, y había que seguir avanzando.

No quería pensar en lo que pasaría más tarde, en si volveríamos a repetir esa experiencia o no, pero era inevitable que lo hiciera.

Tapé la cama con la colcha; ya la vestiría de limpio cuando volviera, y me fui a buscarme algo de ropa cómoda con la que vestirme.

Me decanté por unos leggins piratas de color azul marino y una camiseta de tirantes blanca, mis deportivas y una coleta en la que recogí mi melena.

No me maquillé, no me apetecía y, como tampoco es que fuera a una cita, no me importó. Cambié mis cosas de bolso, metiéndolas en uno deportivo que me encantaba llevar, y salí de mi casa.

En la casa de Romeo no se oía ningún ruido; supuse que habrían salido a comer juntos, y me dolió que no me llamaran ni me avisaran como solían; por un momento tuve miedo de perderlos.

Ellos eran mi familia, la única que tenía y, si los perdía por echar un polvo, me iba a arrepentir toda mi vida. Tan solo esperaba que no ocurriera nada de eso, o me moriría de pena y de dolor.

Me monté en mi coche y puse la dirección en el GPS, pues esa zona no la conocía mucho y no me quería perder.

Tardé como una media hora y, antes de llegar, como vi una pastelería, decidí parar un momento para comprar unos pasteles, que la noche anterior Franco me había dicho que le encantaban.

No tenía ni idea de lo que pretendía contarme, pero tenía que ser demasiado importante para pedirme que fuera a su casa, lo antes posible, además.

En cuanto llegué, le envié un mensaje para decirle que estaba en la puerta, pues, aunque el chico de seguridad de la urbanización me había autorizado la entrada, no lo había avisado de mi presencia.

Renatta: Chico, o me abres la puerta, o me vuelvo con los pasteles que he comprado; en tus manos lo dejo.

En ese momento, cuando se pusieron los dos tics azules, como si hubiera recibido el mensaje, la puerta de la verja empezó a abrirse.

—Chica, ¿qué pensabas que estaba detrás de la puerta?

—Pues deberías haber estado, que para eso me has metido tanta prisa por venir.

—Tienes razón, pero es que estaba sacando la lasaña del horno, para que no estuviera quemada cuando volviera.

—¿Has hecho lasaña casera?

—Sí, y con las placas de pasta hechas por mí, no de esas precocinadas.

—Entonces, te lo perdono todo.

—Anda, loca, aparca ahí, en la parte derecha, junto a mi coche.

Aparqué el coche y me bajé de él, cogiendo la bandeja de pasteles y fundiéndonos en un abrazo.

Notaba que no había dobleces en ese abrazo, que no era que quisiera algo conmigo, sino que lo que nos uniría siempre era una bonita amistad.

—¿Cuándo te vas a comprar un coche nuevo? ¿Has escuchado el ruido que tiene?

—A la segunda pregunta te diré que sí, y que lo he llevado mil veces al mecánico, pero no dan con la avería. A la primera, te diré que me lo compraré en cuanto cobre el primer sueldo.

—Ni que fueras pobre como una rata asquerosa. Con el dinero que tienes en el banco, podrían vivir diez familias toda la vida.

—Tampoco tanto, aunque no me quejaré. Lo que ocurre es que me he acostumbrado a vivir con poco, y ese dinero lo tengo ahí para cuando lleguen las vacas flacas.

—Chica lista y con la cabeza bien amueblada, comer, sí, señor. Ojalá yo tuviera las cosas tan claras como tú.

—Uy, no te creas, que tampoco es para tanto. Si yo te contara…

—Pues ahora me lo cuentas, como yo, pero antes vamos a comer, que está la lasaña calentita, esperando a que le hinquemos el diente.

—Ni que lo digas, que yo ni siquiera he desayunado, y me comería a mi padre por los pies.

—Es que tu padre, aunque sea un sieso, está para comérselo.

La noche anterior, mientras cenábamos, le conté todo lo que me había sucedido con ellos; por eso había afirmado aquello, aunque me sorprendió que dijera esa última parte, pero no le dije nada.