¿Cuándo nos convertimos en esto? Capítulo 10
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Capítulo 10

Romeo

No había quedado con nadie, pero sabía que si llamaba a cualquiera de las muchas modelos que conocía, pronto tendría planes y compañía; aun así, no me apetecía.

Así que, lo que hice fue coger el coche y poner rumbo a casa de Santini, que seguro que estará allí y que me propondrá algún plan para esa noche de casi verano.

Tenía la clave para abrir la verja exterior de su casa; me la dio un día que perdí mis llaves y me llevé más de una hora esperando a que me abriera, pues se había quedado dormido.

Cuando entré, aparqué en la zona destinada y salió a ver quién era, porque solo su familia y yo teníamos la llave.

—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Te ha ocurrido algo?

—Sí, me ha ocurrido que necesito salir y bailar hasta caer rendido, porque la rabia que corre por mis venas la tengo que canalizar de alguna manera.

—Pues nada, pasa, nos tomamos un café, pedimos unas pizzas para poder cenar tranquilos y, luego, cuando nos arreglemos, nos vamos de fiesta.

—Me parece una idea fantástica. Avisa a Buonarotti, por si se apunta.

—Seguro que lo hace, aunque no lo hará solo, que siempre tiene que estar rodeado de mujeres.

—Pues mejor, lo mismo y una buena noche de sexo me rebaja la furia que siento.

—Bien dicho, amigo, pero todavía no me has contado el motivo por el que está así.

Le conté todo lo que había pasado en la comida con Renatta y el equipo técnico, y cómo el entrenador había estado flirteando toda la noche con ella.

No supe por qué, pero la actitud de Santini como que cambió un poco, como que vi dolor en sus ojos, pero no me atreví a preguntar. Si él quería explicarme el motivo, ya me lo diría.

Buonaretti se unió a nosotros como una hora después, y nos dijo que hoy era plan de chicos, que, si salía algo en la discoteca, bien, pero que iríamos hasta allí solos.

Me pareció una idea fantástica, pues hoy tan solo necesitaba a mis amigos; no quería nada de mujeres desde el principio, como mucho, una noche de sexo desenfrenado.

Estuvimos en su casa hasta pasadas las once de la noche, momento en el que ya estábamos los tres duchados y cambiados de ropa, atracando el armario de nuestro compañero.

—Sois unos cabrones. Ustedes no podéis coger ropa que ya haya estrenado, no, ustedes la que tiene la etiqueta.

—Claro, hijo, no nos vamos a poner una camiseta con la que hayas salido en las revistas, chaval —le dijo Buonareti.

Habíamos pedido un coche para que nos llevara hasta la discoteca a la que pensábamos ir, porque sabíamos que nos tomaríamos más de una copa, y no queríamos salir en las revistas cogiendo el coche y que nos tacharan de imprudentes.

Demasiados calificativos habíamos sufrido ya durante todo este tiempo para que, ahora, tuviéramos que enfrentarnos también a eso.

El coche ya nos estaba esperando en la puerta cuando salimos, por lo que no tuvimos que esperar nada, y ya tenía la dirección de la discoteca a la que queríamos ir.

Al llegar, había más gente que en la guerra y, aunque sabíamos que no tendríamos que esperar cola por ser quienes éramos, no lo pensamos y nos decidimos por entrar en la que había justo al lado, que se veía mucho menos cargada.

—Vamos a la barra, me muero por una copa —dijo Buonarotti.

—Ni que lo digas. Quiero algo que me haga olvidar hasta mi nombre —respondí.

—Amigo, o te espabilas y asumes lo que te pasa con la representante cañón, o te arrepentirás de no hacerlo —me dijo Santini, mirando alrededor para encontrar un hueco.

Noté cómo su cara cambiaba de color. Fue una décima de segundo que, quien no lo conociera, no sería capaz de identificarlo, pero yo, que había crecido con él, me di cuenta de inmediato.

Cuando giré la cabeza en la dirección en la que lo había hecho él, supe por qué estaba así. Allí, en una de las mesas del fondo de la pista de baile, se encontraban el entrenador con Renatta, y ambos reían con ganas.

—Mira por dónde, no le voy a permitir que se salga con la suya. Lo siento.

—¿Se puede saber qué es lo que estás haciendo?

—Sentarme allí, con el entrenador y mi vecina. Si piensa que se va a acostar con ella, lo lleva claro.

—¿Qué más te da a ti? ¿Qué te importa?

—Claro que me importa, es mi amiga, y no lo voy a consentir.

—Una amiga a la que dejaste tirada por acostarte con una modelo. No me seas hipócrita y admite que Renatta te gusta.

Me frené en seco. ¿Tendrían razón mis amigos? ¿Sería eso lo que me pasaba? No, no podía ser eso.

Nos conocíamos desde hace mucho tiempo, y nunca había sentido por ella nada de eso; la veía como… ¿Cómo la veía? Ni siquiera era capaz de definir mi manera de verla.

Empezaba a agobiarme con todo esto. No sabía lo que sentía, pero lo que sí sabía era que no quería que se liara con Franco, el entrenador, y que iba a hacer todo lo posible para que eso no ocurriera.

Cogí mi copa y me dirigí, con paso seguro, hasta donde estaban ellos, con la mejor de mis sonrisas, aunque por dentro estuviera cagándome en todo lo cagable.

Justo cuando estaba llegando, unas chicas que estaban cerca de ellos empezaron a gritar, acercándose a nosotros.

Buonarotti se mostró encantado, mientras que Santini y yo sonreíamos más por compromiso que porque nos hiciera gracia permanecer allí con ellas.

Más de media hora nos tuvieron haciéndonos fotos y charlando, hasta que pudimos escapar de ahí.

Ellos fueron testigos de todo, y sus caras decían mucho más de lo que podían imaginar. No sabíamos si era porque estábamos allí, o porque nos rodearon las mujeres, cuando a él no se había acercado nadie, o al menos, mientras que nosotros habíamos llegado.

—Buenas noches, señor y señorita —dijo Buonarotti, que, al final, decidió que se venía con nosotros.

—Serán para ti, porque a mí, a partir de ahora, ya no me parecen tan buenas —dijo Renatta.

—Pues lo siento, chica, pero no me pienso mover de aquí, tengo cosas que preguntarle al entrenador.

—¿Y tiene que ser esta noche?

—Déjalo, Renatta, nosotros tenemos mucho más tiempo para seguir hablando; todavía queda mucha noche por delante hasta que te lleve a casa.

No quise decirle que siguiera soñando, que esta noche, si alguien iba a acompañar a casa a Renatta, iba a ser yo.

De pronto empezó a sonar una canción que nos encantaba a ambos, y que habíamos bailado en su casa en multitud de ocasiones.

Por eso, no lo dudé, tomé su mano y la levanté, llevándomela a la pista sin darle opción a que me dijera nada.

La pegué a mí, sintiendo su cuerpo con el mío, como no había hecho nunca antes, y meciéndola en mis brazos.

Mis ojos no podían apartar la mirada de los de ella, bajándolos de vez en cuando hasta su boca.

Era el momento idóneo para que la besara, pero, de momento, un miedo atroz se apoderó de mí, por lo que la separé de mi cuerpo, bruscamente.

—Será mejor que me marche…

Renatta me miró después de decir eso, se giró y caminó hacia el baño. Os prometo que no sé lo que me pasó, pero, después de que se alejara de mí, sentí un vacío que me dejó sin aliento, y decidí ir tras ella.

Antes de entrar en el pasillo donde estaban los baños, jalé de su mano, besándola como había necesitado antes, hasta casi perder el sentido.

—Romeo…

—Shhh, no digas nada, por favor. Creo que es necesario para saber lo que sentimos el uno por el otro.

No la dejé hablar de nuevo, sino que la besé, otra vez. Esta vez no fue un beso tan necesitado como el anterior, sino que fue más lento, devorando sus labios con devoción, con suaves mordiscos que me pusieron la sangre a hervir.

—Vámonos, te necesito toda para mí esta noche.

—Está bien, no tengo que coger nada, podemos irnos cuando quieras.

Salimos de allí de la mano, paramos el primer taxi que vimos y le dimos la dirección de nuestra casa, mientras que nos mirábamos con una mezcla de deseo y premura.

En cuanto llegamos al portal, en cuanto entramos en el ascensor, volvimos a comernos el uno al otro. La pegué a la pared donde estaba el espejo, apretando mis caderas contra las suyas.

Nos esperaba una noche gloriosa, lo sabía de antemano.