Capítulo 9
Renatta
Entré en mi casa con la satisfacción de las cosas bien hechas y un contrato firmado bajo el brazo.
Romeo no vino conmigo, pues decía que había trasladado su cita con esa amiga de la hora de comer a la merienda, y que no quería llegar tarde.
No sabía si era verdad o mentira, pero sí que, con sus palabras y esa sonrisa que pintó en su boca, me estaba haciendo mucho daño.
En la puerta me estaba esperando Thiago, que, en cuanto me vio la cara, supo que lo había conseguido.
—Lo sabía, tenía el presentimiento de que te meterías a todos en el bolsillo.
—Eso era demasiado presuntuoso, Thiago, pero te doy las gracias por toda la confianza que has tenido en mí.
—Verás cómo, al final, te haces con la representación de los grandes jugadores.
—Con esos no quiero nada, son demasiado egocéntricos. He decidido que quiero jóvenes promesas, a las que llevar a lo más alto del panorama nacional e internacional.
—Así me gusta, con las cosas claras. Por cierto, en cuanto anuncien el fichaje, las grandes marcas de ropa deportiva te van a acribillar a llamadas para que seas su imagen pública.
—Eso ya lo tenía pensado. ¿Cómo lo gestionaste tú en el caso de Romeo?
—Vamos, te invito a un café y te cuento. Por cierto, ¿dónde está mi hijo? ¿No iba a comer con vosotros?
—Sí que lo ha hecho, pero luego dijo que había quedado con “una amiga”.
Sí, entrecomillé con mis dedos eso mismo que había dicho, para que no pensara que era tonta, que me daba cuenta de todo.
—¿Sabes? A veces me pregunto cuándo os vais a dar cuenta de eso que es tan evidente para los demás.
—No te entiendo. ¿A qué te refieres?
—¿Lo ves? No lo entiendes o no quieres entender, que todavía no lo tengo claro.
Entramos en su casa, donde estaba Bianca con el café y un panettone de chocolate que sabía que era mi preferido.
Cómo me hubiera gustado que Romeo estuviera allí, con nosotros, pero, al parecer, todo lo mío, todo lo que habíamos hecho hasta ahora, le resultaba un poquito aburrido, por decirlo de una manera un tanto suave.
Thiago me fue explicando todos los pasos a seguir en el tema de publicidad, para que no fuera a volverme loca y quisiera firmar todo, porque, en primer lugar, daría la sensación de estar impaciente y, en segundo, porque sería materialmente imposible.
—Por mucho que quisieras, tus representados no podrán hacer todas las campañas que les propongan, o tendrán que dejar a un lado sus vidas y eso, a la larga, tan solo te traerá problemas.
—Sí, eso lo tengo claro, será cuestión de priorizar.
—Exacto, y no precisamente dejándose guiar por el tema económico, que a veces no es lo más importante para el jugador, aunque lo parezca.
Estuvimos hablando un buen rato más, hasta que me fijé en que se me había ido el santo al cielo, y había quedado con Franco en que me recogería a las nueve para ir a cenar y a bailar.
—Vecinos, me vais a perdonar, pero he quedado a las nueve en que vendrán a recogerme y son las ocho. Tengo el tiempo justo para ducharme y arreglarme.
—Ya era hora, hija mía, que pensé que iba a tener que ir a comprarte dulces al convento —me dijo Bianca.
—No sé por qué dices eso, cuando tú piensas lo mismo que yo —le dijo Thiago.
—¿Y eso qué tiene que ver? Mientras que no llega su príncipe azul, que se harte de besar sapos.
—Ay, Bianca, mi príncipe azul ha salido desteñido, te lo aseguro.
—Bueno, hija, hay muchos tonos de azules, que no todos tienen que ser iguales.
Me despedí de ellos dos y me fui a mi casa. No podía evitar mirar el ascensor, esperando a que Romeo apareciera, pero no fue así, no tuve esa suerte.
Os estáis pensando lo mismo que yo, no lo vayáis a negar. ¿Qué estaba pensando? Bueno, os lo voy a contar por si alguien no había pensado en ello.
Si Romeo llegara ahora y me pidiera que hiciéramos un plan como los de antes, ¿dejaría mi cita y me quedaría en casa?
Siendo sincera, no lo sé. Estaba muy enfadada con él, eso era evidente, pero también lo echaba muchísimo de menos, nuestras charlas, nuestros momentos de bromas; parecía que hacía una eternidad que no lo hacíamos de esa manera.
Era como si de repente nos hubiéramos convertido en dos completos desconocidos, y eso no me gustaba nada, pues había perdido a mi mejor amigo, y eso me dolía.
Entré en la ducha, sin lavarme el pelo, porque no me daría tiempo a secármelo y arreglarlo, así que decidí que me lo recogería en una coleta alta, y listo.
Había elegido un vestido que tenía colgado en el armario desde que me lo compré. Fue un arrebato, lo reconozco, uno de los pocos que había tenido en toda mi vida.
Era rojo, de esos que se ven desde lejos, de tirantes finos, cruzados en la espalda, de una tela vaporosa y que me llegaba por encima de la rodilla. Lo combinaría con unas sandalias doradas, al igual que los complementos.
Me apliqué máscara de pestañas que resaltaba mis ojos verdes y un lápiz labial del mismo color que el vestido. Cogí una chaqueta vaquera, por si refrescaba, y mi bolso justo cuando recibí un mensaje de Franco diciéndome que me esperaba abajo.
Le dije adiós a los padres de Romeo, Romeo, que se quedaron asombrados cuando me vieron vestida.
—Chica, esta noche triunfas, te lo digo yo —me dijo Bianca.
—Como te vea Romeo, se cae de culo, te lo aseguro —continuó Thiago.
—Para nada, ni lo uno ni lo otro. De momento, tan solo somos amigos, pero de los que quieren conocerse de verdad, no como tu hijo, que está más pendiente de las modelos que de mí.
Ambos se miraron y, con una sonrisa que no pude descifrar, me dijeron que lo pasara lo mejor que pudiera.
—¡Toma ya, voy a ser la envidia de todos los hombres!
—Tampoco seas exagerado, que vosotros estáis acostumbrados a estar rodeados de mujeres mucho más guapas que yo.
—Puede ser, pero a mí no me interesa ninguna, y no vayas a pensar que lo digo para ligar contigo.
—Entonces, no te entiendo.
—Uy, es lo que te he dicho esta mañana, que tenemos mucho de lo que hablar, si es que te apetece.
—Claro que me apetece.
—Si te parece, he llamado un taxi para que nos recoja. No quería coger el coche, ya que, te aseguro, que esta noche vamos a bebernos hasta el agua de los floreros.
—Ni que lo digas, porque esta noche me pienso desmelenar como nunca en mi vida. Puede que hasta que me acueste con alguien, fíjate.
—Pues a ver si tenemos suerte y lo conseguimos los dos, pero por separado, ¿eh?
Me hizo muchísima gracia la manera en la que Franco me lo dijo, como si pensar que acostarse conmigo fuera un delito o algo parecido, como si fuera algo prohibido para él.
Entramos a cenar en un restaurante de comida española, al que me dijo que era asiduo, porque le encantaba ese tipo de comida.
La verdad es que la forma de cocinar de los españoles con la nuestra era muy parecida, por el aceite de oliva y los productos mediterráneos, aunque, claro, cada una con sus especialidades.
—¿Me dejas que pida la comanda yo?
—Por supuesto, entre otras cosas porque yo no tengo ni idea de lo que se trata cada cosa.
—¿Hay algo que no te guste o que te siente mal?
—Para nada, me gusta todo y nada me sienta mal.
—Uy, cuidado donde dices esas cosas, que sacadas de contexto pueden ser muy peligrosas.
Solté una carcajada. De verdad que no me esperaba que este hombre tuviera tanto arte. Siempre lo había visto en los partidos, en la televisión, tan serio, tan profesional, que jamás pensaba que me lo iba a pasar tan bien con él.
Franco se decidió por un surtido de tapas frías, que consistía en una bandeja donde venía, según me contó él, porque yo no tenía ni idea, tortilla, ensaladilla y patatas aliñadas.
También pidió una tabla de ibéricos, en la que venían jamón serrano, queso manchego y caña de lomo, que eran tres tipos de embutidos típicos españoles.
De plato fuerte, solomillo de cerdo al Pedro Ximénez con patatas panaderas al romero.
No había comido nunca nada de eso, pero no me pudo gustar más, os lo prometo. De postre se decantó por una crema catalana, que estaba de vicio.
—Como me traigas otra vez a comer aquí, voy a salir rodando.
—No me seas exagerada. Me dirás que no estaba todo riquísimo.
—Eso sí, no había comido nunca nada tan bueno, te lo prometo. Tenemos que repetir.
—Venga, vamos a convertir este restaurante en el nuestro de cabecera. ¿Te parece?
—Me parece.
—Bien, ahora, levanta el culo, que vamos a ir a una discoteca que hay aquí cerca, donde te contaré algo de mi vida.
—Y yo de la mía, te lo prometo. Que, al final, no hemos hablado nada de nosotros.