Capítulo 8
Renatta
Estaba en la parte exterior del campo, hablando con el padre de Mateo, que me daba las gracias por haber luchado así por su hijo.
—Si no llega a ser por ti, no hubiéramos llegado a firmar ese contrato, te lo aseguro.
—No es cierto. Si Mateo ha llegado hasta aquí, es por su constancia y su juego, que no puede tener más magia con un balón.
—También es verdad, pero tú le has abierto la puerta.
—Vale, te lo compro.
Estábamos riendo cuando vimos llegar a Mateo, corriendo, y pensé que le había ocurrido algo en el vestuario, aunque no lo creía, pues los chicos se habían portado con él de manera excelente.
Por un momento, me vino a la cabeza algo en lo que no había reparado hasta ahora. En todo el tiempo que hacía que Romeo y yo nos conocíamos, no había tenido el placer de que me invitara a un solo partido.
Ni siquiera me había presentado a sus compañeros o me había invitado a alguna de las fiestas a las que iba. Era como si le diera vergüenza que lo vieran conmigo, y eso me dolió todavía más.
—Renatta, he invitado a Romeo a comer con nosotros…
—¿Y qué te ha dicho?
—Que, primero, te lo preguntara a ti, por si tenía que cambiar sus planes.
—¡Qué considerado, mira! ¿Te ha contado cuáles son esos planes?
—Pues, por lo visto, había quedado con una amiga…
—Entonces, será mejor que no venga, que no queremos interrumpirle una tarde de pasión. ¿No crees?
Mateo me miró, sin saber qué contestarme, pero, como lo vi un tanto desilusionado, le envié un mensaje a Romeo.
Renatta: Si quieres comer con nosotros y cambiar de planes, estaremos en el restaurante El Mirador; salimos para allá.
Le enseñé el móvil a mi representado, para que viera que le había comunicado nuestro destino.
Esperaba que me respondiera, al menos con un sí o un no, pero no dio señales de vida, por lo que di por hecho que no vendría, que decidió seguir con sus planes, como hacía siempre.
Guardé el móvil en mi bolso y nos fuimos hasta mi coche, que era en el que habíamos venido hasta aquí.
Lo primero que haría en cuanto cobrara el primer pago sería comprarme un coche nuevo, que el mío ya empezaba a flaquear un poquito.
Sí, me lo podría comprar fácilmente con el dinero que me había dejado mi abuelo, pero no lo quería tocar. Eso era un colchón económico para cuando vinieran las vacas flacas.
Llegamos al restaurante en cuestión, donde ya nos estaban esperando los del equipo técnico del equipo. Íbamos a concretar todo el tema de la presentación del jugador, del reconocimiento médico y demás.
—¿Cuándo quieres presentarlo, Renatta? —me preguntó uno de los directivos.
—Cuanto antes, mejor. Creo que así se terminarán las especulaciones sobre el club.
—Tienes razón, pero esperemos a que nos hagamos con el título de la Liga. ¿Te parece?
Justo cuando nos acabábamos de sentar, curiosamente, apareció Romeo, con una sonrisa de lo más significativa.
—Perdón por el retraso, pero mi coche me ha dejado tirado en mitad del camino.
—¿Todavía no lo has cambiado?
—No, pero tengo que mirar uno, lo sé… Es que le tengo tanto cariño.
Esto último lo dijo mirándome a mí, directamente, porque eso era justo lo que yo decía del mío, pero si pensaba que me iba a quedar callada, se había equivocado de pleno a pleno.
—Es que, a veces, es más fácil cogerles cariño a cosas materiales que a las personas. Al fin y al cabo, son máquinas y sabes que no te van a defraudar.
—¿No me lo vas a perdonar nunca?
—No lo sé, pero de momento, no.
En la sala se escuchó un murmullo, signo inequívoco de que todo el mundo se había enterado de mi contestación, sobre todo Franco, el entrenador, que estaba sentado a mi lado.
—No se lo tomes en cuenta, mujer. Ya sabes cómo son los futbolistas, mucho más si son tan famosos como él.
—Me da igual, como si fuera el mismísimo Messi; conmigo no juega nadie. Se suponía que éramos amigos, y los amigos no se mienten. Prefería mil veces que me dijera: "Mira, Renatta, no voy a perder la oportunidad de estar con esta mujer", y seguimos tan amigos como siempre.
—Sí, muchas veces es lo mejor. Si quieres charlar, quiero decirte que aquí me tienes; podemos quedar para ver una película o tomar un café, cuando quieras.
—Mira, ¿sabes qué? Te tomo la palabra, ya va siendo hora de que empiece a vivir.
—¿Y no te da miedo lo que Romeo pueda pensar de esto?
—Uy, chico, ¿cuándo has visto que el óvulo vaya detrás del espermatozoide?
Franco soltó una carcajada que resonó en toda la sala, haciendo que todos los que estaban allí con nosotros voltearan su cara para mirarnos.
—Chica, de verdad, eres única dando respuestas.
—A veces la vida te obliga a eso, si tú supieras…
—Pues quiero saber, por eso te he dicho eso, y espero que lo hagamos a fondo.
—Si te refieres a que me vaya a acostar contigo, lo siento, chaval, pero no me atraes nada, por muy guapo que seas.
—Ahora soy yo el que te dice: "Ay, si yo te contara…".
—Pues, si quieres que yo me abra contigo, tendrás que hacerlo tú conmigo, también.
—Por supuesto, será un quid pro quo en toda regla; tan solo espero que me sepas guardar el secreto.
—Claro que te lo guardaré, no tengas ninguna duda.
Nos llevamos casi toda la comida hablando entre nosotros, como en susurros, mientras que veía cómo Romeo se iba enervando cada vez más, pero, sinceramente, me daba lo mismo.
En un momento determinado, me levanté para ir al baño, excusándome con todos, pero, cuando ya había terminado y estaba lavándome las manos, alguien entró de manera muy abrupta.
—¿Se puede saber qué coño estás haciendo?
—¿Perdona? Eso te lo tendría que preguntar yo a ti, que has entrado en el baño de las mujeres como si fueras el sheriff del condado.
—Renatta, ese hombre no te conviene, te lo digo yo que lo conozco bien. Terminará haciéndote daño.
—Por lo menos, si él me hace daño, no pondrá en riesgo una amistad de tantos años.
—Joder, Renatta, ya no sé cómo pedirte perdón.
—No tenías que pedirme perdón, tenías que haberme contado la verdad, que es diferente.
—¿Hubieras entendido que me quedara en la fiesta en vez de venir a compartir contigo ese momento importante para ti?
—Pues no sé si lo hubiera entendido o no; lo que sí que sé es que prefería que hubieras sido sincero conmigo, que me hubieras demostrado que somos amigos de verdad.
—Bueno, pues lo siento, no lo pensé. Me cegó el hecho de pasármelo bien en una fiesta rodeado de modelos antes de estar aburrido en una ceremonia que ni me iba ni me venía.
No sé si esas palabras fueron fruto de la sinceridad que le había pedido o si hablaba desde la rabia de verme hablar con su entrenador con esa complicidad, pero lo que sí sabía es que me estaban haciendo mucho daño.
—Gracias por la parte que me toca, pero no te preocupes que lo tendré en cuenta. Al parecer, la única que estaba capacitada y dispuesta a sacrificar su vida por esta amistad era yo.
—No te pintes de santa, Renatta.
—No soy una santa, pero te voy a contar algo. ¿Cuántas veces te he dicho que iba a salir con mis compañeros de la universidad y me has pedido que me quedara en casa, contigo, viendo una película, y lo he hecho?
—Pero yo no te he obligado, y si me hubieras dicho que no te apetecía, pues me hubiera quedado solo en mi casa, o me hubiera ido con cualquier compañero de fiesta.
—No estás entendiendo nada, de verdad. Hace mucho tiempo que nos conocemos y jamás en la vida me has dicho que fuera contigo a una de esas fiestas, o que te acompañara a un partido de fútbol, como si te diera vergüenza el que te vieran conmigo.
—No seas ridícula, Renatta, si no te lo he dicho nunca, no ha sido por eso, sino porque no te sintieras sola o desplazada en uno de esos eventos.
—¿Lo ves? Lo estás volviendo a hacer. Siempre das por hecho que, para ti, cualquier cosa estaría por encima de nuestra amistad, y que me ibas a dejar de lado, haciéndome sentir mal, en lugar de intentar integrarme.
—Tú tampoco me has integrado en tu grupo de la universidad.
—¿Cuándo, Romeo? Si cada vez que te mencionaba la posibilidad, preferías secuestrarme en mi casa.
Salí de allí sin darle la opción de contestarme. Ese momento era importante para mí; acababa de firmar mi primer contrato, que encima era con un gran club y millonario; no iba a permitir que me lo amargara.