Capítulo 7
Romeo
Mi relación con Renatta se había enfriado muchísimo desde ese día en el que no la acompañé en su graduación.
Es cierto que tenía pensado hacerlo, pero, en cuanto mis compañeros me dijeron que había una fiesta esa noche, a la que acudirían modelos internacionales, cambié mis planes.
Amanda Well era una mujer espectacular, con unas piernas infinitas y una figura que hacía que se te nublaran todos los sentidos.
Por mucho que le juré que no me había acostado con ella, no era cierto, pero no quería crear más resentimientos.
La vi en la cafetería del club, y no pude evitar acercarme a ella. La echaba de menos, eso era innegable, y quería que volviéramos a tener lo que teníamos antes.
—Pero bueno, si está aquí mi chica favorita —le dije, acercándome a ella.
—Sí, sobre todo, la favorita…
—¿Qué haces aquí?
Me contó que había venido para conseguir un contrato para Mateo, y supe que lo iba a conseguir.
Después de un rato allí, hablando con ella, la dejé y fui hasta la mesa en la que se habían sentado mis compañeros, que me miraban sonrientes.
—¿Quién es ese bombón que has saludado, Romeito? —me preguntó Santini, uno de mis compañeros.
—Eso quiero saber yo también —le contestó Buonareti.
—Es la representante de un nuevo jugador, y mi vecina.
—Joder, pues si ella es representante, la cambio por el mío, pero ahora mismo, vamos. Me va a dar el mismo por culo que el otro, pero al menos me alegraré la vista.
—Ni que lo digas. Eso es una delantera y no la que formamos nosotros tres.
—Vale ya, chicos, por favor.
—¿Te molesta que le digamos cosas? ¿Qué pasa, que la quieres en exclusiva para ti?
—No digas tonterías, entre ella y yo tan solo hay una bonita amistad. Nos conocemos desde hace más de cinco años y nunca hemos tenido nada.
—Di lo que quieras, pero nunca te he visto mirar a nadie como la miras a ella.
—Sigue soñando, chaval.
—Bueno, entonces no te importará que nos acerquemos a ella, ¿no?
—Pues depende del motivo para el que os acerquéis.
—Para invitarla a jugar al parchís… Desde luego, hijo, hay veces que no sé si eres tonto o te has especializado en fingirlo.
—No os quiero ver a menos de quince metros de ella.
Renatta terminó de desayunar y se levantó para marcharse, diciéndome adiós desde la puerta.
—Joder, vaya trasero que tiene la muchacha… —Admitió Buonareti.
—Ya vale, ¿no?
Los dos se miraron entre ellos y soltaron una carcajada. No me sentó bien que ninguno de los dos mirase a Renatta con esos ojos.
No sabía el motivo, pero el tan solo pensar que cualquier hombre le pusiera las manos encima hacía que se me revolviera el estómago.
Volví al campo con un cabreo de mil pares de narices y, cuando mis compañeros me alcanzaron, los miré con mala cara, porque ya sabía lo que me iba a esperar durante todo el entrenamiento, sobre todo si Renatta aparecía de nuevo.
Le pedí a todos los santos del cielo que no fuera así, que terminara su reunión y se marchara a casa, al centro comercial o a donde le saliera del alma, pero no me sirvieron de nada mis plegarias.
—Ahí viene el bombón, de nuevo, Acosta —me indicó Santini.
—Joder, ¿esa quién es? —preguntó el entrenador.
—Una amiga de Acosta…
—¿Íntima, Acosta? —siguió el entrenador.
—Mi mejor amiga, y vale ya, ¿no?
—¿Qué está haciendo aquí?
—Viene como representante de un nuevo jugador.
—Pues si va a venir con él, aunque sea una patata de jugador, pienso decir que al grupo le va a venir de maravilla.
Todo el mundo empezó a reír por la manera en la que el entrenador lo había dicho, levantando las cejas repetidamente.
El entrenador era un hombre de lo más atractivo, que tenía muchas mujeres dispuestas a hacer por él lo que quisiera.
Era soltero, y me daba miedo que Renatta se interesara por él, porque era muy interesante.
En todos estos años que habían pasado desde que nos conocimos, yo le había contado a ella todas mis correrías sexuales, mientras que ella jamás me había hecho partícipe de que tuviera alguna relación con un chico.
¿Sería virgen a su edad? No, no lo creía, aunque… lo cierto era que a su casa no había ido ningún chico, nunca, además de que tampoco salía mucho; los días que yo tenía partido fuera, aprovechaba para ir adelantando cosas de la universidad.
Estaba tan sumido en mis pensamientos que ni siquiera vi venir el balón, que me dio de lleno en toda la cara.
—¿Has aterrizado ya o te tengo que enviar otro? —me dijo el entrenador.
—No ha tenido ni puta gracia, que lo sepas.
—Ni esa era la intención. Si estuvieras en lo que estamos, en vez de estar en la luna, eso no hubiera sido necesario.
Lo miré de una manera que pretendía intimidarlo, pero con la que lo único que conseguí fue que se partiera de risa.
—Como os iba diciendo, este es Mateo Puzinni, el próximo fichaje del club, y vamos a probarlo. Así que, ya sabéis, dividíos en dos equipos, coged los dorsales y vamos a empezar.
—¿Cómo nos dividimos? ¿Cómo siempre?
—Sí, pero a Acosta lo quiero en el equipo contrario a Puzinni. A ver de lo que es capaz.
Sabía que lo había hecho aposta, para que me tuviera que enfrentar a él y ver la reacción de Renatta.
Pensaba dejarme la piel en el campo, para demostrar de la piel que estaba hecho ese muchacho, tal y como hicieron conmigo el día que me probaron.
El entrenador se sentó al lado del equipo técnico y, por supuesto, junto a Renatta y el padre del chico.
Mi mirada iba, irremediablemente, hacia ellos, y me perdí muchas veces en el partido, haciendo que pareciera idiota.
—Acosta… ¿Tengo que sacarte del partido y meter a Santini? —me gritó el entrenador desde las gradas.
—No, ya me centro. Lo siento.
—Amigo, te veo más perdido que Spiderman en un descampado —me dijo Buonareti.
—Estoy espeso, no voy a negarlo.
—Pues, o te centras y dejamos que el chico se luzca, que no parezca que lo estamos dejando ganar, o te cambias por Santini.
—No, no, me centro. Vamos, que tenemos que ayudar al chico.
En la segunda parte del partido me centré en jugar, en dejarme la piel y los huesos, porque ese chico hacía cada cosa con los pies que te dejaba anonadado.
Me recordaba a aquel jugador brasileño de un equipo español, que hacía magia con sus pies y un balón.
—Chico, nos has dejado con la boca abierta. Renatta, retiro lo del segundo equipo, entrará directamente en el primero —dijo uno de los directivos.
—Se incorporará a la pretemporada, y lo presentaremos a lo grande —contestó ella.
Se había metido a todo el mundo en el bolsillo, entrando en el mundo de la representación por la puerta grande.
—Renatta, no he tenido el gusto de presentarme, soy Franco Rosety, el entrenador del equipo —le dijo el entrenador, de manera muy coqueta.
—Encantada, Mister, aunque tengo que decirte que estoy un poquito enfadada contigo.
—¿Conmigo? ¿Qué he hecho yo?
—No permitir que Romeo acudiera el sábado a mi graduación…
—Chica, pues, quien te haya informado de que fui yo, lo ha hecho mal, porque yo no tenía ni la más remota idea.
¡Mierda! ¿Cómo no se me había ocurrido pensar que ella le diría algo, sabiendo cómo era?
Vi la desilusión en su mirada, el dolor, y os prometo que me sentí como un puto miserable.
—Renatta, espera, por favor.
—No tengo ganas de hablar contigo ahora, así que será mejor que me dejes en paz.
—No te vayas, espérame y vamos a celebrar tu primer contrato.
—Claro que lo voy a celebrar, pero no contigo. Con Mateo y con todo el cuerpo técnico.
—¿El entrenador también va a ir?
—Por supuesto. Pero que no tengo que darte explicaciones, chico, no cuando tú no me has tenido en cuenta, nunca, y ahora he sido consciente de ello.
—Ten cuidado con el entrenador, tan solo quiere meterse entre tus piernas…
—¿Y? ¿Y si eso es lo que yo quiero también?
No me dio opción a contestarle, salió de allí cagando leches, y dejándome con una cara de gilipollas que no era ni medio normal.
—Chaval, si pensabas incluirme en una mentira, lo lógico era que me lo hubieras contado antes —me dijo mi entrenador.
—No pensaba incluirte, como tampoco creía que le iba a sentar tan mal.
—¿Qué fue lo que pasó?
—Pues que tenía su graduación, y pensaba volver…
Le conté a Franco todo lo que había pasado ese día, y cómo, al llegar al día siguiente, me la encontré de lo más cabreada y dolida.
—Es normal, para ella era importante y, si encima saliste en la prensa, con una de esas modelos, te puedes imaginar cómo le sentó.
—Exacto. Esa puta prensa es lo peor.
—No, lo peor no es la prensa, lo peor sois vosotros, que no os protegéis, que veis una fiesta y vais de cabeza, sin pensar en todo lo demás.
—Nosotros no vamos de cabeza a cada fiesta a la que nos invitan, solo lo hacemos cuando no tenemos partido al día siguiente y cuando el último que hemos jugado lo hemos ganado.
—Es lo mismo, si metes en el buscador de internet vuestros nombres, tan solo salen imágenes de vosotros en fiestas, con unas y con otras, y eso, si queréis continuar en el campo, tiene que cambiar.
—No me jodas, Franco. Has dicho lo mismo que ella, que me vaticinó que me quedaban, como mucho, cuatro o cinco temporadas más…
—Y creo que se pasó. Esa chica me gusta, entiende de su trabajo y no se amilana con nadie, por muy buen jugador que sea.
Entré al vestuario, donde todo el mundo estaba felicitando a Mateo, que lo había hecho genial, y yo no quise ser menos.
—Enhorabuena, chico, te auguro un futuro muy bonito, pero, por favor, con los pies en el suelo, que no todo es tan fantástico como se piensa.
—Lo sé, es lo primero que me ha advertido Renatta: que o continúo estudiando, o se termina mi representación y, ni loco, voy a renunciar a ella.
—Yo tampoco lo haría, aunque por otros motivos muy distintos a los tuyos —dijo Santini.
—No vayas a empezar, te lo advierto.
Lo acusé con el dedo, pues estaba demasiado calentito para sus provocaciones y, como le hiciera caso, podríamos terminar los dos muy mal.
Empezó a relatar, pero no quise oírlo; me metí del tirón en la ducha y pasé de sus comentarios, o terminaría de encenderme.
Al salir de la ducha, me encontré con Mateo, que me esperaba sentado en uno de los bancos, ya completamente cambiado, y rodeado de los demás.
—Romeo, me gustaría que te vinieras a comer con nosotros.
—Lo siento, chico, en otra ocasión será, hoy tengo planes.
—¿No puedes cambiarlos?
—La verdad es que sí, porque tan solo había quedado con una chica, pero no creo que a tu representante le haga mucha gracia tenerme allí. Como has podido ver, está un poquito cabreada conmigo.
—Bah, seguro que se le pasa. Por favor…
—Mira, vamos a hacer una cosa. Ve y le preguntas; si ella no tiene inconveniente, yo cambio mis planes. Si ella dice que no, sigo adelante con lo que tenía pensado.
Lo cierto es que no había quedado con nadie, pero no quería decirle que me había dolido la actitud de Renatta conmigo.
Empecé a vestirme y dejé que el chico saliera para hablar con ella. En cuanto vi que no volvía, cogí mi mochila y salí de allí sin que nadie me viera.