Capítulo 6
Renatta
El primer club en el que tenía cita era justo en el que jugaba Romeo. Llegué allí con mis mejores galas, unas que decían que era una mujer de negocios, mis tacones y una seguridad pasmosa que no sabía ni que tenía.
—Buenos días, tengo cita con el equipo técnico del club —le dije a la chica que estaba en la recepción del club.
—Un segundo, señorita. ¿Me dice usted su nombre?
—Por supuesto. Soy Renatta Bianchi, representante de jugadores.
La chica me miró como si estuviera loca, y soltó una risita por lo bajini que me molestó muchísimo.
Seguro que era de las que pensaban que las mujeres no podíamos acceder a según qué puestos de trabajo que se consideraban vetados para nosotras, pero la vida me había enseñado que nada era imposible, aunque costara mucho.
—Ya puede subir. Tercera planta, despacho cincuenta y dos. Se encuentra al fondo a la derecha, pero si tiene algún problema para encontrarlo, alguno de mis compañeros le indicará.
—Gracias, muy amable.
¿Esta mujer se había pensado que yo era gilipollas, o qué? De verdad, no entendía a la gente que, por querer ser demasiado amables, hacía que los demás nos sintiéramos tontos.
Tal y como salí del ascensor, y siguiendo las indicaciones de las paredes, en las que te decían los números de los despachos de cada lado del pasillo, llegué hasta el cincuenta y dos, que resultó no ser un despacho, sino una sala de reuniones.
—Buenos días, caballeros.
—Buenos días, señorita Bianchi. ¿A qué debemos el honor de su visita? —me dijo uno de los hombres que pertenecían al staff técnico, pero en un tono de guasa que no me gustó.
Respiré hondo. Tenía un as guardado debajo de la manga. Otro de los equipos rivales, al que había enviado el vídeo del partido de Mateo porque me lo habían solicitado antes de darme la cita, se había interesado mucho en él.
—Iré al grano, no me gusta perder el tiempo ni que lo pierdan conmigo. Traigo el video de un jugador que será uno de los mejores en muy poco tiempo.
—Señorita, recibimos videos de esos a diario, y no nos interesa ninguno, se lo aseguro.
—¿Estáis seguros de no querer verlo? Porque le garantizo, y puedo demostrar, que vuestro eterno rival ya se ha interesado en él.
—¿Ha dicho que puede demostrarlo?
—Por supuesto, no me gusta hablar por hablar, y tengo aquí el correo electrónico que lo demuestra. Con respecto a lo que ha dicho antes de que suelen recibir vídeos a diario, por eso yo no lo he enviado; he preferido traerlo yo misma.
—Bueno, tampoco perdemos nada por verlo. Si es usted tan amable de mostrarnos a ese jugador, se lo agradeceríamos.
Cogí el pen de mi bolso y se lo tendí a uno de los caballeros que estaban allí sentados, para que lo pusieran en el monitor gigante que había en la sala, y en el que, suponía, se analizaban los fallos de cada partido.
Cuando todos vieron la calidad y la elegancia con la que jugaba Mateo, no dudaron en mirarse con una sonrisa.
Tenía claro que intentarían contratarlo por una mierda de dinero, pero no lo iba a consentir.
Antes de acudir allí había hecho mis deberes, contando con la ayuda de Thiago, que me dijo lo que debía pedir de primeras, no conformándome con menos, y que coincidía con lo que yo pensaba.
—Es un gran jugador, pero teniendo en cuenta que está empezando…
—Si me van a ofrecer una cantidad ridícula, le pediría que se abstuviera; no me gusta que me tomen por tonta. Esta es la cantidad por la que firmaría con este club; si no estáis dispuestos a pagar eso, aquí paz y después gloria.
Les puse un contrato encima de la mesa, en el que venía indicada la cantidad por la que firmaríamos, y no me iba a bajar del burro.
—Señorita Bianchi, necesitamos hablarlo entre nosotros. ¿Le importaría volver en una hora?
—Para nada, no tengo ningún problema. Iré a tomar un café, mientras. Eso sí, si no pensáis pagar esa cantidad, le rogaría que no me hicieran perder el tiempo.
—Precisamente eso es lo que queremos confirmar, que podemos pagarlo.
—Está bien, vuelvo a las once de la mañana y espero que ya tengan una respuesta, porque no me pienso quedar esperando.
Me bajé a la cafetería del club, que estaba en el mismo edificio, pero en la planta baja, con un acceso directo desde el interior, ya que no cualquiera podía entrar ahí; era tan solo para los empleados o personas autorizadas.
Sabía que mi atuendo desentonaba con todos los que estaban ahí, que llevaban ropa deportiva.
Yo me había puesto una falda de tubo, gris oscuro, que me llegaba por debajo de la rodilla y que tenía una apertura en la parte trasera, que me permitía caminar.
También llevaba una camisa sin mangas en color beige, de escote de pico, que me hacía una silueta preciosa y que, junto con mis zapatos de tacón alto, me daba una imagen de lo más profesional.
—Pero bueno, si está aquí mi chica favorita —dijo Romeo, que había entrado a por un refresco cuando terminó el entrenamiento.
—Sí, sobre todo, la favorita…
—¿Qué haces aquí?
—Una reunión con el equipo técnico, y me han dicho que vuelva en un rato, que tienen que deliberar si les interesa mi propuesta o no.
—Pues te veo muy tranquila. Otra, estaría comiéndose de los nervios.
—Ah, no, sí estoy tranquila, tengo un as en la manga, bastante bueno, la verdad.
—Me tienes completamente sorprendido, Renatta, te lo digo de verdad.
—No se puede juzgar a la gente sin antes saber si su trabajo será el adecuado o no.
—Yo no te he juzgado, Renatta. Tan solo que pensé que no estabas preparada para llevar un contrato como el mío, que necesitas más experiencia.
—Di lo que quieras, Romeo, pero te garantizo que, después de este contrato, sea con este equipo o con el otro que está interesado, se darán patadas en el culo para que me haga cargo de sus representaciones.
—Ya, pero la primera será la mía.
—Que te lo crees tú…
Justo terminaba de pronunciar esas palabras cuando recibí un mensaje del equipo técnico, para que acudiera lo antes posible al despacho.
No subí de inmediato; no quería parecer ansiosa y que ellos aprovecharan para jugar a su favor.
Me terminé mi desayuno, me despedí de Romeo, que se había sentado en una mesa junto a sus compañeros, y me encaminé hasta el ascensor.
—Perdón, señorita, no puede usted subir sin que la autoricen —me dijo la chica que me había atendido un rato antes.
—Me están esperando en el mismo lugar en el que he estado antes.
—Lo siento, pero no puedo dejarla pasar hasta que no me lo digan desde arriba.
Me paré, no porque quisiera, sino porque no iba a montar un numerito allí, delante de todos, como era lógico.
Al final, después de diez minutos esperando, la chica me dio paso, volviendo a decirme dónde se encontraba el despacho.
—Cariño, me he tomado un café, no un coñac, ni tengo Alzheimer, recuerdo el camino.
—Perdón, es la costumbre.
Negué con la cabeza y subí al despacho, donde ya estaban todos esperándome.
—Señorita Bianchi, hemos estado analizando el vídeo que nos ha dejado y, tal y como usted nos ha contado, puede ser que este chico llegue a ser un buen jugador —dijo uno de ellos.
—No es que llegue a ser un buen jugador, es que lo es. No se piense que, por ser mujer, no entiendo de fútbol, caballero, porque estará cometiendo un gran error.
—No, por favor, ya hemos comprobado que eso es cierto. Y por eso, vamos a aceptar su propuesta, pero tan solo con un matiz.
—A ver, ¿qué matiz es ese?
—La primera temporada la hará en el segundo equipo, al menos al principio, hasta que coja los hábitos necesarios para subir al primero.
—Siempre que no se toque el precio de su ficha, me parece algo justo.
—Entonces, si estamos de acuerdo, nos gustaría verlo in situ antes de firmar nada.
—Deme un minuto que lo llame. ¿Cuándo les vendría bien a ustedes?
—Hoy mismo, y si es dentro de una hora, aprovechando que está aquí el primer equipo entrenando, y así lo vemos cómo se podría integrar en él.
Salí del despacho y llamé al padre de Mateo, que me contestó al primer tono, puesto que sabía de la reunión con el club.
—Mateo, necesito que el chico esté aquí, en el club, en una hora.
—¿Tenemos posibilidades?
—Está casi todo hecho, tan solo quieren verlo jugar con el equipo.
—Dame una hora y estaremos ahí.
—Perfecto. En cuanto estéis aquí, me llamas y bajo a buscaros.
—Gracias, Renatta. Sabía que podíamos confiar en ti.
—Crucemos los dedos para que todo termine tal y como ha empezado.
Corté la llamada y entré de nuevo en el despacho, para terminar de concretar todos los detalles del contrato, mientras que el chico no aparecía para demostrarles a todos lo que valía.