¿Cuándo nos convertimos en esto? Capítulo 5
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Capítulo 5

Renatta

Me metí en la ducha y dejé que el agua arrastrara con ella todo el dolor que sentía.

No sé si estuve bajo el chorro de agua cinco minutos o cinco horas, pero sí que, cuando salí, me sentía un poquito más liviana, como más ligera, después de soltar allí todo lo que tenía por dentro.

Al salir, ahí estaba Romeo, sentado en el sofá, con una lata de refresco en la mano, y como si fuera su casa.

—¿No te has enterado todavía de que quiero estar sola?

—Eso no es lo que has dicho. Me dijiste que necesitabas una ducha, y ya te la has dado. Una que, por cierto, casi me mata, porque he estado a punto de entrar a ver si te había pasado algo, del tiempo que has tardado.

—He tardado lo que tenía que tardar, ni un minuto más ni uno menos.

—¿Por qué no dejas el cabreo y esa actitud de estar a la defensiva conmigo?

—Porque no me da la gana, así de sencillo.

—Anda, ven y dame un abrazo, que tenemos mucho de lo que hablar.

—No me interesa saber cómo te lo montaste con esa modelo, mucho menos hoy.

—No te lo iba a contar, entre otras cosas porque no me acosté con ella. Bueno, ni con ella ni con nadie.

—Venga ya, Romeo. ¿A quién pretendes engañar? Si has salido comiéndote la boca con ella en un montón de imágenes.

—Y eso es lo único que hicimos, te lo juro por mi vida.

—Puedes decir lo que quieras, pero no me lo creo.

—¿Cuándo te he mentido yo?

—Ayer mismo, cuando me dijiste que harías todo lo posible por estar conmigo y no moviste un solo dedo.

Estábamos discutiendo sobre eso cuando llamaron a la puerta. Como fueran mis padres, de nuevo, los iba a mandar a la mierda con billete de ida, pero no de vuelta.

Pero no, no se trataba de mis padres, sino de Thiago, el padre de Romeo, que venía con una carpeta en la mano.

—Papá, ¿qué haces aquí?

—Cumplir con mi promesa.

Romeo lo miró con cara de extrañeza, pues no sabía a qué se estaba refiriendo, ya que él no estuvo en la conversación de la noche anterior.

—¿A qué te estás refiriendo, papá?

—¿Recuerdas el día que Renatta nos contó su sueño?

—¿El de que quería ser representante de futbolistas? Claro que lo recuerdo, y para eso ha estudiado tanto, para intentar cumplirlo.

—No, para intentarlo, no, para conseguirlo, porque ya ha llegado ese día.

—¿Me estás diciendo que le vas a dar mi representación a ella? Porque, sin ánimos de ofender a nadie, yo creo que todavía le viene un poquito grande, que debería empezar por jugadores menos mediáticos que yo.

Os juro que Romeo se estaba luciendo, pero no iba a estar con nadie que no me quisiera a su lado. Lo que él no sabía era que yo ya había movido algunos hilos, y tenía a un chico de una categoría inferior que llegaría a ser una estrella.

—Romeo tiene razón, será mejor que tú continúes con su representación. Al fin y al cabo, a él ya le quedan pocos años en activo, y yo tengo que aspirar a alguien que me dé muchas alegrías durante mucho tiempo.

—¿Me estás diciendo que estoy acabado, Renatta? Porque te recuerdo que estamos en todas las competiciones, que tenemos que jugar dos finales y que estamos a un partido de ganar la liga.

—Tú lo has dicho, en plural, toda la plantilla, y que todavía no habéis ganado nada. Si sigues con el ritmo de vida que llevas, no te echo más de cuatro o cinco temporadas.

—¿Ves? Por eso creo que eres la persona ideal para llevar la carrera de mi hijo, porque no dudas ni un instante en decirle las cosas tal y como son —dijo Thiago.

—Estás hablando desde el resentimiento, Renatta, y eso no es bueno, mucho menos en esta profesión. Deberías aprender a actuar con la cabeza, no con las tripas —sentenció Romeo, sin hacer caso a su padre.

—No pienso representar a un jugador que no me va a tomar en serio, mucho menos a uno que no me quiere a su lado.

—Mira, hagamos una cosa. Esperemos a que termine esta temporada y, cuando eso ocurra, nos volvemos a reunir los tres.

—Por mí, no hay problema —dijo Romeo, pero con la boquita pequeña.

—Bueno, vamos hablando. Ahora, si me disculpáis, he quedado en una hora y ya voy tarde.

—¿Con quién has quedado?

—¿Desde cuándo te tengo que dar explicaciones a ti?

—¿Lo ves, papá? Está enfadada porque no estuve ayer en la graduación y me fui de fiesta con el equipo.

—Eso estuvo mal, pero no es momento de hablarlo ahora; ya lo haremos en casa, tranquilamente. Ahora, vámonos.

—¿No me lo vas a decir? Pensé que éramos amigos…

—Yo también lo pensaba, fíjate. Pues mira, te lo diré tan solo para que me dejes en paz. He quedado con un posible cliente y con sus padres, porque tengo una opción para él.

—¿En un equipo de fútbol?

—No, en uno de esgrima. ¿Eres tonto o comes bolitas de alcanfor?

—Cuando te pones así, eres insoportable, que lo sepas.

Romeo se levantó para marcharse, pero antes, lo frené; la curiosidad me podía, y quería saber cuánto le habían tangado mis padres, para tenerlo en cuenta en un futuro.

—Espera… ¿Cuánto les has dado a mis padres?

—¿A tus padres? ¿Han estado aquí?

—Sí, Thiago, y tu hijo ha caído en sus chantajes.

—Era solo dinero, Renatta, y si con eso podía quitártelos de encima, está muy bien empleado.

—Lo que tú digas, pero eso que has hecho tan solo ha provocado que vuelvan de nuevo en cuanto se queden sin dinero, en el momento en el que ya no tengan un solo céntimo.

—Bueno, pues si lo hacen, ya sabré yo a qué atenerme.

—Está bien, lo que tú digas, pero dime cuánto dinero le has dado.

—Veinticinco mil euros.

—¿Estás loco? ¡Madre mía de mi alma, lo que yo haría con ese dinero!

—Para mí no es dinero, te lo aseguro.

Romeo me dejó un beso en la mejilla y salió de mi casa, seguido de su padre. A pesar de todo lo que había ganado jugando al fútbol, no consintió comprarse una casa, y continuaba viviendo con sus padres en el mismo edificio.

No os diré que el edificio no era uno cualquiera, pues en él tan solo vivía gente con un alto poder adquisitivo. En el caso de sus padres, lo heredaron de sus abuelos y lo reformaron entero cuando la zona todavía no estaba tan de moda.

Desde la terraza de la casa se podía ver perfectamente el Ponte Vecchio, por la parte de la derecha; y parte de la Iglesia de la Santa Croce, por la parte izquierda.

Me encantaba bajar a comerme un helado detrás de la plaza del Señorío, de cara a la Catedral y al Baptisterio, admirando la copia del David de Miguel Ángel.

El arte era otra de mis pasiones, y la galería de los Uffizi era uno de los lugares preferidos por mí de toda Florencia.

Cogí el bolso y bajé, puesto que había quedado con Mateo Puzinni, un chico de diecisiete años que movía el balón como pocos.

Lo había grabado en uno de sus partidos, uno que había jugado con su equipo actual, y tenía pensado moverme por todos los equipos grandes, con los que ya tenía varias citas concertadas.

—Buenas tardes, y perdón por el retraso, pero un vecino me impidió llegar antes.

—No se preocupe. Para nosotros, es un honor que se haya fijado en nuestro hijo —dijo su padre, que se llamaba como él.

—Para nada, el honor siempre será mío. Pero antes, vamos a comer, que traigo un hambre descomunal, mientras hablamos de todo lo que tengo en mente para Mateo.

—Una excelente idea —dijo su padre.

Su madre lo miraba con cariño, pero también con miedo, y la entendía, porque, dependiendo de cómo saliera todo, así sería el futuro de su hijo.

—En primer lugar, quiero que quede claro que, condición indispensable para que esto siga adelante, y que le trasladaré a todos y cada uno de los clubes, será que tienes que seguir estudiando.

—Eso me gusta mucho, porque no quiero que, si no triunfa en el fútbol, sea un juguete roto que no sepa qué hacer con su vida —dijo su madre.

—Y yo no quiero un jugador ignorante del que se cachondeen en la prensa.

—¿Cómo voy a estudiar si tendré que entrenar? —preguntó Mateo.

—¿Sabes cuántas madres están estudiando, trabajando y sacando a sus hijos adelante? Pues creo que, con eso, te lo he dicho todo —le respondí.

En eso iba a ser implacable; si no había resultados académicos, tampoco los habría deportivos, eso lo tenía claro.

Había redactado un contrato que, si lo firmaban, dejaba claro que yo sería la encargada de llevar la carrera de Mateo, al menos durante los primeros cinco años, que era la duración del mismo.

—Después de esos primeros cinco años, en el caso de que ya no estéis interesados en seguir conmigo, podréis cambiar de representante.

—Lo dudo, porque estás mostrando mucho coraje para hacer las cosas, y eso me gusta mucho —dijo su padre.

—Me llevaré el treinta por ciento de todas las ganancias, tanto de los contratos de publicidad como de los deportivos.

—Y es justo. Me he estado informando y ese suele ser el porcentaje que cobra un representante, tanto arriba como abajo.

—Entonces, si todos estamos de acuerdo, vamos a firmar el contrato, que mañana mismo tengo una cita en uno de los clubes para que vean los vídeos de Mateo.

Estábamos ya en el postre, mucho más relajados todos, cuando Romeo entró en el restaurante.

Lo hizo con una sonrisa, y con la clara intención de saber lo que me traía entre manos, además de conocer al chico, y lo supe por la seguridad con la que se acercó a nuestra mesa.

—Buenas tardes… —dijo, pero no pudo terminar la frase.

—¿Eres Romeo Acosta?

—El mismo, y tú debes ser el nuevo representado de Renatta. Has tenido mucha suerte de que se haya fijado en ti, porque, si lo ha hecho, es porque tienes mucho talento, chaval.

—Es un fiel admirador suyo, se lo aseguro —dijo la madre de Mateo, feliz porque su hijo estaba cumpliendo un sueño.

—Vamos a tutearnos, por favor, que no me gustan las formalidades.

—Ni que lo digas… —Murmuré, pero él me escuchó, mirándome con una sonrisa de lo más pícara.

—No seas mala, amiga.

—¿De verdad sois amigos? Joder, se me acumulan las emociones en el día de hoy.

—Esa boca, Mateo. Sabes que no me gusta que digas palabrotas —le regañó la madre.

—Anda, ven, vamos a hacernos una foto, que quiero presumir de ti cuando te hagas una estrella de fútbol —le dijo Romeo, ganándose al chico.

Mateo se levantó, se puso junto a Romeo y fui yo la que hice la foto, con el móvil de mi vecino.

—Venga, Renatta, ponte con nosotros, que después nos tocará vacilar de representante —me dijo Romeo, y lo miré con una ceja arqueada.

—¿También es tu representante? —preguntó el chico.

—No, pero lo será en cuanto termine la temporada.

—Eso no te lo crees ni tú, chaval.

Mateo empezó a reír, puesto que se pensaba que era una broma entre nosotros, pero nada más lejos de la realidad.

Si se pensaba que iba a acceder después de todo lo que había dicho esta mañana en mi casa, lo tenía claro.

Parecía que no me conocía, que no sabía que mi orgullo no me dejaría acceder a sus peticiones, a no ser que fuera estrictamente necesario, y, por el momento, eso no estaba sucediendo.