Capítulo 4
Renatta
Esa noche llegué a casa con una sonrisa en los labios, porque, en primer lugar, me sentía contenta y realizada con mis resultados universitarios; y en segundo, porque, por mucho que lo intentaron, mis padres no fueron capaces de fastidiarme el día.
Pero esa alegría se desvaneció en cuanto encendí la televisión al día siguiente, y aparecieron unas imágenes de Romeo en una fiesta, rodeado de mujeres preciosas.
— El famoso delantero de fútbol, Romeo Acosta, fue pillado ayer, al terminar el partido, en una fiesta, junto a una de las modelos más reconocidas del panorama internacional, Amanda Well.
La presentadora del programa dio todo lujo de detalles, y hasta salió más de un beso entre ellos.
Me dolió muchísimo, porque él sabía lo importante que era esa noche para mí, y no estuvo porque no le dio la gana.
— Claro, imbécil. ¿Por qué iba a cambiar a una de esas, de piernas infinitas, por ti? Nunca serás su prioridad, y cuanto antes lo asumas, mejor.
Me lo dije a mí misma, mirando la televisión y sin darme cuenta de que las lágrimas caían por mis mejillas. No sabría decir si eran lágrimas de rabia, de dolor o de pena, pero no supe, ni quise, retenerlas.
Llegaba esa misma tarde y, si se esperaba que fuese a saltar a sus brazos, como siempre hacía cuando ganaban un partido fuera, lo llevaba claro.
En ese momento, llamaron a mi puerta, y supe, antes de abrir, que se trataba de Bianca, que habría visto esas imágenes, como lo había hecho yo minutos antes, y vendría a justificarlo.
Me limpié las lágrimas que caían por mi rostro y me dispuse a abrir la puerta, pero no era ella, eran mis padres, que venían con una clara intención: darme pena.
—¿No os quedó claro, anoche, que no pienso daros ni un céntimo?
—Renatta, cariño, tenemos que hablar. Estamos metidos en un buen lío, y necesitamos de tu ayuda. ¿Nos dejas pasar? —dijo mi madre, a punto de llorar.
—¿Sabes una cosa? Tus lágrimas no me conmueven; es más, me son completamente indiferentes. Tú no has visto todas las que yo he derramado cuando te necesité. Tú no eres consciente de todas las que echó mi abuelo por tu culpa…
—No seas rencorosa, Renatta. Déjanos que te expliquemos nuestra situación. Si nos ayudas, te prometo que no nos volverás a ver nunca más.
—Mamá, no te pienso dar nada, porque no sería la última vez, y te convertirías en un grano en el culo. Creo que ya eres mayorcita para buscarte la vida, como tú me dijiste un día.
Utilicé sus propias palabras, esas con las que me sacó de la casa de mi abuelo el mismo día que falleció, sin miramientos.
No los había dejado pasar al interior de mi casa; me negaba a que su negatividad inundara el buen ambiente en el que yo vivía.
Estábamos hablando cuando el ascensor se escuchó; era Romeo, que llegaba a su casa después del partido.
—Renatta, ¿ocurre algo?
—No te preocupes, no pasa nada.
—¿Cómo que no pasa nada? Verás, Romeo…
—¿Nos conocemos? No creo que tengamos la confianza suficiente como para que me tuteen.
—Todo el mundo te conoce a ti y también a mí, así que fuera formalismos. Lo mismo y tú también nos puedes ayudar…
—Ni se te ocurra, mamá. Deja a Romeo fuera de esto.
—¿Qué es lo que necesitan?
—Dinero. Si mi hija no nos ayuda, nos veremos obligados a impugnar el fideicomiso que le dejó su abuelo, y nos quedaremos hasta con el último céntimo.
—Ese dinero no lo podéis tocar, ya os lo dijo el abogado el día que falleció el abuelo, y no pienso ceder.
—Si no nos das ese dinero, nuestra vida corre peligro —dijo mi padre, como si a mí eso me importara algo.
—Esa fue vuestra decisión. Si os juntasteis con gente que no deberíais, no es mi problema.
—¿De cuánto dinero estamos hablando? —preguntó Romeo.
—No, Romeo, ni se te ocurra darles nada.
—Es su dinero, tú no tienes por qué meterte —dijo mi madre.
—No quiero saber nada de esto. Allá tú si quieres entrar en su juego; yo me vuelvo a mi casa.
Iba a cerrar la puerta cuando mi padre puso el pie para impedirlo. Romeo me miró pidiéndome algo, que no sabía si era perdón, consideración o qué cojones quería.
—Renatta, déjanos pasar un segundo, tan solo a la cocina, por favor —me pidió, ahora verbalizando lo que quería.
Abrí la puerta y entré. Si querían entrar, que lo hicieran, pero no iba a ser partícipe de un chantaje como el que mis padres querían hacerle a Romeo.
Los dejé allí y me marché a mi habitación, donde me puse a hacer la cama y a recoger todo. Para no escuchar lo que estaban diciendo, puse música en el móvil, a todo volumen, además.
Estaba tan enfadada con él, por todo lo que había sucedido el día anterior, por lo que estaba haciendo ahora, que, en el momento en el que estuviéramos a solas, le iba a cantar las cuarenta.
Diez minutos después, llamaron a la puerta de mi habitación, y supe que ya se habían marchado.
—¿Puedo pasar?
—No, mejor salgo yo, y tú te vas a tu casa.
—Renatta, no te pongas así. Era una minucia lo que han pedido, y sí, de ese modo, te los puedo quitar de encima; no me duele en prendas.
—¿No lo entiendes? ¿De verdad eres tan cortito?
—Te estás pasando con esas palabras, Renatta.
—Si alguien se ha pasado aquí, ese eres tú, que te has tomado atribuciones que no te corresponden.
—Somos amigos. Cualquier cosa que te pueda quitar de encima, me corresponde.
—Si eso fuera cierto, no me hubieras dejado tirada anoche.
—Sabías que tenía un partido y que era importante.
—Tanto como las mujeres con las que estuviste en esa fiesta. Ojo, que te entiendo, yo tampoco me hubiera cambiado por ellas si tuviera que elegir.
—Así que es eso. No estás enfadada por lo de tus padres, sino porque estuve en una fiesta en vez de estar contigo en la celebración de la graduación…
Romeo hacía honor a su nombre, y no podía negar que tenía un gran éxito entre las mujeres, que él aprovechaba.
Pero yo no era como esas mujeres con las que iba, no babeaba detrás de él, y eso lo sabía, por eso me miraba con una sonrisa.
—Venga, vamos a salir a comer, que tenemos que celebrar que has terminado tu carrera y que, si ganamos el próximo partido, seremos los campeones de la liga.
—No tengo nada que celebrar contigo. De hecho, lo celebré anoche con tus padres, que estuvieron a mi lado, los que NUNCA, en mayúsculas, me han abandonado.
—Creo que estás haciendo un mundo de una tontería, Renatta. No podía venirme solo, tenía que hacerlo junto al equipo, y por eso estuve en esa fiesta, en la que estábamos todos, no solo yo.
—Si hubieras hablado con el técnico, si le hubieras expuesto la situación, no dudo de que te hubiera dado el permiso para hacerlo.
—Claro, ¿y qué le digo? Mister, es que mi vecina ha terminado la carrera y quiere que esté allí con ella; me voy y nos vemos en el próximo entrenamiento.
—Es verdad que eso es lo que soy para ti, tu vecina.
—Renatta, las cosas no salen siempre como uno quiere. Madura un poquito, hazme el favor.
—Mira, no tengo ganas de discutir. Tú sigue con tu vida, que yo seguiré con la mía. Ahora, si no te importa, me voy a meter en la ducha, que es lo que más me apetece en estos momentos.
Romeo me miró con una mezcla de asombro y dolor, pues era la primera vez que lo echaba de mi casa.
Porque sí, eso era lo que había hecho. De una manera muy sutil y elegante, pero lo había hecho, pues el dolor que sentía me apretaba el pecho de tal manera que no tardaría en llorar, y no quería que fuera testigo de eso.
No solo fue el hecho de que no apareciera el día anterior, sino la manera en la que se había referido a mí, lo que me había dolido tanto.
Se marchó de mi casa sin decir una sola palabra, ni siquiera me miró a la cara, ni yo salí de allí a despedirlo. Supe que se había marchado por el portazo que escuché.