¿Cuándo nos convertimos en esto? Capítulo 3
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Capítulo 3

Renatta

Tal y como habíamos creído, Romeo ya era un futbolista famoso, y se había convertido en estos años en mi mejor amigo.

Muchas fueron las tardes que pasamos en mi casa, con palomitas y chocolate, viendo películas o partidos de fútbol de los equipos rivales.

Me había dejado las pestañas para conseguir mi sueño, para terminar mi carrera en el tiempo justo, pues no quería holgazanear y que se me escapara de entre los dedos.

Y había llegado el día de mi graduación. Como no podía ser de otro modo, estaba nerviosa y orgullosa de mí misma a partes iguales.

En estos cuatro años, no había recibido ni un solo mensaje de mis padres. Lo que sabía de ellos era por la prensa.

Según estos, ella seguía pensando que podía pedir el mismo caché que cobraba cuando estaba en la cresta de la ola y, por eso, cada vez la llamaban menos.

A pesar de eso, ellos seguían teniendo el mismo ritmo de vida y de gasto, y tenía claro que todo salía del dinero de la venta de las propiedades de mi abuelo.

Bianca se había encargado de comprarme el vestido para esta noche, en la que se celebraría mi graduación.

Lo hizo como una madre lo haría con su hija, que era como me trataba desde que llegué aquí, a esta casa.

Fue una completa sorpresa, y una divinidad. Era de una firma muy prestigiosa, y fue un regalo de Romeo, pues decía que debía ir deslumbrante.

Era de estilo griego, y por eso, el día anterior fuimos a buscar las sandalias que le vinieran bien y, en estos momentos, estábamos esperando a que llegaran la maquilladora y la peluquera.

Por desgracia, Romeo no me podría acompañar ese día, pues tenía un partido en otra parte del país, uno bastante importante. Quienes sí que no se separarían de mi lado eran sus padres, Bianca y Thiago.

—Venga, chica, que nos van a dejar ideales.

—Ni que lo digas. Tengo tanto miedo a no estar a la altura…

—¿Qué estás diciendo, Renatta? ¿Cómo no vas a estar a la altura?

—¿Y si me equivoco al dar el discurso?

—Pues, si te equivocas, que no creo que lo hagas, lo que tienes que hacer es guardar silencio, respirar hondo y empezar de cero.

—Gracias, Bianca. No sé cómo te voy a pagar todo lo que has hecho por mí, de verdad.

—Pues triunfando, haciéndote valer en un trabajo de hombres. Pisando fuerte al entrar en una oficina para negociar un contrato.

—Eso no lo dudes, no permitiré que me pisotee nadie.

Nos fundimos en un abrazo, justo cuando llamaron al timbre, pues ya era la hora en la que teníamos la cita con el equipo de estilismo.

Entre risas y complicidad, terminamos de arreglarnos, pues teníamos que salir ya para la universidad.

—¡Vaya dos bellezas que llevaré esta noche del brazo! —dijo Thiago, cuando nos vio salir de mi casa.

—Anda ya, no seas exagerado, vecino.

—¿Vecino? ¿A esto queda relegada mi existencia, a ser solo tu vecino?

—Venga, dramático, que eres un dramático.

Me empiné un poco, pues hasta con tacones Thiago era mucho más alto que yo, y le dejé un beso en la mejilla.

En la universidad había dejado sus nombres como mis familiares directos, porque así los consideraba mi familia; no podría nombrarlos de otro modo.

Thiago era el que conducía, y llegué allí de su mano, mostrándose de lo más orgulloso. Justo cuando estábamos a punto de entrar, ellos por una puerta y yo por otra, vi a mis padres allí, discutiendo con el personal de seguridad.

Os preguntaréis el motivo de que hubiera tantas medidas de seguridad, pero es que esa universidad no era pública, era una privada, en la que acudían muchos hijos de políticos y gente influyente del país.

Mi abuelo, antes de morir, me dejó toda la carrera pagada, además del fideicomiso, del que tan solo había gastado una mínima parte, pues no era yo derrochadora, la verdad.

—¿Qué hacen ellos aquí? —pregunté.

—¿A quiénes te refieres, Renatta? —me preguntó Bianca, que no se había percatado de su presencia.

—A ellos. Esperadme, que voy a ver qué genial idea se les ha ocurrido ahora. Vuelvo enseguida.

Desde el primer momento me sinceré con ellos y les conté mi historia, abriéndoles el corazón de par en par.

Por supuesto, no se quedaron allí, sino que vinieron detrás de mí, como si fueran mi escolta, pero en un segundo plano, dejándome que fuera yo la que me enfrentara a ellos.

—¿Se puede saber qué estáis haciendo aquí?

—¿No pensarías que íbamos a faltar a la graduación de nuestra única hija?

—No me seas ridícula, mamá. Ni hipócrita, ya que estamos.

—¿Por qué estás diciendo eso, Renatta?

—Porque, en mis veinticuatro años, no te has preocupado de mí absolutamente nada, ni siquiera cuando me quedé sin mi abuelo.

—Eso son minucias, cariño. Ahora que ya tengo tiempo, te aseguro que voy a cuidar de ti.

—Pues lo siento, mamá, pero ahora ya no te necesito, ni te quiero a mi lado, dicho sea de paso.

—No puedes hacerme eso. Tu deber como hija es cuidar de nosotros, darnos lo que necesitamos para que podamos vivir.

—¿Perdona?

—Lo que oyes, Renatta. Tienes el fideicomiso que te dejó tu abuelo, y no lo necesitas como nosotros. Tu madre cada vez tiene menos trabajo y no podemos bajar nuestro ritmo de vida —me dijo mi padre, dejándome ojiplática.

—Pues que baje su caché, papá. Ese dinero es mío, y no os pienso dar ni un solo céntimo…

—¡Todo lo que tienes me lo debes a mí!

—¿A ti? A ti lo único que te debo es haberme traído al mundo, porque ni siquiera tu cariño he tenido nunca.

—Todo lo que te dio mi padre me pertenecía a mí, y pienso luchar por recuperarlo.

—Haz lo que te dé la gana, no pienso permitir que toquéis ni un céntimo. ¿No habéis tenido bastante con todo lo que me habéis quitado ya? ¿No tuvisteis suficiente dinero con la venta de todas las propiedades?

—A ti no te hemos quitado nada, y no, no hemos tenido suficiente. De hecho, de ese dinero ya no nos queda ni un céntimo; quizás debimos pedir más dinero.

—No, lo que una persona coherente hubiera hecho es mantener esa bodega, para que, cuando llegara el momento de dejar las pasarelas, tuvierais algo de lo que vivir —le dijo Thiago, que ya no se pudo callar más.

—Usted no tiene vela en este entierro, así que, más vale que guarde silencio y no se meta en lo que no le importa —le dijo mi padre, con mucha prepotencia.

—Si alguien tiene derecho a hablar, esos son Thiago y Bianca, a los que considero mi única familia. Por eso, dejadnos en paz, que me espera una noche muy bonita para que vengáis a joderla con vuestras pretensiones.

—Además de que yo no pienso abandonar nunca las pasarelas. Yo soy una de las grandes modelos internacionales, de las que no se bajan nunca de sus tacones… —añadió mi madre.

—Pues ten cuidado, no te vayas a hacer un esguince, que ya no tienes edad…

—¡Renatta! ¡Vuelve aquí!

No le hice caso, entré, junto a Thiago y Bianca, en la sala en la que se celebraría la graduación, dejando a mis padres fuera, indignados y buscando como locos a la prensa, para contarles su versión de la historia.

Siendo sincera, me daba exactamente igual lo que dijeran. Jamás había acudido a la prensa para contar nada de mi vida, ni cómo me habían abandonado cuando pequeña y lo que hicieron cuando falleció mi abuelo, por mucho dinero que me ofrecieron.

Decir que la ceremonia fue preciosa sería quedarme muy corta. El discurso me salió perfecto, y recibí varios premios por mi recorrido académico, mi expediente impecable y mi trabajo de fin de carrera.

Desde el patio de butacas, vi cómo Bianca y Thiago me miraban con orgullo, con cariño, y eso me dio todas las fuerzas que necesité.

Por supuesto que me acordé de ellos en el discurso, al igual que lo hice de mi abuelo y de Romeo. Este último me hubiera gustado que estuviera aquí, a mi lado, pero no pudo ser.

El partido se jugó por la mañana y me aseguró que, si le era posible, no dudaría en coger el primer vuelo para estar a mi lado, aunque fuera al final de la ceremonia.

Miré a la puerta mil veces mientras que hablaba o recibía algunos de los premios, pero nunca se abría, no aparecía la figura de Romeo por ninguna parte.

Cuando bajé del estrado, y entre los abrazos de mis vecinos, recibí una de las mejores noticias que podían darme.

—A partir de este momento, serás tú la persona que se ocupe de la carrera de Romeo Acosta, tal y como te prometí.

—¿Me lo estás diciendo en serio, Thiago?

—Completamente. Soy un hombre de palabra, y te lo aseguré en cuanto llegaste a nuestra vida y nos contaste tu sueño.

—Gracias, de verdad.

—Tan solo espero que no me defraudes, que vayas pisando fuerte y que hagas que tu carrera se eleve hasta el infinito.

Nos dimos un abrazo y nos marchamos al salón donde se celebraría la cena, en la que ellos serían mis únicos acompañantes.