Capítulo 2
Renatta
Con todo firmado, volví a la casa en la que había vivido con mi abuelo hasta el mismo día anterior.
—Tienes dos horas para sacar de esta casa todas tus pertenencias. No se te ocurra sacar nada que no sea tuyo, ni de mi padre ni de mi madre.
—¿No me vas a permitir que me lleve un recuerdo de mi abuelo?
—Si quieres un recuerdo, te llevas los álbumes de fotos, que no tienen ningún valor.
—Eres un ser despreciable, porque no se te puede llamar ni persona.
—Di lo que quieras, me da exactamente igual lo que pienses de mí.
No quise seguir escuchándola; el dolor y la rabia que tenía por dentro me lo impedían.
Subí hasta mi habitación, donde guardé toda mi ropa y mis enseres personales, mis joyas, las que eran mías, y mis fotos, además de todas las que encontré en la habitación de mi abuelo.
Salí de allí con una pena horrorosa, sin decirle ni siquiera adiós a ninguno de los dos. Me subí a mi coche y puse rumbo a mi nuevo hogar, que estaba en la capital de la Toscana.
Por suerte para mí, el edificio estaba completamente renovado y tenía garaje, porque en esa zona era imposible encontrar aparcamiento.
Aparqué mi vehículo en mi plaza de garaje, porque, aunque no tenía todavía los dieciocho años, el teórico del carné de conducir ya lo tenía y, para el examen del práctico, estaba esperando a cumplir los dieciocho, pero ya estaba completamente preparada.
Sí, lo sé, cogí el coche sin tener que hacerlo, pero no iba a dejar mi coche, ese que me había regalado mi abuelo antes de que falleciera, a merced de mis padres.
No lo volvería a coger hasta que no me examinara, pero, mientras tanto, me había servido para llegar hasta allí sin problemas.
Estaba bajando mis cajas y maletas, para ir subiéndolas poco a poco. A pesar de que en el edificio había ascensor, no podía hacerlo de una sentada.
Cuando iba a dar el segundo viaje, un chico, un poco mayor que yo, entró en el aparcamiento con una moto grande.
—¿Necesitas ayuda?
—Pues no te diré que no, porque si tengo que vaciar el coche, llevando las cajas de una en una, me va a dar aquí el santolio.
—Venga, que te echo una mano.
—Y, si son las dos, mucho mejor.
—Mi nombre es Romeo, y vivo en el segundo A.
—Hola, Romeo, encantada de conocerte. Yo soy Renatta, y soy la nueva vecina del segundo B.
—¿El segundo B? ¿No era propiedad del señor Marcelo?
—Precisamente, era mi abuelo, pero, al fallecer, es mío.
—Joder, ese abuelo me caía muy bien.
—¿Lo conocías?
—Sí, vino algunas veces por aquí, y le dejó las llaves a mi padre, por si, en alguna ocasión, ocurría algo y necesitaban entrar para subsanar el problema.
Casi sin darnos cuenta, habíamos llegado arriba, y me encontraba abriendo la puerta, con todas las cajas en la puerta.
Tenía miedo, mucho, porque, a partir de esta misma tarde, mi vida daría un giro de ciento ochenta grados.
Mi abuelo sabía que, por mucho que me gustara la bodega, por mucho que disfrutara del proceso de la fabricación del vino, mi sueño no era tomar las riendas de ella.
Me había matriculado en Derecho Mercantil, pues mi sueño era ser representante de futbolistas, y lo iba a conseguir.
Sí, sé que estamos hablando de palabras mayores, que no todo el mundo lo consigue, sobre todo siendo mujer en un mundo de hombres, pero me dejaría la piel en ello.
—¿Dónde dejo todo esto?
—Ponlo por aquí, ya luego lo voy yo guardando, gracias.
—Bueno, vecina, si necesitas algo, estoy a una puerta de tu ayuda.
—Gracias de nuevo, Romeo. Has sido muy amable.
—Luego vendrá mi madre con el típico pastel para darte la bienvenida…
—Joder, se me había olvidado que tendré que ir al súper. Y dar clases de cocina, de paso, porque no tengo ni idea de cocinar.
—Por eso no te preocupes, que ahora mismo hablo con mi madre. Ella suele cocinar como si tuviera que darle de comer a todo el edificio.
—¡No! Por favor, qué vergüenza.
—Con la vergüenza no se come, y nunca mejor dicho. Luego vuelvo con ella, así la conoces.
Romeo me pareció un tipo encantador y, además de guapo, que lo era, muy atractivo. Ahora bien, tenía la palabra “peligro” pintada en la frente, por lo que no me podía, ni debía, fijarme en él.
Ni una hora después, cuando todavía estaba ordenando la ropa y guardando mis enseres personales, sonó el timbre. Eran Romeo con su madre, que me traía una pequeña ollita con unos macarrones con queso que olían a gloria.
—Hola, preciosa. Ya me ha contado Romeo que te has mudado aquí, y que no tenías ni idea de cocina. Por eso, mientras que no aprendas, yo me encargo de que no pases hambre.
—Mamá, hija, que no le has dicho ni cómo te llamas… —le dijo Romeo, negando con la cabeza.
—Verdad, cariño, es la emoción de tener una vecina nueva, que llevamos toda la vida viviendo solos en el rellano. Preciosa, me llamo Bianca.
—Encantada, Bianca, yo soy Renatta. Renatta Bianchi…
Al final, nos sentamos allí, en la mesa de la cocina, como si fuéramos una familia, porque así fue como me hicieron sentir.
Como media hora después de que llegaran ellos, volvieron a llamar a mi puerta, pero no me dio tiempo a preguntarme quién sería, porque Romeo se levantó de inmediato.
—Debe ser mi padre, que nos ha escuchado al salir del ascensor.
—Seguro, y se habrá extrañado de que estemos aquí. Pensará que hay algún problema en la casa. Por cierto, si quieres que te devuelva la llave…
—Para nada, Bianca, para mí es una tranquilidad que la tenga alguien de confianza.
Romeo volvió agarrado del brazo de su padre, que tenía la misma cara de buena persona que su esposa y su hijo.
Thiago, que así se llama, me contó que Romeo tenía dieciocho años, y que lo acababan de fichar de un equipo de fútbol de segunda división, pero que estaba seguro de que llegaría a ser un jugador importante.
—¿Eres futbolista?
—Sí, pero no me mires así, que tampoco es que sea yo un jugador famoso.
—Lo serás, y yo seré tu representante —sentencié, convencida de que así sería.
—¿Quieres ser representante de futbolistas? —preguntó Thiago.
—Es mi sueño, y me estoy preparando para ello.
—Entonces, hagamos un trato. Yo me haré cargo del futuro de Romeo hasta que tú te sientas preparada para asumir las riendas. Cuando hayas terminado de estudiar, yo me retiraré.
—Sería un sueño para mí, os lo prometo. Pero bueno, tiempo al tiempo. Como decía mi abuelo, despacito y con buena letra, que todo esfuerzo tiene su recompensa.
—Así me gusta, con los pies en la tierra, como debe ser.
Me despedí de los tres y volví a mis quehaceres, pues todavía me quedaba muchísimo por ordenar y, hasta que no lo tuviera todo en su sitio, no descansaría.
Sí, tenía esa especie de TOC; no podía ver nada fuera de su sitio o alguna habitación desordenada; era superior a mí.
Por eso, me quedaban todavía unas cuantas horas hasta poder darme una ducha y acostarme.
Por otro lado, casi que lo agradecía, pues así no pensaba en todo lo que me había sucedido. Podía dejar de lado el tema de la muerte de mi abuelo y la actitud de mis padres.
Mi padre podría llegar a entenderlo, puesto que mi abuelo no le tocaba nada. Pero a mi madre, a ella sí que no la entendería en la vida.
Si hubiera sido un padre ausente, como el mío, como ella, quizás comprendería, pero no había sido el caso de mi abuelo, que había estado siempre ahí, para cuidarla y consentirla.
Saqué un álbum de fotos de la caja y no pude evitar abrirlo. En él estaban las fotos de mis primeros cumpleaños, en las que, siempre, mi abuelo aparecía mirándome con amor y con una sonrisa en sus labios que indicaba todo lo que me había querido.
Sabía que tenía que salir adelante, que no me quedaba más remedio, además de que no sería ni la primera, ni la última persona que había perdido a un ser querido.
Pero no solo era que hubiera perdido a mi apoyo, a mi persona vitamina, sino que, también, me habían sacado de mi entorno como si fuera un mueble viejo, algo que no servía para nada, tan solo para estorbar.
Ese día me costó conciliar el sueño, a pesar del cansancio. Por suerte, al día siguiente no tendría que ir a la universidad, y podría quedarme en casa, descansando.
Estaba en la cocina, preparándome un café, ya que la tarde anterior, Romeo y su padre me hicieron una compra de lo básico, para que pudiera desayunar y merendar al día siguiente, cuando mi teléfono sonó.
Era un mensaje del abogado de mi abuelo. Mi madre ya había vendido todo, tanto la bodega como la casa, y me entró una pena horrible.
—Abuelo, te prometo que, en cuanto pueda y tenga el suficiente dinero, volveré a comprar todo lo que ha sido tuyo.