¿Cuándo nos convertimos en esto?
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Capítulo 1
Renatta
Hola a todos, soy Renatta y vengo a contaros mi historia. Para empezar, os contaré cómo llegué hasta el momento en el que me encuentro ahora.
Nací y crecí en la Toscana, en una preciosa casita edificada, prácticamente, en la orilla de uno de los numerosos lagos que hay en la región, junto a mi queridísimo abuelo materno, ya que mis padres viajaban por todo el mundo debido a su trabajo.
Mi madre, la gran Rigoberta Bianchi, era una de las modelos más cotizadas del panorama actual. Se la rifaban las grandes firmas, incluso estando embarazada.
Para ella, el quedarse embarazada de mí supuso un varapalo importante, pues no tenía pensamientos de parar su meteórica carrera.
Mi padre, Mateo Bianchi, era su representante, y le dijo que no se preocupara por nada, que él se encargaría de que las mejores firmas de ropa prenatal la tuvieran en cuenta, como así fue.
En cuanto a que yo nací, y cuando todavía no tenía ni un par de meses, mi madre me dejó a cargo de mi abuelo, que era viudo y propietario de unos pequeños viñedos locales.
— Lo siento, papá, pero no puedo hacerme cargo de ella, no ahora que empiezo a despuntar —le dijo mi madre a mi abuelo.
— Si tu madre estuviera viva, se sentiría muy defraudada contigo, Berti.
— Si mi madre estuviera aquí, ella no dudaría en quedarse con mi hija, para ayudarme a triunfar.
— ¿Qué vas a hacer si te digo que no me quedo con la niña?
— Pues nada, muy sencillo, no podré darla en adopción porque el mundo de la prensa me crucificaría, pero la dejaría en casa, con una nana, y la vería una vez al año, como mucho.
— O sea, me estás diciendo que, si la prensa no se hubiera enterado de que estabas embarazada, de que habías dado a luz a una niña, no hubieras dudado en darla en adopción. ¿Verdad?
— Papá, si mi trabajo hubiera sido otro, ni tú te hubieras enterado de ese embarazo.
— De verdad, no lo entiendo. Si no querías tener a ese bebé… ¿Por qué no interrumpiste el embarazo?
— Porque estoy en contra del aborto, si incluso hice una campaña de publicidad contra eso, que me pagaron muy bien, por cierto.
— No se puede ser más hipócrita que tú, Berti. Yo me quedaré con la niña, pero quiero que me firmes un documento en el que renuncias a ella, en el que me das la tutela completa.
— Llama al abogado, que lo tenga listo en una hora, que será el tiempo que tarde en volver con todo lo necesario para ella. Sabía que no me defraudarías.
Con el tiempo, supe que mi abuelo no lo había hecho por ayudarla a ella, sino por ayudarme a mí, que era la que me quedaba completamente desamparada.
Al principio, mis padres llamaban una vez a la semana, hasta que cumplí los ocho años, que pasaron a llamar una vez al mes.
Jamás enviaron un céntimo para mi manutención; menos mal que no tuve carencia de nada, gracias a mi abuelo.
Como mucho, enviaban algún que otro regalo en mi cumpleaños o en Navidad, y ni siquiera estoy segura de que lo hicieran ellos.
Muchas veces pienso que era mi abuelo el que los compraba, para que no me sintiera desplazada u olvidada por mis padres.
Nunca acudieron a ninguna de mis fiestas de cumpleaños, ni siquiera cuando era pequeña. Cuando veía a mis amigas apagar las velas rodeadas de sus padres, me daban envidia, pero luego, en cuanto veía la carita de satisfacción de mi abuelo, se me pasaba.
Estuve a su lado hasta el día en el que falleció, que fue cuando yo tenía diecisiete años; me faltaban tres semanas para cumplir los dieciocho.
Ese día, en el funeral, sí que aparecieron mis padres, con cara de circunstancias y rodeados de prensa, como solía ser normal.
No los veía desde hacía más de tres años, así que para mí eran completos extraños, aunque mi madre intentaba fingir lo contrario con muestras de cariño vacías y solo para la galería.
Cuando terminó todo y tenía las cenizas de mi abuelo en mi poder, las introdujimos en el nicho donde estaba mi abuela por expreso deseo suyo. Y ahí fue cuando a mi madre se le cayó la máscara.
—Renatta, ya tienes edad para que te valgas por ti misma, así que, haz el favor de ir desalojando esta casa, que la voy a poner a la venta, junto a los viñedos —me dijo mi madre, asesorada por mi padre.
—¿Me lo dices de verdad? ¿Ni siquiera me vas a dejar llorar al que, para mí, ha sido mi madre, mi padre, mi abuelo y mi todo?
—Ay, por favor, no me seas dramática. Si quieres llorar, hazlo, pero en otro lugar.
—El testamento todavía no está abierto —me atreví a contestar.
—Tu madre es su única hija y heredera universal. Ponga lo que ponga en ese testamento, lo impugnaremos si no es tu madre la destinataria de la fortuna de tus abuelos —dijo mi padre, como si fuera el dueño de todo.
—Os prometo que no entiendo para qué me tuvisteis, si nunca me habéis querido.
—Circunstancias de la vida, Renatta, ya lo entenderás cuando seas más mayor.
Mi madre se creía que seguía siendo la misma diva de siempre, cuando, en realidad, sus contratos eran cada vez menos, como era lógico, pues ella ya tenía una edad y la gente joven venía empujando por detrás.
El abogado de mi abuelo vino esa misma tarde, con una copia del testamento, para abrirlo antes de que mi madre se marchara, pues, según ella, se tendría que ir lo antes posible, porque tenía una campaña importante.
Todo mentira; lo único que quería era seguir con su vida tal y como la había vivido hasta ahora, sin responsabilidades y de fiesta en fiesta.
Mi abuelo no había podido desheredarla, pero el tercio de libre disposición me lo legó a mí, y eso la hizo enfadarse mucho.
Además de todo eso, también me había dejado una carta, en la que me explicaba muchas cosas, entre ellas, que tenía un piso en Florencia, a mi nombre, junto al Ponte Vecchio.
«Mi querida niña:
Si estás leyendo esto, es porque ya me he marchado junto a la abuela, que seguro que me estaba esperando a la entrada.
Quiero decirte, en primer lugar, que te he querido, y te seguiré queriendo, más que a mi vida.
El destino me quitó a una gran mujer, demasiado pronto, pero, a cambio, me premió contigo, que fuiste mi salvación, aunque tú no lo supieras.
En ese piso que te indico, y del que el abogado tiene las llaves, podrás vivir esa vida que te mereces, porque tengo claro que tu madre ya habrá intentado echarte de la casa.
Sé que, aunque te gustaban mucho los viñedos, ese no ha sido nunca tu sueño, así que persíguelo hasta conseguirlo.
Tienes también un fideicomiso a tu nombre. Si ya has cumplido los dieciocho años, podrás disponer de él a tu antojo; si todavía no lo has hecho, mi abogado se encargará de todo hasta que tengas la edad requerida.
Sé todo lo más feliz que puedas, mi vida, porque yo te estaré mirando desde arriba, y velaré por ti, celebrando todo lo bueno que te pase.
No olvides que te quiero. Tu abuelo.»
Las lágrimas corrieron por mis mejillas cual ríos caudalosos, pero mi madre, lejos de apoyarme, de acercarse a mí para darme un beso, lo que hizo fue cuestionar las decisiones de mi abuelo.
—Ese piso y ese dinero del que habla mi padre en esa carta también me pertenecen.
—No, señora Bianchi. Eso es propiedad de Renatta Bianchi, y no como heredera, sino como propietaria.
—¿Perdona? No lo entiendo.
—Mamá, tanta laca te ha afectado a tu inteligencia. Eso no es que mi abuelo me lo haya dejado después de su muerte, sino que lo compró a mi nombre mucho antes de morir.
—No te atrevas a insultarme, niñata. Ya quisieras tú, a mi edad, tener el éxito que yo tengo.
—Pues para ti. Yo, mejor que el éxito, lo que prefiero es tener el corazón y la humanidad que tenía mi abuelo.
—Sí, pero ninguna de esas dos cosas te va a dar de comer, chica.
No quise seguir discutiendo con ella. Mientras que mi madre seguía relatando, yo me acerqué al abogado para que me explicara bien el tema del fideicomiso.
—Mira, Renatta, eres una chica muy cabal, además de que te faltan tan solo tres semanas para ser mayor de edad, así que no voy a ejercer de representante de ese dinero.
—¿Qué me quieres decir? Háblame en cristiano, por favor.
—Pues que no voy a iniciar ningún procedimiento para hacerme cargo de ese dinero, entre otras cosas, porque tardaría mucho más tiempo que el que tú tardarás en cumplir la edad requerida.