Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) TREINTA Y TRES #2
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TREINTA Y TRES #2

No durante mucho tiempo.

—Sí.

La respuesta llega sin defensa.

—Y tú conocías a Nael.

—También.

—Eso son dos hechos bastante incompatibles con la versión sencilla de las cosas.

Marc termina de ajustar algo antes de incorporarse. Se limpia las manos con un trapo que probablemente ya estaba perdido antes de empezar.

—Las versiones sencillas suelen durar poco.

—¿Trabajabas para los dos?

—No.

Lo dice con suficiente rapidez para hacerme esperar.

Marc deja la herramienta sobre el banco.

—Trabajaba para mí.

Nael no interviene.

—Lucien era mi amigo. Eso era verdad.

El tiempo verbal me alcanza. Marc también lo nota. No lo corrige.

La imagen de Lucien vuelve demasiado nítida: la pared, las sombras, su cuerpo cayendo sobre la piedra. Él no sabe necesariamente cómo ocurrió. O quizá sí. No tengo forma de saber cuánto ha hablado con Nael durante las horas que he dormido.

—Y él…

Miro hacia Nael.

Marc sigue mi mirada y después vuelve hacia mí.

—Él es él.

—Eso tampoco significa nada.

—Con el tiempo descubrirás que significa demasiado.

Marc vuelve hacia el motor.

—Sarah.

—Eso suena a evasiva.

—Porque lo es.

—Perfecto.

—Te acostumbrarás.

—Eso dicen todos.

Lo dejo con el coche.

No he avanzado demasiado cuando una voz atraviesa la estación.

—Nael.

El sonido no es especialmente alto, pero ocupa el espacio de una manera extraña. La palabra atraviesa conversaciones, piedra y hierro con una resonancia que noto más abajo de los oídos, cerca del centro del pecho.

Nael se vuelve.

La mujer que viene hacia nosotros no necesita hacer nada para abrirse paso. La gente simplemente reajusta sus movimientos alrededor de ella con una naturalidad que hace difícil saber si se trata de respeto, costumbre o algo distinto.

Desde lejos su cabello parece negro, recogido parcialmente hacia atrás para mantenerlo apartado del rostro.

Cuando atraviesa la luz de uno de los braseros aparece el verdadero color: un verde tan oscuro que recuerda al musgo húmedo bajo la sombra.

Algunos mechones se han escapado y caen junto a unas orejas que terminan en una punta discreta que no intenta esconder.

Lleva varias capas de ropa práctica en tonos marrones, carbón y gris: pantalones resistentes, botas gastadas y una prenda larga abierta sobre el cuerpo que se mueve con ella al caminar.

No tiene nada de la fragilidad elegante que habría asociado con algo parecido a un elfo si alguien me hubiera pedido describir uno ayer.

Es sólida, de curvas amplias y movimientos seguros, como si su cuerpo perteneciera tanto a este lugar como la piedra.

Cuando se acerca distingo mejor su piel.

Tiene un tono cálido que me hace pensar en madera viva y, desde el cuello hacia los brazos, unas líneas más oscuras aparecen debajo de la superficie.

No parecen tatuajes. La luz se desliza sobre ellas de forma distinta, como vetas hundidas en algo que continúa creciendo.

Después están sus ojos.

El mismo verde profundo del cabello, pero sin brillo superficial. No parecen absorber la luz como los de Nael; más bien da la impresión de que llevan demasiado tiempo mirando el mismo paisaje.

Primero mira a Nael.

Después a mí.

Nael hace un gesto vago en mi dirección.

—Sarah. Caerwen.

La mujer inclina la cabeza apenas.

—Sarah.

—Hola.

No sonríe.

Tampoco parece hostil.

Simplemente me observa con una atención tranquila y tengo la incómoda impresión de que alguien está haciendo conmigo lo mismo que llevo haciendo yo con todos los demás.

Intentar averiguar dónde colocarme.

—Caerwen se ocupa de la estación —dice Nael.

Los ojos verdes se desplazan hacia él.

—La estación se ocupa bastante bien de sí misma.

Nael sonríe.

—Como digas.

—Lo digo.

No parece una discusión nueva.

Miro a mi alrededor. Desde aquí puedo ver una parte mayor de la nave: el canal de agua perdiéndose bajo un antiguo arco, sofás alrededor de braseros, personas entrando y saliendo de viejas oficinas y varias puertas que conducen a zonas que todavía no conozco.

—¿Toda esta gente vive aquí?

Caerwen sigue mi mirada.

—Algunos.

—¿Y los demás?

—Llegan. Se marchan. Vuelven.

Eso explica bastante más que cualquiera de las respuestas de Nael.

Mi atención vuelve hacia las personas distribuidas por la estación.

—¿Qué son?

Nael me mira de reojo.

Caerwen no.

Sus ojos pasan por una mesa cercana, donde una criatura demasiado alta baraja cartas utilizando cuatro manos, y después por el canal, donde una mujer de piel azulada ha metido los pies en el agua mientras mantiene una conversación con un vampiro.

—Distintos.

Después vuelve a mirarme.

—Aquí suele bastar con el nombre.

Algo en esa frase me gusta. Tardo un momento en comprender qué.

Desde que desperté, casi todas las personas que me han conocido han querido colocarme dentro de alguna categoría.

Recién convertida. Vampiro. Anomalía. Riesgo.

Recurso. Han medido cuánto resisto, qué puedo hacer, cuánta sangre necesito y hasta qué punto mis reacciones encajan con lo que debería ser.

Aquí nadie me ha preguntado nada de eso.

Nael ha dicho simplemente:

Sarah. Y Caerwen ha aceptado el nombre como información suficiente.

Nael se mueve a mi lado. No invade mi espacio ni intenta presentarme como algo que le pertenece. Tampoco explica por qué me ha traído ni qué espera que haga ahora. Parece perfectamente dispuesto a dejarme aquí, rodeada de cosas que no comprendo, hasta que decida qué preguntas quiero formular.

Caerwen vuelve a mirarme.

—Puedes quedarte esta noche.

Eso es todo.

No añade una bienvenida, una promesa de seguridad ni una explicación sobre cómo funciona el lugar.

Miro de nuevo la estación.

Ahora que estoy abajo puedo distinguir todavía más signos de vida que desde las escaleras.

Alguien ha dejado una cazadora junto a un sofá y una pareja discute las reglas del futbolín con una seriedad completamente absurda.

Cerca del canal, un vampiro bebe algo de una botella mientras una criatura que no consigo clasificar duerme con la cabeza apoyada sobre su muslo.

Un poco más allá, alguien prepara comida en una hornilla portátil.

Marc vuelve a maldecir desde el taller y recibe una carcajada como respuesta.

El fuego de los braseros se refleja sobre el agua. Las plantas continúan creciendo entre las grietas y nadie parece considerarlas un problema. Tampoco hay carteles explicando qué puedo hacer y qué no. Quizá existan. Seguramente existen, pero nadie ha empezado por entregármelas.

—¿Solo esta noche? —pregunto.

Caerwen me observa.

—Mañana seguirá existiendo la puerta.

La respuesta me deja callada. Miro a Nael. Él no dice nada.

No intenta inclinar la decisión ni explicar por qué este lugar es mejor que el Círculo. Ni siquiera sonríe. Después de todo lo ocurrido en los últimos días, la ausencia de presión resulta casi más extraña que cualquier argumento que pudiera haber utilizado.

La puerta seguirá ahí mañana.

Eso significa que puedo cruzarla.

En cualquiera de las dos direcciones.

—Esta noche —digo.

Caerwen asiente una sola vez.

—Entonces esta noche.

Se marcha sin ceremonia y vuelve a desaparecer entre las mesas como si acabáramos de acordar algo completamente corriente.

La sigo con la mirada.

—Es simpática —murmuro.

—Mucho.

Giro hacia Nael.

—Eso era sarcasmo.

—Lo sé.

—¿A ti te cae bien?

—Sí.

Lo miro.

—Vaya. Una respuesta directa.

—No te acostumbres.

Ahí aparece finalmente la sonrisa. Pequeña, ladeada y ya familiar. Vuelvo a mirar la estación.

Marc vuelve a maldecir junto al Mercedes. Alguien se ríe cerca del canal y el fuego de los braseros se mueve sobre el agua. No entiendo qué vive aquí, qué es Nael ni qué voy a hacer cuando vuelva a encontrarme con Claire.

Por una vez, nadie me exige una respuesta antes de dejarme entrar.

Caerwen ha dicho que mañana seguirá existiendo la puerta. Miro las escaleras por las que hemos bajado y después el fuego, el agua y la gente.

Esta noche me quedo.