TREINTA Y TRES
Bajamos juntos por las escaleras.
Desde arriba ya había visto que la estación continuaba mucho más allá de la sala donde desperté, pero la perspectiva engañaba.
Cada peldaño abre un poco más el espacio hasta que la antigua nave aparece debajo de nosotros, enorme, atravesada por piedra, hierro ennegrecido y restos de una arquitectura construida para recibir a cientos de personas que hace mucho dejaron de llegar.
La barandilla conserva partes de su dibujo original bajo las enredaderas que se han apropiado de ella. Algunas están secas y quebradizas; otras continúan verdes y se han colado entre los barrotes hasta formar nudos alrededor del metal. Más abajo, la luz cambia.
Ya no depende únicamente del último crepúsculo que entra por los cristales altos y por las zonas donde el techo ha perdido parte de su cerramiento.
Hay lámparas encendidas entre las antiguas columnas, braseros repartidos por la nave y pequeños puntos de luz eléctrica sujetos a paredes y estructuras que claramente no fueron diseñadas para sostenerlos.
También empieza a llegar el ruido. Varias conversaciones se mezclan debajo de nosotros, acompañadas por una carcajada, el golpe del cristal contra una mesa y algo metálico que cae al suelo seguido de un insulto. Más lejos escucho dos golpes secos separados por apenas unos segundos.
Dardos.
Me detengo dos peldaños antes de llegar al primer descanso. Hay gente. Mucha más de la que esperaba. Nael continúa bajando un par de escalones antes de volver ligeramente la cabeza hacia mí.
—¿Qué?
—Nada.
—Llevas diez segundos parada.
—Estoy mirando.
—Ya.
No parece particularmente sorprendido.
Sigo bajando.
Cuanto más nos acercamos, más difícil resulta ordenar lo que veo. Había asumido que encontraría vampiros. Quizá algún humano como Marc y una o dos criaturas pertenecientes a esas categorías que el Círculo conseguía convertir en páginas de archivo, genealogías y clasificaciones.
No esperaba encontrar un lugar así.
Hay vampiros, sí. Algunos resultan fáciles de reconocer por la temperatura de su piel, la ausencia de pulso y esa quietud que empiezo a identificar incluso antes de fijarme conscientemente. Pero están mezclados con personas que mi cabeza no sabe colocar en ninguna de las categorías que conozco.
Una mujer sentada sobre el respaldo de un sofá gesticula mientras habla y pequeños reflejos cobrizos aparecen sobre sus brazos cada vez que la luz de un brasero alcanza su piel.
Frente a ella, un hombre sostiene un vaso entre los dedos mientras su corazón late tan despacio que necesito varios segundos para asegurarme de que lo estoy escuchando.
Más lejos, una chica de ojos completamente rojos se ríe mientras roba cartas de una partida y recibe una nueva retahíla de insultos que no reconozco del todo y, sin embargo, comprendo perfectamente.
Una figura cruza detrás de ellos con un abrigo demasiado largo y durante un instante algo fino se mueve bajo la tela antes de desaparecer.
Miro a Nael.
—¿Qué coño vive aquí?
—Gente.
—Esa respuesta empieza a resultarme ofensiva.
—No les preguntes a todos lo mismo.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
Continúa descendiendo.
Por supuesto.
La gran nave conserva la forma de la antigua estación, pero ya no pertenece del todo al edificio que fue.
Las viejas taquillas continúan encajadas bajo sus arcos, aunque una sirve ahora como estantería y otra está cubierta de macetas.
Un canal estrecho de agua atraviesa parte del suelo aprovechando algún sistema antiguo de drenaje; la superficie oscura refleja el fuego de los braseros, las lámparas suspendidas entre el hierro y el movimiento de quienes pasan cerca.
Hay mesas de tamaños diferentes, sofás que claramente no pertenecieron nunca a una estación, cajas convertidas en asientos y un futbolín reparado tantas veces que cada pieza parece proceder de una década distinta.
Cerca de una de las paredes, varias plantas han crecido alrededor de un banco sin que nadie se haya molestado en apartarlas.
Más allá alguien ha tendido un cable hasta una vieja oficina y ha colocado dentro una pantalla moderna encima de un escritorio que probablemente lleva allí más de un siglo.
Nada combina.
Y, sin embargo, todo parece pertenecer al lugar.
La estación no ha sido restaurada. Nadie ha intentado obligarla a volver a ser joven. Simplemente han empezado a vivir dentro de lo que quedó.
La mayoría de las personas nos mira cuando llegamos al nivel inferior.
Solo durante un instante. Reconocen primero a Nael, después sus ojos llegan hasta mí y casi todos regresan a lo que estaban haciendo con una naturalidad que me desconcierta bastante más que si la conversación hubiera muerto a nuestro paso.
Casi todos.
En una zona lateral han colgado una diana sobre una pared de ladrillo. Tres hombres juegan mientras otros dos ocupan una mesa cercana con vasos delante. Uno de ellos lleva una chaqueta de cuero rojo que destaca entre tantos tonos oscuros. Tiene un dardo entre los dedos cuando nos ve llegar.
Mira a Nael. Después a mí. Su atención permanece sobre mí un segundo más que la del resto. Nada suficiente para resultar abiertamente extraño. Después aparta los ojos, lanza el dardo y vuelve a la partida.
Sigo caminando.
Entonces veo el coche. A uno de los lados de la nave, donde un antiguo acceso de servicio se ha convertido en una especie de taller improvisado, está aparcado el todoterreno negro. O lo que queda de su dignidad.
El frontal parece haber intentado atravesar algo que no compartía el entusiasmo.
El capó está hundido hacia dentro, una parte del parachoques cuelga varios centímetros más abajo de donde debería y uno de los faros prácticamente ha desaparecido detrás de plástico roto y cables expuestos.
Las protecciones metálicas delanteras están dobladas hacia un lado y una grieta larga atraviesa parte del parabrisas.
Me acerco unos pasos.
—¿Eso ocurrió mientras dormía?
—Sí.
Miro otra vez el vehículo.
—¿Contra qué?
Nael contempla el desastre con una serenidad ofensiva.
—Un roble.
Parpadeo.
—¿Un árbol?
—Un muy mal día para ese árbol —responde, encogiéndose de hombros.
Miro a Nael.
Después al coche.
—No parece que el coche lo pasara mucho mejor.
—Sigue funcionando.
—Eso no significa que esté bien.
—Es suficiente.
—No lo es.
Reconozco la voz antes de que Marc aparezca por el lateral del vehículo con una herramienta en la mano.
Varias cosas encajan a la vez.
Marc está aquí como si este fuera uno de los lugares a los que puede volver.
Lleva una camiseta oscura manchada de grasa y unos pantalones viejos.
Tiene el cabello apartado hacia atrás de cualquier manera y una marca negra de suciedad atraviesa parte de su antebrazo.
Nada queda de la apariencia cuidadosamente neutra que utilizaba cuando lo conocí en aquel apartamento.
Sus ojos marrón miel pasan primero por Nael antes de llegar hasta mí.
—Vaya —dice—. Hola otra vez.
—Marc.
Sonríe.
—Sarah.
Nael llega a mi lado y Marc resopla antes de volver la atención al coche.
—Me gustaría señalar que llevo horas arreglando una máquina que debería requerir artillería para quedar así.
—Exageras.
—El motor está desplazado.
—Pero sigue ahí.
Marc se queda mirándolo.
—Ese coche era mío.
Miro a Nael.
—¿Era?
—Es —corrige Marc.
Nael observa el frontal hundido como si estuviera valorando seriamente el argumento.
—Sigue siendo bastante reconocible.
Marc cierra los ojos.
Durante un segundo tengo la impresión de que está contando.
—Voy a matarte.
—También has dicho eso antes.
—Porque sigues vivo.
Algo se me escapa entre una risa y una tos.
Marc me señala con la herramienta.
—No lo animes.
—No estoy haciendo nada.
—Así empieza.
Nael parece completamente satisfecho con la situación.
—Podrías agradecer que te lo haya devuelto.
Marc se queda mirándolo.
—Me has devuelto un Mercedes con el frontal metido dentro del motor.
Ah.
Así que además era caro.
—Dramático —dice Nael.
Marc gira lentamente la llave inglesa dentro de la mano.
—¿Quieres comprobar cuánto?
Nael sonríe.
Eso responde bastante bien a la pregunta.
Después Marc me mira a mí.
—¿Ves con qué trabajo?
—Empiezo a hacerme una idea.
Observo otra vez el coche destrozado.
—¿Qué clase de roble era?
Marc abre la boca.
Nael responde antes.
—Antiguo.
Marc lo mira como si estuviera reconsiderando seriamente la utilidad de la llave inglesa.
Después vuelve a meter medio cuerpo debajo del capó.
Yo permanezco unos segundos observando la naturalidad con la que Nael ocupa el espacio a su lado.
No existe ninguna de las pequeñas distancias que mantiene con casi todo el mundo.
Marc tampoco parece pendiente de sus movimientos ni de sus silencios.
Pueden dejar de mirarse durante varios minutos sin que ninguno necesite comprobar dónde está el otro.
Lo he visto antes. En aquel apartamento. En el restaurante.
Aquellas pequeñas miradas que entonces no sabía interpretar ahora empiezan a tener otro contexto.
—Así que aquellas miraditas… —digo.
Marc levanta la cabeza.
—¿Qué miraditas?
—Las vuestras.
Nael me mira.
—¿Miraditas?
—No pongas esa cara.
—Es mi cara.
—Pues deja de usarla así.
Marc se ríe.
Eso responde bastante más que cualquiera de los dos.
—¿Desde cuándo os conocéis?
—Mucho —dice Nael.
Marc vuelve a su herramienta.
—Demasiado.
—Muy informativo.
—Preguntaste desde cuándo —dice Nael.
—Y tú has respondido con una unidad de medida inventada.
—La entendiste.
Es insoportable.
Miro a Marc otra vez.
Ya sabía que no era vampiro. Lo supe prácticamente desde el principio: respira, su corazón funciona y su temperatura no coincide con ninguno de los inmortales que conozco.
Verlo aquí, rodeado de criaturas que sigo sin poder clasificar y relacionándose con Nael como si llevaran demasiado tiempo haciendo exactamente eso, vuelve todavía más evidente que mi problema nunca fue averiguar qué no era.
Sigo sin saber qué es.
Y ahora aparece otra pregunta bastante más incómoda.
—Lucien confiaba en ti —digo.
Marc deja de mover la herramienta.