Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) TREINTA Y DOS #3
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TREINTA Y DOS #3

Hay restos de antiguos mostradores bajo arcos de madera y metal, puertas con placas prácticamente borradas y un enorme reloj sin agujas inclinado sobre una pared.

Algunas zonas conservan mosaicos geométricos bajo décadas de desgaste; otras muestran la piedra desnuda allí donde el revestimiento se perdió hace tiempo.

Más adelante distingo carteles deteriorados, estructuras que alguna vez sostuvieron información para viajeros y una abertura enorme que conduce hacia lo que parecen andenes.

Una estación. Así que, por una vez, Nael había respondido literalmente.

Continúo avanzando.

El lugar no se parece a nada del Círculo.

Allí cada espacio tenía una función evidente: pasillos, dormitorios, entrenamiento, archivo, contención.

Incluso las zonas destinadas al descanso estaban construidas con la expectativa de que alguien pudiera tener que levantarse inmediatamente para cumplir una orden.

Aquí las cosas han sobrevivido de otra manera.

Una antigua oficina conserva archivadores oxidados junto a una mesa que sigue utilizándose.

Varias herramientas descansan sobre un banco de madera y hay libros acumulados en lugares donde nunca fueron pensados para estar.

Una chaqueta cuelga del respaldo de una silla y varias cajas han cambiado de función tantas veces que ya nadie recuerda para qué fueron fabricadas.

Distintas personas han ocupado estos espacios sin ponerse de acuerdo sobre cómo deberían hacerlo.

La naturaleza tampoco ha pedido permiso. Las plantas entran por grietas, marcos y zonas donde el cristal dejó de existir hace años; pequeñas flores blancas crecen entre las juntas de la piedra y el musgo ha cubierto parte de un muro cercano. Nadie parece demasiado interesado en expulsarlo.

Me acerco a uno de los ventanales altos.

Fuera, las antiguas vías se extienden entre hierba, grava y metal oxidado.

Más allá se alzan montañas enormes, mucho más próximas de lo que esperaba, encerrando el valle bajo un cielo que acaba de perder el sol.

La última franja naranja permanece atrapada entre dos cumbres mientras el resto empieza a teñirse de violeta y azul oscuro.

El edificio continúa durante una distancia absurda a ambos lados. Incluso deteriorado resulta elegante. No parece una ruina que alguien haya encontrado, sino un lugar que se negó a desaparecer.

Me quedo mirando el horizonte. Nunca había despertado tan pronto.

Eso me resulta más extraño de lo que esperaba.

No hay una orden esperando cuando abro los ojos, ni entrenamiento, un informe, una misión o alguien dispuesto a decidir qué debería estar haciendo con mi tiempo.

Simplemente estoy aquí. No sé muy bien qué hacer con eso.

—¿Te gusta?

La voz de Nael llega desde detrás.

No me sobresalto.

—Todavía no sé qué es.

Se coloca a mi lado.

—Una estación.

Giro la cabeza hacia él.

—Gracias.

—Preguntaste.

—No exactamente.

Una pequeña sonrisa aparece en su boca.

Vuelvo al paisaje.

—No parece abandonada.

—No lo está.

—Tampoco parece que nadie esté intentando arreglarla.

Nael contempla las vías.

—Hay diferencias entre arreglar algo y obligarlo a volver a ser lo que era.

Lo miro.

La frase podría significar demasiadas cosas: la estación, yo, quizá incluso él. Nael no muestra interés en decidir cuál de todas debería escuchar.

Por supuesto.

—¿Vive gente aquí?

—Sí.

—¿Mucha?

—Depende de lo que consideres mucha.

—Contigo es imposible mantener una conversación normal.

—Y sigues intentándolo.

No puedo discutir eso.

Permanecemos unos segundos junto al ventanal.

La presencia de Nael vuelve a sentirse más densa ahora que estoy despierta, aunque no llega ni de lejos a lo que sentí la noche anterior.

Después de descubrir que puede reducirla a voluntad, resulta imposible no preguntarme cuánto de lo que percibo cada vez que estoy junto a él le corresponde y cuánto es exactamente lo que ha decidido permitirme sentir.

No se lo pregunto. Todavía. Se separa del marco.

—Ven.

Lo miro.

—¿Adónde?

Señala con la cabeza hacia el fondo de la sala, donde unas escaleras amplias descienden hacia el nivel inferior.

—Abajo.

—Eso puedo verlo. ¿Qué hay abajo?

—Gente.

—Eso rara vez mejora una invitación.

—No era una invitación.

Entrecierro los ojos.

Nael da dos pasos y se detiene.

—Aunque puedes quedarte aquí si quieres.

Ah.

Eso cambia la frase anterior.

Me acerco.

—¿Quiénes son?

—Quiero que conozcas a algunos.

Eso sí me detiene.

Nael continúa un par de pasos antes de volver la cabeza.

—¿Tú quieres presentarme gente?

—Sí.

—¿Voluntariamente?

—Sarah.

—Estoy intentando valorar la gravedad de la situación.

—No tardes.

Sonrío y vuelvo a caminar.

—¿Son importantes?

Esta vez Nael tarda un poco más en contestar.

—No te habría traído si no.

La respuesta borra mi sonrisa.

Miro hacia las escaleras.

—¿Para ti?

Nael también mira hacia abajo.

—He dicho que son importantes.

Eso es todo lo que concede.

Y, viniendo de él, resulta suficiente.

Empieza a bajar.

Lo sigo.

—¿Vas a decirme al menos sus nombres?

—No.

—¿Por qué?

—Porque dentro de un minuto puedes preguntarles tú.

—Odio cuando utilizas la lógica.

—No especialmente.

—Deja de decir eso.

Nael mira hacia atrás desde el primer descanso. La sonrisa apenas existe.

—No.

Y continúa bajando hacia el corazón de la estación.