Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) TREINTA Y DOS #2
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TREINTA Y DOS #2

El paisaje cambia casi sin que me dé cuenta.

Primero son autopistas largas rodeadas de oscuridad, áreas iluminadas que quedan atrás y pueblos que solo existen como acumulaciones lejanas de luces.

Después las carreteras se estrechan y empiezan a aparecer bosques, campos abiertos y elevaciones cada vez más oscuras contra el cielo.

Pronto dejo de pensar en las marchas.

Embrague, palanca y acelerador vuelven a coordinarse con una naturalidad que no tiene nada que ver con el cambio automático del coche del Círculo. Este vehículo exige que participe más, que escuche el motor y decida cuándo necesita otra marcha.

Para mi sorpresa, me gusta.

Nael habla poco. Da una indicación cada cierto tiempo, señala algún giro y, de vez en cuando, hace una observación que me irrita.

—Tercera.

—Ya lo sé.

—Entonces úsala.

Cambio.

Varios kilómetros después me señala una curva.

—No frenes todavía.

—También sé conducir.

—Eso estoy comprobando.

—Puedes hacerlo tú.

—Podría.

—Pero no quieres.

—Exacto.

Aprieto el volante.

—Te estás divirtiendo.

—Un poco.

Eso es probablemente lo máximo que voy a sacarle.

A veces lo miro de reojo. Lleva un brazo apoyado junto a la ventanilla y la cabeza ligeramente inclinada hacia los nudillos, con esa dejadez irritante de alguien que sabe exactamente dónde está aunque yo lleve horas sin tener ni idea de hacia dónde vamos.

No parece vigilante.

Tampoco dormido.

Está ahí, viendo pasar un mundo que quizá conoce de demasiadas formas distintas.

—¿Falta mucho?

—Sí.

—Información muy útil.

—Preguntaste.

—He preguntado si falta mucho.

—Y sí.

Aprieto los labios. Nael sonríe mirando hacia la carretera. Con el paso de las horas aparecen montañas en el horizonte. Al principio son manchas más negras que el cielo, apenas distinguibles. Después la carretera empieza a buscarlas de verdad y los desniveles se vuelven más frecuentes.

El cielo también comienza a cambiar. Lo noto antes en el cuerpo que fuera.

La pesadez conocida aparece debajo de la piel y se extiende lentamente hacia los músculos mientras una línea gris empieza a dibujarse detrás de las montañas.

Parpadeo y el siguiente parpadeo dura un poco más de lo debido. Nael se incorpora.

—Para.

—Todavía puedo conducir.

—También puedes quedarte dormida.

—No estoy dormida.

—Todavía.

Lo miro.

Nael señala con la barbilla una pequeña salida junto a la carretera.

—Para.

No hay preocupación exagerada en su voz ni intenta quitarme el volante. Simplemente ha visto lo mismo que yo todavía estoy intentando ignorar.

Resoplo y aparto el coche.

—Podrías haber conducido desde el principio.

—Sí.

—¿Entonces por qué no lo hiciste?

Nael abre la puerta.

—Querías conducir.

Lo miro.

—Tú me diste las llaves.

—Y las cogiste.

Claro.

Rodea el todoterreno mientras yo me quito el cinturón. Cuando abre mi puerta, ya estoy saliendo.

—Atrás —dice.

—Puedo reclinar esto.

Nael mira el asiento y después la parte trasera.

—Atrás estarás mejor.

—¿Ahora decides dónde duermo?

Sus ojos bajan hacia mí.

—Puedes dormir sentada si necesitas demostrar algo.

Lo fulmino con la mirada.

Cinco minutos después estoy tumbada en la parte trasera.

—No digas nada.

Nael arranca.

—No iba a hacerlo.

—Mentira.

—Sí.

El todoterreno vuelve a incorporarse a la carretera.

Desde atrás veo cómo el amanecer empieza a entrar por el parabrisas. Primero alcanza el salpicadero, después las manos de Nael sobre el volante y finalmente su rostro.

Yo, en cambio, noto cómo el día termina de aplastarme contra el asiento.

Observo su perfil.

La luz se extiende por la línea de su mandíbula, encuentra el cabello negro y baja por sus manos sin provocar la menor reacción. No hay somnolencia, dolor ni siquiera una incomodidad visible. Conduce igual que hace cinco minutos, mientras la claridad aumenta alrededor del vehículo.

Espero.

Nada.

—A ti no te afecta.

—No.

—El sol.

—Ya sé a qué te refieres.

Entrecierro los ojos.

—Qué amable.

—Duerme.

—¿Nunca duermes durante el día?

—No.

La respuesta me mantiene despierta un poco más.

No bebe sangre porque lo necesite.

No tiene latido. Su cuerpo está tibio. Las sombras le obedecen.

Y ahora el sol tampoco parece imponerle absolutamente nada.

—Entonces ¿qué coño eres?

Nael mantiene los ojos en la carretera.

No contesta.

—Nael.

—Estás cansada.

—Eso no responde.

—No.

Gira apenas la cabeza, lo justo para comprobar que sigo despierta, y vuelve al frente.

—Duerme, Sarah.

Quiero insistir.

El sol decide por mí.

Lo último que veo antes de que el amanecer termine de arrastrarme es a Nael conduciendo directamente hacia la luz como si el día, igual que tantas otras cosas, hubiera olvidado que debería tener alguna autoridad sobre él.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, estoy tumbada en un diván que no recuerdo haber visto.

La tela es oscura y gruesa, gastada en algunas zonas pero limpia. Debajo noto la estructura firme de una pieza antigua y permanezco inmóvil, intentando ordenar la cantidad absurda de información que llega al mismo tiempo.

El espacio que tengo encima es enorme.

El techo se eleva varios metros y mezcla piedra, hierro ennegrecido y grandes superficies acristaladas, algunas todavía enteras y otras marcadas por décadas de abandono.

La arquitectura tiene algo monumental incluso deteriorada. Arcos metálicos cruzan el techo, viejas molduras sobreviven sobre pilares demasiado grandes para el uso actual y, en algunas paredes, todavía quedan restos de pintura decorativa debajo de la humedad.

Pero el exterior se ha colado dentro.

Varias plantas trepan por uno de los muros y alcanzan antiguas estructuras metálicas que quizá sostuvieron lámparas o señalización.

Hay helechos creciendo cerca de una pared húmeda, musgo entre algunas grietas y un hilo fino de agua que baja por un rincón antes de desaparecer entre las juntas del suelo de piedra.

El olor también es distinto al de la mansión. Allí todo era madera, cera, papel y tela antigua. Aquí huele a piedra mojada, hierro, tierra y aire de montaña.

Cuanto más miro, menos abandonado resulta el lugar.

Una mesa conserva marcas recientes. Alguien ha barrido una parte de la sala, aunque hojas secas continúan acumulándose junto a una pared.

Hay una manta doblada sobre una silla, una taza al lado de varios papeles y un cable eléctrico moderno que serpentea por el suelo antes de desaparecer detrás de una puerta.

No han intentado ocultar las ruinas.

Han aprendido a utilizarlas.

Me incorporo.

Nael está apoyado contra un antiguo pilar metálico a varios metros.

Se ha cambiado durante las horas en que yo dormía. La ropa oscura del viaje ha desaparecido y ahora lleva una camisa de tejido grueso en un tono marfil apagado, abierta en el cuello y con las mangas recogidas hasta los antebrazos. Los pantalones son gris ceniza y está descalzo sobre la piedra.

No sé por qué ese último detalle me llama tanto la atención. Quizá porque hasta ahora casi siempre lo he visto vestido como si pudiera desaparecer cinco segundos después. Aquí no parece preparado para marcharse.

Está.

La luz de la luna le alcanza de lado, marca el pómulo y la línea de la mandíbula y termina perdiéndose dentro de sus ojos plateados. No da señales de cansancio. Tampoco tiene el aspecto de alguien que haya pasado horas conduciendo mientras yo dormía.

Levanta la mirada cuando nota que me he incorporado. Antes de que podamos hablar, un grito atraviesa el edificio.

—¡TE VOY A MATAR!

El grito me clava al sitio.

La voz llega desde algún punto del exterior y rebota entre piedra, metal y cristal con suficiente fuerza para repetirse varias veces.

Miro a Nael.

Él ni siquiera pestañea.

—¿Eso iba por ti?

—Probablemente.

Otro grito llega casi inmediatamente.

—¡HAS DESTROZADO EL COCHE!

Vuelvo la cabeza hacia la salida y después hacia él.

—¿Has destrozado el coche?

—Sigue funcionando.

—Eso tampoco era la pregunta.

—Era la parte importante.

Me echo a reír antes de poder evitarlo.

—Dijiste que sabías conducir.

—Sé.

—Hay alguien fuera que parece discrepar bastante.

La voz comienza otra cadena de insultos cuyo significado ignoro y cuya intención comprendo perfectamente. Nael deja escapar un suspiro.

—Exagera.

—Está diciendo que te va a arrancar algo que creo que necesitas.

—No lo hará.

—¿Qué pasó?

Nael se separa del pilar.

—El último tramo no era una carretera.

Parpadeo.

—¿Y?

—Llegamos.

—Otra vez estás respondiendo a otra cosa.

—Lo sé.

Camina hacia una de las salidas con la tranquilidad de alguien que no considera especialmente probable que ninguna amenaza vaya a materializarse.

—Ahora vuelvo.

—¿Vas a disculparte?

Nael se detiene y me mira.

—No.

Claro que no.

Desaparece por la salida.

Solo entonces me doy cuenta de que tampoco llevo zapatos.

Miro mis pies y después hacia donde se ha marchado.

No recuerdo haberme quitado las zapatillas, así que probablemente lo hizo él cuando me dejó aquí.

Después de la noche anterior, quitarme unos zapatos mientras duermo ocupa un puesto bastante bajo en la lista de fronteras que hemos atravesado.

Me levanto. La piedra está fría bajo las plantas de los pies y empiezo a caminar.

No tardo demasiado en comprender qué clase de edificio es.