TREINTA Y DOS
Abro los ojos.
La luz ha cambiado. Es mucho más tenue que la última vez que la vi, aunque al principio no sé si eso significa que todavía es de noche o que ya vuelve a serlo.
El dormitorio permanece en penumbra, con las cortinas burdeos cerradas sobre los ventanales y una franja azulada filtrándose entre ambas.
Las lámparas de latón están apagadas y el paisaje invernal sobre la cómoda apenas conserva forma entre las sombras.
El cuerpo me pesa de una manera distinta.
No siento la debilidad del hambre, sino un cansancio profundo instalado entre los músculos, acompañado por pequeños recuerdos físicos que llegan antes que las imágenes: calor, peso, unas manos sujetándome, las sábanas bajo los dedos y aquella percepción abriéndose demasiado hasta convertir toda la mansión en algo que podía escuchar al mismo tiempo.
Después recuerdo la sangre.
La que salió de mi nariz.
Y el goteo.
—Todo el día —dice Nael.
Giro la cabeza.
Está sentado en la butaca junto al ventanal, una pierna extendida y la otra doblada, con un libro cerrado sobre el muslo.
Se ha vestido y lleva ropa oscura otra vez.
No reacciona a mi despertar ni tiene el aspecto de alguien que lleve horas esperando nada.
Simplemente forma parte de la habitación con esa quietud suya que consigue que los muebles antiguos parezcan más recientes que él.
—¿Qué?
—Has dormido todo el día. Y parte de la noche.
Me incorporo despacio. El movimiento despierta nuevas sensaciones antes que recuerdos concretos y me obliga a detenerme un instante mientras mi cuerpo termina de ponerse de acuerdo conmigo.
Me llevo los dedos a la nariz por reflejo.
Nael observa el gesto.
—No hay nada.
—Ya.
Bajo la mano.
—¿Es normal que haya dormido tanto?
—Salió el sol.
—Eso explica una parte.
—La suficiente.
Lo miro.
—Sigo cansada.
Nael deja el libro sobre una mesa cercana.
—Anoche sangraste.
—Un poco.
—Mientras yo hacía bastante menos de lo habitual.
La respuesta me hace fruncir el ceño. Después de sentirlo reducir aquella presencia hasta casi desaparecer dentro de sí mismo, la frase resulta todavía menos tranquilizadora.
—Qué tranquilizador.
—No pretendía tranquilizarte.
Me apoyo contra el cabecero y vuelvo a la noche anterior.
No existe arrepentimiento asociado al recuerdo.
Tampoco miedo por lo que ocurrió entre nosotros.
Lo inquietante está en otra parte: en que mi cuerpo reaccionara de aquella manera a algo que Nael aseguraba estar manteniendo bajo un control casi absoluto.
—No pasó nada que no quisiera.
—No he dicho que ocurriera.
—Entonces ¿qué estás diciendo?
Nael me sostiene la mirada. Sus ojos plateados conservan esa quietud incómoda que no mejora por mucho que empiece a acostumbrarme a ellos.
—Que tu cuerpo reaccionó a algo que ninguno de los dos entiende.
Nada más.
No hay una teoría añadida ni un intento de rellenar el hueco con una explicación que suene convincente. Deja la ausencia de respuesta encima de la cama entre los dos.
—¿Y ya?
—¿Quieres que invente el resto?
—El Círculo lo haría.
Una comisura de su boca se eleva.
—Por eso ya no estás allí.
La frase sale con suficiente naturalidad para que no sepa cuánto contiene. Con Nael, normalmente eso significa que preguntar demasiado pronto solo va a conseguirme otra respuesta cuidadosamente inútil.
Aparto las sábanas.
—¿Has dormido?
—No.
—¿Nada?
—No.
—Eso tampoco es normal.
—Empiezas a detectar un patrón.
Resoplo.
Hay ropa sobre una silla junto a la cómoda. No está preparada con mimo ni doblada de una manera sospechosamente doméstica; está allí: un jersey oscuro, unos vaqueros, ropa interior nueva y unas zapatillas que parecen aproximarse a mi talla.
Señalo el conjunto.
—¿Eso?
—Te quedará mejor que lo de ayer.
—¿También procede del armario de gente misteriosa?
—En parte.
—Eso ha sido aún menos tranquilizador que antes.
—Vas a tener que dejar de esperar que lo intente.
Nael se pone en pie y coge una chaqueta oscura del respaldo de la butaca.
—Vístete.
—¿Por qué?
—Nos vamos.
—¿Adónde?
Me mira.
—A la estación.
Parpadeo.
—¿Qué estación?
Nael abre la puerta.
—Vístete.
—Eso tampoco responde.
—No.
Y sale.
Hijo de puta.
La ropa me queda razonablemente bien, lo que ya supone una mejora considerable respecto a la sudadera enorme de la noche anterior. Los vaqueros son un poco anchos de cintura y tengo que apretar bastante los cordones de las zapatillas, pero ninguna prenda amenaza con abandonarme mientras camino.
Me recojo el cabello todavía algo revuelto y salgo al corredor.
La mansión está silenciosa. A esta hora las lámparas eléctricas dejan pequeños reflejos dorados sobre la madera oscura y los marcos de los cuadros, mientras las ventanas devuelven un exterior completamente negro.
Al bajar la escalera vuelvo a pasar junto al salón verde, el piano y las cortinas burdeos.
Hay una taza limpia secándose en la cocina contigua, un libro abierto boca abajo sobre una mesa y una ventana que alguien ha cerrado desde que me dormí.
La casa sigue sin pertenecer a Nael.
Tiene vida incluso cuando nosotros no estamos mirando, pero sigo sin ser capaz de asignársela a una persona concreta. Lleva aquí unos meses. Es todo lo que sé.
Él ya está junto a la puerta.
Salimos sin despedirnos de nadie.
El aire nocturno termina de despertarme cuando bajo los escalones de piedra de la entrada.
La lluvia ha cesado, pero ha dejado la vegetación brillante y un olor húmedo que se mezcla con tierra y hojas.
Detrás de nosotros, la mansión se alza oscura entre los árboles: piedra clara envejecida, tejado de pizarra, ventanales altos y algunas habitaciones iluminadas en diferentes plantas. Desde fuera resulta todavía más grande.
No sé si volveré. La idea aparece y desaparece antes de que pueda decidir qué me provoca.
El vehículo aparcado frente a la fachada me distrae.
Es un todoterreno negro de líneas casi absurdamente cuadradas, alto y ancho, con el frontal prácticamente vertical y un capó plano que parece diseñado para atravesar una pared antes que para circular por carretera.
Las bisagras quedan visibles en las puertas, los pasos de rueda sobresalen alrededor de unos neumáticos enormes y una rueda de repuesto ocupa casi todo el portón trasero.
Los cristales son tan oscuros que desde fuera no consigo distinguir el interior.
No es nuevo, pero está demasiado bien cuidado para haber sido tratado como un vehículo cualquiera. La carrocería no tiene apenas marcas y el negro conserva un brillo profundo bajo las luces exteriores de la mansión.
Miro a Nael.
—Discreto.
—Mucho.
—Claro.
Rodeo el frontal. Cuanto más cerca estoy, más grande resulta.
—¿Es tuyo?
Nael saca unas llaves del bolsillo.
—No.
—Empiezo a detectar otro patrón.
Me las lanza.
Las atrapo.
—Conduce.
Miro las llaves y después a él.
—¿Yo?
—No veo a nadie más.
—Tú.
—No quiero.
La absoluta sencillez de la respuesta me deja callada durante un segundo.
—Qué argumento tan sólido.
—Funciona.
Abro la puerta del conductor.
El interior es tan sobrio y pesado como el exterior: cuero negro, mandos físicos, superficies oscuras y piezas que parecen construidas para seguir funcionando aunque alguien decida despeñar el coche por una montaña.
Huele a cuero, metal y algo ligeramente terroso que probablemente ha entrado adherido a unas botas.
Me siento, ajusto el asiento y compruebo los espejos. Los laterales devuelven la fachada de la mansión, parte de los jardines y la oscuridad detrás del vehículo. El central muestra los asientos y el espacio donde deberían aparecer nuestras siluetas.
No hay ninguna.
A estas alturas apenas me sorprende.
Busco la palanca por reflejo y entonces reparo en los tres pedales.
—Ah.
Nael ya está entrando por el lado del acompañante.
—¿Qué?
Señalo la palanca de cambios.
—Manual.
—Sí.
—El coche del Círculo era automático.
Nael cierra la puerta.
—Mis condolencias.
Lo miro.
—Hace un tiempo que no conduzco uno manual.
—Entonces será entretenido.
—Para ti.
—Principalmente.
Hijo de puta.
Piso el embrague y pruebo la palanca. Primera, punto muerto, segunda. La memoria regresa. No necesito aprender, solo despertar una costumbre que ya estaba dentro de mí antes de que despertara en aquella tumba.
Arranco.
El motor responde con un sonido grave y contenido que atraviesa ligeramente el asiento.
—¿Adónde?
Nael se acomoda.
—Sal.
—Ya sé cómo salir. Me refiero a después.
—Ya te diré.
—¿Así funcionan tus indicaciones?
—Cuando funcionan, sí.
Abandono la finca.
Durante los primeros minutos presto más atención al embrague de lo que me gustaría admitir. El todoterreno pesa, pero responde bien, y las manos empiezan a recordar mucho antes de que termine de pensarlo. El primer cambio entra algo más brusco de lo necesario y noto a Nael mirar hacia la palanca.
—Ni una palabra.
—No he dicho nada.
—Pero querías.
—Eso es mío.
Le enseño el dedo corazón.
—Mucho mejor —dice.
—No te soporto.
—No especialmente.
La carretera atraviesa primero una sucesión de fincas y zonas residenciales dispersas.
Después empiezan a aparecer más luces, cruces y carreteras amplias hasta que la presencia de París se vuelve imposible de ignorar incluso sin distinguir el centro.
Durante un rato circulamos entre tráfico nocturno, carteles luminosos y edificios que se multiplican detrás de las barreras de la carretera.
Poco a poco la ciudad empieza a quedarse atrás.
Las luces se vuelven menos frecuentes, los edificios desaparecen y la oscuridad recupera el paisaje. Nael se limita a indicarme los cruces cuando aparecen, siempre tarde según mi criterio y perfectamente a tiempo según el suyo.
—Derecha.
—Podrías avisar antes.
—Has llegado.
—Ese no es el criterio correcto.
—Seguimos sobre la carretera.
—Tu nivel de exigencia me fascina.
—Es adaptable.
Conducimos durante horas.