Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) TREINTA Y UNO #3
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TREINTA Y UNO #3

La radio reaparece desde varias habitaciones más lejos, seguida por las ramas contra un cristal, una tubería, algo pequeño cruzando el jardín, la madera comprimiéndose debajo de nosotros y la respiración de Nael, demasiado clara, demasiado próxima.

Incluso el roce húmedo entre nuestros cuerpos adquiere bordes: la fricción de cada entrada, la presión con la que llena el espacio que acaba de abandonar, el contacto de su abdomen contra el mío al final de cada movimiento. Entonces vuelve:

Gota.

Mi espalda se arquea. El cambio inclina mi pelvis hacia él y la siguiente penetración llega más hondo; un temblor me recorre las piernas antes de que pueda contenerlo.

Nael reduce todavía más su presencia y puedo sentirlo hacerlo.

La oscuridad de la habitación pierde densidad, como si algo inmenso acabara de retirarse detrás de unos límites que solo él puede decidir.

Sigue moviéndose con una lentitud constante, separándose de mí y volviendo a entrar con una cadencia que vuelve cada cambio demasiado perceptible.

—Puedes ir más rápido —murmuro.

—Podría.

La sonrisa apenas dura un instante.

Quiero discutir.

Se mueve y olvido qué pretendía decir. Sujeta mi cadera con una mano y la mantiene fija contra el colchón mientras la siguiente embestida llega más rápida.

No es brusca, pero sí lo bastante firme para arrancarme el aire.

Retira el cuerpo y vuelve a hundirse antes de que termine de recuperar el aliento; la fricción se concentra dentro de mí y el golpe contenido de su pelvis contra la mía añade otra capa de placer.

Este empieza a acumularse, pero la percepción asciende con él.

Cuanto más íntimo es el contacto y menos espacio existe entre nuestros cuerpos, más parece acercarse algo situado detrás de Nael.

No porque él lo libere. Simplemente porque está ahí.

Y mi cuerpo no sabe qué hacer con ello. Regresa el goteo.

Abro los ojos y puedo contar sus pestañas.

Distingo el movimiento casi imperceptible de sus pupilas plateadas, las fibras de la sábana junto a mi cara y una grieta microscópica en la pintura del techo.

Nael sigue moviéndose. Mantiene el torso sobre el mío y las caderas encajadas entre mis piernas, con el ritmo suficiente para que no llegue a perderlo dentro de mí ni siquiera cuando se retira.

La habitación empieza a parecer demasiado pequeña, no porque él haga nada para reclamarla, sino porque existe dentro de ella.

Es como acostarse con un punto de gravedad.

El sonido, las sombras y mi propia percepción parecen inclinarse hacia él sin que necesite hacer absolutamente nada.

Gota. Gota. Gota.

La presión empieza detrás de mis ojos. Cierro los párpados y algo caliente alcanza mi labio superior. Nael detiene las caderas sin retirarse de mí. Antes de que pueda tocarlo, pasa el pulgar por debajo de mi nariz. Cuando retira la mano hay una línea oscura sobre su piel.

Sangre.

Los dos la miramos. Entonces la habitación se vacía de él.

No físicamente.

Nael sigue conmigo, entre mis piernas y todavía dentro de mí; su piel permanece tibia y sus ojos plateados no abandonan mi rostro. Pero la presión, la gravedad y aquella sensación de profundidad detrás de las sombras desaparecen casi por completo.

Se recoge dentro de sí con una facilidad tan absoluta que podría confundirlo con un hombre.

Casi.

Mi percepción cae de inmediato. El animal del jardín desaparece, después la tubería y finalmente la radio queda reducida a un murmullo lejano.

El goteo continúa una vez más.

Más débil.

Miro a Nael.

—Puedes hacer eso.

—Sí.

—¿Cuánto estabas conteniendo antes?

Mantiene los ojos en los míos.

—Suficiente.

—Eso no es una medida.

—No necesitas una.

—Odio cuando decides eso.

—Lo sé.

Paso una mano por su pecho.

Esta vez me deja.

El calor continúa allí, igual que la firmeza del cuerpo bajo mis dedos y el olor mineral de su piel, ahora mezclado con el mío y con el aire cerrado del dormitorio. Su abdomen se mantiene tenso sobre el mío y la quietud de sus caderas hace aún más evidente la plenitud de tenerlo dentro.

—Y aun así me afecta.

—Sí.

—Aunque estés completamente controlado.

Nael me observa.

—Eso parece.

Frunzo el ceño.

—No tiene sentido.

—No.

Esta vez no añade nada.

No intenta explicarlo ni parece especialmente incómodo por carecer de una respuesta. Simplemente acepta el dato y espera hasta comprobar que el sangrado se ha detenido.

Después se mueve.

Primero retrocede apenas unos centímetros, comprobando mi reacción, y después vuelve a entrar con una presión lenta y continua.

Todavía más contenido que antes. La mano que descansa en mi cadera guía el ángulo para que cada penetración sea profunda sin golpearme; el antebrazo junto a mi cabeza sostiene su peso y mantiene nuestros pechos separados solo lo suficiente para que pueda respirar.

Esta vez no le pido que cambie nada.

El placer regresa con una intensidad distinta porque ahora sé lo que existe debajo de esa quietud. No hay una bestia peleando por salir ni alguien esforzándose desesperadamente por no perder el control.

Hay una fuerza que obedece.

Las sombras permanecen donde Nael decide.

El aire pesa solo lo que él permite. Su cuerpo ejerce exactamente la presión que quiere ejercer y hasta la cadencia con la que se mueve responde a la misma lógica.

Se retira, vuelve a penetrarme y hace una pausa mínima cuando está completamente dentro, como si también pudiera medir el instante preciso en que la presión se transforma en placer. Después repite el recorrido.

Y aun así mi cuerpo no puede soportarlo del todo.

La constatación empieza a mezclarse con el placer hasta que resulta imposible separar ambas cosas.

Cada movimiento es demasiado claro: la humedad que facilita la entrada, la tensión de mis músculos alrededor de él, el roce de su pelvis contra mi clítoris cuando hunde las caderas por completo.

Cada contacto parece llegar acompañado de más información de la necesaria, pero la presión detrás de los ojos ya no aumenta.

Nael ha reducido su presencia hasta dejarme justo en un borde que mi cuerpo puede tolerar.

El goteo suena una vez, mucho más lejos.

Después deja de importarme.

El placer continúa subiendo hasta que el resto del dormitorio empieza a desaparecer por un motivo distinto.

Mis piernas se tensan alrededor de sus caderas y levanto el cuerpo para encontrar cada embestida, reduciendo todavía más el espacio entre nosotros.

Me aferro a sus hombros y esta vez Nael no vuelve a detener mis manos.

La musculatura se tensa bajo mis dedos, su respiración se vuelve algo más profunda y el ritmo de su cuerpo se afirma: entra y sale de mí con movimientos más cortos, precisos, manteniendo la fricción justo donde ya no puedo ignorarla.

Y, aun así, el poder alrededor de él no cambia ni un milímetro.

Eso también me golpea. Ni siquiera ahora.

Ni siquiera aquí. Sigue siendo el mismo.

Cada parte de sí mismo permanece exactamente donde quiere.

Mi cuerpo llega al límite antes. La tensión termina rompiéndose y me aferro con más fuerza a sus hombros mientras el orgasmo me atraviesa con una intensidad casi insoportable.

Mis músculos se contraen alrededor de él, una y otra vez, y cada contracción se mezcla todavía con esa percepción aumentada que convierte el roce de su cuerpo dentro del mío en algo demasiado definido.

Oigo mi propio nombre. Tardo un segundo en comprender que ha sido él.

—Sarah.

Su voz se pierde debajo de todo lo demás.

Después llega el descenso.

Mi cuerpo continúa temblando mientras los sonidos de la mansión regresan poco a poco a sus lugares y la tensión de los músculos empieza a ceder.

Nael detiene las caderas y permanece sobre mí, todavía unido a mi cuerpo y contenido hasta un extremo que ahora sé reconocer.

Una mano firme descansa sobre mi cintura mientras espera a que vuelva a encontrarme dentro de mi propio cuerpo.

Cierro los ojos. La radio apenas existe ya como un murmullo lejano, la madera ya es solo madera y la mansión recupera sus proporciones normales alrededor de nosotros. Él vuelve a parecer un hombre. Pero algo permanece detrás de mis pensamientos.

Gota.

Espero. Nada. Creo que ha desaparecido. Entonces, mucho más lejos, regresa una última vez.

Gota.