Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) TREINTA Y UNO #2
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TREINTA Y UNO #2

El dormitorio conserva la misma oscuridad elegante del resto de la casa.

Una cama antigua ocupa el centro de la pared principal, con un cabecero alto de madera negra y sábanas de un gris tan oscuro que bajo la poca luz parecen casi azuladas.

Las cortinas son del mismo burdeos profundo del salón y permanecen cerradas sobre dos ventanales altos.

Hay un cuadro grande encima de una cómoda —un paisaje de árboles desnudos bajo un cielo blanco— y dos lámparas de latón envejecido que proporcionan una iluminación cálida y baja.

La sudadera termina en el suelo.

Después su camisa.

Y entonces veo realmente a Nael.

El aire se me atasca.

Hasta ahora había reconstruido su cuerpo debajo de la ropa a partir de los hombros, de la manera en que se mueve y de las pocas veces que había conseguido tocarlo. La realidad resulta bastante peor.

No porque sea enorme. No lo es. Su cuerpo está construido con una proporción casi insultante: hombros anchos, pecho firme que se estrecha hacia el abdomen y una cintura más contenida sobre unas caderas fuertes.

La musculatura no tiene nada de ornamental.

No hay volumen innecesario ni una sola parte que parezca desarrollada para ser contemplada; todo transmite la impresión de tener una función precisa, incluso cuando permanece quieto.

La luz cálida de las lámparas recorre su piel y vuelve a recordarme que tampoco se parece a la de un vampiro. Tiene color, temperatura y una textura demasiado viva. Es más clara que la mía, pero carece de esa palidez casi mineral que asocio con Claire y otros miembros del Círculo.

No encuentro cicatrices evidentes. Tampoco pequeñas asimetrías capaces de romper la impresión general.

Nada está fuera de sitio y, precisamente por eso, resulta inquietante.

No parece hermoso de una forma moderna. No tiene esa perfección fabricada que depende de músculos diseñados para ser vistos, ropa determinada o una cara que podría pertenecer a una campaña publicitaria.

Es otra cosa. Las proporciones resultan demasiado exactas, como si aquello que los humanos terminaron considerando bello hubiese aparecido después y no antes que él. Levanto la vista.

El cabello negro ha caído sobre su frente y, sin la camisa funcionando como distracción, su rostro me resulta todavía más extraño. Los pómulos definidos, la nariz recta, la mandíbula estrecha y esa boca que ya conozco demasiado bien conservan una armonía que debería volverlo más fácil de mirar.

Provoca justo lo contrario.

De cerca, sus ojos son lo peor. Puedo distinguir diferentes tonos dentro del plateado: gris muy pálido, un tono parecido al metal y pequeños reflejos casi blancos cuando la luz los alcanza.

No brillan. La luz entra en ellos y pierde profundidad, como si mirar demasiado tiempo equivaliera a asomarse a un lugar cuyo fondo no puedo calcular.

Hay además otra cosa difícil de definir cuando estoy tan cerca: ese olor mineral que ya había notado antes, mezclado ahora con el calor de su piel. No huele a humano, pero tampoco encuentro en él el aroma frío o ligeramente metálico que acompaña a muchos vampiros.

Su olor es únicamente suyo. Y ya empiezo a reconocerlo. Bajo otra vez la mirada.

—Puedes dejar de mirar cuando quieras —dice.

—No quiero.

—Ya.

Me acerco.

Esta vez me permite apoyar una mano sobre su pecho. Su piel está tibia y permanece inmóvil bajo mi palma.

No encuentro latido.

Eso sí me detiene.

Nael percibe la pausa.

—¿Qué?

—Nada.

Dejo la mano allí unos segundos más, confirmando una ausencia que no sé dónde colocar. Está tibio. Respira cuando quiere. Tiene sangre. Su cuerpo responde al contacto y, sin embargo, debajo de mi palma no existe el ritmo que debería acompañar a todo lo demás.

Otro dato que no encaja.

Después empiezo a deslizar lentamente la mano hacia abajo.

Sus dedos rodean mi muñeca antes de que llegue demasiado lejos.

Lo miro.

—Otra vez.

Una sonrisa mínima.

—Otra vez.

Y me besa.

El resto de la ropa desaparece sin ceremonia. No hay una pausa teatral ni la sensación de que Nael esté esperando mi reacción. Simplemente se desnuda, y esa naturalidad lo vuelve todavía más difícil de ignorar.

Su cuerpo completo conserva la misma lógica extraña que había percibido desde arriba: fuerza sin volumen innecesario, líneas limpias y una ausencia casi ofensiva de torpeza. Incluso quieto parece preparado para moverse.

Durante un instante tengo la impresión absurda de que lo humano no es exactamente lo que es, sino una forma que aprendió a llevar hace muchísimo tiempo.

Nael me observa mientras lo miro.

No pregunta ni intenta cubrirse.

—¿Terminaste?

—No.

Una ceja se eleva.

—Avísame.

Le empujo el hombro.

No consigo moverlo prácticamente nada.

—Cabrón.

—Eso ya lo habíamos establecido.

Cuando vuelve hacia mí ya no tengo demasiadas ganas de seguir estudiándolo.

Su boca regresa a mi cuello y después desciende mientras las manos recorren mi cuerpo con una confianza que no tiene nada de delicada.

Sus dedos se abren sobre mis costillas, bajan por mi cintura y me sujetan por las caderas antes de atraerme contra él.

Empiezo a comprender la diferencia: Nael no intenta tratarme como algo frágil, pero tampoco pierde jamás la medida de su propia fuerza.

Utiliza exactamente la que quiere utilizar.

Ninguna más.

Su manera de tocarme sigue esa misma lógica.

No hay brusquedad innecesaria, pero tampoco vacilación.

Me lleva hacia la cama, me hace retroceder hasta sentir el colchón detrás de las piernas y, cuando termino sobre las sábanas oscuras, se queda de pie entre mis rodillas.

Me abre las piernas con las manos y se inclina sobre mí hasta que el peso del colchón cede bajo una de sus rodillas.

Su atención regresa a mi cuerpo con la misma paciencia irritante de antes.

El conocimiento enterrado en mis músculos vuelve a adelantarse a la memoria.

Sé cómo quiero colocarme, cuándo acercarlo, qué caricias me obligan a tensarme y cuáles hacen que deje de pensar durante varios segundos.

No recuerdo haber aprendido nada de eso.

Aun así, levanto las caderas cuando su palma desciende entre mis piernas y separo un poco más los muslos para dejarle espacio.

Me agarro a las sábanas.

Nael mira mis manos.

—Mucho mejor.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Me toca y el resto de la frase muere antes de salir.

Desliza los dedos por mi humedad, sin prisa, y el pulgar encuentra mi clítoris con una precisión que me hace contraer el vientre.

No insiste siempre en el mismo punto: alterna la presión, se aparta justo antes de que pueda acostumbrarme y vuelve cuando mi cuerpo ya lo está buscando.

Con el placer empieza a regresar también esa apertura extraña de la percepción.

Distingo la madera bajo la cama, una ventana mal cerrada en algún punto de la casa y la radio, todavía encendida varias habitaciones más lejos. Después vuelve el sonido.

Gota.

Cierro los ojos.

Nael levanta la cabeza y me mira. Tiene una mano entre mis piernas y la otra apoyada junto a mi costado, sosteniendo sobre mí un cuerpo que podría aplastarme y que, sin embargo, apenas me entrega una fracción de su peso.

Reduce un poco más su presencia. Y esta vez sé reconocerlo. No existe una lucha detrás de su rostro. Ningún músculo tiembla por el esfuerzo de contener algo, ni su respiración se rompe porque esté perdiendo una batalla interna. Nael simplemente decide cuánto de sí mismo puede ocupar la habitación.

El resto obedece.

Y lo que me está afectando es aquello que permanece después de que ya haya retirado casi todo.

La idea debería alejarme.

Hace exactamente lo contrario.

—Ahora —murmuro.

Nael levanta los ojos.

Se acerca y el cambio de posición basta para que sea todavía más consciente del calor de su piel contra la mía, de la diferencia entre nuestros cuerpos y de la sensación extraña de tener algo tan poderoso dentro de un espacio tan íntimo.

Se acomoda entre mis muslos, me mantiene boca arriba y apoya un antebrazo junto a mi cabeza mientras con la otra mano se guía hacia mí.

La cabeza de su pene roza mi entrada y la presión contenida me obliga a separar más las piernas.

No recuerdo mi primera vez.

Por suerte o desgracia, estaba inconsciente cuando Óscar me violó.

Mi cuerpo reconoce el momento antes que mi cabeza y, cuando por fin nos unimos, Nael lo hace despacio.

Empuja las caderas y entra en mí centímetro a centímetro, sin apartar los ojos de mi rostro.

La sensación resulta intensa, suficiente para que mis dedos se cierren sobre las sábanas mientras mi cuerpo se abre y se adapta al grosor del suyo.

No hay dolor real, solo presión, una tirantez profunda y un segundo extraño en el que todo parece detenerse porque demasiadas sensaciones llegan al mismo tiempo.

Cuando termina de hundirse, su pelvis queda pegada a la mía y noto cada mínimo ajuste de su cuerpo dentro del mío.

Permanece quieto lo suficiente para observarme. Sigue sosteniendo buena parte de su peso sobre el brazo, pero su pecho roza el mío y su respiración me alcanza la boca. Yo continúo con las piernas abiertas a ambos lados de sus caderas, sintiéndolo inmóvil y completamente dentro.

—Muévete.

Lo hace.

Retira las caderas despacio, hasta dejar solo una presión tensa en mi entrada, y vuelve a penetrarme con la misma lentitud controlada.

El movimiento arrastra el placer desde el punto más profundo hasta el roce de su pelvis contra mi clítoris.

Después repite la embestida, larga y firme, obligándome a sentir todo el recorrido.

Y el mundo se abre.

La reacción es inmediata.