TREINTA Y UNO
La radio sigue sonando en algún lugar detrás de nosotros, aunque hace rato que he dejado de prestarle atención.
Estoy mirando a Nael.
Esta vez él ni siquiera se molesta en fingir que no se ha dado cuenta.
—Otra vez —dice.
—¿Qué?
—Esa mirada.
—Tendrás que acostumbrarte.
Una comisura de su boca se eleva.
—Ya estoy acostumbrado.
No sé a qué se refiere y considero preguntárselo, pero otra de sus respuestas a medias me interesa bastante menos que la distancia que todavía existe entre nosotros.
La mansión permanece tranquila alrededor.
La lluvia se ha reducido a un murmullo contra los grandes ventanales y las cortinas burdeos apenas se mueven junto al cristal.
La radio francesa continúa llenando el salón con una canción que hace unos minutos estaba intentando decidir si me gustaba, mientras las lámparas de latón y algunas velas dejan reflejos dorados sobre el piano negro, los cuadros antiguos y el terciopelo verde del sofá.
Me desplazo por el asiento hasta que nuestras piernas se rozan.
Apoyo una mano sobre su pecho.
Nael baja los ojos hacia ella y no hace absolutamente nada.
Eso es casi una provocación.
Lo beso.
No hay prisa esta vez. Tampoco un cadáver a pocos metros, pasos aproximándose por un corredor ni la sensación de que el mundo va a interrumpirnos dentro de treinta segundos.
Puedo detenerme en el calor de su boca, en el roce de su respiración y en la manera en que una de sus manos encuentra mi cintura mientras la otra permanece descansando sobre el respaldo del sofá.
Paso los dedos por su mandíbula y bajo hacia el cuello.
Su piel está tibia, más de lo que sigo esperando de alguien que ha compartido tantas habitaciones con vampiros.
Hay un olor suyo debajo del jabón y de la ropa limpia que empiezo a reconocer demasiado deprisa: mineral, seco, con algo parecido al aire justo antes de una tormenta y una nota más oscura que nunca consigo identificar del todo.
Mi mano continúa descendiendo por la camisa y desabrocho el primer botón. Después el segundo.
Nael me deja.
Cuando llego al tercero, sus dedos se cierran alrededor de mi muñeca.
Miro su mano y después a él.
—¿En serio?
—Sí.
Intento continuar, pero mi muñeca no se mueve. Tampoco necesito esforzarme demasiado para comprobar que hacerlo sería inútil.
—Creía que te gustaba que te tocara.
—Me gusta.
—Entonces esto resulta un poco contradictorio.
—No especialmente.
Utilizo la otra mano.
Nael la atrapa también.
Lo miro con incredulidad y él sonríe.
—Eres predecible.
—Y tú un cabrón.
—Probablemente.
Tira suavemente de mis brazos hasta dejar mis muñecas juntas contra el respaldo. El gesto carece de brusquedad, pero también de cualquier duda sobre quién ha decidido dónde van a quedarse.
—Suéltame.
Nael me observa.
—¿Quieres que lo haga?
Abro la boca.
La respuesta que pretendía darle no sale.
—No.
Algo satisfecho aparece en sus ojos. No llega a convertirse en una sonrisa completa y, por algún motivo, eso resulta bastante peor.
Entonces me besa otra vez.
Una de sus manos mantiene mis muñecas en el sitio mientras la otra empieza a recorrerme con una libertad profundamente injusta.
Baja por mi costado, asciende y termina deslizándose debajo de la sudadera hasta encontrar la piel desnuda de mi cintura.
El contraste entre sus dedos tibios y el aire más fresco de la habitación me provoca un escalofrío.
—Esto te favorece muchísimo —murmuro contra su boca.
—Sí.
Ni siquiera intenta negarlo.
Hijo de puta.
Su boca abandona la mía y encuentra la línea de la mandíbula antes de continuar hacia el cuello. Echo la cabeza hacia atrás sin pensarlo y mi cuerpo se acomoda al suyo con una facilidad que me hace detenerme durante una fracción de segundo.
Ahí está otra vez.
No recuerdo una primera vez, unas manos anteriores ni el momento exacto en que aprendí qué movimiento facilita una caricia y cuál invita a otra. No tengo imágenes asociadas a nada de esto, ningún rostro ni una cama perdida dentro de mi memoria.
Sin embargo, el conocimiento sigue ahí.
Mis músculos saben cómo acercarse. Mis piernas saben qué posición buscar. Mi espalda responde a una boca recorriendo mi cuello antes de que yo pueda pensar en hacerlo.
La pérdida de memoria parece importarle bastante menos a mi cuerpo que a mí.
Nael percibe la pausa.
—Interesante —murmura junto a mi garganta.
—Ni se te ocurra analizarme ahora.
La risa vibra contra mi piel.
—No estaba analizándote.
—Mentiroso.
Sus labios continúan descendiendo y dejo de discutir.
Nael tiene una forma irritantemente paciente de descubrir qué provoca una reacción y regresar a ello únicamente cuando le apetece.
No hay timidez en él ni esa consideración exagerada que convertiría cada contacto en una pregunta formulada en voz alta.
Observa. Prueba. Espera mi respuesta y decide qué quiere repetir con una seguridad que empieza a resultar ofensiva.
Cuando encuentra un punto que hace que mis piernas se tensen, regresa exactamente allí.
—Eso ha sido cruel —murmuro.
—No.
—Tengo una opinión distinta.
—La he notado.
Intento liberar las manos y Nael las mantiene exactamente donde están.
—Quiero tocarte.
—Lo sé.
—Pues suéltame.
Sus ojos plateados suben hasta los míos.
—Ahora no.
La negativa debería irritarme muchísimo más.
Lo hace.
El problema es que también me excita.
—Qué casualidad que tus límites siempre te beneficien.
—Suelen hacerlo.
Cabrón.
Su mano abandona mi costado y desciende por mi abdomen.
La caricia se vuelve progresivamente más íntima y mi cuerpo reacciona antes de que la cabeza consiga ponerse de acuerdo consigo misma: la espalda se arquea ligeramente, las piernas buscan más espacio y mi respiración —completamente innecesaria en cualquier otra circunstancia— se rompe como si todavía dependiera de ella.
Nada resulta desconocido. Eso es lo más extraño. No sé recordar esto. Pero sé hacerlo.
Nael levanta los ojos hacia mí mientras continúa tocándome, prestando más atención a las respuestas involuntarias de mi cuerpo que a cualquier intento que haga por conservar la dignidad. Ajusta la presión con una precisión que me hace apretar los dientes.
—¿Dónde coño has aprendido eso?
—He tenido tiempo.
—Esa respuesta empieza a darme miedo.
—Debería.
Le lanzo una mirada que pretende ser amenazante.
Mi situación actual le resta bastante eficacia.
Nael me besa y durante un rato desaparece cualquier necesidad de seguir hablando.
El salón se reduce a pequeños elementos que entran y salen de mi atención: el terciopelo bajo mis piernas, la madera oscura detrás de nosotros, la radio, el calor de su boca y su mano recorriéndome mientras la otra continúa manteniendo mis muñecas juntas.
Entonces ocurre algo extraño.
Primero escucho el mecanismo de la radio.
No la canción.
El aparato.
Un pequeño zumbido eléctrico escondido debajo de la voz del cantante, tan tenue que unos minutos antes no habría sabido que existía. Después aparece un reloj en otra habitación, una rama arrastrándose por uno de los ventanales y el crujido lento de una viga varios metros por encima de nosotros.
Y detrás de todo eso:
Gota.
Abro los ojos. Nael sigue junto a mi cuello. Intento localizar el sonido, pero no encuentro nada. La radio continúa, igual que el viento, la casa asentándose alrededor de nosotros y algo diminuto moviéndose entre las hojas húmedas del jardín.
Gota.
Mi cuerpo se tensa. Nael levanta la cabeza. No hay alarma en su expresión. No parece hacer eso. Simplemente concentra toda su atención en mí y después me besa. Entonces noto otra cosa. La presión alrededor de él disminuye.
No había sido consciente de cuánto espacio ocupaba hasta que deja de hacerlo.
Las sombras del salón no desaparecen ni se desplazan de forma visible; sencillamente dejan de parecer orientadas hacia su cuerpo.
El aire pierde parte de aquella densidad que hasta entonces había aceptado como normal y la multitud de sonidos que acababa de invadirme retrocede ligeramente.
Me separo de su boca.
—Lo estás haciendo tú.
—Sí.
—¿Qué?
Nael tarda apenas un momento.
—Menos.
Frunzo el ceño.
—Eso no significa nada.
—Para mí sí.
—Odio cuando haces eso.
—Lo sé.
Miro alrededor. La radio todavía resulta demasiado clara, pero ya no puedo distinguir cada pequeño sonido de la mansión como si estuviera ocurriendo junto a mi oído.
Entonces recuerdo mi situación.
—¿Y mis manos?
Sus ojos bajan hacia mis muñecas.
—¿Qué pasa con ellas?
—¿Por qué sigues sujetándome?
Nael me mira.
—Porque quiero tenerlas ahí.
—Eso no explica nada.
—No pretendía explicártelo.
Claro.
Libera mis muñecas.
Esta vez me permite tocarle la cara y recorrer la mandíbula con los dedos. Bajo hacia su cuello y después hacia el pecho, aprovechando los botones que ya había conseguido abrir, pero cuando intento avanzar demasiado su mano rodea mi muñeca.
Lo miro.
—Tienes un problema serio con mis manos.
—No.
Baja los ojos hacia ellas.
—Me gustan donde decido tenerlas.
La descarga me recorre el cuerpo antes de que pueda evitarlo.
Nael la nota.
Por supuesto.
No dice nada.
Solo me besa.
Esta vez soy yo quien se mueve primero y acabamos abandonando el sofá sin que pueda señalar el instante exacto en que decidimos hacerlo. La radio queda atrás, junto con las luces doradas del salón y el piano, mientras atravesamos uno de los corredores laterales de la mansión.
Las paredes continúan cubiertas por madera oscura y cuadros antiguos. Pasamos junto a una consola estrecha, un jarrón de porcelana y una lámpara cuya pantalla deja un círculo rojizo sobre el papel casi negro. El suelo cruje bajo nuestros pasos hasta que Nael abre una de las puertas.