TREINTA #2
Continúo recorriendo la casa con las mangas de la sudadera recogidas sobre las muñecas y el cordón del pantalón apretado al máximo.
Cuanto más veo, menos parece que la mansión pertenezca a Nael.
Hay demasiadas identidades superpuestas: libros en varios idiomas, ropa de tallas distintas, vajilla que no pertenece al mismo juego, muebles reunidos durante décadas y cuadros de personas que quizá fueron importantes para alguien y ahora solo observan habitaciones que han sobrevivido a sus dueños.
Nael lleva unos meses aquí. Eso no explica cómo llegó. Ni quién le permitió quedarse.
Ni siquiera si alguien tuvo que permitírselo.
Estoy junto a uno de los ventanales del piso superior, intentando distinguir dónde terminan los jardines oscuros detrás de una hilera de árboles, cuando escucho una puerta abrirse en la planta inferior.
Me giro.
El sonido me sorprende más de lo que debería porque, hasta ahora, Nael nunca había tenido la decencia de llegar a ninguna parte de una manera normal.
Simplemente estaba. En un club, apoyado contra una pared, al otro lado de una nave o dentro de un corredor en el que se suponía que no podía entrar.
Yo solía descubrirlo cuando ya estaba lo bastante cerca para resultar irritante.
Esta vez escucho la puerta cerrarse.
Después sus pasos sobre el mármol.
Extrañamente normales.
Bajo las escaleras y lo encuentro entrando en el salón. Lleva ropa oscura distinta de la noche anterior y nada en su aspecto explica dónde ha estado. No hay manchas, heridas ni ningún objeto nuevo en sus manos. Deja la chaqueta sobre el respaldo de una silla y alza la mirada hacia mí.
Sus ojos bajan hacia la ropa que llevo.
—Has encontrado el armario.
Miro la sudadera gris, cuyas mangas vuelven a deslizarse sobre mis manos.
—Él me ha encontrado a mí.
Una comisura de su boca se curva.
—Te queda grande.
—Gracias. Sin ti no habría llegado a esa conclusión.
Bajo los últimos escalones.
—¿De quién es?
Nael mira la sudadera como si hasta ese momento no se hubiera planteado la pregunta.
—No lo sé.
Me detengo.
—¿Cómo que no lo sabes?
—No es mía.
—Eso también lo había deducido.
Continúa hacia el salón.
—La casa tampoco.
Lo sigo.
—Pensaba que era tuya.
—No exactamente.
—Nael.
Me mira por encima del hombro.
—Puedo usarla.
—Eso no significa que sea tuya.
—Veo que has descansado.
Hijo de puta.
Se sienta en uno de los extremos del sofá verde y yo permanezco de pie un momento más. La luz de una de las lámparas laterales dibuja reflejos apagados sobre el marco dorado de los cuadros y, detrás de los ventanales, París continúa oscuro.
—¿Dónde estabas?
—Fuera.
—Otra revelación impresionante.
La sonrisa apenas aparece.
No añade nada.
Lo observo buscando alguna pista útil y no encuentro ninguna. Si ha hecho algo durante las horas en que he dormido, no ha traído de vuelta nada que me permita reconocerlo.
—¿No vas a contármelo?
—No.
Al menos eso es claro.
Resoplo y termino sentándome en el otro extremo del sofá.
Nael me observa unos segundos.
—¿Cómo te encuentras?
—Mejor. La sangre ayudó.
Sus ojos recorren brevemente mi cara antes de asentir.
—Bien.
Se inclina hacia una radio pequeña colocada sobre una mesa lateral.
Hasta ese momento no me había fijado demasiado en ella.
Es antigua, de madera oscura y rejilla de tela, aunque el cable moderno que desaparece detrás del mueble indica que alguien se ha preocupado por mantenerla funcionando.
Nael gira uno de los mandos y la estática llena el salón durante un segundo antes de dejar paso a una voz francesa hablando de tráfico.
Parpadeo.
—¿La radio?
Nael vuelve a recostarse.
—Eso parece.
—No te imaginaba escuchando la radio.
—No me imaginas haciendo muchas cosas.
No puedo discutir eso.
El locutor pasa de un atasco a política local, después al tiempo y finalmente a una canción que reconozco vagamente. El sonido resulta ridículamente normal dentro de una habitación llena de terciopelo oscuro, retratos antiguos, velas consumidas y un piano junto a los ventanales.
Todavía más normal viniendo de un hombre que hace unas horas aplastó el cráneo de Lucien utilizando una sola mano.
—¿Por qué la escuchas?
Nael tarda un poco en responder.
—Porque el mundo cambia.
—Profundo.
—No pretendía serlo.
Mueve apenas un hombro.
—Las palabras cambian. La música también. Las fronteras, las costumbres, la manera de vestirse. Si dejas de mirar durante demasiado tiempo, acabas entendiendo un mundo que ya no existe.
Eso sí me hace mirarlo.
—¿Cuánto es «demasiado tiempo» para ti?
Nael dirige los ojos hacia mí.
—Mucho.
Y ahí termina esa respuesta. Por supuesto. La canción continúa.
—¿Te gusta? —pregunta.
—¿Qué?
Hace un gesto hacia la radio.
—La canción.
Abro la boca.
La cierro.
Escucho de verdad.
No lo sé.
Reconozco el ritmo e incluso parte de la letra, pero no recuerdo haber decidido si una canción me gusta desde que desperté. Durante semanas he pensado en qué soy, quién me convirtió, cuánto puedo levantar, a quién puedo matar y qué normas debo aprender. Nunca en si prefiero una canción a otra.
—No tengo ni idea.
Nael no se ríe.
Eso hace que la respuesta me moleste más.
—En el refugio no había música —digo después.
—Ya.
Miro hacia la radio.
—Entrenaba. Leía. Revisábamos informes, preparábamos misiones, las hacíamos y volvíamos.
La enumeración sale con una facilidad desagradable. Era todo mi mundo y, hasta hace poco, ni siquiera me había parecido extraño.
—Eso era todo.
Nael sigue escuchando la canción.
—No te he preguntado qué hacías.
Giro la cabeza.
—¿No?
—Te he preguntado si te gusta esto.
Miro otra vez la radio.
—Creo que no.
—Cámbiala.
—¿Ya está?
—¿Qué más quieres hacerle?
Me inclino hacia delante y busco otra emisora. La siguiente canción me gusta todavía menos y la cambio también. Nael no comenta nada.
Cuando encuentro una tercera que no me obliga a querer arrancar la radio de la pared, vuelvo a acomodarme.
Lo miro de reojo.
Sigue sin decir dónde ha estado.
La explicación más sencilla aparece sola.
—¿Has ido a alimentarte?
Nael gira la cabeza hacia mí.
—No.
—¿No tenías hambre?
—No tengo hambre de sangre.
Frunzo el ceño.
—¿Ahora?
—Nunca.
Tardo un segundo en comprender la palabra.
—Espera.
Nael espera.
—¿No necesitas beber sangre?
—No.
—Pero puedes.
—Sí.
—¿Y lo haces?
Sus ojos permanecen sobre los míos.
—A veces.
—¿Por qué?
Hay una pausa.
—Porque quiero.
La respuesta encaja demasiado bien con él.
No existe necesidad que pueda utilizar como excusa. Si bebe sangre, lo hace porque ha decidido beberla.
Miro su boca.
La curiosidad aparece antes de que pueda impedirlo.
—Entonces tus colmillos…
Nael sonríe apenas y uno de ellos se deja ver durante un instante.
—Funcionan.
—Qué útil.
—A veces.
Me quedo mirándolo demasiado tiempo. Él se da cuenta. Por supuesto.
—Sarah.
—¿Qué?
—Estás pensando demasiado fuerte.
—No puedes escucharme la cabeza.
—No necesito hacerlo.
Eso me irrita lo suficiente para decirlo.
—Muérdeme.
La habitación parece quedarse un poco más quieta.
La radio continúa sonando, completamente indiferente.
Nael deja de sonreír.
—No.
Frunzo el ceño.
—¿Así sin más?
—Así sin más.
—¿Por qué?
Sus ojos vuelven a mi boca durante una fracción antes de regresar a los míos.
—Porque sabes muy poco de lo que estás pidiendo.
—Entonces explícame.
Nael permanece callado unos segundos.
—La sangre ata.
Eso es todo.
Espero.
—¿Vas a desarrollar esa afirmación?
—Un poco.
Qué generoso.
Nael se incorpora ligeramente y apoya un brazo sobre el respaldo del sofá.
—La sangre no siempre es alimento. Entre ciertas criaturas puede dejar reconocimiento, afinidad, vínculos que permanecen después de que el cuerpo la haya procesado.
Pienso en aquellas dos gotas.
—Yo ya bebí de ti.
—Sí.
—Y ocurrió algo.
La mirada de Nael se afila apenas.
—Algo que todavía no entiendo.
Eso me hace callar.
No intenta fingir que sabe más.
—¿Y si tú bebieras de mí?
Nael tarda más en responder.
—Tu sangre entraría en mí.
—Eso suele ocurrir al beberla.
La comisura de su boca se mueve.
—Y tú ya llevas algo de la mía.
La broma desaparece sola.
—¿Eso importa?
—Podría.
—¿Cuánto?
—No lo sé.
Otra vez.
Pero esta vez la ignorancia no suena casual.
—Sabes que la sangre ata, pero no sabes qué pasaría con nosotros.
—Exacto.
—¿Porque yo no soy normal?
Nael ladea la cabeza.
—Porque ninguno de los dos lo es.
No sé si eso me gusta bastante menos o demasiado.
La mirada se me desvía otra vez hacia su cuello. La sangre que probé aquella noche no fue suficiente ni para considerarla un sorbo y, aun así, algo ocurrió después. Algo que todavía no sé separar de todo lo que mi percepción ya llevaba semanas haciendo.
Él nunca ha probado la mía.
La diferencia acaba de volverse mucho más evidente.
—Entonces si me mordieras…
—Sería la primera vez que tu sangre entra en mí.
La frase me produce una sensación extraña en el estómago.
—Y podría cerrar algo.
Nael no confirma.
Tampoco niega.
—Podría cambiar algo —dice.
Mucho más preciso.
Mucho menos tranquilizador.
Me quedo unos segundos en silencio mientras la música continúa detrás de nosotros y una corriente débil mueve apenas las cortinas junto a los ventanales.
—¿Te da miedo?
La sonrisa regresa, pequeña.
—No.
—Entonces ¿por qué no?
—Porque no saber qué ocurrirá no me obliga a averiguarlo esta noche.
Eso sí es muy él.
No prudencia moral.
No miedo.
Simplemente ha decidido que todavía no.
Me recuesto un poco.
—Y si vuelvo a pedírtelo otro día…
—Volveré a decidir.
—Qué conveniente.
—Lo mismo puedes hacer tú.
Lo fulmino con la mirada.
Él vuelve a prestar atención a la radio.
Después de unos segundos, la pregunta anterior regresa.
—Entonces no habías salido a alimentarte.
—No.
—Y sigues sin decirme dónde estabas.
—Correcto.
—¿Tiene que ver conmigo?
Nael gira la cabeza.
Pienso que esta vez responderá.
—No todo tiene que ver contigo, Sarah.
—Eso no es un no.
Su sonrisa aparece despacio.
—Vas aprendiendo.