Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) TREINTA
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TREINTA

La noche siguiente despierto despacio, con esa sensación extraña de haber dormido de verdad. De haber descansado.

Tardo unos segundos en reconocer que no estoy en el sofá del salón.

El colchón bajo mi cuerpo es firme, las sábanas huelen a jabón neutro y madera antigua, y sobre mí se extiende un techo alto bordeado por molduras que apenas distingo en la penumbra.

No recuerdo haber subido ninguna escalera.

Lo último que conservo del amanecer es a Nael agachado frente a mí, el peso del sueño arrastrándome y el calor de sus dedos apartándome un mechón de la cara.

Así que alguien me trajo hasta aquí. No necesito demasiadas opciones.

El dormitorio es amplio, aunque bastante menos oscuro que el salón de la planta baja. Las paredes conservan un papel gris verdoso cubierto por un dibujo vegetal casi borrado y una franja de madera oscura recorre el perímetro hasta encontrarse con dos puertas altas.

La cama, antigua y demasiado grande para una sola persona, tiene un cabecero tallado del mismo tono casi negro que el armario situado frente a ella.

Junto a uno de los ventanales hay una butaca de terciopelo burdeos y una pequeña mesa redonda marcada por círculos más claros donde alguien ha dejado vasos durante demasiados años.

Nada parece colocado recientemente. El barniz está gastado en los lugares donde suelen apoyarse las manos, el suelo conserva pequeñas marcas bajo las patas de los muebles y junto al pomo de la puerta hay una rozadura que habla de muchas personas entrando y saliendo mucho antes de que yo llegara.

No parece una habitación abandonada ni preparada para mí.

El corredor al otro lado del dormitorio está silencioso, aunque la mansión no produce la quietud muerta de un edificio cerrado durante años.

Una alfombra burdeos recorre el centro del suelo de madera y amortigua mis pasos entre puertas altas de paneles oscuros.

Las paredes están cubiertas de pequeños cuadros y grabados que no vi al llegar: paisajes franceses, estudios botánicos amarillentos y varios retratos demasiado pequeños para pertenecer a la colección solemne del salón.

Hay señales recientes entre todas esas cosas antiguas.

Una alfombra está ligeramente desplazada junto a la escalera, una ventana al final del corredor permanece entreabierta a pesar de la humedad nocturna y, al pasar frente a una habitación abierta, distingo ceniza reciente dentro de otra chimenea.

La casa está habitada. Quizá por Nael durante estos últimos meses. Quizá también por otras personas.

Sigo sin saber de quién es.

Encuentro el baño al final del pasillo. Aquí la decoración cambia: piedra clara alrededor de la bañera, azulejos verde oscuro en la zona de la ducha, grifería de latón envejecido y un lavabo de porcelana que probablemente lleva más años en esta casa de los que yo soy capaz de imaginar.

La modernización se ha hecho sin eliminar lo anterior; hay una ducha reciente dentro de un espacio diseñado para otra época y un radiador moderno debajo de una ventana con cristal antiguo.

Abro el grifo. El agua tarda varios segundos en decidir que quiere colaborar y, cuando entro, una descarga helada me golpea el hombro.

—Joder.

Me aparto hasta que empieza a calentarse. Entonces vuelvo debajo.

El agua arrastra polvo, suciedad y restos secos de sangre que todavía encuentro sobre la piel.

Parte pertenece a Lucien. La veo desaparecer en pequeñas vetas rojizas hacia el desagüe y regreso inevitablemente al corredor: su cuerpo contra la pared, mis manos colocadas sobre él y después la mano de Nael.

No tengo energía suficiente para decidir qué siento al respecto.

Me concentro en lavarme.

El cabello tarda mucho más. Cuando está completamente mojado, las ondas castañas se estiran por el peso del agua y me caen bastante por debajo de los omóplatos, pegándose a la espalda y a los brazos cada vez que intento apartarlas.

Mi piel sigue pareciendo demasiado clara bajo la luz del baño, aunque ni Claire ni Nael sirven precisamente como referencia razonable de bronceado.

Bajo ella, el cuerpo que despertó conmigo en aquella tumba sigue siendo reconociblemente atlético, pero las últimas semanas han cambiado la forma en que lo utilizo.

Termino la ducha. Hay una pastilla de jabón de Marsella junto al lavabo, un cepillo viejo dentro de un vaso y varios frascos casi vacíos que definitivamente no han aparecido allí para mí. Cuando busco una toalla descubro que tampoco hay ninguna preparada.

Claro.

Nael puede doblar las sombras, atravesar las defensas del Círculo y hacer desaparecer un corredor entero, pero prever que alguien va a ducharse parece quedar fuera de sus capacidades.

Encuentro un paño limpio dentro de un armario y consigo secarme lo suficiente para no dejar un río por el pasillo. Mi ropa está bastante más allá de cualquier posibilidad razonable de seguir utilizándola, así que regreso al dormitorio con el pelo todavía húmedo y abro el armario.

Hay ropa en el armario, no demasiada, y cuanto más miro, menos entiendo a quién pertenece.

Un par de vaqueros de tallas distintas, camisetas básicas, dos sudaderas, jerséis, pantalones deportivos y una camisa que parece llevar allí demasiado tiempo.

Algunas prendas son claramente de hombre, otras podrían pertenecer a mujeres y varias tienen suficiente diferencia de talla para descartar que todo haya pertenecido a una única persona.

No es el armario de Nael. Es ropa de gente que ha pasado por aquí o que podría volver.

Eso resulta mucho más interesante.

Elijo un pantalón de chándal negro y una sudadera gris que parecen cómodos.

Me equivoco con la talla en la dirección contraria: el pantalón amenaza con deslizarse por mi cintura hasta que aprieto el cordón todo lo posible y las perneras se acumulan sobre los pies.

La sudadera es todavía peor; las mangas me cubren prácticamente las manos y el bajo desciende hasta mitad de los muslos.

Parezco haber robado la ropa de alguien bastante más grande que yo.

Perfecto.

Al menos está limpia.

Recojo varias veces las mangas sobre las muñecas y salgo del dormitorio.

A plena conciencia, la mansión resulta bastante más grande de lo que calculé la noche anterior.

Desde el piso superior puedo ver parte del vestíbulo de mármol negro y crema y la curva de la escalera oscura descendiendo hacia el salón.

Incluso con las luces eléctricas encendidas, las paredes absorben gran parte de la iluminación y los colores permanecen profundos: negro, verde oscuro, burdeos, madera envejecida y destellos de latón en marcos, lámparas y tiradores.

Cuando bajo, el salón conserva el mismo aire decadente de la noche anterior, pero sin la urgencia del hambre puedo fijarme en pequeños signos de uso.

Una taza limpia se seca junto al fregadero de una cocina contigua, varios libros descansan en horizontal porque ya no caben correctamente en las estanterías y la manta gris que vi sobre una butaca está ahora ligeramente arrugada.

Cerca de la chimenea hay leña apilada y, sobre la mesa, años de marcas dejadas por vasos, cuchillos y personas que claramente no consideraban aquella madera demasiado preciosa para utilizarla.

El piano continúa junto a los ventanales.

Las cortinas burdeos están recogidas y detrás de ellas París se extiende bajo un cielo todavía oscuro, húmedo después de la lluvia.

Desde aquí vuelvo a distinguir la Torre Eiffel a cierta distancia.

Sobre el atril permanecen las mismas partituras de anoche, aunque ahora puedo ver anotaciones a lápiz junto a algunos compases y una de las páginas tiene una esquina doblada.

Alguien toca.

No sé si Nael.

Todavía.

Nada en la casa parece dispuesto para impresionar.

Y, al mismo tiempo, hay muy pocas cosas que señalen a Nael de forma inequívoca.

La chaqueta negra que vi anoche sigue sobre una silla, pero podría llevársela en cinco segundos y eliminar una de sus huellas más evidentes.

No hay fotografías suyas, recuerdos personales ni objetos que permitan reconstruir fácilmente una vida.

Incluso los libros abiertos y las partituras pueden pertenecer a alguien más.

Quizá por eso empiezo a preguntarme todavía más de quién demonios es esta casa.

Encuentro una biblioteca más pequeña al otro lado del vestíbulo.

Esta sí parece diseñada para pasar horas dentro.

Las paredes están cubiertas por estanterías de madera oscura, salvo donde dos ventanales altos interrumpen los libros y dejan entrar una luz azulada de la ciudad.

Hay un sofá de cuero color vino, dos sillones desiguales y una mesa redonda bajo una lámpara de cristal verdoso.

El aire huele a papel, polvo y madera encerada.

Los libros tampoco ayudan a identificar al propietario.

Hay novelas, volúmenes de historia, ensayos, varios atlas antiguos y obras escritas en idiomas que no reconozco.

Algunos contienen anotaciones en los márgenes, otros conservan marcapáginas entre las páginas y ninguno parece colocado allí únicamente para decorar.

Alguien los lee.

Quizá Nael.

Quizá no.

No sé prácticamente nada de él.

En cambio pienso en Claire, inmóvil en el corredor mientras miraba a Nael y después algo que no estaba allí para mí.

Siempre tuvo razón. Perdóname. Las dos frases regresan juntas y me obligan a apartar los ojos de los libros.

Después aparece Italia. Claire volvió distinta, Hedda y Labrenda empezaron a rodearla y Nael ya la conocía. Cuando dije su nombre, ella miró lugares donde yo no veía nada.

Las gemelas podrían protegerla. También podrían vigilarla. Las dos posibilidades encajan y no tengo forma de elegir una.

Claire me vio pelear contra Lucien. Me vio con las manos alrededor de su cuello justo antes de que Nael lo matara.

Cuando volvamos a encontrarnos, no sé cuál de las dos va a estar más cabreada. No me gusta intentar adivinarlo.