VEINTINUEVE #3
Mi atención sigue el movimiento y después se desvía hacia él, más concretamente hacia su cuello. La memoria aparece con una claridad indecente: mis dientes rompiendo accidentalmente la piel de su labio, el sabor de aquellas dos gotas y el mundo abriéndose alrededor de mí después.
Nael cierra la puerta sin sacar todavía nada.
—No.
Levanto los ojos.
—Tu sangre hizo algo.
—Sé que reacciona en ti.
—Eso ya lo había notado.
—Yo también.
—¿Y por eso no quieres que vuelva a beber?
—Por eso no vas a volver a beber de mí hasta que sepa qué ocurre cuando lo haces.
La seguridad de La frase me irrita.
—Eso ha sonado bastante a orden.
—Es un límite.
Abre de nuevo el aparador y saca una botella de cristal oscuro junto con una copa sencilla.
—Además —añade mientras sirve—, tienes hambre. Mi sangre no es comida.
—¿Y si la quiero igualmente?
Nael levanta los ojos hacia mí.
—Entonces tienes otro problema.
No debería hacerme gracia.
Un poco sí.
El olor de la sangre humana termina con la conversación. Mi garganta arde y, cuando Nael llena la copa y la deja sobre la mesa delante de mí en lugar de entregármela directamente, la cojo casi de inmediato.
El primer trago acaba con cualquier intento de conservar la dignidad.
La sangre entra y mi cuerpo responde como si llevara horas esperando exactamente eso.
Un temblor me recorre desde el pecho hasta los dedos; el dolor sordo de la garganta se abre hacia algo mucho más parecido al alivio y tengo que obligarme a bajar la copa antes de terminarla de una sola vez.
Nael no comenta nada. Tampoco aparta la mirada, aunque después de todo lo ocurrido he aprendido a no inventarme qué puede estar buscando solo porque ahora soy capaz de ver hacia dónde dirige los ojos.
Vuelvo a beber más despacio.
No hay nada extraño bajo el sabor, ningún dulzor artificial ni una sensación química intentando inclinar mi ánimo hacia un lugar concreto.
Solo sangre humana, conservada y suficientemente reciente para que mi cuerpo la reconozca sin esfuerzo.
La desesperación disminuye con cada trago: los sonidos dejan de arañarme, las vetas de la madera pierden aquella definición insoportable y la debilidad instalada debajo de los músculos retrocede poco a poco hasta que puedo volver a sostenerme sin tener que pensar en ello.
Cuando termino, vuelvo a sentarme en el sofá verde y apoyo la espalda contra el respaldo.
Mucho mejor.
Nael recoge la botella.
—¿Más?
Lo pienso. Podría pedir otra. Solo me ha preguntado. Escucho mi propio cuerpo.
—No.
Nael guarda la botella sin felicitarme por haber elegido correctamente ni comentar cuánto he bebido.
Miro la copa vacía.
—¿Siempre es así fuera del Círculo?
—¿Así cómo?
—Menos organizado.
—Suele serlo.
Sonrío y me acomodo otra vez en el sofá.
Ahora que el hambre ha retrocedido puedo observar la estancia sin que el olor de la sangre se coma todo lo demás.
Afuera, la lluvia continúa deslizándose por los ventanales y las luces de París tiemblan detrás de las cortinas.
Sobre el piano, las partituras siguen abiertas donde alguien las dejó y una de las velas proyecta el movimiento de su llama sobre el marco dorado del retrato de la mujer de negro.
Miro a Nael.
Unos meses.
Así que lleva meses despertando aquí, atravesando este salón, dejando libros abiertos y chaquetas sobre los muebles. Quizá sentándose frente al piano. Quizá mirando exactamente la misma ciudad que tengo delante ahora.
Hasta este momento Nael siempre aparecía en algún lugar de mi vida: un club, un puente, una nave, un corredor. Existía cuando entraba en mi campo de visión y volvía a desaparecer en cuanto se marchaba.
Esta es la primera vez que encuentro un lugar donde ha seguido existiendo cuando yo no podía verlo.
La idea produce algo extraño que todavía no sé nombrar.
El amanecer empieza a alcanzarme antes de que pueda seguir pensando. Lo noto primero detrás de los ojos y después en una pesadez que desciende hacia los músculos, convirtiendo rápidamente el sofá en una idea excelente.
Nael se acerca y se agacha frente a mí, apoyando los antebrazos sobre las rodillas. Incluso así continúa pareciendo demasiado grande para el espacio que ocupa, pero al menos ya no tengo que levantar tanto la cabeza para mirarlo.
—¿Qué? —pregunto.
—Estás agotada.
—Eso ya lo habíamos establecido.
—Y sigues hablando.
—También es una condición crónica.
La sonrisa aparece finalmente, muy pequeña.
Me dejo caer un poco más contra el respaldo mientras los párpados empiezan a pesar. El salón va perdiendo definición alrededor de los bordes: primero los cuadros, después las molduras, el reflejo dorado de las velas y finalmente las luces húmedas de París detrás de los ventanales.
—¿Vas a estar aquí cuando despierte?
La pregunta escapa antes de que pueda decidir si quería hacerla.
Nael tarda apenas un instante.
—No lo sé.
Por supuesto.
No promete. Nunca lo hace.
—Qué encantador.
—Puedo mentirte si lo prefieres.
—No.
—Entonces duerme.
Cierro los ojos.
Lo último que noto antes de que el sol termine de arrastrarme es el roce de unos dedos apartando un mechón que se me ha quedado pegado a la mejilla. El gesto dura tan poco que podría convencerme de haberlo imaginado si no conociera ya el calor de esa mano.