VEINTINUEVE #2
El mundo se repliega sin caída ni vértigo.
Durante un instante suspendido no estoy en ningún lugar que pueda reconocer y, aun así, tengo la absurda impresión de atravesar demasiados al mismo tiempo.
Cambia la temperatura, llega un olor a tierra mojada que desaparece, después madera, después aire mucho más frío.
Ninguno dura lo suficiente para permitirme decidir de dónde procede.
La falta de sangre pesa todavía más ahora que ya no necesito obligarme a caminar y termino apoyando parte de mi peso contra él. Nael ajusta el brazo y su voz llega muy cerca de mi oído.
—Te sostengo.
Cierro los ojos.
—Ya me había dado cuenta.
Hay una pequeña pausa.
—Entonces deja de hacerlo tú.
El mundo regresa por partes.
Primero noto algo blando debajo del cuerpo; después llegan el olor a madera antigua, tela gruesa y cera, junto a una humedad lejana que podría proceder de la lluvia golpeando los cristales.
Cuando abro los ojos estoy recostada sobre un sofá de terciopelo tan oscuro que durante un segundo parece negro. Solo cuando una de las lámparas laterales alcanza la tapicería descubro un verde botella profundo, desvaído en los bordes pero todavía grueso y suave bajo los dedos.
La habitación es enorme y no tiene la luminosidad envejecida de algunas casas antiguas ni la ostentación brillante de un palacio. Todo aquí parece construido para absorber la luz.
Las paredes están cubiertas por un papel casi negro trabajado con dibujos vegetales en relieve que apenas aparecen cuando los apliques los iluminan de lado.
Una boiserie de madera oscura recorre la parte inferior y continúa alrededor de las puertas, los ventanales y una gran chimenea de piedra gris situada en uno de los extremos del salón.
El techo se eleva varios metros sobre nosotros, bordeado por molduras ennegrecidas por el tiempo, y del centro cuelga una lámpara antigua de bronce y cristal ahumado que permanece apagada.
La iluminación procede de varios apliques eléctricos de latón envejecido y de algunas velas repartidas sobre muebles laterales.
Sus llamas crean pequeños círculos dorados que nunca llegan a expulsar por completo las sombras.
Incluso los colores parecen existir solo cuando la luz decide descubrirlos: verde botella en el sofá, marrones casi negros en la madera y un burdeos tan oscuro en las cortinas que podría confundirse con negro si algunos pliegues no revelaran reflejos rojizos.
Más allá de los enormes ventanales llueve.
Las gotas deforman las luces de París y convierten los edificios en manchas doradas y blancas extendidas sobre la noche.
A cierta distancia, elevándose por encima de los tejados y de una capa de nubes oscuras, distingo una estructura iluminada que reconozco incluso antes de terminar de incorporarme.
La Torre Eiffel.
Así que seguimos en París o lo bastante cerca para que la precisión geográfica de Nael pueda volver a irritarme dentro de unos minutos.
El resto del salón no parece menos antiguo.
Una alfombra persa, oscurecida por los años, cubre casi todo el suelo de madera; dos butacas de épocas distintas flanquean una mesa baja de nogal marcada por vasos, arañazos y décadas de uso.
Cerca de los ventanales hay un piano negro cuya superficie refleja débilmente las velas.
La tapa está cerrada, pero la banqueta permanece desplazada y sobre el atril descansan varias partituras, algunas abiertas y otras amontonadas junto a unas hojas manuscritas.
No parece decorativo.
Alguien lo utiliza.
Las librerías ocupan casi toda la pared opuesta y llegan tan alto que una pequeña escalera de madera descansa junto a ellas.
Los libros tampoco están colocados para resultar bonitos: algunos descansan en horizontal porque ya no caben correctamente, otros conservan papeles entre sus páginas y hay varios volúmenes abiertos sobre una mesa lateral, junto a una copa vacía y una caja pequeña de madera oscura.
Entre las librerías y los ventanales se acumulan cuadros que tampoco parecen pertenecer a una única colección.
Una mujer vestida de negro observa la habitación desde un retrato de marco dorado; más lejos hay un hombre con uniforme militar cuyo rostro ha quedado oscurecido por el barniz, dos niños demasiado serios bajo un árbol y varios paisajes de bosques nevados, ruinas cubiertas por niebla y cielos tormentosos.
Cerca de la chimenea cuelga una escena religiosa que la poca luz vuelve difícil de interpretar: una figura arrodillada, varias siluetas al fondo y un cielo ennegrecido que ocupa casi todo el lienzo.
La casa no parece decorada.
Parece acumulada.
Cerca del piano hay un escritorio ancho de madera casi negra cubierto de papeles, libros y objetos que impiden confundirlo con una pieza ornamental.
Una pluma moderna descansa sobre algo escrito a mano, hay un volumen abierto boca abajo y, sobre el respaldo de la silla, cuelga una chaqueta negra que no es la que Nael llevaba esta noche.
Miro la chaqueta, después el libro y finalmente el piano.
Alguien vive aquí.
No se limita a utilizar la casa durante unas horas.
La chimenea permanece apagada, pero conserva ceniza reciente bajo los hierros. Sobre la repisa descansan dos candelabros de bronce, un pequeño reloj antiguo detenido y un enorme espejo de marco dorado casi ennegrecido por los años.
El espejo devuelve la habitación: el sofá verde, las cortinas burdeos, el escritorio, el piano, las velas y los cuadros, además de una parte de París lluvioso al otro lado de los ventanales.
Solo esas cosas.
Ni mi cuerpo recostado sobre el sofá ni Nael, que permanece de pie junto a la chimenea, aparecen en el cristal.
Aparto los ojos.
Todavía me resulta incómodo.
Ahora que lo observo dentro de esta habitación, el negro de su ropa prácticamente desaparece entre la madera oscura, el bronce viejo y las sombras.
Con la camisa algo desordenada después de todo lo ocurrido y varios mechones negros cayéndole sobre la frente, encaja demasiado bien aquí, como si este tipo de casa hubiese estado esperando a alguien como él mucho antes de que yo naciera.
No me gusta lo fácilmente que puedo imaginarlo sentado junto al ventanal o frente al piano mientras París existe al otro lado del cristal.
—¿Dónde estamos?
—En una casa.
Lo miro.
—Gracias. Había llegado hasta ahí.
La comisura de su boca se mueve.
—Francia.
Vuelvo la cabeza hacia los ventanales y observo otra vez la Torre Eiffel.
No voy a darle el gusto.
Intento ponerme en pie y lo consigo, aunque el salón oscila ligeramente y tengo que esperar unos segundos antes de avanzar.
Desde allí puedo ver mejor el espacio situado más allá de la puerta doble: un vestíbulo de mármol negro y crema conduce hacia una escalera ancha de madera oscura cuya barandilla está tallada con hojas y flores casi negras por las sucesivas capas de barniz.
Una alfombra burdeos asciende por los escalones hasta desaparecer en la planta superior y, a ambos lados, otros corredores se internan en zonas de la mansión que no puedo ver desde aquí.
La casa es bastante más grande de lo que parecía desde el sofá y está demasiado cuidada para llevar años vacía.
Miro otra vez la chaqueta, los libros abiertos y las partituras.
—¿Llevas mucho aquí?
Nael sigue mi mirada.
—Unos meses.
—¿Cuántos?
—Unos.
Lo miro.
—Qué precisión.
—Preguntaste cuánto. No pediste una fecha.
—Algún día voy a conseguir una respuesta normal de ti.
—Eso sería preocupante.
No dice quién es el dueño de la casa ni por qué puede utilizarla. Tampoco explica qué ha estado haciendo aquí durante esos meses y, por la tranquilidad con la que vuelve a mirarme, parece bastante satisfecho dejando todas esas preguntas exactamente donde están.
—Si vas a decir algo, dilo.
—Necesitas beber.
—Eso ya lo sé.
Mi cuerpo decide confirmar la afirmación volviendo a fijarse en el olor de la sangre. Está cerca, guardada en algún lugar de la casa y suficientemente fresca para distinguirla debajo de la madera, la cera, los libros y la humedad de la noche.
Busco alrededor y tardo unos segundos en comprender qué me resulta extraño: no hay una bandeja preparada ni una copa esperándome.
En el refugio nunca tenía que pensar demasiado en esa parte.
La sangre aparecía, alguien la servía y la cantidad estaba decidida antes de que yo llegara.
Si necesitaba más, existía un sistema preparado para saberlo.
Todo se adelantaba a la necesidad hasta convertirla en otra pieza del funcionamiento del lugar.
Aquí solo está Nael mirándome.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada.
—Estás esperando.
—Sí.
—¿A qué?
Una ceja se eleva ligeramente.
—A que me digas qué quieres.
La respuesta me desconcierta más de lo necesario.
—Sangre parece una apuesta bastante segura.
—Humana.
—Preferiblemente.
—Limpia.
Esta vez tardo un segundo.
—¿Qué significa exactamente «limpia» viniendo de ti?
Nael se aparta de la chimenea.
—Sin nada añadido.
Ah.
Eso sí importa.
—¿De dónde sale?
—De alguien vivo.
—¿Voluntariamente?
Nael me mira.
—Le pagaron.
No añade ninguna defensa sobre lo ético que resulta el sistema ni pretende que eso lo convierta en una persona mejor. Simplemente me da la información.
—¿Y sigue vivo?
—Cuando la compraron, sí.
—Qué reconfortante ese tiempo verbal.
—Preguntaste.
Lo observo durante un momento.
—¿Tienes siempre sangre humana almacenada en casas prestadas?
—No siempre.
—Eso tampoco responde.
—Lo sé.
Hijo de puta.
Se acerca a un aparador de madera negra situado entre una de las librerías y el piano. Pequeñas incrustaciones de latón recorren las puertas y, cuando abre una, el olor de la sangre se intensifica.