VEINTINUEVE
—Perdóname.
Me giro al escuchar a Claire.
Creo que está mirando a Lucien, pero sus ojos no terminan de quedarse sobre el cadáver. Pasan por Lucien, ascienden hacia Nael y se detienen unos centímetros a su izquierda, sobre un espacio vacío donde no hay absolutamente nada.
Nael también la observa. La pequeña sonrisa que todavía conservaba después de nuestra discusión desaparece de su rostro y esa ausencia me inquieta bastante más que cualquier comentario.
—Claire.
La llamo una vez, pero no reacciona. Nael ladea apenas la cabeza antes de intentarlo él.
—Claire.
Ella lo mira y retrocede.
No puedo saber si lo hace porque acaba de verlo aplastar el cráneo de Lucien con una mano.
Sería una razón bastante buena. Lo extraño es que, mientras se mueve, sus ojos vuelven a recorrer el pecho de Nael, después sus manos y finalmente su rostro, como si necesitara comprobar varias veces que sigue siendo exactamente el mismo hombre que tiene delante.
Puede haber miedo en su expresión, pero no parece ser lo único.
A lo lejos empiezan a regresar los sonidos del refugio.
Primero escucho una puerta que se abre en alguna de las zonas superiores, después otra más cerca y, unos segundos más tarde, varios pasos avanzando por corredores todavía demasiado alejados para distinguir a quién pertenecen.
El silencio imposible que acompañó a Nael hasta aquí empieza a romperse poco a poco, devolviendo al lugar su respiración habitual.
Claire también debe de oírlos. Baja la mirada, recoge la carpeta del suelo y durante el movimiento pierde parte de esa precisión que suele acompañarla incluso en los gestos más pequeños.
Una de las hojas se ha desplazado fuera de su sitio y tarda más de lo necesario en volver a colocarla.
Cuando se incorpora mira una última vez a Lucien, después a Nael, y empieza a caminar hacia el interior del refugio sin decir nada.
—Claire.
Esta vez tampoco se detiene.
La observo hasta que atraviesa una intersección y desaparece detrás de uno de los muros de piedra. No entiendo qué acaba de ocurrir y ya hay demasiadas cosas que no entiendo.
Nael se vuelve hacia mí. Esta vez tampoco sonríe.
Miro a Lucien y la imagen vuelve a golpearme con toda la fuerza que había quedado suspendida mientras observaba a Claire. La luz cae sobre su ropa oscura, sobre uno de sus brazos extendido junto al cuerpo y sobre la mancha que empieza a extenderse lentamente por la piedra bajo su cabeza.
Está muerto.
Nael lo ha matado. Acababa de soltar a Lucien cuando ha ocurrido.
Miro la sangre avanzando entre las piedras y después las sombras inmóviles junto a sus pies. No consigo decidir qué debería sentir. La rabia llega primero y me hace avanzar hacia él.
—Sigo enfadada contigo.
—Lo sé.
—Mucho.
—También.
—No pareces especialmente preocupado.
Sus ojos plateados bajan un instante hacia mi boca.
—No lo estoy.
El recuerdo me alcanza antes de que pueda impedirlo: el calor de su piel, sus manos sujetándome contra el hormigón y todo lo que Lucien había dejado convertido en información sin peso.
Los pasos se acercan. Claire se ha marchado y Lucien está muerto a pocos metros. Debería moverme hacia cualquiera de los dos. En lugar de eso avanzo otro paso hacia Nael.
—No te perdono —digo.
—No te lo he pedido.
Claro que no.
Agarro su camisa.
Nael baja los ojos hacia mi mano y las comisuras de sus labios empiezan a elevarse.
Lo beso.
El cuerpo de Lucien sigue a pocos metros y todavía tengo el sonido dentro de la cabeza. Aprieto más la camisa de Nael y no me aparto.
Él tarda muy poco en responder. Una de sus manos llega a mi cintura y se cierra alrededor de ella con firmeza mientras la otra asciende por mi espalda hasta alcanzar la nuca.
No necesita atraerme hacia él porque ya estoy pegada a su cuerpo; soy yo quien tira de su camisa y elimina la última distancia hasta volver a notar ese calor extraño que nunca debería pertenecer a alguien como él.
El beso me devuelve de golpe todo lo que Lucien había dejado reducido a datos: la presión de aquellas manos, la inclinación de su cabeza y el sabor metálico de las dos gotas que le arranqué. Mi cuerpo lo reconoce antes que yo.
Le agarro la nuca con la otra mano y Nael profundiza el beso.
Ya no existe la lentitud calculada de la primera vez, cuando todavía parecía tantear cuánto podía acercarse antes de que alguno de los dos retrocediera.
Sus dedos se cierran entre mi cabello, siento un tirón en las raíces y un escalofrío que me recorre la espalda.
Lo beso con más fuerza, rabia incluida. Cuando le muerdo el labio inferior se queda inmóvil apenas un instante antes de sonreír contra mi boca.
—Ni se te ocurra —murmura.
Me aparto lo justo para mirarlo.
—¿Tienes miedo?
—De tus colmillos, sí.
—Aprendo rápido.
—Eso está por demostrar.
Vuelvo a besarlo y la risa baja que sale de él termina contra mi boca. Mis dedos alcanzan su mandíbula y la imagen de Lucien aparece con una claridad brutal: la mano cerrándose, el golpe y el cuerpo cayendo.
No me aparto.
Nael se separa lo suficiente para que nuestros labios dejen de tocarse. Su mano permanece un momento en mi nuca mientras sus ojos se quedan sobre los míos y después se desvían hacia el corredor. Los pasos están mucho más cerca.
—Tenemos que irnos.
Miro también hacia allí.
—Ya.
No me muevo.
Nael alza una ceja.
—Sarah.
Esta vez sí me aparto. Echo una última mirada hacia la intersección por la que desapareció Claire y después hacia Lucien. Ninguna de esas cosas va a convertirse en algo más fácil porque me quede allí esperando a que llegue el resto del Círculo, así que me obligo a apartar la mirada.
—Vámonos.
Nael echa a andar y lo sigo.
No abandonamos el refugio como se abandona normalmente un lugar.
No atravesamos el corredor principal ni buscamos la escalera que conduce hacia París.
Tampoco existe una última puerta o una despedida capaz de marcar el instante exacto en que dejo atrás aquello que durante semanas había empezado a considerar casi una casa.
Nael toma un camino que no recuerdo haber recorrido antes y las zonas más utilizadas desaparecen progresivamente.
Primero dejamos atrás las cámaras y las puertas reforzadas, después los sensores, los paneles eléctricos y la iluminación más reciente.
La piedra empieza a mostrarse desnuda, irregular y húmeda; los arcos son más estrechos, el techo desciende algunos centímetros y pequeñas manchas oscuras ocupan las juntas donde el agua lleva demasiado tiempo encontrando los mismos caminos.
Aquí abajo el refugio parece mucho más antiguo, como si todo lo moderno solo hubiera conseguido colonizar sus capas superiores.
Mis botas golpean la piedra detrás de Nael, pero cada paso cuesta un poco más que el anterior. Intento culpar al caos que dejamos atrás hasta que reconozco la sensación.
No es cansancio, sino una ausencia sorda instalada en el centro del cuerpo, una necesidad que vuelve mis movimientos ligeramente imprecisos y endurece los bordes del mundo.
Hace demasiado que no bebo.
Lo noto en la manera en que los sonidos empiezan a molestarme, en el pulso humano demasiado distante que consigue atraer mi atención y en el olor de Nael, que de pronto llega con una claridad incómoda.
Hay algo oscuro y mineral en él, mezclado con el calor de su cuerpo, y durante un segundo recuerdo con demasiada precisión cómo sabía su sangre.
Aparto la atención conscientemente.
Nael se detiene. Yo doy un paso más antes de darme cuenta y, cuando se vuelve, le basta una sola mirada.
—Te estás sosteniendo por pura inercia.
No hay alarma ni reproche en su voz. Lo dice con la misma tranquilidad con la que señalaría una grieta en una pared.
Abro la boca buscando alguna respuesta capaz de conservar una cantidad razonable de dignidad.
—Puedo caminar.
Nael da un paso hacia mí.
—No dudo de eso.
Sus ojos recorren mi cara.
—Dudo de cuánto más deberías hacerlo.
—Qué considerado.
—No lo estropees.
Casi sonrío, pero la debilidad vuelve a golpearme antes y tengo que apoyar una mano contra la pared. La piedra está fría y húmeda bajo la palma, y mi percepción convierte cada irregularidad en algo demasiado definido.
Nael todavía no me toca. Alza una mano y el aire cambia.
La presión no se parece a la que sentí cuando mató a Lucien.
No hay violencia concentrada ni la impresión de que algo enorme esté aplastando un punto concreto del mundo.
Esto resulta más amplio y lento. Las sombras debajo de los arcos empiezan a deslizarse, llenan las juntas entre las piedras y después se extienden sobre el suelo y ascienden por las paredes, cubriendo humedad y grietas hasta que las lámparas parecen iluminar cada vez menos aunque ninguna se haya apagado.
Esta vez la oscuridad no corre hacia la mano de Nael.
Nace alrededor de él.
Lo cubre primero, no como algo que lo devora, sino como si lo reconociera. La definición de sus hombros empieza a mezclarse con ella, seguida por el borde de la camisa, el cabello y la línea de su cuerpo. Sus ojos plateados permanecen visibles un instante más antes de que la sombra me alcance.
Retrocedo por instinto y el mundo se inclina.
Nael me sujeta antes de que pierda el equilibrio.
Un brazo rodea mis hombros y me acerca contra él mientras la oscuridad termina de cerrarse alrededor de los dos. No es fría ni tiene nada de la presión que aplastó a Lucien; es densa y envolvente, una noche sin cielo que va eliminando uno por uno los límites físicos del refugio.
La pared desaparece bajo mi mano, después las lámparas, el suelo y los arcos, hasta que Nael queda como único punto físico reconocible: su brazo alrededor de mí, su pecho contra mi cuerpo y el calor de su piel atravesando la ropa.