VEINTIOCHO #3
A partir de ahí deja de estar claro cuál de los dos está imponiendo el ritmo.
Lucien sigue siendo más experimentado y probablemente también más técnico, pero yo soy más fuerte de lo que debería ser alguien con mi edad y esa fuerza ya no sale disparada sin dirección.
Empiezo a dosificarla, a colocarla en el instante exacto y a conservar parte para el movimiento siguiente en lugar de gastarla intentando terminar cada intercambio de un solo golpe.
Cuando intenta recuperar terreno ya estoy ocupándolo. El hombro que antes me avisaba con demasiado poco margen empieza a parecer lento. No porque Lucien lo sea, sino porque mi cabeza ha dejado de esperar al golpe.
Veo dónde empieza. Actúo desde allí. Mi codo encuentra su pecho.
Lucien impacta contra una columna con un golpe seco y la piedra devuelve una vibración que siento bajo las plantas de los pies.
Me empuja con ambas manos y me separa, pero en cuanto intenta barrerme levanto la pierna antes de que llegue.
Sus ojos encuentran los míos. Ya no veo en su postura al instructor que está corrigiendo un error. Está peleando conmigo de verdad. La certeza debería hacerme retroceder. En cambio, algo dentro de mí se asienta.
Lucien entra por la derecha. El hombro intenta engañarme, pero la cadera dice otra cosa y dejo pasar el primer gesto. El ataque verdadero llega desde el lado contrario. Lo intercepto, cierro una mano alrededor de su muñeca y coloco la otra debajo del codo.
Esta vez no desperdicio ni una fracción de mi fuerza.
Giro.
Lucien pierde el eje completamente.
Lo llevo contra la pared antes de que pueda recuperarse y el impacto abre una pequeña grieta en el revestimiento. Entro pegada a él para negarle espacio, bloqueo una de sus piernas con la rodilla y coloco el antebrazo bajo su mandíbula. Mi otra mano encuentra su nuca casi por instinto.
Entonces reconozco la posición. Él me la enseñó. Sé dónde debe estar cada parte del cuerpo, cuánto tendría que girar y qué punto de la columna cedería primero. También sé que Lucien suele enseñar esa maniobra contando con la fuerza de un vampiro normal.
Yo no la tengo. Nunca la he tenido. Mi mano se cierra un poco más sobre su nuca. Lucien deja de intentar romper la posición. No porque se haya rendido, sino porque ambos acabamos de comprender lo mismo.
Ya no estoy simplemente resistiendo frente a él. Lo he superado. Y puedo matarlo.
Nos miramos.
Todo el entrenamiento de las últimas semanas conduce a este segundo de una forma que ninguno de los dos habría previsto. Lucien me enseñó a controlar la fuerza, a separar señal de interpretación y a no permitir que el exceso de información decidiera por mí.
Ahora cada una de esas lecciones mantiene su cuerpo atrapado contra la piedra.
Solo tendría que girar. La idea no me asusta tanto como debería.
Mi mano se tensa sobre su nuca y siento el instante en que prepara el cuerpo para resistir un movimiento que probablemente no podrá detener si llego a completarlo.
Podría matarlo.
Esta vez no es una posibilidad abstracta. Estoy a punto de hacerlo.
—Entonces… —Detrás de mí, Claire habla.
Su voz es tan baja que casi se pierde debajo del zumbido de las instalaciones.
Alcanzo a verla desplazarse en el límite de mi visión.
Da un único paso hacia atrás, no para escapar, sino para ampliar la distancia y contemplarnos a los tres como si necesitara ver el conjunto antes de entender una de sus partes.
Mira a Lucien atrapado entre mis brazos, después a Nael, que no ha intervenido ni una sola vez, y finalmente vuelve a mí.
—Siempre tuvo razón —murmura.
No sé de quién habla.
Suelto a Lucien.
No termino de girarme hacia Claire cuando Nael se mueve.
Lo veo levantar una mano.
Las sombras responden.
No se abalanzan sobre Lucien ni adquieren una forma reconocible.
Toda la oscuridad acumulada debajo de los arcos, en las esquinas y entre las juntas de la piedra cambia de dirección al mismo tiempo, sometida de pronto a una gravedad cuyo centro está en Nael.
Recorre el suelo, asciende por su cuerpo y se concentra alrededor del brazo extendido hasta envolverle la mano en un negro tan profundo que la luz parece dejar de encontrar superficie donde reflejarse.
Cruza la distancia.
Lucien intenta reaccionar, pero apenas consigue tensarse antes de que aquella mano se pose sobre su cabeza.
No hay violencia visible en el contacto.
Los dedos de Nael descansan sobre su cabello con una facilidad casi obscena, mientras todo lo que nos rodea parece soportar la fuerza que él no necesita mostrar físicamente.
La presión dentro del corredor cambia.
Mis oídos se bloquean. La piedra vibra bajo las botas y una fisura diminuta aparece en la pared contra la que Lucien acaba de estar atrapado. Empieza detrás de su hombro y asciende despacio, vertical, mientras las sombras alrededor de la muñeca de Nael se condensan todavía más.
Sus dedos se cierran levemente.
La oscuridad hace el resto.
El sonido es breve y húmedo, demasiado pequeño para la violencia que acaba de producirse. El cráneo de Lucien cede bajo su mano al mismo tiempo que la grieta atraviesa la pared de arriba abajo.
Toda la resistencia desaparece de golpe.
Lucien toca el suelo.
No hay últimas palabras ni tiempo para una reacción heroica. Hace un segundo estaba vivo y luchando conmigo; ahora permanece inmóvil sobre la piedra mientras las sombras siguen adheridas durante unos instantes a los dedos de Nael.
Después empiezan a retirarse.
Se deslizan de nuevo hacia las juntas, las esquinas y debajo de los arcos hasta que las lámparas recuperan espacios que nunca deberían haber perdido.
Me quedo mirando el cuerpo.
Mi cabeza entiende qué ha ocurrido antes que el resto de mí.
Lucien sigue siendo durante varios segundos demasiadas cosas a la vez: el hombre que me enseñó a pelear, el que me explicó que observar no significa comprender, el que utilizó su poder para entrar en mi mente y modificar el peso de mis propios recuerdos.
Y también es el hombre al que yo estaba a punto de matar. Esa última parte tarda un poco más en asentarse.
Pero estaba a punto.
No puedo esconderme detrás de Nael para cambiar eso. Él contempla a Lucien en el suelo con una tranquilidad que me hace hervir la sangre. Camino hacia él.
—Lo tenía.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué coño has intervenido?
—No ibas a hacerlo —dice sin mirarme—. Ya estabas dudando.
La rabia atraviesa el shock.
—No me has dejado elegir.
Nael levanta entonces los ojos hacia mí.
Las sombras ya casi han abandonado su mano y no hay arrepentimiento en su expresión. Tampoco parece esperar que yo agradezca lo que acaba de hacer.
—Sí te he dejado elegir.
—Entonces ¿por qué coño has intervenido?
Su mirada pasa un instante por Lucien antes de regresar a mí.
Nael inclina la cabeza.
—Te dejé elegir lo que era tuyo.
—¿Y qué coño significa eso?
Sus ojos plateados permanecen fijos en los míos.
—Que te pusiste delante de él.
La frase me detiene apenas.
—Decidiste que no iba a llevarte. Decidiste que no ibas a apartarte para que llegara hasta mí. Me elegiste a mí.
—Eso no te daba derecho a matarlo.
—No.
La respuesta llega sin resistencia.
Frunzo el ceño.
—¿No?
—No necesito que me dé derecho.
Ahí está otra vez.
El monstruo.
Nael da un paso hacia mí, pero no intenta tocarme.
—Tu elección termina donde empieza la mía, Sarah.
Lo miro con incredulidad.
—Qué conveniente.
—Nunca te prometí lo contrario.
—Me estás diciendo que puedo elegirte, pero no puedo decirte qué hacer.
—Exactamente.
La palabra cae entre nosotros con una tranquilidad insoportable.
Quiero golpearlo.
Lo digo.
—Eres un monstruo.
Miro a Lucien.
Después vuelvo hacia Nael.
La comisura de su boca se eleva apenas.
—Y aun así…
Y, aun así, sigo donde estaba. Delante de él. Sin apartarme.