VEINTIOCHO #2
Miro hacia Claire. Sigue apartada de la conversación de una forma que no encaja con ella. Sus ojos pasan de uno a otro con pequeños retrasos, como si cada frase terminara de colocar una pieza en algún lugar que yo no puedo ver.
—Has entrado donde no debías —dice Lucien.
—Siempre he entrado donde no debía.
—Esta vez no saldrás igual.
—Eso dices como si alguna vez hubierais conseguido cerrar una puerta de verdad.
Lucien da otro paso.
La luz cálida continúa cayendo sobre la piedra, las cámaras siguen ocupando sus pequeños huecos encima de los arcos y, aun así, el corredor entero parece haberse convertido en territorio de otra cosa.
—Has desactivado una sala entera de contención —dice—. Has dejado fuera de combate a guardias del Círculo. Has entrado en una zona protegida.
—A los que se interpusieron les di una salida rápida —responde Nael.
Mi estómago se contrae.
—¿Rápida? —pregunto.
Nael no aparta los ojos de Lucien.
—Limpia.
Eso no me tranquiliza. No debería hacerlo. Lucien ladea la cabeza.
—¿Y has venido por ella?
Nael lo mira como si la pregunta fuera demasiado pobre.
Lucien continúa:
—No es tuya.
Esta vez Nael tarda menos de un segundo.
—No.
Su mirada pasa fugazmente por mí antes de volver a Lucien.
—Pero tampoco vuestra.
El silencio que sigue resulta bastante más incómodo que cualquier amenaza.
Lucien frunce el ceño.
—El Círculo no necesita poseer algo para decidir qué hacer con ello.
Lo dice sin vergüenza y sin intentar suavizar la elección de palabras.
Algo se tensa dentro de mí.
—Las anomalías se evalúan. Si pueden ser útiles, se utilizan. Si suponen un riesgo, se contienen.
Claire reacciona levemente.
Yo miro a Lucien.
No parece consciente de haber dicho nada extraordinario.
Quizá porque para él no lo es.
Nael sonríe muy despacio.
—Herramientas cuando funcionan.
Lucien no lo niega.
—Llámalo como quieras.
—Y jaulas cuando dejan de hacerlo.
—Si hace falta.
No hay grandilocuencia en su respuesta.
Eso la vuelve peor.
La sonrisa desaparece de la boca de Nael.
—Lo que desprecio es fingir que la jaula es un hogar.
Da un paso hacia Lucien.
No necesita elevar la voz. A su alrededor, la oscuridad empieza a acumularse debajo de los arcos y en las juntas de la piedra, como si todo el corredor tuviera de pronto una dirección preferente.
—Tú no elegiste. Aceptaste el papel que te dieron. Guardián. Ejecutor. Carcelero con conciencia limpia.
La mandíbula de Lucien se endurece. Ahí sí ha encontrado algo. No sé qué. Claire también reacciona. Sus dedos terminan por soltarse y la carpeta cae al suelo con un golpe seco que resuena por el corredor vacío. Nadie la recoge. Lucien mantiene los ojos sobre Nael.
—Alguien tiene que mantener esto en pie mientras tú incendias lo que no te gusta y te marchas.
Nael deja escapar una risa breve, antigua y sin ninguna alegría.
—Te equivocas.
Las sombras ascienden unos centímetros por la piedra.
—Yo sé cuándo dejarlo arder.
Nadie habla.
No necesito conocer la historia completa del Silente para entender que Lucien sabe suficiente sobre ella. Tampoco necesito saber cuánto tiempo lleva Nael observando al Círculo para comprender que conoce perfectamente el tipo de función que desempeña Lucien dentro de él.
Lo que no entiendo es a Claire.
Sigue mirando a Nael como si lo que tiene delante no terminara en este corredor.
Lucien vuelve hacia mí.
—Sarah.
—No.
Su paciencia empieza a desaparecer.
—No sabes qué ha hecho contigo.
Nael gira muy despacio hacia él.
El aire se comprime.
—Cuidado —dice.
Una sola palabra.
Lucien la ignora.
—Su sangre está dentro de ti.
La frase me frena.
Claro.
Él lo sabe.
Lo vio cuando entró en mi cabeza.
Nael también se queda inmóvil. Sus ojos vienen hacia mí antes de regresar a Lucien.
—Muy poca —añade este—. Pero suficiente para alterar todavía más lo que ya estaba cambiando.
Nael no responde inmediatamente.
Ahora sí parece prestar verdadera atención a algo que no esperaba encontrar.
—Mi sangre reacciona en ella —dice finalmente.
Lucien se pone rígido.
—Eso no significa que te pertenezca.
—Ya hemos establecido que no.
—Entonces deja de pretender que eres mejor.
La mirada de Nael pierde cualquier rastro de humor.
—Nunca lo he pretendido, Lucien.
No utiliza el apellido esta vez.
Lucien sostiene sus ojos.
—Por fin algo cierto.
—Siempre lo ha sido.
Nael recorre despacio el corredor con la mirada: las puertas cerradas, la piedra antigua atravesada por tecnología moderna, Claire todavía inmóvil.
Finalmente me mira a mí.
—Lo llamáis protección para poder soportarlo.
—No necesito llamarlo nada. La protegíamos.
La respuesta de Lucien es inmediata.
—Mientes —contesta Nael—. La corregíais. La estabais haciendo manejable.
Claire levanta la cabeza.
Es la reacción más clara que ha tenido desde que Nael apareció, aunque no sé qué parte de la frase la ha provocado.
Lucien también se pone rígido.
—No es un objeto de tu guerra personal.
—Nunca fue un objeto —responde Nael—. Por eso os asusta tanto.
Da un paso atrás, lento y deliberado, como si el tiempo no tuviera ningún valor allí.
—Tú querías moldearla. Hacerla encajar. Limar los bordes hasta que dejara de incomodarte.
Lucien le sostiene la mirada.
Nael hace lo mismo.
—Yo hice algo más sencillo.
Mantiene los ojos sobre Lucien, pero tengo la sensación de que la frase no termina exactamente donde debería. No sé explicar por qué.
Claire sí reacciona.
—La dejé elegir.
Nael sonríe.
Y esa sonrisa es devastadora. Es la sonrisa de alguien que sabe.
Lucien se mueve hacia él. Esta vez no necesito esperar a que complete el primer paso para saber adónde va.
Su pie derecho cambia apenas de ángulo, el peso abandona el talón y el hombro empieza a descender al mismo tiempo que la cadera inicia el giro.
Hace unas semanas habría visto todas esas señales y aun así habría reaccionado tarde, ahogada entre demasiada información. Ahora mi cabeza selecciona lo importante antes de que tenga que pedírselo. Me interpongo.
Su antebrazo encuentra el mío con un impacto seco que me recorre hasta el hombro, pero cuando ocurre ya estoy girando.
No intento detener toda su fuerza porque Lucien me ha enseñado demasiadas veces lo inútil que sería.
Rompo el ángulo, entro dentro de su guardia y utilizo el impulso que trae para obligarlo a desviarse.
Retrocede un paso.
Sus ojos se clavan en mí con una atención distinta.
—¡Sarah!
—No.
La sorpresa, si existe, dura menos de un segundo.
Lucien recupera el equilibrio y vuelve a entrar, esta vez sin ninguno de los márgenes que utiliza durante los entrenamientos.
El primer golpe busca mi mandíbula y aparto la cabeza mientras su brazo todavía está extendiéndose; el segundo viene hacia las costillas, pero mi codo ya ha bajado cuando llega.
Bloqueo y giro para intentar colarme por su izquierda.
Él corrige.
Yo también. Nuestros cuerpos chocan casi al mismo tiempo y mi hombro recibe el impacto en el instante en que consigo alcanzarle la clavícula. No se detiene. Yo tampoco.
Durante los primeros intercambios sigo teniendo la sensación de perseguirlo.
Lucien lleva demasiado tiempo haciendo esto y cada movimiento suyo está limpio de cualquier gesto inútil.
No desperdicia fuerza, no abre huecos por accidente y rara vez necesita corregirse dos veces.
He pasado noches enteras admirando precisamente eso mientras acababa en el suelo una y otra vez.
Ahora empiezo a reconocer lo que ocurre antes.
Antes de girar carga una fracción más de peso sobre la pierna contraria.
Cuando va a entrar con el hombro derecho, su mano izquierda desciende apenas unos centímetros.
Si pretende cambiar de ritmo, deja de imitar la respiración un instante antes; una costumbre absurda que nunca habría considerado importante si mi cabeza no hubiera empezado a recogerlo todo.
Hasta ahora veía esos detalles por separado. Esta vez forman una secuencia. Lucien amaga arriba. Mi cuerpo quiere reaccionar, pero su cadera no se ha movido y consigo contener el impulso. El ataque verdadero llega abajo medio segundo después y ya tengo el brazo preparado para bloquearlo.
Una tensión mínima aparece alrededor de sus ojos. No necesito interpretarla para comprender que él también acaba de darse cuenta. Estoy llegando antes.
Ataco.
Lucien bloquea el primer golpe y retrocede para reconstruir distancia.
No se la doy. Entro por su derecha, cambio cuando desplaza el hombro y busco el costado antes de que pueda cerrar el brazo sobre mí.
Él gira con una velocidad brutal y su puño pasa tan cerca de mi cara que siento el movimiento del aire sobre la mejilla.
—Apártate —dice.
—Deja de intentar pasar.
Vuelve a atacar, pero esta vez cambia deliberadamente el patrón.
Durante los entrenamientos siempre era yo quien trataba de seguirlo.
Ahora Lucien está intentando impedir que pueda leerlo.
Esa certeza provoca una satisfacción fría que me hace concentrarme todavía más.
Dejo de perseguir sus manos y empiezo a mirar el conjunto: cadera, hombros, pies y el espacio que deja abierto mientras protege otro.
No sé qué piensa. No necesito saberlo. La percepción deja por fin de ser ruido y se convierte en ventaja.
Lucien entra por mi izquierda y cambio antes de que termine el movimiento.
Le golpeo las costillas, salgo de su alcance y vuelvo a entrar cuando intenta recuperar el centro.
Me alcanza en el hombro con suficiente fuerza para hacerme deslizar sobre la piedra, pero no consigue derribarme.
Engancho su muñeca, utilizo uno de los giros que él mismo me enseñó y, cuando rompe el agarre exactamente como esperaba, mi rodilla ya golpea el lateral de su muslo.
Trastabilla. Muy poco. Suficiente para que vaya detrás.