Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) VEINTIOCHO
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VEINTIOCHO

Claire tarda menos de una noche en darse cuenta de que algo ha cambiado.

Caminamos por uno de los corredores principales del refugio después de pasar por el archivo.

Ella lleva una carpeta bajo el brazo y me habla de la siguiente rotación de entrenamiento, de unos informes que Lucien quiere revisar y de una salida prevista para dentro de un par de noches.

La piedra de las paredes conserva ese color gris cálido que adquiere bajo las lámparas, interrumpida cada pocos metros por puertas más nuevas, sensores, pequeñas cámaras y canaletas oscuras que esconden instalaciones que no existían cuando alguien excavó estos pasadizos.

A nuestro alrededor todo funciona como siempre.

Dos humanos atraviesan una intersección cargados con cajas; uno tiene que apartarse ligeramente para dejar pasar a un vampiro que ni siquiera lo mira.

Más lejos, alguien cierra una puerta en una de las zonas inferiores y varios vampiros abandonan una sala de entrenamiento mientras continúan una conversación que no me interesa lo suficiente para escuchar.

Durante la última semana habría pasado de largo. Ahora vuelvo a fijarme en las puertas: las que puedo abrir, las que no y los humanos que desaparecen detrás de ellas.

Nada de eso es nuevo. Me cabrea recordar que antes también lo veía y dejé de preguntar.

—Llevas varios días rara —dice Claire.

Giro la cabeza hacia ella.

—Eso no acota demasiado.

—Sabes a qué me refiero.

Probablemente.

Claire continúa unos pasos antes de detenerse y yo hago lo mismo.

El cabello corto sigue resultándome extraño cuando recuerdo a la mujer que me recogió aquella primera noche, aunque empiezo a acostumbrarme.

Lleva ropa oscura y sencilla, y conserva esa forma de ocupar el espacio sin desperdiciar movimientos.

Puedo ver cómo cambia el peso de una pierna, cómo sus dedos ajustan la carpeta contra el costado y el instante exacto en que sus ojos se detienen sobre mí.

Eso no significa que sepa qué piensa.

Lucien acertó en algo, por desgracia: ver más no equivale a comprenderlo todo.

—Estás distante —añade Claire.

—He estado entrenando.

—No hablo de eso.

—Entonces tendrás que concretar.

Su mirada permanece sobre mí.

—Antes querías encontrar tu sitio aquí.

La frase me hace fruncir el ceño.

—Antes no sabía dónde coño estaba.

—No es lo mismo.

—Para mí se parecía bastante.

Claire tarda unos segundos en responder. El silencio entre las dos ya no me incomoda como antes; tampoco siento la necesidad de llenarlo para devolver la conversación a un lugar cómodo. Hay algo casi satisfactorio en dejar que permanezca ahí.

—Has cambiado —dice finalmente.

—Eso era la idea de todo este proceso, ¿no?

La ironía sale más afilada de lo que pretendía.

Claire lo nota o quizá simplemente escucha exactamente lo que he dicho. Retrocede hasta quedar a mi lado.

—Sarah…

Va a continuar.

No llega a hacerlo.

El mundo se queda demasiado quieto.

No ocurre de golpe. Primero desaparecen unos pasos que llegaban desde una de las intersecciones.

Después se apaga una conversación lejana.

El movimiento habitual del refugio —puertas, cajas, voces, cuerpos cruzando de un nivel a otro— se desvanece por capas hasta que solo quedan Claire, yo y el zumbido bajo de las instalaciones modernas escondidas detrás de muros construidos siglos antes que ellas.

Me detengo.

Claire necesita dos pasos para darse cuenta de que ya no camino.

—¿Sarah?

Miro alrededor.

El corredor se extiende vacío en ambas direcciones. Las lámparas continúan encendidas, repartiendo la misma luz cálida sobre los arcos, y todas las puertas permanecen donde deberían estar. Pero no hay nadie.

Eso no sucede nunca. Aunque el refugio no sea especialmente concurrido, siempre hay alguien entrando en la biblioteca, cruzando hacia las salas de entrenamiento, llevando documentación al archivo o desapareciendo detrás de alguna puerta cerrada.

Ahora no escucho a nadie hasta donde alcanza mi percepción. Entonces las sombras se mueven.

Las lámparas no parpadean ni pierden intensidad.

No hay ningún cambio en la fuente de luz que pueda explicarlo.

Aun así, la oscuridad debajo del arco situado varios metros delante empieza a extenderse sobre la piedra en una dirección equivocada.

Otra sombra asciende por una columna, se estira lentamente y termina reuniéndose con la primera.

Hay alguien allí.

Apoyado contra la piedra.

Mi cuerpo lo reconoce antes de que termine de hacerlo mi cabeza. La reacción nace debajo del esternón, rápida y desagradablemente familiar, y todo aquello que durante días había permanecido apartado vuelve a encontrar su sitio con una facilidad que me cabrea.

La iluminación del refugio resulta brutal con él porque elimina cualquier posibilidad de atribuir lo extraño a un juego de luces.

Es alto, ancho de hombros sin resultar exagerado, con un cuerpo construido alrededor de una proporción demasiado exacta para necesitar exhibirse.

La camisa negra deja parte del cuello al descubierto y cae sobre él sin adornos, haciendo todavía más evidente la forma en que ocupa el corredor: relajado, apoyado contra una construcción que pertenece al Círculo como si no hubiera nada allí capaz de obligarlo a adoptar una postura defensiva.

Su cara tampoco ayuda.

Ya la conozco.

He tenido esa mandíbula entre las manos, he sentido esos labios contra los míos y he estado suficientemente cerca para saber que su piel no tiene el frío de un vampiro.

Sin embargo, fuera de la oscuridad de los clubes puedo detenerme en detalles que antes se mezclaban con otras sensaciones.

Pómulos definidos, nariz recta, mandíbula estrecha y una boca perfectamente dibujada que no suaviza absolutamente nada.

Hay una belleza demasiado limpia en sus facciones, casi antigua, una simetría que debería hacerlo hermoso de una forma sencilla y provoca justo lo contrario.

Hay algo demasiado preciso en él.

Como si el pequeño defecto que debería volverlo humano hubiese sido olvidado.

El cabello negro cae sobre su frente con un desorden que tampoco logra romper esa impresión y, cuando levanta finalmente la mirada, sus ojos plateados terminan de convertir el conjunto en algo que mi cabeza continúa intentando meter en categorías que no sirven.

Conozco esos ojos.

También conozco al monstruo detrás.

He visto morir a una mujer porque lo interrumpió. Le he oído decir cosas que ninguna persona decente debería pronunciar con tanta tranquilidad. Sé perfectamente por qué Claire me advirtió que me mantuviera lejos.

Y sigo queriendo acercarme.

Eso es bastante peor ahora que ya no puedo fingir que solo me atrae lo que desconozco.

—Nael… —digo—. ¿Cómo has entrado?

Su nombre cae dentro del pasillo.

Claire deja de moverse.

No necesito saber qué significa para notar que algo acaba de suceder. Sus ojos abandonan a Nael y vienen hacia mí con tanta rapidez que parece haber olvidado cualquier otra cosa. La carpeta que lleva bajo el brazo desciende unos centímetros antes de que sus dedos vuelvan a cerrarse sobre ella.

Nael lo ve.

La sonrisa que aparece es mínima.

Confirmación, quizá.

—No me invitaste con palabras.

La respuesta me devuelve la superficie negra de la píldora sobre mi lengua y la presión desapareciendo detrás de mis ojos. No necesito preguntarle nada más para comprender que ambas cosas están relacionadas.

Claire sigue mirando a Nael, después a mí y otra vez a él.

—¿Claire?

No responde.

Eso sí me inquieta.

Nael se separa de la columna y la oscuridad parece acompañar el movimiento. Una sombra se despega ligeramente de la piedra al mismo tiempo que él y vuelve a asentarse cuando avanza, como si necesitara recolocarse alrededor de su cuerpo.

Miro otra vez el corredor vacío.

—¿Dónde está todo el mundo?

Sus ojos pasan un instante por Claire.

—En otro lugar.

Claire abre la boca.

No sale nada.

Nunca la había visto quedarse sin una respuesta durante tanto tiempo. No sé qué ocurre detrás de sus ojos y ya he aprendido a no inventarlo a partir de cada movimiento, pero su atención viaja de Nael a mí y regresa a él como si estuviera viendo algo distinto de lo que yo tengo delante.

Los pasos llegan entonces desde el otro extremo del corredor.

Lucien aparece cuando el silencio todavía está asentándose.

Lo escucho antes de verlo. Avanza desde una de las intersecciones laterales con una dirección demasiado precisa para ser casualidad y, cuando entra en el tramo iluminado, su atención viene directamente hacia mí.

—Sarah.

Ha venido a buscarme.

La certeza aparece antes de que se detenga.

Después ve a Claire a mi lado y algo en su expresión cambia. No necesito decidir qué siente para entender qué ha llamado su atención: ella sigue inmóvil, con la mirada atrapada en Nael y la carpeta medio olvidada entre los dedos.

Lucien sigue esa mirada.

Entonces lo ve.

Su cuerpo se reajusta de inmediato. Los hombros cambian apenas de posición, las manos quedan libres junto al cuerpo y el peso se reparte sobre ambas piernas con esa precisión que he aprendido a reconocer durante los entrenamientos.

—Silente.

Nael gira la cabeza hacia él.

Lo estudia durante un momento que dura algo más de lo necesario.

—Lucien Varek.

Él entrecierra los ojos. No hay la familiaridad de dos personas que hayan compartido espacio antes. Hay reconocimiento, pero de otra clase; suficiente para saber perfectamente quién tienen delante sin que ninguno necesite una presentación.

—Sarah —dice sin apartar los ojos de él—. Ven conmigo.

—No.

Esta vez no necesita repetírmelo para que aparezca la irritación.

—No es una petición.

—Pues debería serlo.

Nael permanece callado.

No me defiende. No me llama. Ni siquiera aprovecha la discusión para intentar acercarme hacia él.

Espera.

Eso parece molestar a Lucien más que una provocación.

—No deberías poder estar dentro del refugio —dice.

—Y sin embargo estoy.

La frase no necesita ninguna explicación para resultar desagradable.

Una sombra se desliza lentamente por la base de la columna situada detrás de Nael.

Lucien no responde.