VEINTISIETE #3
Voy cuando necesito silencio y encuentro a Ilya trabajando sobre una pieza nueva.
El olor a polvo mineral resulta más fuerte allí que en cualquier otra parte del refugio, y pequeñas partículas claras cubren parte de los bancos y algunas herramientas.
El gato que llevaba tiempo esculpiendo continúa en una mesa lateral, mucho más definido ahora: cuerpo fino, patas rectas, orejas demasiado grandes y una cola larga alrededor de las patas.
Me acerco.
—Sigue dando mal rollo.
Ilya no deja de trabajar.
—Bien.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
Observo la escultura. Las imágenes repetidas y aquello que Ilya dijo sobre recordar regresan con ella. La curiosidad aparece.
Podría preguntar.
En lugar de hacerlo, paso un dedo cerca de una de las orejas sin tocar la piedra y termino alejándome. Ya habrá tiempo. No noto nada extraño en esa decisión. Eso es precisamente lo extraño.
Hacia finales de abril, la vida dentro del refugio empieza a resultarme manejable de una manera que no había sido desde que desperté.
No libre. El beneplácito continúa revocado y sigo necesitando autorización si quiero salir.
Pero manejable. Tengo horas, ejercicios, libros y personas cuyos movimientos empiezo a conocer.
También tengo menos preguntas. No pienso demasiado en eso. Al principio comprobaba el nombre de Nael todas las noches. Después empecé a hacerlo únicamente antes de dormir. Más tarde me salté una. Luego dos. No me doy cuenta.
Puedo recuperar los encuentros si quiero, incluso las partes que Lucien dejó emborronadas. Sé quién es.
Nael.
El nombre sigue intacto. Deja de aparecer solo. Ya no me pregunto cuándo volveré a verlo.
No tengo ganas de buscarlo. Eso parece lógico. Mató a una mujer delante de mí. Utilizó a Óscar para observar qué hacía. Claire me pidió que me mantuviera lejos. El Círculo hizo lo mismo. Ir voluntariamente hasta aquella nave fue una estupidez.
Todo es verdad.
Así que no noto ninguna ausencia. Las cartas continúan guardadas en el cajón. También son reales.
Sé que alguien entró en mi habitación para dejar TIC TAC .
Sé que el Silente negó haber enviado las anteriores y no tengo ninguna prueba que contradiga su respuesta.
No vuelvo a abrirlas.
Acabo de ducharme después del entrenamiento.
Todavía tengo el pelo húmedo y algunas ondas se pegan a la espalda de la camiseta mientras reviso primero el escritorio y después la mesilla.
Fuera de la habitación apenas se escucha movimiento.
A estas horas gran parte del refugio está repartida entre las zonas de alimentación, archivo y entrenamiento, y el corredor queda casi vacío.
Abro el cajón y encuentro algo oscuro debajo de una camiseta doblada. Al principio solo veo una pequeña superficie negra entre la tela y el fondo de madera; después aparto la prenda y la memoria llega antes de que consiga tocarla.
Una salida.
El recuerdo de su voz llega con más claridad. De algo que todavía no sabes que es una jaula. Se me eriza la piel de los brazos. Me llevo la píldora a la boca. La dejo sobre la lengua. Todavía puedo escupirla.
Espero.
Un segundo.
Dos.
La trago. Durante un rato no ocurre absolutamente nada. Sigo sentada sobre la cama y empiezo a considerar seriamente la posibilidad de que acabe de ingerir una mierda desconocida solo porque él la llamó una salida.
Gota.
Una mano abriendo la mía. Piel tibia. Luces rojas. Ojos plateados. Y el nombre que mantuve escondido mientras Lucien destrozaba todo lo que encontraba alrededor.
Nael.
Me quedo quieta. Levanto la cabeza. Espero. Los sonidos habituales del refugio continúan alrededor. Una puerta se cierra muy lejos, alguien atraviesa otro corredor y el sistema de ventilación mueve aire detrás de la piedra.
Nada más. No hay agua. No existe ninguna tubería cerca de mi habitación que esté perdiendo.
Gota.
Se me eriza la piel de los brazos. No ha sonado dentro de la habitación. La certeza llega antes que la explicación.
Esto es diferente. Más pequeño. Insistente.
Como si algo estuviera cayendo en algún lugar detrás de mis pensamientos.
El recuerdo aparece sin que lo busque: mis dientes alcanzando el labio de Nael, el sabor metálico, una cantidad tan pequeña que entonces parecía ridículo concederle importancia.
Lucien la encontró durante la intrusión.
Éléonore también quiso saber cuánto había bebido.
Gota.
Solo escucho el refugio. Abro la mesilla y encuentro las notas: Te están mintiendo.
¿Dulce o amarga? Tic tac. El miedo empieza muy despacio.
Busco el recuerdo de la sala y mi cuerpo se tensa antes de que llegue completo.
Metal frío bajo la mejilla. Sangre en la boca.
Éléonore junto a la camilla. La voz de Claire detrás de la puerta. No luches. Y el nombre.
Nael. Escondiéndolo. Moviéndolo detrás de otros recuerdos mientras Lucien los atravesaba uno detrás de otro. Me rompí protegiéndolo. Esa certeza continúa ahí. Pero llevaba días sin pensar en él.
Gota.
Levanto los ojos.
Silencio.
Gota.
Me quedo muy quieta.
Gota.
—Hijos de puta.