Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) VEINTISIETE #2
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VEINTISIETE #2

No hay bromas. No hay discusión cómoda ni ninguna de esas pequeñas fricciones que habría esperado entre dos personas acostumbradas a trabajar juntas. Lucien se marcha unos minutos después y solo entonces los hombros de Claire pierden algo de rigidez.

Lo veo. No pregunto. Al regresar a mi habitación, la tensión entre Claire y Lucien me acompaña hasta la puerta.

Con Hedda y Labrenda resulta diferente.

A ellas las veo cada vez más junto a Claire.

No parece que la vigilen ni que estén allí porque alguien les haya ordenado mantenerse cerca.

Simplemente ocupan espacio alrededor de ella con una facilidad que yo todavía no tengo.

Labrenda puede inclinarse sobre su hombro para leer algo sin que Claire se tense.

Hedda le aparta una vez una pelusa de la manga y Claire apenas levanta los ojos.

También tienen un idioma privado que no entiendo del todo. Alguna palabra en italiano, comentarios a medias, referencias que empezaron mucho antes de que yo estuviera presente.

No pregunto demasiado por eso tampoco.

En entrenamiento empiezan a incluirme con más frecuencia.

Al principio siguen pareciéndose demasiado cuando se mueven deprisa, pero poco a poco encuentro diferencias.

Hedda tiende a cargar antes el peso cuando decide entrar; Labrenda espera una fracción más y utiliza la primera reacción ajena para elegir la siguiente.

La primera vez que acierto quién me ha atacado con los ojos cerrados, ambas se quedan mirándome.

—Labrenda.

Ella levanta una ceja.

—¿Por qué?

Señalo hacia Hedda.

—Ella habría entrado antes.

Hedda cruza los brazos.

—No.

—Sí.

—No hago eso.

Labrenda la mira.

—Lo haces.

—Tú esperas demasiado.

—Porque funciona.

—Acabas de ser identificada.

—Eso no significa que no funcione.

Claire, sentada sobre uno de los bancos, deja escapar una risa breve.

—Llevo demasiado tiempo esperando que alguien más tenga que soportar esta conversación.

Las miro.

—¿Cuánto es demasiado tiempo?

Hedda y Labrenda contestan a la vez.

—Mucho.

Claire sonríe. No pregunto desde cuándo. La noche continúa. Es agradable.

Y durante un rato no existe nada más.

Incluso con Lucien, el entrenamiento empieza a recuperar una especie de normalidad que no debería ser posible.

Mi cuerpo sigue reaccionando cuando se acerca demasiado por detrás y nunca permito que me toque la cabeza.

Ni una vez. Si necesita corregirme la posición de un brazo, primero lo dice.

No sé si esa regla la ha impuesto él o la he impuesto yo sin pronunciarla.

Pero seguimos entrenando. Él dice otra vez . Yo repito. Dice tarde . Lo insulto. Él ignora el insulto.

Una rutina puede cubrir muchas cosas si se repite suficientes veces.

Mi percepción también continúa mejorando. Lucien insiste en que el problema no es cuánto puedo detectar, sino qué hago con ello. Me obliga a distinguir entre una señal y la explicación que invento para justificarla.

—No lees intenciones —me recuerda.

—Lo sé.

—Entonces espera.

Claire está delante de mí. Hedda y Labrenda observan desde una pared.

Cierro los ojos. Percibo el roce de una suela sobre la colchoneta, el cambio mínimo del aire cuando Claire desplaza un brazo y el sonido de su camiseta tensándose alrededor de un hombro.

Antes habría reaccionado al primer indicio.

Ahora espero hasta que el peso cambia en sus caderas.

Me aparto.

El golpe pasa. Intento entrar por el espacio que deja. Claire me agarra. Termino contra el suelo.

—Tarde —dice ella.

La miro desde la colchoneta.

—Empiezo a odiar esa palabra.

—Eso no la hace menos precisa.

Labrenda se ríe. Me incorporo. Volvemos.

Cada noche aguanto un poco más.

Una semana después consigo obligar a Claire a retroceder.

No cae. Por supuesto que no.

Pero retrocede. Me quedo mirándola. Ella también.

—Eso cuenta.

—No.

—Has retrocedido.

—Sigo de pie.

—No estaba intentando matarte.

—Entonces has planteado mal el ejercicio.

—Qué insoportable eres.

Hedda interviene desde atrás.

—Ha contado.

Claire gira hacia ella.

—No.

Labrenda asiente.

—Ha contado un poco.

—No existe «contar un poco».

—Acaba de existir.

Me río.

La sensación me sorprende. No porque haya olvidado cómo hacerlo, sino porque no hay nada detrás.

Solo eso.

Risa. Entrenamiento. Las tres discutiendo una estupidez.

Lucien observando desde la pared. La noche sigue.

Cada vez hay más momentos así. Eso debería tranquilizarme.

Lo consigue. Quizá demasiado. Los humanos del refugio también empiezan a desaparecer dentro de la rutina.

Continúan estando en todas partes: transportan cajas de sangre, limpian zonas comunes, mueven documentación y esperan junto a puertas hasta recibir una indicación. Algunos saludan. Otros no.

Durante mis primeras semanas me preguntaba quiénes eran.

Por qué trabajaban aquí. Si podían marcharse.

Ahora los reconozco por función antes que por nombre.

Una noche me doy cuenta de ello cuando un hombre deja varias bolsas de sangre en una cámara refrigerada y yo sigo caminando sin levantar la vista del documento que llevo en la mano.

La idea aparece. Podría preguntarle cómo se llama. No lo hago. Al llegar a la biblioteca ya estoy pensando en otra cosa. En la sala de esculturas ocurre lo mismo.