VEINTISIETE
La rutina vuelve antes que la normalidad.
La primera noche después de la sala apenas consigo llegar hasta mi habitación.
Claire continúa en el corredor cuando salgo y empieza a caminar detrás de mí sin preguntar si quiero compañía.
No se coloca a mi lado ni intenta tocarme; mantiene varios pasos de distancia mientras avanzamos por los pasillos del refugio, y agradezco tanto que no se acerque que no tengo fuerzas para cabrearme por ello.
La piedra bajo mi mano permanece fría y rugosa, las lámparas distribuidas entre los arcos dejan franjas amarillas sobre el suelo y el sistema de ventilación continúa funcionando con la misma regularidad de siempre, como si unos cuantos metros más abajo Lucien no hubiera pasado quién sabe cuánto tiempo arrancando caminos dentro de mi cabeza.
Hedda y Labrenda aparecen al final del corredor cuando estamos llegando.
No sé de dónde vienen. Una lleva algo oscuro doblado sobre un brazo y la otra tiene todavía húmedas algunas puntas del cabello, pero ambas se detienen en cuanto me ven.
Sus miradas bajan hacia la sangre seca debajo de mi nariz y después pasan a Claire.
No preguntan nada. Tampoco se acercan, y por alguna razón esa ausencia de preguntas resulta más soportable que cualquier cosa que pudieran decirme.
Claire se detiene cuando llego a mi puerta.
—Sarah…
Mi cuerpo se tensa antes de que pueda evitarlo.
No luches.
La escucho otra vez detrás de la puerta metálica.
—No.
Claire se detiene.
No sé qué pretendía decir. Me da igual.
Entro y cierro.
La habitación continúa igual que cuando salí.
La cama está ligeramente deshecha, hay dos libros junto a la lámpara y una camiseta sigue colgada sobre el respaldo de la silla.
El cajón donde guardo las cartas permanece cerrado.
Todo ocupa el mismo lugar y eso me produce una sensación tan desagradable que tengo que mirar otra vez para comprobar que estoy en mi habitación y no dentro de algún recuerdo que Lucien haya abierto.
Voy al baño y enciendo la luz. La cara del espejo no devuelve nada porque tampoco yo debería estar allí, y por una vez agradezco no tener que verme.
Mojo una toalla y me limpio la sangre seca de la nariz, después la boca y las manos.
El agua termina rosada. Tengo pequeñas heridas semicirculares en las palmas donde las uñas atravesaron la piel y una mordedura hinchada en un lateral de la lengua.
Todo empieza ya a cerrarse. Mi cuerpo puede arreglar eso con una facilidad casi insultante.
Mi cabeza no. Apoyo ambas manos sobre el lavabo y cierro los ojos.
Nael.
La palabra aparece y abro los ojos inmediatamente. Sigue ahí. No intento reconstruir la conversación; al acercarme a las zonas dañadas, la presión regresa y mi cuerpo se encoge. Solo necesito saber que el nombre continúa intacto.
No el Silente, no lo que Lucien sabe ni lo que el Círculo guarda en sus archivos.
Me aferro a eso hasta que el amanecer se aproxima y el agotamiento deja de ser únicamente mío. El sueño forzado empieza a caer sobre mí con la misma inevitabilidad de cada día y termino tumbada sobre la cama sin haber apagado la luz del baño.
Cuando despierto la noche siguiente, el dolor físico casi ha desaparecido.
El miedo no. Durante varios segundos permanezco tumbada porque alguien camina por el corredor y el sonido de los pasos me hace esperar una presión que no llega.
La puerta permanece cerrada. Nadie entra.
Mi cuerpo tarda bastante más que mi cabeza en aceptar ambas cosas. Busco el nombre.
Nael.
Está. Solo entonces me levanto.
Los primeros días funcionan de esa manera.
Me alimento. Estudio. Bajo a entrenar. Regreso a mi habitación.
Compruebo el nombre antes de dormir. A veces también después de despertar.
No intento completar los recuerdos que lo rodean.
Aprendo rápidamente que hacerlo provoca una respuesta desagradable: se me endurece la nuca, la mandíbula se cierra y algunas imágenes empiezan a deslizarse hacia lugares donde sé que no deberían estar. Así que dejo de tocar los bordes.
El Círculo no vuelve a hablar conmigo sobre la sala.
Tampoco Lucien.
Eso quizá sea lo más extraño. Dos noches después, bajo a entrenar y él ya está allí.
Me detengo en la entrada. La sala huele a caucho, tela y piedra húmeda.
Hay armas de práctica apoyadas contra una pared, colchonetas extendidas bajo las bóvedas y un par de vampiros terminando un ejercicio al fondo.
Todo parece igual que cualquier otra noche.
Lucien también.
Mi cuerpo no está de acuerdo. Da un paso en mi dirección y levanto el brazo antes de saber qué estoy haciendo. No llega a tocarme. Ni siquiera estaba tan cerca. Me quedo mirando mi propia mano.
—Sarah —dice.
No quiero oír mi nombre en su voz.
Bajo el brazo.
—Estoy bien.
No sé por qué lo digo.
Quizá porque quiero que se aparte de eso antes de que empiece.
Lucien señala la zona central.
—Guardia.
Eso es todo.
No hay disculpa. No hay explicación. No hay una conversación en la que reconoce que hace dos noches le supliqué que saliera de mi cabeza y él continuó hasta que dejé de poder defenderme.
Entrenamos.
Los primeros minutos son una mierda. Cada vez que se mueve detrás de mí giro demasiado rápido y la percepción se llena de señales que no consigo filtrar.
Su camisa rozando cuando cambia de posición.
El desplazamiento de una bota. Una respiración utilizada por costumbre.
El sonido mínimo de una mano cerrándose.
—No todo es un ataque —dice.
Lo sé.
Mi cuerpo no.
—Otra vez.
Lo hago.
Cuando termina la sesión tengo la camiseta pegada a la espalda y las manos temblándome ligeramente, aunque no debería estar cansada. Lucien corrige dos errores más antes de dejarme marchar. No menciona ninguno de los momentos en que me aparto de él por puro reflejo.
Yo tampoco.
A la tercera noche aparece Claire.
No entrenamos juntas inmediatamente. Se coloca cerca de una pared mientras Lucien me hace repetir un ejercicio de percepción y Hedda y Labrenda practican entre ellas al otro lado de la sala.
Las gemelas se mueven con una coordinación que ya no puedo atribuir únicamente al parecido físico.
Conocen demasiado bien la manera en que la otra prepara un golpe, cuándo va a retirarse y qué abertura dejará deliberadamente para provocar una respuesta.
Claire las observa con la familiaridad de quien ya ha visto esa secuencia muchas veces.
Lucien cruza detrás de ella. El cuerpo de Claire cambia. Apenas un segundo. El peso se desplaza hacia atrás, los hombros se bloquean y una mano se separa ligeramente del costado.
Lo veo. Antes habría preguntado. La curiosidad aparece. Después se apaga con una facilidad que no noto lo suficiente para preocuparme. Lucien me llama. Vuelvo al ejercicio. Las noches empiezan a acumularse.
Como no puedo abandonar el refugio sin autorización y acompañamiento, mi mundo se hace más pequeño.
Al principio la pérdida del beneplácito me irrita cada vez que paso cerca de una salida.
Después dejo de acercarme tanto. No hay ninguna prohibición visible colocada delante de las puertas y nadie necesita recordarme que el coche ya no está disponible.
Simplemente sé que para cruzarlas tendría que pedir permiso.
No lo hago.
Abril continúa avanzando fuera sin mí. Lo noto por las horas.
El atardecer llega cada vez más tarde y el amanecer empieza a robarnos minutos de oscuridad, obligando a reorganizar entrenamientos y reuniones.
Algunas noches, cuando alguien regresa de la calle, trae humedad, polen o ese olor distinto que tiene París cuando el invierno ya ha cedido pero el verano todavía queda lejos. No salgo lo suficiente para verlo.
Hacia la última semana de abril, empiezo a medir el tiempo por habitaciones.
Entrenamiento.
Biblioteca. Archivo. Mi cuarto. A veces la sala de esculturas. La estructura resulta fácil de seguir. No tengo que decidir demasiado y eso, últimamente, parece una ventaja.
La biblioteca se convierte en uno de los espacios donde paso más horas.
Ya conozco la distribución suficiente para moverme sin ayuda entre las estanterías de madera oscura y los arcos de piedra.
Huele a papel viejo, cuero y polvo seco, y las lámparas modernas repartidas sobre las mesas forman pequeñas zonas de luz entre corredores que permanecen más oscuros.
Reviso anatomía, protocolos, comportamiento humano y expedientes de vampiros recién creados, especialmente aquellos donde alguien ha anotado capacidades que aparecieron de forma irregular durante los primeros meses.
Encuentro casos extraños.
Ninguno se parece exactamente al mío.
Eso debería hacerme insistir más.
En lugar de eso cierro el libro cuando termino y cojo el siguiente.
En el archivo ocurre algo parecido. Las estanterías metálicas llenan casi todo el espacio, las cajas numeradas se acumulan hasta cerca del techo y varias pantallas arrojan una luz azulada sobre muros de piedra que existían mucho antes que los ordenadores.
Hay puertas que no puedo abrir, carpetas a las que no tengo acceso y zonas donde una tarjeta del Círculo resulta necesaria para continuar.
Antes me habría preguntado qué guardaban. Todavía lo hago alguna vez. Pero la pregunta se queda pequeña.
No todo tiene por qué estar a mi alcance.
La idea aparece razonable.
Lo es.
Eso es lo complicado. Una noche acompaño a Claire al archivo y Lucien aparece poco después con varios documentos. Claire deja de escribir cuando lo oye entrar. Yo noto cómo sus dedos permanecen inmóviles sobre el teclado durante un segundo antes de continuar. Lucien deposita una carpeta.
—Falta la segunda declaración.
—Está al final.
—No.
Claire pasa dos páginas.
La encuentra.
—Está ahí.
—Esa es la primera.
El silencio se alarga. Claire vuelve a mirar. Tiene razón.
—La añadiré.
Eso es todo.