VEINTISÉIS #2
El grito sale solo.
Apoyo una mano sobre la mesa para no caer y me llevo la otra a una sien que no puede proteger nada mientras intento coger aire aunque no lo necesite.
Durante un instante la presencia afloja, pero Lucien vuelve a avanzar antes de que pueda recomponerme.
La nave desaparece bajo recuerdos que no pertenecen a la misma noche: el primer club, el restaurante, Marc y unos ojos plateados demasiado cerca.
Las noches se montan unas sobre otras y trato de separarlas por puro pánico.
Eso empeora todo.
Una presión aguda se hunde detrás de la sien izquierda y baja por la mandíbula hasta los molares; durante un segundo estoy convencida de que uno va a quebrarse dentro de la encía.
Se me contrae el cuello, los hombros suben y tengo que cerrar los ojos, solo para descubrir que las imágenes continúan aunque deje de ver la habitación.
—¡Para!
La palabra rebota contra los paneles grises.
Lucien no para.
Desde el otro lado de la puerta llega la voz de Claire, amortiguada por el metal pero perfectamente reconocible para mí.
—No luches.
Me quedo inmóvil apenas una fracción de segundo. No la veo. Sigue fuera. Solo escucho su voz atravesando la puerta mientras dentro de mi cabeza Lucien continúa moviéndose por cosas que nunca le he ofrecido.
—No luches, Sarah.
Algo se me aprieta por dentro al oírla, pero no tengo tiempo para preguntarme por qué sabe qué ocurre cuando me resisto.
Lucien vuelve a avanzar y aparece Óscar: la calle, su cuerpo, mi boca contra su cuello, la sangre y aquel momento limpio en el que todavía podía detenerme y decidí continuar.
Sigo bebiendo porque quiero que muera. Lucien atraviesa el recuerdo y algo en mí necesita reivindicarlo aunque no tenga sentido hacerlo ahora.
—Eso fui yo —digo entre dientes—. Eso lo hice yo.
No se detiene. La escena cambia antes de que consiga prepararme y aparece Víctor con la ballesta, sus ojos, su sangre y mi cuerpo perdiendo el control.
El cementerio entra inmediatamente después.
Tierra húmeda. Una lápida. Mi madre. No pertenece ahí.
Intento separar las imágenes y una sensación profunda tira desde detrás de los ojos hasta la base del cráneo; los músculos de la espalda se contraen todos a la vez y tengo que apoyarme mejor contra la mesa para no caer.
Los ojos de Víctor cambian dentro del recuerdo. Verdes. Miel.
No.
Eran… Abro los ojos de golpe. No consigo encontrar el detalle.
Es una cosa mínima, estúpida comparada con todo lo demás, pero el terror que me provoca es inmediato.
Lucien no solo está viendo. El esfuerzo de impedirle avanzar está removiendo lo que toca, mezclando bordes, acercando escenas que nunca ocurrieron juntas.
Busco algo fijo y encuentro a Éléonore delante de mí: el cabello plateado recogido con precisión, la blusa oscura cerrada hasta el cuello, la piel pálida bajo la iluminación blanca y las manos unidas delante del cuerpo.
Me aferro a ella no por quién es, sino porque está aquí.
Ahora.
No pertenece a ningún recuerdo.
La presión vuelve y el Campo de Marte ocupa mi cabeza: la verja, mi boca buscando la suya y la mujer acercándose para pedir fuego.
Es Óscar quien cae delante de nosotros y el pánico me cierra la garganta.
No.
Intento corregirlo, arrancar una imagen de otra, pero la nave aparece debajo, las luces rojas cubren la grava y Claire ocupa durante un segundo un espacio donde nunca estuvo.
—Lo estás mezclando.
Busco la cara de la mujer y no consigo verla. No sé si no la recuerdo porque apenas la miré o porque algo acaba de emborronarla. Intento insistir y siento cómo la presión se concentra detrás del ojo derecho hasta que pequeños puntos negros empiezan a moverse por mi visión.
Algo caliente sale de mi nariz y alcanza el labio.
Sangre.
No me importa. Lo único que me importa es que cada vez que intento reconstruir algo, Lucien encuentra otra entrada. Entonces vuelve la nave. El último encuentro. El reservado. Él solo frente a mí.
Pensé que no volverías.
La frase aparece completa y el miedo cambia de forma. Sé qué hay más adelante: la conversación, lo que le dije y lo que él me dijo.
Su nombre.
Nael.
La palabra aparece limpia en medio de todo el ruido y siento cómo el resto de mi cabeza se repliega alrededor de ella.
Para ellos sigue siendo el Silente. Un apodo, una descripción, algo encontrado en referencias antiguas que nadie consigue clasificar del todo. Pero él me dio otra cosa. Una palabra pronunciada para mí que no pertenece a ninguno de ellos.
Y Lucien está acercándose.
Ya no intento proteger la escena completa ni conservar el beso, la conversación o el orden correcto de aquella noche.
Recojo el nombre hacia dentro y dejo que todo lo demás se interponga: la luz roja, la mesa, mi voz, otros recuerdos.
Cualquier cosa sirve si mantiene a Lucien lejos de esa única palabra.
La presión responde de inmediato. Mi espalda se arquea contra el borde de la mesa y una sensación abrasadora se extiende desde detrás de los ojos hasta la nuca. Los hombros se contraen, la mandíbula se cierra y mis dedos aprietan el metal hasta que empieza a ceder bajo ellos.
—No.
Nael.
La cara que acompaña al nombre tiembla y todo lo demás cambia de sitio. Lo dejo ocurrir. Cada vez que intento corregir algo, Lucien encuentra otra vía.
—No me lo quites.
Que se pierdan la música, las frases y la posición de sus manos. Aceptarlo me hace llorar, pero dejo de reconstruir la escena.
Nael no.
Lucien encuentra otra entrada y el dolor me bloquea la mandíbula antes de extenderse hacia la nuca.
El estómago se contrae aunque no tenga nada que expulsar.
Las piernas dejan de sostenerme; el borde de la camilla golpea detrás de mis rodillas y caigo de lado, con la mejilla contra el metal frío y ambas manos aferradas al borde.
Camilla. Habitación. Ahora.
—Continúa —dice Éléonore.
Su voz atraviesa todo con una tranquilidad insoportable. Lucien vuelve a presionar y el grito me sale roto.
Conversaciones, calles y clubes se abren a su paso. Los lugares se contaminan hasta que rostros que nunca coincidieron ocupan la misma escena. Intento apartarlos y otra presión me encoge sobre la camilla, con los dientes clavándose de nuevo en la herida de la lengua.
Entonces Lucien encuentra el beso. Mi boca sobre la de Nael, sus manos, mis dientes alcanzando su labio y el sabor metálico de dos gotas de sangre. Algo se detiene allí antes de continuar buscando.
Todavía no tiene el nombre. Lo sé porque sigue buscando.
Esa certeza me presta una fuerza que mi cuerpo ya no tiene.
Vuelvo a cerrarme y empiezo a temblar antes de que el dolor alcance su punto más alto; mi cuerpo ya ha aprendido lo que significa resistirse.
Los dedos se agarrotan alrededor del metal.
La nuca se endurece. La respiración se vuelve rápida e inútil.
Nael.
Intento enterrarlo detrás de otros recuerdos. Lucien atraviesa cada uno y yo muevo el nombre antes de que pueda alcanzarlo. Cada paso deja algo peor: escenas contaminadas y frases que pierden el lugar al que pertenecían.
La sangre de la nariz alcanza mi boca y se mezcla con las lágrimas. Tengo la lengua hinchada, la garganta dolorida de gritar y los músculos del cuello tan tensos que apenas consigo mover la cabeza. Lucien continúa.
Primero pierdo una frase. Después, el orden de la conversación y la canción que sonaba. El instinto me exige recuperarlos, pero ya sé que cada intento abre otra puerta. Los dejo desaparecer.
Nael.
Después de eso dejo de saber cuánto tiempo pasa.
El tiempo ya no está hecho de minutos. Está hecho de aproximaciones: Lucien se acerca, yo cierro, la presión llega, algo se emborrona, él retrocede lo suficiente para encontrar otra dirección y vuelve.
Cada intento de proteger el nombre obliga a utilizar otro recuerdo como pared y cada pared queda dañada cuando termina de atravesarla.
Intento formar otro no , levantar cualquier cosa delante, pero el pensamiento se deshace antes de terminar.
Mi cuerpo quiere resistirse y no encuentra fuerza suficiente para hacerlo.
Los hombros se contraen por costumbre, la mandíbula vuelve a cerrarse, pero detrás de esas reacciones ya no queda el mismo empuje.
Lucien presiona. Y esta vez casi no encuentra oposición. Sigue doliendo, pero menos. Mucho menos. Comprender por qué duele menos termina de romperme. No he decidido rendirme. No he decidido darle nada.
Nael.
Nael.
Nael.