Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) VEINTISÉIS
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VEINTISÉIS

La noche siguiente apenas llevo unos minutos despierta cuando llaman una sola vez a la puerta.

Lucien entra antes de que responda.

Me quedo sentada en el borde de la cama, todavía con una mano apoyada sobre la colcha, mientras él cierra detrás de sí.

Lleva pantalones oscuros y una camisa negra de cuello abierto, la misma ropa sencilla que utiliza cuando no existe una misión concreta, aunque esta noche hay algo en él que elimina cualquier posibilidad de confundir la visita con algo normal.

Las quemaduras de radiación ultravioleta se han reducido a marcas claras en un lado del rostro y el brazo izquierdo, apenas visibles bajo la luz amarillenta de mi habitación, y su expresión está tan controlada que prefiero cuando viene cabreado. Al menos entonces sé qué parte mirar.

—Buenos días a ti también.

—Vístete.

Parpadeo.

—Me encanta empezar el día con opciones.

Lucien no responde.

Eso termina de despertarme.

La advertencia del Círculo vuelve antes de que él necesite decir nada.

Éléonore había sido bastante específica: si volvía a buscar al Silente, podían revocar el beneplácito.

El coche. Las credenciales. La libertad para salir del refugio sin solicitar autorización cada vez que quisiera cruzar una puerta.

Fui a buscarlo de todas formas.

No puedo ni siquiera fingir sorpresa.

—Lo saben.

—Sí.

—Qué rápidos.

Me levanto y termino de vestirme mientras él espera cerca de la puerta.

No pregunta qué hice con el Silente, cuánto tiempo estuve con él ni por qué decidí desafiar una advertencia que había entendido perfectamente.

Yo tampoco pienso facilitarle la conversación.

Me pongo una sudadera, recojo el pelo como puedo y guardo las llaves del coche en el bolsillo casi por costumbre antes de darme cuenta de que probablemente no vuelvan conmigo.

Eso sí me cabrea.

No porque sea injusto.

Porque sabía que podía perderlas y fui igualmente.

Esa diferencia importa.

Salimos al corredor y Lucien toma una de las escaleras que descienden hacia los niveles inferiores del refugio. Conforme bajamos desaparecen las habitaciones, los sofás y las lámparas cálidas de las zonas donde convivimos.

La piedra se vuelve más desnuda y la reforma moderna empieza a atravesarla sin demasiada consideración por la estética: conductos de ventilación encajados bajo arcos antiguos, cableado protegido dentro de canaletas negras, sensores sobre muros irregulares y puertas metálicas que parecen mucho más recientes que todo lo que las rodea.

El sonido de nuestros pasos cambia también.

Arriba se pierde entre voces y movimiento. Aquí rebota contra la piedra y vuelve.

—¿Éléonore?

—Sí.

—¿Me vais a quitar el beneplácito aquí abajo para que resulte más siniestro?

Lucien continúa descendiendo.

—Qué bien. Conversación excelente.

No consigo arrancarle nada.

Cuando alcanzamos el siguiente nivel, el aire es más frío y lleva ese olor constante a piedra húmeda que nunca desaparece del todo en las zonas antiguas.

Pasamos dos puertas cerradas, una pequeña sala de archivo y un corredor donde la iluminación blanca resulta demasiado intensa después de haber despertado hace tan poco. Lucien gira a la izquierda.

Entonces escucho otra presencia. Un roce mínimo de tela. Una suela desplazándose sobre piedra. Después quietud.

Al doblar la esquina encuentro a Claire apoyada contra la pared.

Me detengo.

Está sola.

No hay rastro de Hedda ni de Labrenda y tampoco parece haber llegado por casualidad.

Tiene los brazos cruzados y uno de los hombros apoyado contra la piedra, pero la postura no resulta relajada.

El pelo negro e irregular le cae alrededor de la mandíbula y la luz blanca acentúa todavía más la palidez de su cara.

Cuando me ve, sus ojos se fijan en mí apenas un segundo antes de desplazarse hacia Lucien.

Hay algo ahí.

No sé qué.

Últimamente esa frase describe demasiadas cosas.

—¿Qué haces aquí?

Claire abre la boca.

—Sarah —dice Lucien.

—Le estaba preguntando a ella.

Claire baja los brazos.

—No…

No termina.

Eso convierte la incomodidad que llevaba creciendo desde que empezamos a bajar en algo más concreto. Lucien abre una puerta lisa a varios metros de ella.

—Entra.

Paso junto a Lucien y entro.

La estancia ocupa lo que probablemente fue una habitación de servicio cuando esta parte del edificio todavía pertenecía a gente que necesitaba respirar.

Han conservado el arco de piedra del techo y parte de una pared lateral, pero todo lo demás ha sido revestido con paneles lisos de color gris claro.

Hay dos armarios metálicos cerrados, una mesa estrecha, tres sillas y una camilla de acero cubierta únicamente por una superficie negra demasiado fina para resultar cómoda.

Una rejilla de ventilación zumba cerca del techo y mantiene el aire varios grados más frío que en el corredor. Huele a desinfectante, metal y humedad.

Éléonore espera junto a la mesa.

No está sentada. Nunca consigo imaginarla esperando sentada a nadie.

Lleva un pantalón oscuro y una blusa de cuello alto, sobrios incluso para ella, y el cabello plateado aparece recogido en un moño bajo sin un solo mechón fuera de lugar.

Bajo la iluminación blanca su rostro parece todavía más estrecho, los pómulos más afilados y la piel casi translúcida.

No sostiene papeles ni hay informes delante de ella.

Solo tiene las manos apoyadas ligeramente sobre el borde de la mesa.

Lucien cierra la puerta.

El sonido metálico del pestillo me obliga a mirarlo. Me siento en una de las sillas.

Éléonore no pierde tiempo.

—Tu beneplácito queda revocado.

Suelto el aire por la nariz.

Eso sí lo esperaba.

Meto la mano en el bolsillo y saco las llaves. El metal hace un ruido demasiado fuerte cuando las dejo sobre la mesa. Después saco la acreditación y la coloco al lado.

—Me dijisteis que ocurriría.

Éléonore mira ambos objetos.

—No abandonarás el refugio sin autorización expresa y acompañamiento. El vehículo queda retirado. No utilizarás el piso operativo salvo durante una misión autorizada.

Aprieto la lengua contra la cara interna de los dientes.

Las llaves pesan poco sobre la mesa y demasiado en el pecho. Perder lo que representan duele.

No pienso fingir lo contrario.

Pero tampoco voy a comportarme como si me hubieran engañado.

—Vale.

Lucien levanta la mirada.

—¿Vale?

—No he dicho que me guste.

Miro a Éléonore.

—Me advertisteis. Yo fui de todas formas.

Éléonore no muestra satisfacción.

—Fuiste a buscarlo.

—Sí.

—¿Te pidió que fueras?

—No.

—¿Sabía que ibas?

—No que yo sepa.

Su expresión continúa siendo exactamente la misma.

—¿Cuánto tiempo estuviste con él?

Empiezo a cansarme.

—No miré el reloj.

—Aproximadamente.

—No sé. Una hora. Quizá menos.

—¿Hablasteis?

La miro.

—No, estuvimos sentados en silencio mirándonos intensamente.

Lucien no reacciona. Éléonore tampoco. Público durísimo.

—Sí —añado—. Hablamos.

—¿De qué?

Ahí empieza a molestarme de verdad.

No porque haya ocurrido nada especialmente secreto.

Él me dijo que pensaba que no volvería. Yo le dije algo que todavía me resulta bastante irritante recordar: que, comparado con casi todos los vampiros que conozco, parecía el más honesto porque al menos no intenta convencerme de que su monstruosidad es otra cosa.

No quiero compartirlo. No con ellos. No quiero ver esa conversación reducida a otro dato sobre el individuo que me han prohibido buscar. Éléonore mira a Lucien. No dice nada. Es apenas un cruce de ojos.

Eso es todo.

Sigo esperando la siguiente pregunta. Entonces aparece una presión detrás de la sien derecha.

Antes de que consiga incorporarme del todo, la molestia cambia y se desplaza hacia un lugar donde ninguna sensación física debería poder moverse.

No recorre hueso, músculo ni piel. Pasa por detrás de todo eso, hundiéndose en algún sitio que siempre había asumido inaccesible, y mi mano se queda detenida a medio camino de la cabeza mientras intento entender qué coño está ocurriendo.

La habitación desaparece durante un segundo y estoy viendo la nave. No pensando en ella ni recordándola porque algo me la haya traído a la cabeza. Estoy allí otra vez: las luces rojas atravesando el humo artificial, el movimiento de la pista, el reservado lateral y el vaso intacto sobre la mesa.

Levanta los ojos cuando me acerco, el pelo negro cayéndole sobre la frente y la luz arrancando plata de su mirada, pero dentro de la escena existe algo que no estaba aquella noche. Una presencia que avanza detrás de mí sin pertenecer al recuerdo.

Se me hiela todo.

—Lucien.

No responde. El recuerdo se abre y entrega detalles que yo no estaba intentando recuperar. Se mueve entre ellos con precisión: busca un borde, lo prueba, avanza. No necesita tocarme ni hablar para que entienda que no está mirando una escena conmigo.

Está dentro.

Me pongo de pie tan deprisa que la silla vuelca a mi espalda y golpea el suelo.

—¿Qué coño…? —No termino.

La presión vuelve a moverse y la imagen responde antes que yo. Retrocedo hasta chocar con la mesa y niego con la cabeza, aunque sé que el gesto no puede apartarlo.

—Para. Lucien. Para.

Nada cambia. Algo busca detrás del momento en que entré en la nave, intentando continuar por una memoria que no le he dado, y el miedo me atraviesa de golpe cuando comprendo que no está simplemente viendo lo que pienso.

Está buscando.

Intento cerrarme sin tener la menor idea de cómo se cierra una cabeza.

No existe una puerta que pueda bloquear ni una mano que pueda apartar de mi cuerpo.

Solo tengo la negativa y me aferro a ella con todo lo que puedo, empujando contra aquella presencia como si el pensamiento tuviera peso. La reacción me dobla sobre la mesa.

La presión se concentra detrás de ambos ojos y tira hacia los lados hasta que Éléonore pierde profundidad delante de mí y las luces blancas empiezan a dejar estelas.

La mandíbula se me bloquea; cierro los dientes con tanta fuerza que alcanzo el borde de la lengua y el sabor metálico aparece inmediatamente en mi boca.