VEINTICINCO #3
—Llevo toda la noche huyendo de gente que decide qué debo hacer y ahora vas tú.
—Puedes ignorarme.
Eso me calla un instante.
No porque tenga menos ganas de discutir, sino porque la diferencia existe.
Él acaba de decirme qué cree que debería hacer y, al mismo tiempo, me recuerda que puedo elegir no obedecerle.
—¿Qué tiene tu sangre?
Nael no responde.
Naturalmente.
Pero su silencio ha perdido esa diversión habitual. No parece estar disfrutando de poseer información que yo desconozco.
—Nael.
Pronunciar su nombre sigue sintiéndose extraño.
Él mantiene los ojos sobre mí.
—No vuelvas a hacerlo —dice.
—Ha sido sin querer.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué estás así?
—Buenas noches, Sarah.
La respuesta me deja quieta.
—Sabía que un nombre no podía mejorar tu personalidad.
No espero que conteste, me doy la vuelta y camino hacia la salida. No intenta detenerme.
Al salir, París parece tener bordes nuevos.
Durante los primeros segundos intento atribuirlo al contraste entre la nave y la calle.
El aire frío me despeja, la música queda encerrada detrás de las paredes y la lluvia se ha reducido a una humedad fina que cubre coches y aceras.
Camino hacia donde he aparcado y noto la píldora golpeándome suavemente contra el pecho a cada paso.
Después empiezan las pequeñas cosas.
Escucho el mecanismo interior de una puerta metálica varios segundos antes de que se abra delante de mí y aparezca un trabajador cargando dos bolsas de basura.
Más adelante, una pareja cruza desde la acera contraria y mi atención se desplaza hacia el hombre antes de que se detenga; solo después comprendo que había cambiado ligeramente el ángulo del pie y retrasado el peso.
Una bicicleta se acerca por detrás y ya me he apartado cuando el timbre rompe el silencio.
Nada de eso es imposible. Mis sentidos llevan días cambiando y Lucien ya había señalado que reacciono antes porque percibo más señales. Solo que ahora parece haber todavía más información, como si esas dos gotas hubieran empujado una puerta que ya estaba empezando a abrirse.
Cuando llego al refugio y estoy a punto de llegar a mi habitación, Claire aparece por uno de los corredores laterales.
Va sola.
Después de verla tantas veces acompañada por Hedda o Labrenda, casi me sorprende más eso que encontrarla despierta a estas horas.
Lleva pantalones negros, una camiseta sencilla y el cabello corto todavía algo húmedo, como si acabara de ducharse.
Sin las gemelas a ambos lados parece más pequeña dentro del corredor, aunque no más vulnerable.
La luz cálida de las lámparas recorta un lado de su rostro y deja el otro ligeramente hundido en sombra.
Se detiene al verme.
Yo también.
La conversación de hace unas horas regresa.
No deberías volver a verlo.
Esto podría ser incómodo.
—Hola —digo.
Claire no responde enseguida.
Sus ojos recorren mi cara y bajan apenas hacia el cuello de la chaqueta antes de volver a subir. No sé qué está mirando. Después de esta noche desconfío todavía más de mi tendencia a convertir pequeños gestos en conclusiones que quizá no existen.
Da un paso hacia mí.
Se detiene.
La distancia entre las dos sigue siendo suficiente para que no me toque.
—Has vuelto a verlo.
No es una pregunta.
Me quedo mirándola.
Podría negarlo. Inventarme un paseo más largo de lo previsto, una vuelta absurda por París o cualquier otra cosa que obligara a Claire a demostrar por qué acaba de decirlo con tanta seguridad.
No me apetece.
—Sí.
Su expresión permanece prácticamente igual. Eso tampoco significa nada; Claire puede mentir mejor de lo que yo sabré hacerlo probablemente dentro de varios siglos.
—Fui a buscarlo —añado.
Yo fui.
Claire mantiene los ojos sobre mí unos segundos.
—Entiendo.
La respuesta me hace fruncir el ceño.
Esperaba una discusión, otra advertencia. Quizá una versión especialmente creativa de te lo dije . No llega ninguna.
Claire se aparta.
—Descansa, Sarah.
—Claire.
Se detiene, pero no se vuelve completamente.
—Buenas noches —termino.
Claire asiente y continúa por el corredor.
La sigo con la mirada hasta que gira en la siguiente intersección y desaparece.
Mi habitación me recibe con la misma neutralidad de siempre: piedra clara, paneles oscuros, la cama todavía deshecha y el escritorio cubierto por los libros que he ido acumulando.
Nada parece haber cambiado desde que salí y, precisamente por eso, el objeto que llevo encima empieza a resultar todavía más extraño.
Abro uno de los cajones, aparto varias prendas dobladas y dejo la píldora negra debajo.
La cubro con la ropa y cierro.
Me quito la chaqueta y me siento sobre la cama. París continúa sonando más allá de los muros del refugio, aunque a esta profundidad solo llegan fragmentos: motores amortiguados por capas de piedra, una sirena lejana, tuberías, puertas y pasos que aparecen y desaparecen según cambio la atención.
Cierro los ojos.
Nael vuelve inmediatamente.
Su nombre colocado directamente dentro de mi cabeza. Su boca contra la mía. La forma brutal en que se apartó después de las dos gotas.