Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) VEINTICINCO #2
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VEINTICINCO #2

Su mirada se detiene sobre mí con un interés que noto físicamente antes de que haga ningún movimiento. No se acerca. Ni siquiera cambia de postura. Aun así, la distancia entre los dos empieza a sentirse distinta.

Recuerdo por qué probablemente pensaba que no volvería.

—Todo el mundo parece empeñado en mantenerme lejos de ti.

Sus ojos plateados permanecen quietos sobre los míos. Él ladea la cabeza.

—Y has venido.

—Precisamente.

Esta vez sonríe de una manera que me irrita y me calienta algo por dentro al mismo tiempo.

—Ese es el problema.

Me pongo en pie, más porque necesito moverme que porque piense marcharme. Él tarda apenas un instante en incorporarse también y la cercanía cambia el espacio entre nosotros.

De pie, la diferencia de altura vuelve a hacerse evidente y las luces rojas y violetas atraviesan su rostro a intervalos mientras el resto de la nave continúa moviéndose detrás.

El aire huele a alcohol, metal, perfume, sudor y sangre humana, pero mi atención se concentra de una manera bastante molesta en la poca distancia que queda entre su pecho y el mío.

—¿Y eso te da ganas de acercarte?

—Muchísimas.

Su mirada baja durante una fracción de segundo hacia mi boca.

—Esa es una razón bastante mala.

—Tengo una colección.

Me acerco medio paso. No lo suficiente para tocarlo, pero sí para que deje de existir cualquier duda sobre quién está reduciendo la distancia.

—No creo que seas bueno. No creo que estés intentando salvarme de nadie ni que detrás de toda esa pose de psicópata haya un pobre desgraciado esperando que alguien le dé un abrazo. Mataste a una mujer delante de mí por interrumpirnos.

La música cambia y una frecuencia más grave atraviesa el suelo y me sube por las piernas. Él continúa observándome sin apartarse y, por mucho que siga esperando alguna sonrisa satisfecha porque he vuelto después de todo, no aparece.

—Y sigo sin saber cómo llamarte.

La ligereza vacila.

Apenas, pero lo suficiente para que lo note.

—Eso vuelve a preocuparte.

—Nunca dejó de hacerlo.

—Los nombres importan.

—Todo importa contigo. Nunca explicas por qué.

La música cambia y una frecuencia más grave hace vibrar el suelo debajo de nuestros pies.

—Dime el tuyo.

La música continúa alrededor mientras él me observa. Los cuerpos bailan, una camarera atraviesa la zona de reservados y alguien ríe detrás de nosotros. Empiezo a asumir que volverá a negarse y que habré añadido otra pregunta a la colección.

Entonces sostiene mi mirada.

Solo eso.

Su atención se cierra sobre mí con tanta precisión que el resto del local parece retroceder. La música continúa, los cuerpos siguen moviéndose y las luces cambian sobre su rostro, pero él permanece inmóvil, como si no necesitara hacer nada más.

El nombre aparece. No lo escucho. Sus labios no se mueven. Está dentro de mi cabeza con una claridad que elimina cualquier posibilidad de confundirlo con un pensamiento propio.

Nael.

El cuerpo no me responde.

—Nael —repito.

Pronunciarlo resulta diferente a haberlo recibido.

Más real.

También bastante más íntimo de lo que debería ser una sola palabra.

—Guárdalo.

Frunzo el ceño.

—¿Por qué?

—Porque te lo he dado a ti.

La respuesta me produce una presión extraña bajo el esternón.

Es un nombre.

Solo un nombre.

Pero lleva semanas negándose a dármelo y, por la forma en que acaba de hacerlo, empiezo a sospechar que nunca fue únicamente otra manera de tocarme las narices.

—Suena como un anciano.

Una pequeña sonrisa aparece en su boca.

—Lo soy.

Antes de que consiga decidir si esa ha sido una respuesta real o simplemente otra forma de esquivarme, introduce una mano en el bolsillo y saca algo pequeño. Lo sostiene un instante entre los dedos y después abre mi mano y lo deja sobre la palma.

Es una píldora negra.

La superficie es lisa, sin ninguna marca ni ranura, y bajo las luces violetas parece casi un pequeño fragmento de piedra pulida.

—¿Qué es?

—Una salida.

Levanto los ojos. Nael mantiene la mirada sobre mí.

—De algo que todavía no sabes que es una jaula.

Vuelvo a observar la píldora.

—Hoy estás generoso. ¿Es peligroso?

—No lo sé.

Lo miro de golpe.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Exactamente así.

—Me das una pastilla misteriosa, la llamas salida y no tienes ni idea de qué hace.

—No es lo mismo saber qué es que saber qué hará contigo.

Eso no tranquiliza absolutamente nada. Nael contempla la píldora durante un instante.

—No tienes que utilizarla.

—¿De dónde la has sacado?

No responde.

—Tienes un talento increíble para generar confianza.

—No quiero que confíes.

La respuesta me hace levantar los ojos. Nael mira mi mano cerrada.

—Quiero que puedas elegir cuando llegue el momento.

Eso encaja demasiado bien con todo lo que llevo pensando esta noche.

No me gusta que lo haga.

Guardo la píldora en el bolsillo interior de la chaqueta.

—No pienso tomarla porque tú me lo digas.

—No te lo he pedido.

—Ni porque creas que me conviene.

—Tampoco.

—Entonces estamos de acuerdo.

—Parece que sí.

La conversación podría terminar ahí. Tengo un nombre, una píldora cuyo efecto desconoce incluso la persona que acaba de dármela y más preguntas que antes de entrar. Teniendo en cuenta con quién estoy hablando, probablemente debería considerarlo un éxito.

Recojo la chaqueta y termino de colocármela.

—Me voy.

Nael asiente.

Pero no se aparta.

Su mirada baja hacia mi boca durante un segundo y vuelve a mis ojos con suficiente lentitud para que resulte imposible fingir que no lo he visto.

Apoya una mano sobre la mesa, cerca de mi cadera, y se inclina sin tocarme.

Su boca queda a pocos centímetros de la mía.

Siento el calor tibio de su cuerpo y vuelvo a preguntarme, como la primera vez, por qué demonios no está frío.

Reconozco el juego. Sus ojos plateados descienden otra vez hacia mis labios. Parte de mí quiere cerrar la distancia únicamente para demostrarle que no puede volver a utilizarla contra mí. No lo hago, espero. Nael permanece allí unos segundos.

Después retrocede.

Cabrón.

La sonrisa reaparece.

Me doy la vuelta antes de darle el gusto de ver cuánto me ha afectado y empiezo a alejarme del reservado. La música vuelve a ocupar el espacio y durante los primeros pasos intento convencerme de que esa irritación que llevo debajo de la piel es únicamente eso.

Doy dos pasos. Una mano se cierra alrededor de mi brazo. Nael tira de mí. El movimiento me hace girar con suficiente rapidez para que apenas tenga tiempo de comprender lo que ocurre antes de chocar contra su cuerpo. Su otra mano encuentra mi nuca y su boca cae sobre la mía. Esta vez no hay amago.

Me besa.

De verdad. Durante una fracción de segundo me sorprende que sea él quien haya roto la distancia después de pasar semanas controlándola con una precisión irritante. Después dejo de pensar en eso. Le agarro la camisa y devuelvo el beso con la misma fuerza.

Todo lo que hemos ido acumulando desde aquella primera noche parece concentrarse de golpe.

Ya no estoy descubriendo cómo se siente su boca ni preguntándome si realmente quiero estar ahí.

Sé que su cuerpo está tibio. Sé cómo sujeta mi cintura y cómo inclina la cabeza cuando quiere cambiar el ángulo del beso.

Y ahora que conozco esas cosas, las utilizo.

Mis dedos suben hacia su cabello y tiro ligeramente.

Nael responde rodeándome la cintura y retrocede conmigo hasta que mi espalda encuentra una de las columnas de hormigón que separan los reservados. La superficie fría atraviesa la tela de la ropa y contrasta con el calor de su cuerpo mientras el bajo hace vibrar la piedra contra mis omóplatos.

El beso cambia.

Pierde parte del control impecable que siempre lleva encima.

Eso me gusta demasiado.

Su boca se aparta apenas lo necesario para buscar otro ángulo y yo lo sigo antes de que pueda recuperar distancia.

Hay dientes, respiraciones que ninguno necesita y pequeñas interrupciones que duran únicamente lo suficiente para volver a encontrarnos.

Una de sus manos permanece firme en mi cintura mientras la otra recorre mi mandíbula y termina otra vez cerca de la nuca.

Yo tampoco me contengo demasiado. Le muerdo el labio inferior. Solo quiero devolverle algo de la presión con la que acaba de atrapar el mío. Mis dientes encuentran piel.

Cede.

El sabor metálico aparece en mi lengua.

Una gota.

Quizá dos. Nael se tensa. Y un instante después ya no está pegado a mí. Se aparta tan rápido que intento seguirlo por pura inercia y tengo que apoyar una mano contra la columna para recuperar el equilibrio. Está a un paso de distancia.

Ya no sonríe. Ese cambio me atraviesa mucho más rápido que cualquier pregunta. Me paso la lengua por el labio y encuentro el rastro metálico.

Sangre.

Su sangre. Nael se toca el labio inferior con el pulgar. Una mancha roja diminuta queda sobre la yema antes de que la herida empiece a desaparecer. Entonces noto otra cosa. La música acaba de separarse.

Hasta hace unos segundos era una masa de graves, voces y golpes electrónicos.

Ahora puedo escuchar el hielo chocando dentro de una copa detrás de una cortina, una cremallera cerrándose varios metros más allá y dos personas discutiendo cerca de la barra.

Distingo los pasos de alguien aproximándose al reservado antes de que aparezca por un lateral.

Parpadeo.

Las luces parecen más definidas. Los límites de las cosas tienen una nitidez nueva que resulta difícil de explicar. Cuando vuelvo hacia Nael distingo la tensión de su mandíbula, un pequeño movimiento de sus pupilas y la rigidez demasiado consciente con la que mantiene el cuerpo.

No sé qué significa.

Solo lo veo.

—Han sido dos gotas —digo.

—Lo sé.

Nael baja la mano.

—Vete, Sarah.

Lo miro incrédula.

—¿En serio?

—Sí.