Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) VEINTICINCO
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VEINTICINCO

Estoy cabreada. Con Claire, con el Círculo, con quien entra en mi habitación para dejar notas y, sobre todo, con Lucien.

La imagen del club me persigue bajo la lluvia: una copa en su mano, una mujer junto a su oído y una sonrisa que no le había visto nunca. En mi cabeza pertenecía a salas de entrenamiento, misiones y corredores del refugio. Descubrirlo fuera de ellos no debería importarme. Importa.

Puede que estuviera trabajando. Puede incluso que tenga una explicación perfectamente lógica para no haberme dicho nada. No me tranquiliza.

Cruzo la calle demasiado pronto y un coche toca el claxon. Levanto una mano sin mirar al conductor y sigo caminando. Todos parecen saber en qué parte de algo estoy menos yo.

Cuando llego al coche reduzco el paso y me quedo unos segundos con la mano sobre la puerta.

Podría entrar, conducir hasta el refugio y hacer algo razonable con la noche.

Mañana podría enseñarle la nota a Lucien y preguntarle por el club.

Incluso podría intentar hacerlo sin empezar la conversación con ¿desde cuándo bailas?

, aunque después de lo que he visto no pienso prometer nada.

El problema es que ya sé que no voy a volver al refugio.

Pienso en el Silente completo: su boca, sus manos contra la verja y el corazón de aquella mujer dando dos latidos antes de negarse a dar el tercero. No lo olvido. Aun así quiero verlo otra vez.

No creo que vaya a salvarme ni confío en él más que hace unos días. Quiero una respuesta y quiero verlo. Es un motivo de mierda, pero es mío.

Abro el coche y me siento al volante antes de que la parte más sensata de mi cabeza consiga organizar una intervención.

El motor cobra vida y permanezco estacionada, observando la lluvia deslizarse por el parabrisas mientras los limpiaparabrisas la apartan en intervalos regulares.

Sé dónde está la nave industrial. He recorrido la ruta suficientes veces para que mi cuerpo recuerde el camino sin consultar nada, y cuando incorporo el coche al tráfico ya no necesito fingir que todavía estoy decidiendo.

París se desliza detrás de las ventanillas convertido en piedra mojada, semáforos y reflejos rojos sobre el asfalto. Claire me pidió que me mantuviera lejos de él y el Círculo añadió una amenaza. Sigo conduciendo porque ninguno se ha molestado en decirme por qué.

La nave aparece finalmente entre dos construcciones oscuras.

Desde fuera apenas hay nada que anuncie lo que ocurre dentro: ladrillo ennegrecido por la humedad, ventanas superiores cegadas con paneles, una puerta metálica y pequeños grupos entrando bajo la lluvia mientras una vibración grave atraviesa el pavimento incluso antes de que encuentre dónde estacionar.

Un tubo de ventilación expulsa aire caliente hacia un callejón lateral y el agua corre junto al bordillo formando líneas brillantes bajo una farola rota.

Apago el motor y permanezco unos segundos con las manos sobre el volante.

Miro la puerta de la nave. Sé exactamente qué clase de error estoy a punto de cometer y eso no consigue que vuelva a arrancar.

No debería estar aquí. Esta vez no puedo fingir que no lo sé.

—Estupendo —murmuro, y salgo del coche.

El bajo me alcanza antes de llegar a la entrada y termina de envolverme cuando cruzo la puerta.

El aire interior es más cálido y denso, cargado de sudor, alcohol, humo artificial y sangre humana que aparece y desaparece entre los cuerpos según avanzo.

Las vigas de acero quedan medio ocultas por focos rojos y violetas, los cables recorren el techo sin ningún intento de disimulo y las paredes todavía conservan humedad, grafitis y cicatrices de la vida industrial que tuvo el edificio antes de convertirse en esto.

Después del otro local, casi agradezco la falta de esfuerzo por parecer respetable.

Aquí no hay mármol negro, camareros que conocen tu copa ni cortinas gruesas escondiendo reservados para gente con suficiente dinero.

Humanos y vampiros bailan juntos bajo las luces, la música obliga a acercarse demasiado para hablar y los espejos detrás de la barra reflejan botellas, camareros y cuerpos vivos mientras dejan huecos donde deberíamos aparecer nosotros.

Nadie intenta convertir lo desagradable en elegante. Por esta noche, me parece casi un descanso. Entro un poco más y dejo que mi percepción se abra entre la música, los corazones y el movimiento de la multitud mientras busco algo que ya he venido a encontrar otras veces.

No puedo decir que me he perdido. No puedo fingir que estaba paseando y terminé aquí por casualidad. He venido a buscar al Silente.

A propósito.

No tardo en encontrarlo. Está en uno de los reservados laterales, colocado justo donde puede observar la pista, la entrada y gran parte de la barra sin necesidad de girarse demasiado.

Lleva una camisa negra abierta en el cuello y una pierna flexionada bajo la mesa, con un brazo extendido sobre el respaldo y un vaso intacto delante.

La luz roja le atraviesa el rostro, marcando los pómulos, la línea estrecha de la mandíbula y aquella boca que recuerdo bastante mejor de lo conveniente antes de volver a desaparecer y dejar únicamente un destello plateado bajo el pelo negro.

Está solo.

Otra vez.

Y verlo así, sin nadie alrededor que me distraiga, vuelve a recordarme una de las cosas que más me molestan de él: es obscenamente atractivo.

No de una forma amable ni fácil. Tiene el rostro demasiado limpio para todo lo que hace, la piel pálida bajo las luces rojas, los pómulos marcados, la nariz recta y una mandíbula estrecha que endurece unas facciones que, por separado, casi resultarían delicadas.

El pelo negro le cae desordenado sobre la frente y algunas ondas rozan unas cejas oscuras que hacen que el plateado de sus ojos parezca todavía más extraño cuando levanta la mirada. Después está la boca. Esa sí constituye un problema distinto desde que sé exactamente cómo se siente contra la mía.

Me jode bastante que alguien capaz de mirar a una mujer y detenerle el corazón tenga que ser, además, una de las cosas más bonitas que he visto desde que desperté.

Podría haber tenido la decencia de ser horrible.

Habría simplificado muchísimo nuestras conversaciones.

A su alrededor existe esa distancia extraña que parece acompañarlo incluso cuando el club está tan lleno que la gente tiene que girarse de lado para cruzar entre algunas mesas. Nadie ocupa el asiento inmediatamente contiguo al suyo ni tropieza contra el borde del reservado.

Un hombre cambia de trayectoria antes de pasar junto a él sin parecer consciente de haberlo hecho y una pareja se detiene un poco antes de lo necesario para dejar espacio.

No sé si lo reconocen, si perciben algo que yo tampoco sé nombrar o si simplemente sus cuerpos han decidido antes que sus cabezas que acercarse demasiado no merece la pena.

Él me encuentra antes de que termine de llegar.

No parece sorprendido, pero esta vez hay algo distinto en la forma en que me observa.

Quizá porque la última vez que estuvimos así de cerca había una mujer muerta a pocos metros y yo terminé alejándome mientras él me aseguraba que volveríamos a hablar.

Quizá porque esperaba que esa fuera la última vez.

—Pensé que no volverías.

Me detengo junto al reservado y me quito la chaqueta mojada.

—Yo también.

Una pequeña curva aparece en su boca.

—Y, sin embargo.

—No te emociones.

—Intentaré contenerme.

Dejo la chaqueta a mi lado y me siento frente a él.

Desde allí, los cuerpos de la pista aparecen y desaparecen entre los cambios de luz mientras el bajo hace vibrar el asiento.

No pregunta dónde he estado ni por qué he venido.

Tampoco actúa como si supiera algo que no le he contado.

Simplemente me observa con esa paciencia suya que resulta todavía más irritante cuando recuerdo que fui yo quien decidió conducir hasta aquí.

Considero inventarme una razón.

No encuentro ninguna que suene menos absurda que la verdadera.

—Creo que eres la persona más honesta que conozco.

Su expresión cambia apenas. No lo suficiente para llamarlo sorpresa, pero sí para saber que no esperaba precisamente eso.

—Eso dice muy poco de las personas que conoces.

Suelto una risa breve.

—Créeme, llevo unas horas llegando a la misma conclusión.

Su mirada permanece sobre mí.

—¿Por qué?

Me apoyo contra el respaldo y observo durante un momento la pista en lugar de contestar.

No pienso contarle lo de Lucien. Tampoco a Claire ni la conversación en el puente ni la carta que alguien ha vuelto a dejar dentro de mi habitación.

No porque confíe en él menos que hace diez minutos, sino porque acabo de darme cuenta de que ni siquiera sé qué significaría confiar en alguien a quien apenas conozco y que hace unos días mató a una desconocida delante de mí.

—Porque no pareces esconder lo que eres. —digo al final.

La curva de su boca reaparece.

—Un estándar admirable.

Me inclino un poco hacia delante y apoyo los antebrazos sobre las piernas. Él continúa sin tocar el vaso. Por alguna razón eso me llama la atención; no recuerdo haberlo visto beber nunca, aunque tampoco hemos compartido suficientes horas para convertirlo en una observación especialmente útil.

—No intentaste decirme que aquella mujer tenía que morir —continúo—. No inventaste una razón mejor después. No dijiste que hubiera sido necesario, que existiera algún riesgo que yo no comprendía o que lo hubieras hecho por mí. Dijiste que estaba interrumpiendo.

—Era verdad.

—Exactamente.

Pronunciarlo vuelve a traerme el cuerpo cayendo sobre la grava. El corazón que dejó de latir. Su absoluta tranquilidad después. No hay nada bonito en ello. Ni siquiera pretendo encontrarlo.

Ahí está precisamente el problema. Frente a mí tengo al hombre que mató a alguien por molestarlo y no siente ninguna necesidad de transformar aquello en otra cosa.

Resulta horrible.

También resulta sencillo.

—No debería tranquilizarme.

—No lo intento.

—Eso también me gusta más de lo que debería.