Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) VEINTICUATRO #3
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VEINTICUATRO #3

Tengo explicaciones razonables de sobra. El problema es que empiezo a estar cansada de fabricarlas en nombre de los demás.

Cojo mi copa y doy un sorbo únicamente para tener algo que hacer con la boca mientras otra ampolla cambia de manos cerca de un reservado. La sangre que me han servido es normal. La que ofrecieron primero no lo era. Pura o preparada, como si la diferencia equivaliera a elegir un licor con hielo.

Hace apenas unos días entramos en una instalación escondida bajo una iglesia porque esa misma sustancia estaba relacionada con personas retenidas, experimentación y una red que necesitábamos desmantelar. Aquí puedo conseguirla con solo pedir algo de beber.

Vuelvo a mirar a Lucien. Sigue cómodo. La mujer se ríe, un camarero deja una copa sin que nadie la pida y otro vampiro lo saluda al pasar. A la sorpresa de descubrir su vida fuera del refugio se suma una pregunta bastante menos inocente: cuánto sabe de lo que circula aquí.

Quizá siga siendo una operación. Me aferro a esa posibilidad mientras veo una segunda copa alterada, una ampolla entregada junto con una tarjeta negra y una bandeja desaparecer detrás de una cortina con la misma anomalía.

Nada ocurre de forma completamente abierta, pero tampoco existe el nerviosismo de quien teme una incursión del Círculo. Aquí la discreción forma parte del servicio, igual que los reservados y saber a qué cliente se le puede ofrecer cada cosa.

Lucien no parece preocupado. Aiden tampoco. Eso puede significar demasiadas cosas y ninguna empieza a gustarme.

Hasta ahora creía reconocer cuándo trabajaba porque prácticamente solo lo había visto trabajar: observando, midiendo y controlando cada variable. Resulta fácil creer que conoces a alguien cuando solo has visto una de sus caras.

Esta noche descubro otra. Puede beber, bailar, tocar a una mujer con familiaridad y moverse entre vampiros ricos como si llevara décadas haciéndolo. No contradice al instructor que me enseña a matar; es el mismo hombre. Eso debería bastarme. No me basta.

Lucien gira un poco la cabeza y durante un segundo creo que va a verme. Retrocedo hasta quedar parcialmente oculta por una de las columnas, con la copa todavía en la mano. La reacción es ridícula. No estoy haciendo nada prohibido.

Probablemente. Él no llega a mirar hacia mí; la mujer recupera su atención antes de que tenga que decidir si fingir que acabo de llegar o preguntarle qué coño está haciendo.

Podría acercarme, dejar la copa delante de él y preguntarle qué significa preparada. Quizá mañana me enseñaría un informe con semanas de seguimiento y todo pertenecería a una operación que no conozco.

Y ahí está otra vez: lo que no conozco.

Claire sabe cosas y no puede contármelas.

El Círculo decide cuánto necesito saber.

Lucien puede estar investigando este lugar mientras yo sigo creyendo que acabamos de descubrir una de las partes más importantes de la red.

Siempre existe una pieza más que supuestamente hará encajar todo cuando alguien decida entregármela.

Miro la copa que tengo entre los dedos, después la barra y finalmente a Lucien. Empiezo a estar hasta los cojones.

No porque haya demostrado que esté implicado.

No lo ha hecho. Estoy cabreada porque he pasado los últimos días obedeciendo posiciones y aceptando que había cosas que descubriría después, solo para entrar aquí por casualidad y encontrar otro nivel entero de ese mundo que nadie se molestó en mencionar.

La camarera vuelve a pasar con otra copa alterada. Algo dentro de mí termina de cerrarse.

Ya está.

Dejo la mía sobre la barra sin terminarla y me aparto. Si existe una explicación, tendrá que seguir existiendo cuando deje de mirarla. Y, si no existe, quedarme veinte minutos más viendo cómo Lucien baila tampoco va a mejorarla.

Atravieso el local hacia la salida procurando no acelerar demasiado.

Paso entre sofás de cuero, mesas pequeñas cubiertas de cristal y conversaciones que bajan de volumen cuando alguien se aproxima lo suficiente.

Una pareja se besa junto a uno de los espejos y solo uno aparece reflejado.

Cerca de la escalera, un hombre entrega una tarjeta negra al encargado antes de que le permitan subir.

Nadie corre. Nadie esconde frenéticamente una botella.

Nadie parece pensar que haya algo extraño en la sangre que circula por determinadas mesas.

Eso termina de cabrearme. Porque hace apenas unos días la misma sustancia estaba escondida debajo de una iglesia entre camillas, tubos y gente que no podía decidir si quería estar allí. Aquí lleva cristalería fina alrededor y probablemente un precio absurdo.

Supongo que el lujo hace maravillas con la presentación. Empujo la puerta antes de volver a mirar hacia Lucien. No quiero verle reír otra vez.

No ahora.

El aire frío de París me golpea la cara en cuanto salgo y solo entonces me doy cuenta de la fuerza con la que llevo apretando la mandíbula. Empiezo a caminar sin detenerme, con una única certeza bastante más sencilla que todas las explicaciones que llevo media hora inventando.

Ya he visto suficiente.