Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) VEINTICUATRO #2
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VEINTICUATRO #2

Encuentro a Aiden cerca de uno de los reservados. Ya se ha quitado el abrigo y está sentado con las dos mujeres y otro hombre al que no conozco. Tiene una copa delante, una mano apoyada sobre el respaldo del sofá y la misma expresión relajada que llevaría en cualquier otra parte.

Entonces percibo algo.

Sangre alterada.

Muy poco.

Me detengo.

No procede de Aiden. Tampoco de las mujeres. Dejo que la sensación avance entre el resto de olores hasta localizarla en una mesa varias posiciones más allá. Una copa. Después otro rastro pequeño cerca de la barra. No es la concentración que encontramos bajo la iglesia ni la que probamos nosotros.

Pero es la misma anomalía. Una ampolla diminuta cambia de manos junto a uno de los reservados y desaparece dentro de una chaqueta.

Se me tensa el estómago. Acabamos de pasar días desmontando una instalación donde mantenían personas sedadas y utilizaban cuerpos como material.

Aquí una parte de la misma mierda circula entre mármol, whisky de tres cifras y camareros que saben exactamente cuándo no mirar.

Doy un paso para acercarme. Y entonces veo a Lucien. Me detengo tan deprisa que una mujer que camina detrás tiene que rodearme. Pienso que me he equivocado. No porque no sea él. Precisamente porque lo es.

Lucien está junto a la barra, inclinado hacia un hombre de unos cincuenta años que sostiene una copa de coñac mientras habla.

No lleva la ropa oscura y funcional con la que entrena conmigo, ni el abrigo que utiliza durante las operaciones, ni nada que pueda esconder un arma sin arruinar la caída de la tela.

Lleva pantalones negros, una camisa también negra y una chaqueta perfectamente cortada que debería hacerlo parecer más serio.

Consigue lo contrario. Parece cómodo. No vigila las salidas ni mantiene los hombros colocados de esa manera precisa que adopta cuando calcula cuántas personas hay en una habitación y cuánto tardaría cualquiera en convertirse en un problema.

Responde a quien se acerca y acepta la conversación sin reservar una parte de sí para todo lo demás.

El hombre dice algo y Lucien sonríe de verdad.

La expresión le cambia la cara hasta el punto de que parece más joven y muchísimo menos contenido.

Responde algo que no alcanzo a escuchar; el otro se ríe y le golpea suavemente el brazo.

Lucien acepta el gesto sin la rigidez que mantiene cuando alguien invade su espacio.

Me quedo mirándolo. Nunca lo había visto disfrutar de una conversación y, aunque la idea resulta absurda, descubrirlo me descoloca más de lo que debería.

Una mujer rubia se acerca desde la pista con una copa en la mano.

No necesita llamar su atención. Le toca el antebrazo y Lucien gira hacia ella antes siquiera de que termine el gesto.

La conoce. No sé cuánto ni de qué, pero reconozco la familiaridad con la que ella se aproxima para hablarle al oído y apoya después una mano sobre su pecho.

Espero que marque distancia. En lugar de hacerlo, le rodea la cintura y la guía hacia la pequeña pista con una naturalidad insultante, como si llevara toda la vida repitiendo aquel movimiento y yo fuera la única idiota que nunca había contemplado esa posibilidad.

Baila. No especialmente bien ni mal; lo impresionante es la ausencia de esfuerzo. Mantiene una mano sobre la cintura de la mujer mientras ambos siguen hablando y vuelve a sonreír cuando ella enlaza un brazo alrededor de su cuello.

Me siento como si hubiera descubierto a un profesor entrando en una fiesta clandestina. Solo que mi profesor puede romperme el cuello y, aparentemente, tiene vida social.

La traición resulta personal.

Vuelvo a mirar el local con otros ojos. Lucien conoce al camarero que le deja una copa sin preguntarle qué quiere, saluda a una mujer que pasa con una inclinación de cabeza y consigue hacer reír a otro vampiro que le toca el hombro al cruzarse.

No está sobreviviendo a un sitio extraño. Pertenece a él: al dinero, las copas servidas sin pedirlas, los reservados donde las voces no viajan y los humanos que se acercan a vampiros sabiendo —o creyendo saber— lo que hacen. La versión que yo conozco empieza a quedarse incompleta.

Instructor. Operativo. Hombre del Círculo.

El que corrige la posición de mis pies y convierte casi cualquier conversación en una lección.

Nunca se me ocurrió pensar quién era cuando dejaba de hacer todas esas cosas, y ahora lo tengo delante, riéndose en un club como si aquella cara suya siempre hubiera existido sin mí.

Me doy cuenta entonces de que llevo demasiado tiempo quieta observándolo y obligo a mi cuerpo a moverse antes de que alguien empiece a preguntarse qué hago plantada en mitad de la sala.

Aiden continúa ocupado en su reservado con las dos humanas y el otro vampiro, sin mirar en mi dirección, así que aprovecho y me acerco a la barra por el extremo contrario, lo bastante lejos para no meterme en el campo de visión de ninguno de los dos.

Apoyo un antebrazo sobre la piedra oscura y, cuando el camarero se acerca, pido lo primero que se me ocurre.

—Algo de beber.

La petición provoca una mirada rápida que baja de mi cara al hueco vacío que dejo en el espejo detrás de él y vuelve a mis ojos sin sorpresa.

—¿Pura o preparada? —pregunta.

No sé qué significa hasta que coloca dos botellas pequeñas sobre la barra.

La primera contiene sangre y nada más que sangre; la segunda tiene un tono apenas distinto, demasiado oscuro cerca del cristal, y mi percepción reconoce la irregularidad antes incluso de que él termine de girarla hacia mí.

El mismo elemento extraño de las muestras del restaurante.

De los viales. De lo que acabamos de encontrar bajo la iglesia.

Tengo que contener la reacción para no mirar la botella como si acabara de ofrecerme veneno.

—¿Preparada cómo? —pregunto, intentando que suene a curiosidad y no a interrogatorio.

El camarero se encoge apenas de hombros, como si hubiera preguntado la diferencia entre dos ginebras.

—Depende de lo que quieras sentir.

Perfecto. La sangre alterada no solo circula aquí: forma parte de la oferta. Miro de reojo hacia Lucien sin mover demasiado la cabeza; sigue hablando con la mujer, completamente cómodo, sin haber reparado todavía en mí.

—Pura —decido.

El camarero guarda la otra botella sin la menor insistencia y sirve una copa. La cojo aunque no bebo inmediatamente. Ya tengo algo en la mano, una razón para estar apoyada en la barra y, sobre todo, una pregunta nueva que añadir a una noche que empezaba a quedarse peligrosamente corta de ellas.

Miro a Lucien. La mujer sigue con él, inclinada hacia su cuerpo mientras hablan con otro hombre. La mano de Lucien permanece en la parte baja de su espalda con esa familiaridad que no necesita pensarse.

Entonces vuelve el rastro de sangre alterada y la sorpresa empieza a convertirse en otra cosa. Una camarera pasa a pocos metros con una bandeja y una de las copas contiene la irregularidad que ya reconozco sin necesidad de acercarme.

La sigo con la vista hasta una mesa donde dos vampiros conversan como si acabaran de pedir whisky.

Después miro otra vez a Lucien. Está lo bastante cerca para haber visto circular la bandeja.

Quizá no pueda percibir la alteración como yo, pero lleva semanas investigándola, conoce este sitio y conoce a quienes entran.

Me obligo a no decidir demasiado pronto. Puede estar investigando y utilizar precisamente esa familiaridad para acercarse a alguien. Aiden también puede estar trabajando desde el reservado. La mujer puede ser un contacto; el hombre que habla con ellos, otro.