Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) VEINTICUATRO
69%

VEINTICUATRO

La carta está sobre mi cama cuando regreso al refugio.

Me detengo en el umbral sin quitarme siquiera la chaqueta.

Todavía llevo pegados a la ropa la humedad de la calle y el cansancio de una noche que se ha alargado bastante más de lo previsto, pero mi habitación conserva exactamente el aspecto habitual: la colcha oscura algo arrugada, varios libros acumulados sobre el escritorio sin ningún criterio reconocible, una sudadera colgando del respaldo de la silla.

Nada parece removido. Nada salvo el sobre colocado en mitad de la cama con una precisión demasiado deliberada para que pueda convencerme de que lo dejé allí y lo olvidé.

Cierro la puerta detrás de mí y permanezco quieta unos segundos, dejando que mi percepción recorra el espacio antes de acercarme.

Piedra, madera encerada, detergente, tela limpia y rastros demasiado débiles de personas que han pasado por el corredor durante las últimas horas.

La silla continúa en el mismo ángulo. Los cajones están cerrados.

El polvo acumulado en una esquina del escritorio no parece alterado y tampoco encuentro ninguna marca nueva sobre el suelo.

Después de semanas aprendiendo que puedo escuchar una puerta antes de verla abrirse, seguir un corazón entre una multitud y reconocer pequeñas variaciones en la sangre, alguien sigue siendo capaz de entrar aquí mientras estoy fuera, dejarme algo sobre la cama y marcharse sin regalarme una sola pista útil.

Empieza a tocarme bastante las narices.

Me siento en el borde de la cama. Las notas anteriores fingían ser advertencias. Esta ni siquiera se molesta. Está contando. El problema es que no tengo ni puta idea de desde cuándo ni hasta qué.

—Fantástico.

Doblo el papel y abro el cajón de la mesilla.

Las otras dos notas siguen donde las dejé, una encima de otra, formando una colección que nadie me preguntó si quería empezar.

Guardo esta con ellas y permanezco un momento observando los tres papeles.

El Silente negó haberlos dejado cuando se lo pregunté.

No sé cuánto vale exactamente una negación suya, pero tampoco tengo ninguna prueba para convertirlo en responsable solo porque resulta conveniente.

Por ahora, las cartas pertenecen a alguien distinto.

Lo cual no mejora demasiado la situación.

Cierro el cajón y me froto la cara con ambas manos. Claire sabe algo de él y se niega a explicarlo. La habitación empieza a parecer más pequeña.

Podría buscar a Lucien y enseñarle la nota. Lo lógico sería hacerlo. Seguramente la guardaría, la compararía con las anteriores y empezaría a hacer preguntas mientras alguien registra entradas, horarios y personas con acceso al refugio. Es exactamente lo que debería hacer.

Solo imaginar otra conversación en la que termino sentada delante de alguien mientras convierte algo que me afecta en una investigación a la que tendré acceso cuando consideren oportuno basta para que vuelva a colocarme bien la chaqueta.

No quiero otro informe esta noche.

París huele distinto después de la lluvia.

Quizá sea únicamente que vuelvo a prestarle atención.

El pavimento húmedo multiplica las luces en cada irregularidad del asfalto, los semáforos se estiran dentro de los charcos y los escaparates modernos iluminan fachadas ennegrecidas por décadas de contaminación.

Una cruz verde de farmacia parpadea sobre una hornacina religiosa cuya figura ha perdido casi toda la cara y, en la parada de autobús de enfrente, cuatro adolescentes comparten un teléfono bajo una gárgola que parece llevar siglos contemplando decisiones bastante peores.

Camino sin una dirección concreta.

O eso intento decirme.

Dejo atrás el refugio y atravieso varias calles donde los negocios empiezan a cerrar.

Un camarero apila sillas bajo un toldo todavía húmedo, una lavandería automática permanece abierta con una iluminación blanca casi ofensiva y una mujer discute por teléfono mientras intenta convencer a un perro diminuto de que no necesita detenerse delante de cada árbol de París.

Desde algún restaurante llega olor a mantequilla, ajo y carne caliente, mezclado con gasolina, perfume y piedra mojada.

Todo continúa funcionando.

La normalidad me resulta extrañamente agradable.

La gente vuelve a casa, pierde autobuses, compra comida, se besa bajo portales y se enfada por cosas que probablemente mañana seguirán teniendo solución.

Ninguno parece necesitar que un grupo de criaturas antiguas decida cuánto contexto puede manejar antes de permitirle tomar una decisión.

Aprieto el paso. No quiero estar enfadada con Claire y, quizá por eso, me jode todavía más que haya vuelto a dejarme delante de otra puerta cerrada.

Bajo hacia el Sena y el aire se vuelve más frío junto al agua. La humedad se pega a las barandillas y hace brillar la piedra de los muelles. Un barco turístico casi vacío pasa lentamente bajo uno de los puentes y sus luces barren los arcos desde abajo, haciendo que París parezca mucho más antiguo.

Hasta que un autobús eléctrico cruza por encima y estropea bastante el efecto.

Estoy a punto de seguir hacia el río cuando veo a Aiden.

Está al otro lado de la calle, saliendo de un coche negro frente a un hotel discreto, y tardo apenas un momento en reconocerlo pese a que hace días que no coincidimos fuera de reuniones o entrenamientos.

Es alto, de complexión ligera pero atlética, con esa clase de cuerpo que parece más delgado de lo que realmente es hasta que se mueve.

Lleva un abrigo oscuro abierto sobre una camisa clara y el cabello rubio ceniza, normalmente peinado hacia atrás con un descuido bastante intencionado, se le ha desordenado un poco por la humedad; varios mechones han caído hacia la frente y suavizan todavía más unas facciones que siempre me han parecido demasiado accesibles para alguien sin latido.

Cuando gira la cabeza, la luz rojiza del cartel del hotel alcanza sus ojos azul claro. Tiene algo engañosamente fácil en la cara, en la forma de sonreír y de ocupar espacio como si rara vez esperara problemas, incluso cuando sé que presta atención a bastante más de lo que aparenta.

Dos mujeres humanas bajan después de él; una engancha el brazo al suyo mientras ríe y él inclina la cabeza para escucharla con esa naturalidad despreocupada que le conozco, como si la conversación fuera lo único interesante que está ocurriendo en la calle.

Me detengo.

No porque Aiden esté con dos mujeres. Eso entra bastante lejos en la lista de cosas que me corresponde cuestionarle. Lo que llama mi atención es dónde va. No entra en el hotel.

Camina unos metros hasta un edificio de piedra clara con grandes ventanales oscurecidos desde dentro.

No hay un cartel luminoso ni una cola esperando detrás de una cuerda.

Solo una placa de metal negro junto a la entrada, un portero con abrigo largo y dos lámparas bajas proyectando luz sobre la acera.

Las dos mujeres entran con él. Aiden ni siquiera necesita detenerse.

El portero lo reconoce. Eso me interesa.

Podría continuar andando. Recuerdo la sangre alterada, las instalaciones bajo la iglesia y todo lo que acabamos de descubrir sobre una red que parece estar bastante más extendida de lo que creíamos.

Cruzo la calle. El portero me observa cuando me acerco. No tengo una invitación, ni un nombre que darle, ni la menor idea de si estoy a punto de descubrir que incluso los vampiros necesitan reserva.

Su mirada pasa por mi cara. Después por mis ojos. Y abre la puerta. Bien. Al menos moriré sabiendo que aparento pertenecer a sitios caros. Dentro no hay una discoteca. Tampoco exactamente un bar.

El primer espacio parece un local de copas diseñado para gente que no necesita mirar el precio antes de pedir: una barra larga de piedra negra iluminada desde abajo, estanterías de madera oscura llenas de botellas, sillones bajos separados por pequeñas mesas y camareros que se mueven sin levantar la voz.

Más al fondo el espacio se abre y la música gana presencia, aunque nunca llega a obligar a nadie a gritar.

Hay una pista pequeña, más pensada para acercarse a alguien que para bailar de verdad, y varios reservados elevados un par de escalones y protegidos por celosías, cortinas o paneles de cristal ahumado.

Después descubro una escalera.

Arriba hay otro nivel.

No alcanzo a verlo completo, solo una galería con puertas oscuras y un hombre esperando al principio de la escalera que decide quién sube y quién no.

Ahí está la parte de club privado.

El lujo no resulta ostentoso. Es peor. Todo parece elegido por alguien que no necesita demostrar cuánto cuesta: cuero oscuro, latón envejecido, mármol, madera auténtica, cristalería fina y una iluminación cálida que deja los rostros visibles sin permitir que ningún rincón esté expuesto.

Algunos hombres llevan traje. Otros han venido en camisa o con jerséis que parecen sencillos hasta que recuerdo que probablemente cuestan más que todo lo que tengo asignado en el refugio.

El aire mezcla alcohol, perfume, tabaco viejo atrapado en alguna parte del edificio y sangre. No demasiada.

Pero suficiente.

Los espejos detrás de la barra reflejan botellas, camareros y humanos sentados sobre los taburetes. Entre ellos quedan huecos. Ausencias con forma de persona. Aquí nadie parece preocupado por disimularlas. Observo mejor. Hay vampiros. Bastantes.

No reunidos como en el refugio ni encerrados en una zona destinada exclusivamente a nosotros.

Se mezclan con humanos que muestran distintos grados de conocimiento sobre dónde están.

Algunos parecen perfectamente conscientes de quién tienen delante.

Otros simplemente creen haber entrado en un sitio exclusivo donde la gente es extrañamente pálida y nadie envejece demasiado bien.