EPÍLOGO
Claire
Me entregan una carpeta y nadie añade nada más.
Negra, rígida, con el sello del Círculo grabado en la cubierta. Tan limpia, tan sobria y tan perfectamente impersonal que podría contener una sentencia de muerte o una invitación a cenar y no habría forma de distinguirlas.
Al parecer, la eternidad tiene una manera muy refinada de llamar propósito a moverme de un lugar a otro hasta que deje de sangrar donde molesto.
Paso el pulgar bajo la cubierta y la abro.
La primera página contiene una fotografía, varias líneas de información y ese tipo de advertencias que el Círculo redacta como si poner algo por escrito bastara para mantener el mundo bajo control.
Bajo la imagen de un hombre que no sonríe aparece un nombre.
Raffaele Varneri.
Alfa de Valpolicella. Riesgo diplomático alto. Cooperación improbable. Eliminación no autorizada.
Esa última línea me hace volver a mirar la fotografía.
Cabello rubio oscuro. Mandíbula firme. Una expresión demasiado tranquila para alguien a quien el Círculo considera un problema diplomático y unos ojos ámbar que incluso inmóviles parecen estar evaluando algo al otro lado de la cámara.
Leo su nombre una segunda vez.
No sé por qué.
Quizá porque no hay nada dócil en esa mirada.
Quizá porque parece el tipo de hombre al que alguien ya ha intentado decirle qué debe hacer y ha descubierto, demasiado tarde, que no estaba escuchando.
O quizá porque, por una vez, el expediente no consigue reducir a la persona de la fotografía a una función, un riesgo o una orden pendiente.
Cierro la carpeta.
Raffaele Varneri permanece unos segundos más en mi cabeza.
Italia, entonces.